Friday, May 08, 2020

Servicio a domicilio


Café exprés
Servicio a domicilio


El confinamiento social y voluntario en el que nos tiene inmersos esta pandemia ha modificado (y seguro estoy que lo seguirá haciendo) nuestro tren de vida. Quizá esto sea algo con lo que tenemos que aprender a vivir. Quedarnos en casa. ¿Se acuerdan de aquella vieja película del año 1995 llamada La red?, es aquella donde Sandra Bullock (bellísima por cierto, era mi crush en aquellos años y me enamoré perdidamente cuando la vi en la película Máxima velocidad), en fin, decía que si recordaban esa película porque Sandra interpreta a Angela Bennett quien es una analista especializada en detectar virus informáticos en los sistemas computaciones y trabaja para una empresa de alto pedorraje (ya ven ustedes cómo se las gastan los norteamericanos). Angela Bennet se la vive confinada prácticamente en su casa, no tiene contacto con otras personas salvo con su madre que padece Alzheimer (ese alemán que la trae loca). Angela no sabe lo que es tener contacto humano y cuando tiene que salir de casa, no sabe, no halla, no atina cómo actuar. Ella trabaja en casa, pide las compras y se las llevan a domicilio y nada más. Yo estoy a la inversa del personaje que interpreta Sandra y seguro que estoy que no soy el único; estábamos acostumbrados a un trajín de vida de ida y vuelta y de regreso. Debo confesar que a mí sí me gusta el contacto humano, ver a las personas cara a cara, oír su voz, sus gestos, sus movimientos, tocar (me gusta tocar y que me toquen y dar un abrazo apretado cuando así se necesite). Lo que ha sucedido al quedarnos en casa es a convivir únicamente con los miembros de la familia (que en mi casa son tres personas: Mirna, Santiago y Ricardo). Debo confesar que ya nos conocemos los gustos, las manías y demás… con el resto de los mortales lo he hecho de un tiempo acá por video conferencias (pude notar el otro día, en algunos, el rostro cansado, las ojeras visibles el estrés del encierro); es cierto, estoy hasta la madre de estar guardado, extraño los jueves de básquet, los lunes y miércoles de taller de escritura creativa en el colegio Campo Verde, el ir y venir diario, a veces estoy a gusto en la casa porque visto ropa cómoda y así. Estamos perdiendo el contacto humano. El otro día pedí comida (japonesa) a domicilio y fue tan frío el trato que me dio miedo; lo hice por medio de Facebook (messenger) y puedo decir que no supe si la persona que me atendió fue hombre, mujer o robot; cuarentaicinco minutos después (y cuarentaicinco pesos más caro por el envío) a la puerta de mi casa llegó el pedido; por fortuna venía acompañado de un motociclista que, agitado, me decía que ya había pasado por mi domicilio un par de veces sin dar exactamente en dónde y es que mi casa está medio rara su ubicación, como uno. Angela Bennet se estresa cuando tiene que enfrentar a multitudes porque ya no está acostumbrada al estrés que da el contacto físico, el cara a cara con una persona. Yo todavía me estreso cuando hago un pedido, porque ya ni siquiera se hacen los pedidos vía telefónica (de esta manera si quiera puedes oír quién te atiende), ahora todo lo resuelve una maldita aplicación. Hoy día pedí una paella (muy rica, por cierto), la persona que me atendió ni siquiera me pidió mi nombre, sólo mi domicilio y listo, a la una de la tarde a mi puerta llegó un kilo de paella que despaché al instante en compañía de mi familia; en esta ocasión un chavo medio chooper (chamarra de cuero, cabello largo, lacio y rubio) traía mi pedido, platicamos un rato intercambiando puntos de vista, me entregó, pagué y se fue, por la calle donde vivo nadie, ni un alma, eran las casi dos de la tarde y el sol, a esa hora, no es para andar tomándolo como si estuviéramos en la playa y con Sandra Bullock a un lado en traje de baño. Debo mencionar que aparte de que el trato es sumamente frío, los establecimientos están excediendo sus cobros por el servicio a domicilio. Sin ir más lejos, el sushi que pedí (en aquella ocasión en que el motociclista llegó agitado y que dio dos o tres vueltas por mi casa sin dar bien con el lugar exacto y del que no diré su nombre para no quemar a nadie), el cobro por el servicio a domicilio fue de casi sesenta pesos, algo en lo que no había reparado hasta que me fijé en la nota de consumo que llegó a mi mano una vez que nos terminamos la comida, recogimos y me puse a analizarla. No se pasen de lanza, mejor lo pido y yo paso por lo que sea que vaya a comer, sirve que salgo a dar la vuelta, me quito un poco del estrés del encierro y me cercioro de que sean humanos los que del otro lado me están atendiendo y brindando un servicio. Saludo por ello.    

Servicio a domicilio, estrategia de venta de restauranteros 

Friday, May 01, 2020

Trabajo en casa: ventajas y desventajas


Café exprés


Empresario Vestido En Pantalones Y Cortos : Foto de stock (editar ...



Esta pandemia que nos mantiene resguardados en casa desde hace ya varios días, y que parece extenderse mucho más. Ha afectado a millones de personas en el mundo entero, causando la muerte de miles más. México no ha sido la excepción y al corte del día de hoy registra un total de 1859 decesos por Covid-19; yo vivo en un estado pequeño (que apenas tiene diez municipios), de esas 1859 muertes por Covid que se han registrado en territorio nacional, Colima tiene tres y estas tres han sido en el puerto de Manzanillo (y yo espero fervientemente que el número se quede exclusivamente en tres). Esto no quiere decir que la población entera se ha resguardado complemente en casa, que ha respetado la sentencia, vaya. No. Y es que no se puede respetar esto de #QuédateEnTuCasa en un país donde si no sales a trabajar simple y sencillamente no llevas el sustento a casa, eso hay que entenderlo y ponernos en los zapatos de tantísima gente que, a fuerza de su propia voluntad, tiene que salir y trabajar o que en casa vive una situación complicada y no quiere estar ahí, punto. Yo he salido a la calle a lo mínimo indispensable que es ir por comida y por agua (lo más que he hecho es ir al Seguro Social un par de veces y una más a hacer trámites para la guardería de mi hijo, porque la vida sigue y los días pasan aunque uno esté en medio de una pandemia como la que nos aqueja). Todo este verbo mareador es para explicar que esto ha modificado nuestro patrón de vida y nos ha llevado al famoso «trabajo en casa» (que no lo diré en inglés como muchos de los mortales que se quieren sentir anglosajones aunque sea con un solo término). El trabajo en casa está a todo dar, la verdad; uno, no me tengo que levantar todos los benditos días a las madrugadoras cinco de la mañana (aunque créanme que el cuerpo se acostumbra y me sigo levantando a esa hora pero para hacer lo que me gusta que es leer, he leído varios libros que tenía pendientes), en caso contrario me levantaría a esa hora a seguir una rutina nefasta que va del baño a la recámara para estar listo e ingresar a mi lugar de trabajo a las siete de la mañana y continuar con otra rutina que parece no tener fin, como esta pandemia; dos, no tengo el maldito estrés del tiempo, mi vida ha sido agitada y como siempre me gusta ser puntual, esto es un martirio (martirio para las personas con las que vivo que les cuesta un poco de trabajo la puntualidad); tres, no he gastado un solo peso en gasolina (vaya, sí he usado el vehículo en estos días, sí he puesto gasolina, pero no cada semana o cada tercer día o cada dos, como lo hacía antes), así que el ahorro ha sido notorio amén de que antes el litro costaba casi veinte pesos y se ha reducido a catorce, a veces trece y si tienes un poco de suerte lo encuentras hasta en doce pesos; cuatro, mi oficina está a unos pasos de mi recámara, esto es maravilloso porque puedo meterme a bañar, me seco rápidamente y casi casi estoy listo para ponerme a trabajar, sin ir más lejos, el otro día tenía una reunión de esas virtuales con algunos compañeros/as del trabajo, la hora fijada para la tal reunión fue a las seis de la tarde, eran las cinco y media y yo seguía sin bañarme, en la mañana trabajé, cociné, limpié mi casa y jugué con mi pequeño, dieron las cinco cuarenta y cinco y decidí meterme a bañar, cinco minutos después (porque los hombres nos bañamos en cinco minutos) salí, y listo, estaba en mi oficina, eso sí, me tuve que poner un pantaloncillo corto y una playera, me acicalé un poco el cabello y listo, no tuve que hacer más; seis, la ventaja de trabajar en casa es que puedes hacerlo en pants sin que te tachen de mal vestido, de vicionudo, de cuachalote y demás, entonces se ha notado también el ahorro en prendas de vestir, por ejemplo, el par de zapatos que compré para este semestre sigue como nuevo, en su caja original, empolvándose en el armario de mi casa, sí, me la he pasado en chanclas, a veces de esas calzaletas o a veces crocs para no perder el bendito estilo, aunque más bien son caras, porque de estilo no tienen mucho, eso sí, son comodísimas (y siempre hay que buscar la comodidad) excepto cuando empieza a sudar la pata; siete, puedo beber un trago de mi, vaya la rebuznancia, bebida favorita pero aquí entramos en complicaciones severas, resulta que mis bebidas favoritas son las que tienen alcohol (whisky, cerveza, vodka, ron, tequila), sin embargo si yo hiciera esto en el trabajo sería tachado de alcohólico (seguro estoy que hay otros más ebrios que yo y rondan las oficinas que rondo yo) pero bueno a la mejor yo sí soy alcohólico, a la mejor, pero pues qué les importa, nadie salvo yo me pago ese vicio, como nadie salvo yo me pago ese otro de acumular muchos libros, así que si no les pido dinero para mis vicios, por favor déjenme en paz, pero bueno, estoy en la libertad que me da mi casa y puedo entonces beber lo que se me dé mi regalada gana, así que voy al refri, destapo una cerveza, en lunes, sí en lunes laboral y a disfrutar; ocho, el esfínter también se relaja estando en casa porque yo no recuerdo ir, en la oficina, tantas veces al baño como lo hago estando en mi trabajo en casa; nueve, no tengo un horario establecido, soy de las personas que funciona más en la mañana y en la noche, en la tarde me apendejo, el calor me aletarga, no sé, el trabajo en casa me ha ofrecido la posibilidad de realizarlo a la hora que se me venga mi regalada gana y avanzar. Pero después de este paraíso terrenal, porque la verdad es que es un verdadero paraíso terrenal estar trabajando desde casa porque uno puede estar comiendo a la hora que también le dé su rechingada gana, después de todo esto y de que entre trabajo y trabajo puedo chingarme una película, una serie, oír mi música favorita o leer… después de todo esto viene lo que he catalogado aquí como ciertas desventajas de estar haciendo el trabajo desde casa; uno, el trabajo desde casa es ideal pero cuando eres soltero, y me explico, en casa somos tres almas adultas y un bebé, esas almas adultas necesitan los equipos para también, hacer trabajo en casa, el adolescente tiene que estar conectado en la computadora de escritorio porque él tienen clases en línea, la mujer necesita estar conectada porque tiene una carga de trabajo interesante que tiene que resolver y yo necesito estar conectado porque siendo descoordinador de una carrera se ofrecen cosas que, bueno, requieren solución, el problema es que tenemos sólo dos computadoras, aquí alguien tiene que esperar su turno al bat (en términos de béisbol) y como yo funciono más en la noche, me aplico en la noche, pero resulta que mis compañeros/as quieren reuniones en la mañana, todo lo hacen en la mañana y pues en la mañana yo no estoy o sí, a veces (ya me pasó que en una reunión no pude estar, vamos, ni me enteré que hubo reunión hasta que vi mis mensajes en el teléfono); dos, el bebé de tres años (que todavía es bebé y aún no se vale por sí sólo), ese pequeño terremoto necesita que alguien juegue con él, que lo acompañen al baño, que le lean un cuento, que le hagan de desayunar cosas ricas como las que hacen en su estancia infantil, que le presten el teléfono celular para ver sus videos, vaya, el pequeño Ricardo no sabe de pandemias, él quiere ir a la playa, ir al parque, salir a jugar con sus amiguitos/as, frecuentemente nos pregunta por ellos/as y ahí tengo que inventarle una historia de amor, porque este resguardo domiciliario es una bella historia de amor y de quererse, así que hay que dedicarle tiempo al bebé, en tanto el grueso de la familia utiliza los dos equipo que hay en casa; tres, regreso a esos equipos porque quizá sea el punto medular del trabajo en casa, los equipos que tenemos son modestos, no tenemos grandes programas o paquetes para edición de videos, edición de audio, no, no los tenemos, amén de que son equipos propios y no de la oficina los que estamos gastando y utilizando hasta en jornadas dobles o triples… ¿si se me llegara a joder mi máquina, el gobierno, la universidad, los institutos me la van a reponer?, claro que no, lo tengo que hacer yo mismo, de hecho estoy analizando la posibilidad de hacerme de otro equipo, pero resulta que, a estas fechas, todas las tiendan están cerradas; cuatro, lo que me lleva a este punto, los jefes/as, sabedores de que uno está en casa han de creer que la cosa es fácil y que estamos disponibles a toda hora; para ellos no hay puentes, fines de semana, horarios, piensan que no hay que hacer el desayuno, que no hay que hacer la comida, que no hay que barrer, trapear (y ahora con esta enfermedad esta actividad hay que hacerla dos veces al día y con Pinol y Cloro para desinfectar), que no hay que lavar platos y/o ropa, y no sé qué piensan los jefes o compañeros/as de trabajo (y no es reclamo eh, no, no lo es, sólo es un punto de vista), porque resulta que todo urge, todo es para yayaya, que los de arriba piden formatos, cartas, constancias, programas y todo es papeles, obsoletos papeles, y para los jefes/as parece que no hay horario y piden, piden, piden como para darse cuenta o no… de que uno está trabajando con todos los pros y con todos los contras en y desde casa, de estos mismos pros y contras que estoy enlistando u otros. No, señores/as, si esto del trabajo en casa va a ser de aquí en adelante una constante, creo que tenemos que poner horarios y días, yo mismo he contestado mensajes de whats (laborales los mensajes) a las cuatro de la mañana, lo he hecho en sábado y en domingo, me llegan correos en la madrugada (entiendo que haya compañeros/as que a esa hora pueda trabajar porque esto mismo que estoy diciendo aquí  o por otra razón, pero está cabrón, oigo mi celular y ya pienso que es cosa del trabajo, lo pongo en silencio y luego no oigo otras llamadas de la familia que son importantes o de si me gané un premio literario o no, en fin, ahora entiendo los ataques de ansiedad) y, si lo vemos así, estas vacaciones no pude salir con mi familia a ningún bendito lugar, sí, nos amamos, nos queremos, nos adoramos, pero también el roce diario y continuo es desgastante, mi mujer ve el tiradero que deja el bebé y se quiere volver loca, yo igual, pero me sereno, inhalo y exhalo, amén de que el pequeño Ricardo ya está harto del encierro; cinco, tengo familia con enfermedades crónicas y adultos mayores que son propensos a este ataque llamado Covid-19, mi padre trabaja en el taxi y pues mucha gente en la calle no hay (su fuerte son los estudiantes), así que su ingreso bajó considerablemente, amén de que está a cargo de mi madre, enferma, de mi tía coca, también enferma y de mi abuela, no es para nada fácil y cuando no es una es otra y pues uno tiene que estar al pendiente, llevar comestibles y apoyar de alguna forma. Así están las cosas en el trabajo desde casa, quizá se me escapan muchas más, el calor, por ejemplo, no tengo en mi casa un aire acondicionado, me la vivo con un ventilador que hace un ruido de la chingada y avienta aire caliente. De pronto todo se acumula, quejas de un sector, quejas y estrés del otro, entrega inmediata de algo que no tiene pies ni cabeza. ¿Qué tal que esta pandemia decide matarnos a todos? Para qué, entonces estresarnos con funciones que, no sabes cómo vayan a seguir. De seguro la vida de ahora en adelante va a ser diferente, quizá tengamos que vivir acostumbrados a esta pandemia o con ella a un lado, quizá. Viene una crisis severa y muy fuerte en muchos aspectos y eso es innegable. Simplemente me estoy desahogando un poco porque hoy fue un día de verdad de mucho estrés, como el que nunca había vivido. Por todos lados piden y piden cosas y todavía hay quienes nos dicen que grabemos un video para promocionar la lectura, que hagamos una convocatoria para un concurso de cuento, que seamos jurados en concursos de escritura creativa, que les mandemos actividades a los chicos y chicas, que pongamos en función nuestros talleres o, ahora que tenemos mucho tiempo, revisar los cuentos y las novelas de ene, ye o zeta. Está cabrón. Que este texto sea una tabla de salvación para alguien más que se halle en medio de un ataque de ansiedad. A mí me ha relajado escribirlo y externarlo y jamás había sentido un ataque igual, vaya, ni siquiera sé si sea un ataque de ansiedad como tal o sólo un momento. Como dice esa frase que ronda por ahí en las redes sociales: «No. No estás trabajando en casa. Estás en casa, en medio de una crisis, tratando de trabajar». Punto, fecha y firma, así lo dejo escrito.   

Wednesday, April 01, 2020

Pandemia



Café exprés




Estamos viviendo una situación inédita, sin duda. Que yo recuerde, jamás había vivido una situación de aislamiento social. Sí, sucedió algo similar años atrás con la pandemia desatada por el virus conocido como influenza h1n1, situación que se hizo viral y desató una locura y un terror colectivos en la sociedad. Tanto que ni siquiera la, todavía maestra y líder del gremio de maestros y maestras Elba Esther Gordillo ni siquiera podía pronunciar correctamente el nombre de este virus para alertar al mismo gremio e invitarlos a que se queden en casa (hay un video en YouTube que da fe y constancia de este tropiezo de la lideresa). La situación duró un fin de semana, cuando mucho, oportunidad que aproveché para viajar a la hermana república de Michoacán; todo era desierto, oculto, como en un episodio de The walking dead, no había una alma en las calles; es decir, sí había, pero eran las menos. Me dirán irresponsable o qué sé yo, pero viajé a Michoacán a asistir a la boda de un amigo y es que uno no puede postergar, ni quedarse en la casa siempre o cada que una pandemia azote al estado, al país… al mundo. Hay cosas por hacer y, más que cosas por hacer, hay necesidades básicas qué cubrir. Esta pandemia me deja muy en claro que México no está preparado para una situación así. México ni en el mundo, hay que ver el caso de Italia donde el número de muertes ha sido exorbitante. Pero no voy a hablar de Italia porque es país que no conozco. Hablaré de México que es donde vivo y donde repito, no estamos preparados ni como personas, ni como instituciones, ni como gobierno para una situación como la que estamos viviendo. Sí, hemos prevenido esto a tiempo (quedándonos en casa y no repitiendo lo acaecido en Italia, pero repito, no hablaré de los hermanos y hermanas de Italia), sí, hemos prevenido esto a tiempo y quizá nuestros casos sean menores (puede que lleguen a ser más, no lo sé). Pero desde el gobierno (que es como la Chimoltrufia que cuando dice una cosa dice la otra), desde nuestra pobre y cada vez más endeble economía, pasando por la tecnología, las instituciones y todo el órgano operativo o la maquinaria que hace andar a este país, nadie estamos preparados para permanecer en casa, para no salir, para guarecernos, para estar cuarenta días (¿con también cuarenta noches?) metidos aquí. Hay quienes tenemos que salir a diario a vivir, a ganarnos el pan nuestro de cada día. En cuanto a tecnología estamos peor. Para que yo pudiera tener acceso a internet luego de un cambio de domicilio la empresa de Carlos Slim (sí, privatizada desde ya hace muchos años) Teléfonos de México, duró un mes para hacerme el trámite y, dicho sea de paso, el internet que tanto presumen como infinitum es más bien lento y terrible. Por otro lado, en los centro educativos nos piden que nos enlacemos con nuestro alumnado por medio de plataformas, plataformas que jamás funcionan, que son confusas y están obsoletas; por otro lado, con este internet lento a más no poder, conectarse resulta imposible y a todo esto hay que agregarle que tenemos a nuestro hijos en casa, lo que trabajar desde acá es una labor, verdaderamente titánica. Ahora me pondré del lado del estudiantado, que muchas veces no tiene el acceso a internet, porque, repito, en México el que no trabaja diario no gana, entonces en una pandemia como la que estamos viviendo aislar socialmente a alguien es quitarle el empleo y la manera de ganar el sustento de otro, como una reacción en cadena que afecta a todos. De igual forma no todos vivimos pegamos a la internet (porque repito, hay que trabajar para ganar el sustento) y pues este medio de comunicación es terrible, las clases presenciales son de frente, estamos en contacto con el grupo, de esta forma todo queda volando y… ¿qué pasará cuando la maldita nube (a la que ahora que subimos todo y donde tenemos toda esa información en ella) se sature, se caiga y todo se venga abajo?, de seguro vamos a tener una lluvia ácida y una nueva pandemia azotará a la humanidad.

Friday, March 13, 2020

Se alza la voz


Café exprés



El pasado miércoles me tocaba dar una charla en la escuela secundaria Enrique Corona Morfín. Días antes, el lunes, la ciudad y el país habían vivido un momento único (y espero repetible), todo se había paralizado ante el movimiento feminista llamado: «el nueve nadie se mueve», donde ninguna mujer iba a salir a la calle.
Yo me encontraba en incapacidad debido a un herpes zóster que me pegó vaya a saber dónde. Mi mujer y un grupo de amigas asistieron a la marcha del domingo, un día antes de ese lunes histórico e inédito. Quise acompañarla como la acompaño a todos lados. Pero ella (siempre más consciente que yo) y yo, creímos prudente no hacerlo para no enardecer más a una muchedumbre de mujeres que están dolidas, lastimadas, que han sido vejadas, vilipendiadas y mucho más. Me quedé en casa, además con mi herpes mucho más. No es cosa de andar contagiando a nadie más.
Mi incapacidad terminaba ese miércoles, así que regresé a trabajar el jueves doce. El lunes sí trabajé aunque no en la facultad pero asistí al colegio Campo Verde a impartir mi taller de escritura creativa al que asistieron puros hombres y un integrante nuevo que va en cuarto grado de primaria. Es maravilloso que alguien tan pequeño se quiera volver escritor. Ese grupo consta de tres mujeres y, ahora, cuatro hombres.
La mañana de ese lunes fue rara. Ninguna mujer en la calle o si las había eran las menos. Es imposible a veces no hacer las actividades del día a día. Mi respeto para las mujeres quienes ese día no hicieron nada pero también mi respeto doble para quienes sí hicieron por necesidad.
Yo me desespero sin hacer nada y ya me urgía regresar a los escenarios rockeros de la cultura del estado. Justamente mi gran regreso sería el miércoles once en la escuela Enrique Corona Morfín donde de la Acpe me había invitado a dar una charla, en contubernio con las autoridades escolares de la secundaria en mención.
Esa mañana les hablaría de literatura y cocina con la charla «Recetario ficcional de rica comida imaginaria», del cual pienso hacer un libro con el resultado de esos ejercicios.
La marcha del domingo fue todo un éxito, mi mujer llegó emocionada y me dijo que se habían juntado muchas mujeres, que no había visto a tantas reunidas en un mismo lugar para luchar por una causa justa y necesaria. Las mujeres de mi generación se quedaron calladas e incluso los hombres también nos quedamos así.
Pasó el martes y mi mujer regresó a sus actividades, yo a las mías aún con mi incapacidad. Sin embargo, fui a la facultad de total incógnito y traté de resolver algunos pendientes por espacio de dos horas. El miércoles, último día de mi incapacidad, me levanté muy temprano, me metí a bañar. En la ducha repasé mentalmente la charla que daría a los y las jóvenes de la secundaria federal. Pensé en decirles que esa mañana mi objetivo ahí era convertirlos/as aunque sea por un momento en escritores/as y en cocineros/as.
Para no hacer el cuento largo salimos de la casa temprano, fuimos a llevar a los niños a las respectivas escuelas. Mi mujer me invitó a desayunar. Mi charla era a las diez y media. Luego de desayunar la llevé a su oficina y yo fui a la falcom a resolver aquellos pendientes pendientes. En el camino recibí una llamada de la directora y con más razón fui. Llegué. Le expliqué de mi regreso a los escenarios rockeros de la cultura del estado y me dio luz verde de ir a la secundaria (yo seguía de incapacidad).
Al llegar y estacionar mi vehículo cerca del Cecati 183 y frente el kínder del cual su nombre no recuerdo y que tenía sendas pancartas del rey y la reina de la primavera, me dispuse a caminar rumbo al Isenco escuchando gritos y algarabía; yo supuse que esos gritos eran a consecuencia de esos festejos del kínder. Cabe señalar que esa zona está llena de escuelas. El kínder, el Cecati 183, el Isenco, la Enrique Corona Morfín, la primaria Libro de Texto Gratuito. Sin embargo, conforme fui poniendo atención, esos gritos eran más bien consignas, reclamos que la comunidad estudiantil estaba levantando en contra de un profesor exigiendo justicia. Casi al doblar la esquina del Isenco el presidente de la Acpe Julio Alberto León marcó mi número de celular y... al contestar... lo que me temía…
Mi deliciosa charla del recetario ficcional de rica comida imaginaria que iba a impartir en la secundaria Federal se cancelaba. Los reclamos, los gritos, las consignas salían justamente de la escuela en mención exigiendo la destitución de un profesor, un tal Yeme que no conozco, pero veo que se ha ganado el odio de las adolescentes que reclaman con justicia y razón su destitución. Mi mujer, al contarle el hecho y mi frustración de quedarme con las ganas de convivir con el estudiando, me comentó que ese profe, desde cuando ella era estudiante de esa secundaria, había tenido esa fama y abusaba de las jovencitas e, incluso, de algunos caballeros. Así las cosas. Yo me acerqué lo más que pude a observar lo que sucedía al interior de la escuela. Obvio no me dejaron entrar y vi y leí la petición de hombres y mujeres, estudiantes de la Enrique Corona que se unieron por un momento, que su grito fue el mismo, exigiendo sus derechos. Alguien me pidió que me retirara…
Me quedé con las ganas de conocerlos/as pero seguro estoy que habrá otra oportunidad cuando las autoridades hayan tomado nota de todo esto, hayan hecho algo y haya, sobre todo, quedado resuelto con cordura pero de manera enérgica y caiga quien caiga, para que la comunidad estudiantil vuelva a ser la misma de antes, aunque, después de esto, después de una vejación así, después de ser víctimas de abuso, jamás, nadie, vuelve a ser el o la misma. Enhorabuena para todos aquellos/as estudiantes que con valor, alzaron la voz para defenderse.

Sunday, March 01, 2020

Regreso a la casa primera[1]


Café exprés


Hola, buenas tardes, me presento porque mi abuela dice que la gente educada se presenta. Mi nombre es Alberto Llanes y soy un exdefeño convertido en colimote, que regresa a la gran ciudad a hablar de la literatura de aquél hermoso y cálido estado. Me acompañan amigos-hermanos del terruño donde he vivido los últimos años y, donde también, me he enamorado y desenamorado. Casado y divorciado, donde he tenido hijos y, donde, simplemente, soy Alberto Llanes. Aquí quizá no sea nadie o nadie me conozca, pero así son las grandes ciudades.
Qué chido que ahora mi ciudad que también considero mía (al grado de, en Colima, meter casi cualquier tipo de comida a un bolillo y es que el bolillo colimense es una delicia, lástima que no traje algunos; yo soy un bolillero por excelencia no sé si ya me vieron la panza), decía que qué chido que ahora mi ciudad se llame CDMX aunque yo prefiero seguirle diciendo D.F., como aquél D.F., de Chava Flores, el de Rockdrigo González (quien perdió la vida en el terremoto del ochentaicinco, terremoto del que hablaré un poco más adelante) y el D.F., de Alejandro Lora entre muchos millones más de mexiqueños y mexiqueñas o mexiquenses, vaya el gentilicio.
Por diversas razones que uno no se puede explicar desde 1986 vivo en Colima. Era año mundialista y yo soñaba con ver jugar a Maradona en el estadio Azteca. Todavía recuerdo la dirección donde vivía: Unidad Infonavit Culhuacán, zona dos, edificio diez, entrada A, departamento 201, (relativamente cerca del estadio Azteca). Mi sueño quedó roto cuando mi padre anunció que nos íbamos a vivir a Colima. Obviamente me encabroné y no era cosa menor. Jamás volví a tener otra oportunidad de ver jugar a Maradona. En fin.
Yo creo que mis padres pensaron que en Colima no temblaba y al año siguiente del terremoto de 1985 pisamos la tierra del rey de Colimán. Un putazo de vegetación asfixió mi cuerpo que venía, quizá, con un chingo de intoxicación gracias a los imecas dañinos. Ese trancazo de vegetación con que me recibió Colima aquella primera vez es una de las sensaciones que jamás he vuelto a sentir. Fue una combinación entre coco, palmera, brisa, calor y terruño nuevo o qué sé yo embriagante. Ese calor yo sólo lo había sentido, acá en el D.F., en los baños de vapor a los que íbamos cuando en el departamento el suministro del agua fallaba y nos quedábamos sin el líquido vital; en Colima jamás he vuelto a vivir esa experiencia de sufrir por agua. De pequeño recuerdo que de edificio a edificio cargaba cubetadas de agua para las necesidades básicas. Así las cosas.
Creo que me resbalé en la famosa piedra lisa porque ya no salí… o ya no salimos de Colima. No regresamos al D.F., ni por el cambio (bueno, más o menos sí y ahora heme aquí).
Mi primer encuentro con la literatura lo tuve en segundo año de primaria, sí, justo cuando llegué a Colima. A medio ciclo escolar me inscribieron y me aceptaron (lo que se me sigue haciendo muy muy raro, pero bueno); cursé el segundo grado de primaria en una escuela (la Gregorio Torres Quintero) que derrumbó el terremoto del año 2003.
Para quien es colimense de cepa sabe que Torres Quintero fue un maestro normalista, escritor y político del terruño y fue el creador del sistema onomatopéyico para la enseñanza de la lectura a nivel nacional. A esa edad, en ese año mundialista en México, yo no tenía ni (p) idea de quién era Torres Quintero y supongo que, como todo niño ni me interesaba saberlo.
He vivido, a lo largo de mi vida cuatro terremotos, por eso digo que mi padre quizá no tuvo idea o se la vendieron a no sé qué precio y nos llevó a vivir a Colima quizá con la información de que allá (en ese pequeño paraíso terrenal) no temblaba. Craso error.
En 1995 cuando yo era instructor del Conafe sentí el segundo movimiento más fuerte de mi vida de la tierra al moverse; el primero fue obviamente cuando vivía en el De Efe y del cual describo brevemente en mi libro de cuentos que presento mañana (por cierto, extiendo la invitación a todos ustedes porque si no me hago promoción yo… ¿quién?).
En ese mismo año tuve mi segundo encuentro con la literatura y como que la carrera me iba llamando. Para ese tiempo ya había leído algunas obras importantes de la literatura universal. En aquellos días tenía diecisiete rebeldes años y estaba peleado con el mundo y, principalmente, con mi papá; oía rock pesado y mi padre era el first enemy (hasta en eso el viejo fue el mejor enemigo que pude tener, porque gracias a él y a mi madre soy medianamente lo que soy). Ahora he envejecido terriblemente y mi papá ya es mi amigo, él entendió que las letras son lo mío y yo entendí que él quería lo mejor para mí, pero lo mejor para mí no era estudiar medicina como quizá él quería, porque, aún ahora, no tengo ni puñetera idea de para qué sirve un mejoral.
En ese segundo encuentro que tuve con la literatura el país pasaba por una de sus peores crisis (en realidad siempre ha estado crisis y lo sigue estando, soy de la generación que ha oído esa palabra desde que tengo uso de la razón). El director del Conafe en aquellos ayeres era nuestro querido gran poeta Víctor Manuel Cárdenas Morales, fallecido recientemente, en el año 2017.
Conocer a un poeta que te dejaba la mano perfumada por horas a esa edad fue decisivo para dedicarme a escribir. Mi tercer encontronazo con la literatura lo tuve cuando anuncié en casa que iba a entrar a estudiar el bachillerato en artes y humanidades al Cedart Juan Rulfo; pues hagan de cuenta que dije que me iba a dedicar a delinquir o a ser un niño-adolescente de la calle, con su bolsita de pegamento para inhalar en la mano y todo. La familia pegó el grito en el cielo y casi casi me excomulgan y estoy seguro que he quedado fuera de todo contrato de herencia y demás, ni modo. Por aquellos años anunciar que me iba a dedicar al arte fue como si hubiera sido casi casi lo mismo que anunciar que me iba a volver zapatista y me esperaba la guerrilla.
En el Cedart conocí a una gran amiga Zaira Ríos Cuevas, su mamá era y es escritora, una gran escritora, la maestra Guillermina Cuevas. A Guille la conocí en las reuniones, (poco ortodoxas, por cierto), de padres de familia que hacía el Cedart. Su presencia provocó un revuelo en mí porque Guille no parecía escritora, no por lo menos la idea que yo tenía de las escritoras y escritores. Cuando la saludé, mi mano no quedó perfumada por horas como sí sucedía con Víctor Manuel, pero la calidez de su contacto fue mucho más notoria, a la fecha es una de mis principales y creo que la única, lectora de mi obra o lo que sea que escribo.
Tiempo después supe de la relación de amistad y camaradería que había entre ambos escritores (Víctor y Guille). Yo no recuerdo si Guille en aquellos ayeres del Cedart leyó algunos textos míos o no. Posiblemente sí, porque en las reuniones de padres de familia del Cedart a veces, los alumnos, teníamos que dar alguna muestra de nuestro trabajo artístico en danza, teatro, música, artes plásticas o literatura, por eso digo que esas reuniones eran poco ortodoxas.
Mi siguiente paso fue sin duda alguna entrar a la Facultad de Letras y Comunicación de la que no he salido desde 1999 a la fecha y no, no soy una especie de Mosh, ni tampoco un fósil universitario, ni ningún tipo de estudiante repetidor y repetidor ad infinitud, lo que pasa es que ahora trabajo para la Universidad de Colima justamente en la Facultad de Letras, por eso mismo sigo yendo, todos los días (de lunes a viernes) a la escuela, como cuando cursaba los créditos de mi educación superior.
Cuando anuncié mi ingreso a la Falcom (como se le conoce a la querida Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima), hagan de cuenta que, para mi familia, fue el anuncio de que me iba a la guerra del golfo pérsico, o a Kosovo, a Vietnam o ya de plano que iba a andar de pinche loco mariguano (esto aunado un poco a la música que oía y sigo escuchando a la fecha y aquí sí le doy un poco de razón a mis padres, sobre todo a mamá que era la que soportaba mi música. Considero que sí: Kurt Cobain, gritaba mucho más gacho que mi mamá cuando me regañaba).
Para este nuevo anuncio mi padre se dio por vencido y optó por ya no decirme nada (le vi el semblante triste y es de las pocas veces que lo he visto llorar). Ya no me dijo nada al grado de que llego incluso, algunas veces, hasta ni a dirigirme la palabra y yo opté por sí, andar de pinche loco mariguano, pero tratar de aprender algo de esta mala vida que termina siendo la mera buena a final de cuentas y echarle ganas con disciplina y entusiasmo. Mucha disciplina.
Fuimos la generación 1999-2003 y de ahí se desprenden un buen número de escritores empezando por Carlos Ramírez Vuelvas, nuestro querido amigo y ahora secretario de cultura, David Chávez que es mi compadre, y quien me acompaña esta tarde en la mesa, Ihovan Pineda, también mi compadre que se quedó en Colima a cuidar el negocio y a escribir, Jaime Obispo, Oscar Chapula (que pronto será también mi compadre) y con quien sacaré próximamente un libro (a ver si nos vuelven a invitar a esta feria a presentarlo), le siguen Carmen Zamora, Gabriela Flores y nada más, aunque de esa generación hay muchos más egresados que si bien no se dedican a escribir sí hacen periodismo y comunicación ya sea conduciendo programas, colaborando detrás de cámaras qué sé yo.
En la Falcom vinieron y conocí muchos nombres más de personas que tienen y tuvieron el mismo sueño que tuve yo. Creo que Colima es una tierra de grandes talentos literarios. Ahí descubrí y descubrimos a Avelino Gómez (quien ganó el premio de poesía 2018 y su libro se presenta al día siguiente del mío[2]), Nadia Contreras, Jorge Vega, Octavio Romero, Verónica Zamora, Magda Escareño, Gloria Vergara, Ada Aurora Sánchez (actual directora de la Falcom), Rogelio Guedea, Sergio Briceño, Alberto Vega, Adín Valencia, César Anguiano, José (Meche) Barocio, Armando Polanco, Abelardo Ahumada, Alfredo Montaño (†), Salvador Márquez Gileta (†), Francisco Blanco (†), Ángel Gaona, Grace Licea… que son autores y autoras una generación o varias generaciones antes a la nuestra.
La Falcom está cumpliendo en este 2020 cuarenta años de haber sido fundada y de seguir dando talento a nuestro estado, para muestra: Krishna Naranjo (que también nos acompaña en la mesa), están también Gabriel Govea, Miguel Govea, Oscar René Robles, Magda Orozco, Indira Torres, Zeydel Bernal, Jetzabeth Fonseca en fin… no me gustaría dejar a nadie fuera pero cuando uno hace un listado tiende a ello, escritores y escritoras que sí y no han egresado de la Falcom, la mayoría sí. Todas son personas dedicadas en cuerpo en alma a esta pasión que reúne un mucho de obsesión, compulsión y hasta cierta desfachatez, a este sueño de tundir teclas y de dar una perspectiva de este mundo, una cosmovisión de este paso por lo que hemos denominado vida y que quede el registro de ello.
De todas estas personas han quienes han resistido a esta dura batalla de escribir y hay quienes han desistido y se van por otro camino, pero en los suplementos culturales han quedado sus nombres impresos con alguna muestra de su incipiente trabajo.
Viene una generación detrás empujando muy fuerte: Morelia Trujillo, Liz Romero, Melissa Aguilar, Gaby Zepeda, Ingrid Guijarro, Coral Anahí, que no sabemos si harán de esto una pelea a doce rounds, un juego de béisbol que se vaya a extrainings o un partido de futbol americano resuelto en tiempo extra, no lo sabemos, pero están en las aulas y están escribiendo y uno se ve entonces reflejado en los ojos del otro cuando teníamos esa rebelde edad y en casa anunciamos nuestro afán por las letras.
Me da mucho gusto estar de nuevo en mi querida ciudad y con todos ustedes presumiendo un poco las maravillas que tiene mi estado, porque ya lo dijo la gran Chavela Vargas: “Los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana”.
Y eso que todavía no les cuento de Griselda Álvarez, Trinidad Lepe Preciado, Balbino Dávalos, Francisco Hernández Espinoza, Ismael Aguayo Figueroa y tantos hombres y mujeres más que, desde el trópico, siguen dejando su huella impresa.
Muchas gracias por su atención.   


[1] Texto leído en la mesa redonda de literatura colimense dentro de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería en la Ciudad de México, evento llevado a cabo el día 26 de febrero de 2020 en la capilla del recinto cultural.
[2] Se presentó el día 2 de viernes en el auditorio seis de la Feria Internacional del Libro de Palacio de Minería. El libro se llama: La ciudad te seguirá, un portento poético ganador.

Wednesday, February 19, 2020




Café exprés
Salomón de la Selva


Pareciera que el maestro Rubén Darío (máximo exponente y representante del modernismo en lengua española fuera un autor mexicano, pero no, es nicaragüense). Nicaragua además de pertenecer a América Central y tener un territorio espectacular lleno de volcanes, playas y lagos (como espectacular es también México) nos ha legado a grandes autores entre los destacan obviamente Rubén Darío, Claribel Alegría (nacida en 1924 y fallecida apenas en 2018, aunque de ella, Tito Monterroso el creador del cuento del dinosaurio, en el libro Pájaros de Hispanoamérica publicado en el año 2001 bajo el sello Alfagura, sitúa a la autora en El salvador y la define como salvadoreña y no como nicaragüense, en fin), a la lista se suman, Ernesto Cardenal, Azarías H. Pallais, Rafael Pallais y en este caso a Salomón de la Selva (que no entiendo por qué no está en la lista de autores que consulté en la red mundial), Sergio Ramírez (ganador del premio Alfagura de novela con la historia Margarita, está linda la mar, que es un verso de su coterráneo Rubén Darío) y que dice más o menos así:

Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:

Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.

Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».

Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».

Y ella dice: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».

Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».

Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

* * *

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

De este poema nació, con Sergio Ramírez una novela. De Nicaragua hay muchos autores y autoras más que han salido para el mundo.
Pero no es de Rubén Darío, ni de Sergio Ramírez y tampoco de Claribel Alegría, ni de todos esos autores que han hecho que Nicaragua sea… de quien les quiero hablar en este espacio, no, de quien les hablar en esta columna es de Salomón de la Selva, otro poeta del Nicaragua que, dejando de lado el modernismo de Rubén Darío y el dulce verso que acabamos de leer; Salomón se enfrentó a otro tema mucho más delicado y más en boga hoy y siempre: la desesperanza que da una guerra, el dolor, la muerte, la destrucción que da vivir siempre en combate gracias a una maldita guerrilla consecuencia de una dictadura.
Las dictaduras (que en México tenemos la dictadura perfecta amén de esta mal llamada 4T) son una lucha constante de gente que no está de acuerdo con el dictador y es un cuento casi de nunca acabar.
Salomón de la Selva me recordó a grandes poetas: Federico García Lorca, Juan Gelman, Roque Dalton; Mario Benedetti y un puñado más porque sus poemas son un grito a la desesperanza, un estate quieto para el sistema opresor, una tabla de refugio para quien quiere tener esperanza, alcanzar sus sueños, vivir la vida.
La poética de Salomón de la Selva me ha destrozado el cuerpo, el corazón y todos los órganos porque en esta realidad que vivimos (que siempre supera a la ficción)… no quiero que mis hijos crezcan envueltos en este odio que parece carcomer a la raza humana y que, a decir del gran Stephen Hawking este hecho, este odio, este despotricar contra el otro será el inicio del fin de la raza humana sobre esto que hemos catalogado como mundo.
Hay que leer la obra poética de Salomón de la Selva y de todos los y las poetas y/o escritores /as que fueron y han sido acosados, violentados, expuestos al grado tal de dejar su patria, para encontrar refugio y tranquilidad necesarios para vivir, escribir y leer (que es nuestra pasión) en otro terruño, generalmente muy lejos de casa.





Wednesday, October 23, 2019

#OrgulloFalcom


Café exprés


 El discurso de ayer del rector de la Universidad de Colima, José Eduardo Hernández Nava ofrecido dentro del informe de labores de nuestra directora, Paulina Rivera Cervantes, me conmovió. Y me conmovió porque empezó diciendo #SomosOrgulloFalcom y porque comentó que los videos que presentamos lograron: 1) captar su atención en apenas unos minutos; y 2) conmoverlo a él mismo porque en el segundo video se exalta, honra y reconoce la labor de un gran maestro como lo fue el compañero y amigo Armando Castañeda Morfín recientemente fallecido. Dichas estas palabras por el rector, uno siente la piel de gallina porque se cree o reconoce, sin lugar a dudas, pero sin lugar a dudas: como un #OrgulloFalcom y además de ser orgullosamente Falcom, uno conoce a muchísimas decenas o centenas de personas que han egresado de la misma facultad y, amén de los años de egreso todos tenemos algo en común: “no hemos perdido esa misma pasión que nos hizo cursar estar maravillosa carrera: las letras, ese medio que nos hace, definitivamente, humanos”. Y uno también se cree que pertenece a algo. Entonces es por partida doble.
                El día de ayer fue sin precedentes. El auditorio de la Facultad de Medicina estuvo repleto y con la energía de la juventud que engrosa las filas de nuestra amada Falcom; esa energía que se siente cuando uno se para frente a ese grupo (o cualquier grupo de las cuatro carreras) y nos transmiten eso mismo que, seguro estoy, uno traía o transmitía cuando estábamos en las mismas condiciones pero, sobre todo, a esa misma edad.
                Todo marchaba como en ocasiones anteriores, como en informes pasados. Yo estaba sentado a medio plano del auditorio (no me gusta llamar la atención ni sentarme hasta atrás ni hasta adelante, soy medianero en ese sentido). Entonces me pidieron que me sentara en el área de los coordinadores, ni modo, con todo y pena me moví para mi nuevo sitio. En eso noté algo extraño y la presencia de muchas autoridades universitarias, me dio mucho gusto verlos ahí. Que conozcan mucho de nuestra carrera, eso. Presentía un cambio en la dirección de la Facultad de Letras y todo pintaba para que ahí, al final del informe, se diera dicho cambio. Y así fue. El presentimiento vino justamente por el tiempo que llevaba la maestra Paulina al frente de la dirección.
                Justo cuando el rector de la Universidad de Colima terminó con su intervención y fue, de nueva cuenta a ocupar su lugar en la mesa, volvió a pedir la palabra para dar a conocer la noticia a toda la comunidad Falcom reunida ahí: la doctora Ada Aurora Sánchez Peña fue nombrada como nueva timonel de esta embarcación llamada Falcom. Bravo.
                Para la maestra Poly (Beatriz Paulina Rivera Cervantes) no tengo más que palabras de agradecimiento, me tocó colaborar con ella un breve tiempo en la coordinación de la carrera en Letras Hispanoamericanas, pero fue quien me llamó, me propuso para ser parte de su equipo de colaboradores y con mucho gusto acepté el reto que ha sido intenso pero maravilloso, sobre todo, me pone en contacto con los jóvenes de la carrera que, como yo, tienen y seguimos teniendo el mismo sueño y la misma pasión por la palabra escrita… por las historias.
Ayer en la noche, cuando toda esta vorágine de emociones menguó un poco (ya me imagino cómo estaba la doctora Ada Aurora Sánchez), en una publicación en mis redes sociales le agradecí a Poly por todo lo que hizo para que yo brincara de la Dirección General de Publicaciones (mi antiguo trabajo, donde dejé grandes amigos y compañeros y lugar que también amo porque es una de mis pasiones y donde colaboré durante trece años), para estar ahora en la Falcom, mi facultad, donde me formé y soy egresado.
Y eso se tiene que agradecer.
Por otro lado, en esa misma publicación le di la bienvenida a la doctora Ada Aurora Sánchez Peña quien va a fungir como la nueva directora del plantel, con quien tengo una relación de amistad y de pasión por el arte escrito desde hace muchos años.
Hemos coincidido en diversos y variados eventos de índole literaria, cultural, poética e, incluso, musical y demás… y seguro estoy que esa misma pasión que le imprime a sus proyectos, le imprimirá a conducir esta facultad por el buen camino para seguir siendo #UnOrgulloFalcom.
Enhorabuena. 
Ha sido una semana de muchas y muy variadas emociones.

Thursday, October 03, 2019

Los talleres literarios


Café exprés



Me he ausentado del café exprés, lo sé. Me he ausentado de este espacio que es vínculo con el lector o lectora y que es importante para el contacto entre ambos (escritor y lector) y que, aunque digital, a final de cuentas es contacto. Sin embargo, he estado trabajando en una serie de talleres literarios que me han tenido movido, con la cabeza ocupada y en contacto con otras personas que tienen un gusto igual al mío por las letras; estoy yendo de un lugar a otro, preparando el material y las sesiones; por ejemplo, empecé esta labor en el Colegio Campo Verde donde un grupo de cinco entusiasmados adolescentes (con quienes comparto además del gusto por las letras el gusto por la música rock y la locura, quizá también el mismo sueño de ser escritores); y eso me tiene no ocupado, pero sí entretenido los lunes y los miércoles por la tarde. No le puedo decir a esta labor que me tiene ocupado, porque es algo que en verdad disfruto. Verme en los ojos del otro. Conocer y conocerme a través de esos ojos, de esos corazones, como me vi alguna vez yo. Además es una oportunidad maravillosa para conocer sus historias, leerlas, construirlas, saber cómo surgen, verlas crecer y, por qué no, publicarlas. Los sábados de nueve de la mañana a dos de la tarde tengo un taller de ortografía y redacción (que he combinado de manera colegiada con lo que es mi pasión que es, en definitivo, la literatura); allá me esperan cada fin de semana un grupo de veintiséis personas todas ellas compañeras y compañeros de trabajo de nuestra hermosa y querida alma máter que es la Universidad de Colima. No me dedico de manera directa a dar talleres de ortografía y/o redacción, pero acepté el reto y ha sido maravilloso, intenso, pero maravilloso. Y sucede exactamente lo mismo, nos conocemos, nos vemos, compartimos, aunque brevemente, el mismo tiempo y el mismo espacio, y lo que único que tenemos en esta vida es tiempo, por eso hay que saberlo invertir y les agradezco enormemente por todo ello. De la misma manera, los jueves tengo activa mi sala de lectura en el espacio que es ya conocido por algunos de mis alumnos y exalumnos: el Museo Regional de Historia de Colima, donde de cuatro y media a las seis… seis y media, se lleva a cabo el taller dinámico de lectura y escritura creativa, con un grupo de entre ocho y nueve personas. De aquí salen algunos productos que los chicos y chicas de la Facultad de Letras y Comunicación trabajan posteriormente en otras clases como: guionismo, creación en prosa, creación poética y otras afines. Incluso, podría decir que algunos de estos ejercicios podrían nutrir, en un futuro, el suplemento Destellos de nuestra querida facultad. El último taller en el que estoy inmerso es el que arranca el día de hoy jueves 3 de octubre y que durará hasta el 14 de noviembre. Como todavía no tengo el poder de la omnipresencia (de la ubicuidad) como dicen que tenía el indio Vicente Alonso, para el taller del Museo Regional de Historia de Colima donde se encuentra ubicada la sala de lectura que lleva por título: Un capitán de quince años (en honor al gran escritor francés Julio Verne), ahí, para ese espacio, he requerido la oportuna intervención de una alumna de quinto semestre de la carrera de letras hispanoamericanas: Vanessa López, quien está poniendo en práctica algo de lo aprendido en clases. Este nuevo taller que arranca el día de hoy se llevará a cabo en las instalaciones de la FEUC, está abierto para todo tipo de público y lo que es mejor, conoceré a otro grupo de personas que tenemos los mismos intereses por leer y por escribir. Y todavía hay quien dice y piensa que estos talleres no sirven para nada… En fin.   

Wednesday, September 11, 2019

Personalidades


Café exprés


Desde 1999 «que es cuando tengo una conciencia más literaria y es el año en que ya estoy muy metido en esto de la literatura, porque si bien es cierto que desde la secundaria tuve conciencia literaria, es en 1999 cuando vi en persona, en Colima, por primera y única vez, a una de las plumas más importantes de la literatura mexicana: José Emilio Pacheco». Y de aquél momento guardo un vivido recuerdo.
                Tenía ya diecinueve o veinte años en el noventainueve, para ese entonces ya conocía a Víctor Manuel Cárdenas y a Guillermina Cuevas «a Víctor, lo he contado en otras columnas y textos, lo conocí cuando fui parte del Conafe y él era el director y su estela de perfume me persiguió desde entonces; y a Guille, no sé si lo he narrado o no, pero a ella la conocí en el maravilloso Cedart Juan Rulfo, Zaira (hija de Guille y yo, íbamos casi casi en el mismo salón), conocía también a Alfredo Montaño, al maestro Efrén Rodríguez y creo que nada más». Maravilloso aquél noventainueve donde la única responsabilidad era la de estudiar.
                Ver a José Emilio Pacheco me impactó sobremanera. Vino a Colima al Archivo Histórico del Estado (ubicado en el jardín Juárez o de La Concordia), no recuerdo si presentó libro o sólo una conferencia. El año de 1999 cada vez se va haciendo más borroso en el almacén de mi memoria, pero ahí vi al maestro, obviamente, no llevaba ningún libro para que me lo firmara, ni modo.
                De ahí he conocido a muchísimas personalidades del mundo de la literatura e, incluso, del espectáculo, todas ellas con una vibra maravillosa y una pasión por nuestro estado como no he visto en muchos de los que vivimos aquí.
                No me gustaría dejar a nadie afuera de este conteo, espero tener buena memoria. El escritor y amigo mío Rogelio Guedea tuvo a bien organizar una serie de presentaciones y charlas con varios autores mexicanos, a Rogelio siempre le voy a agradecer que me haya invitado primero a compilar, después a antologar y por último a prologar sus minucias e invitarme a presentar la obra o parte de la obra de un maestrazo en el arte de contar cuentos, estoy hablando sin lugar a dudas de: Heraclio Zepeda.
Dentro de esas presentaciones estuvo en Colima: Heraclio Zepeda, Pedro Ángel Palou, Lauro Zavala, Hernán Lara Zavala, Elba Macías y alguien maravilloso que jamás creí conocer: Juan Gelman. Supongo que vinieron más personalidades, pero no lo recuerdo del todo bien. Mi memoria empieza a fallar.
En la entrega del premio narrativa Colima para obra publicada me ha tocado, en suerte (en suerte y no porque esos eventos son de estar presentes e ir) conocer prácticamente a todos y todas que lo han ganado desde que estoy en la facultad que es 1999 a la fecha. De esos años, recuerdo perfectamente que vino el escritor Jorge Volpi a presentar su novela En busca de Klingsor, de esa ahí visita a nuestro buen amigo Oscar Chapula le quedó el mote de Volpi por su extraño y semejante parecido con el joven autor mexicano. Por eso repito, qué maravilloso fue el año noventainueve a excepción que fue el año del fallecimiento de Jaime Sabines, un autor que me hubiera encantado conocer en persona.
Volviendo a los premios narrativa Colima para obra publicada conocí a: Mónica Lavín, Gustavo Sáinz (ya fallecido), Enrique Serna, Daniel Espartaco, Daniel Sada, Alberto Chimal, Geney Beltrán, René Avilés Fabila, Guillermo Fadanelli, Pablo Soler Frost, Ana García Bergua, Fabio Morábito y Carlos Velázquez, de esta extensa lista mencionaré que me tocó presentar a dos de ellos: Paco Ignacio Taibo II y a Jaime Romero Robledo. A David Toscana, Héctor Manjarrez, Esther Seligson (ya fallecida) y Rodrigo Garnica no tuve el gusto de conocerlos. Así las cosas.
A Elena Poniatowska la conocí en un evento que organizó la Universidad de Colima, ella venía a hacer un comentario de la vida y obra de Juan Soriano, a quien se le iba a entregar el doctorado Honoris Causa por esa mismo institución que es mi alma máter. Esperé pacientemente a que la autora estuviera un poco menos asediada por la prensa, ella se dio cuenta de ello e, interrumpiendo a los reporteros que, lejos de preguntarle del evento al que venía, se le lanzaron a la yugular a cuestionarle sobre las elecciones venideras, me dijo que le pasara mi libro para que me lo firmara, ante el asombro de los reporteros que, se hicieron a un ladito, la autora me firmó mi libro, me dio la mano y le di un beso, sus ojos brillaron o quizá siempre brillan, pero los míos brillaron más y estoy seguro de ello.
A Ana Clavel, Omar Delgado, Alfredo Peñuelas Rivas, Felipe Lomelí y compañía los conocí en el evento que se organizó en honor al cuento en Cuento en Comala. Donde repitieron su estancia Mónica Lavín, Pablo Soler y Eduardo Antonio Parra, a él ya lo había conocido cuando me inscribí a la escuela Sogem Colima «de donde soy egresado» y fue mi maestro y, estando ahí, en la Sogem, tuve la oportunidad de cotorrear con gente como Bernardo Ruiz, Teodoro Villegas, Ester Leñero, Gerardo de la Torre y muchos más.
Efraín Bartolomé ha estado varias veces en Colima y he tenido la oportunidad de ir a verlo en sus recitales poéticos, a Juan Villoro ni se diga, en 2019 ha estado varias veces en Colima y viene de cuando en cuando a Manzanillo donde tiene un bonito departamento, fue justamente en Manzanillo cuando lo conocí por vez primera en un evento que organizó el poeta Avelino Gómez Guzmán en un encuentro de cuento joven; en el puerto también conocí al monero Trino y a la viuda de Pedro Infante, la señora Irma Dorantes. A mi cuate Guillermo Vega Zaragoza también lo conocí en Manzanillo cuando compartimos mesa, vino, fiesta, letras, rock y tables dances con mi otro querido amigo y escritor Melquiades Durán. Francisco Hinojosa ha estado varias veces en Colima y en todas esas veces he estado presente.
Fernando del Paso «fallecido recientemente y una de las últimas plumas de aquella generación de autores a la que está ligada también Elenita Poniatowska» vino a recibir el premio Juan José Arreola dentro de las jornadas del Festival Internacional de la Palabra donde estuvo Jaime Mesa, Paola Valverde, Dennis Ávila, Carmen Villoro (a quien ya conocía desde antes) y el maestrazo de maestros Ricardo Yáñez y fue todo un placer, además de ser su chofer, llevarlos a conocer el terruño colimense.
 Prácticamente no he tenido que viajar para conocer a mis autores favoritos o que se han convertido en mis favoritos. Seguro estoy que vi, cuando todavía no ganaba el nobel de literatura a José Saramago en la FIL de Guadalajara, seguro, pero bueno, ni yo me acerqué, ni pasó nada. He visto de lejitos a Benito Taibo, a Víctor Trujillo, a Alberto Ruy Sánchez y a BEF, pero con él sí pude acercarme y que me firmara mi libro.
En un viaje maravilloso a Campeche con el querido amigo Daniel Casanova me tocó conocer e ir a beber unos tragos en buena onda, muy buena onda con el estimado maestro y amigo Antonio Malpica.
Espero no haber dejado a nadie afuera de este maravilloso conteo. De internacionales he conocido a algunos, algunas, pero esa es otra historia. No pretendo presumir, ni mucho menos, pero ahora que estuvo Hugo Hiriart veo y creo que es importantísimo que los estudiantes sigan teniendo este tipo de encuentros con autores de renombre y que son un baluarte sin duda de las letras mexicanas. Hiriart estuvo en la facultad de letras como estuvo también Ianis Guerrero actor de la serie de televisión Club de Cuervos, productor y escritor de cine; esto al alumnado se le graba como a mi generación se le grabó que estuviera Jorge Volpi con nosotros y, si ya tenemos una pasión por esto que es el mundo de las letras… la pasión se vuelve o se hace más grande cuando conocemos a alguien así o de esa talla.
En fin.
En otra columna hablaré de quien me hubiera gustado conocer y no tuve ese maldito placer. Ni modo.       

¿Qué es lo primero que levantas del suelo después de un terremoto?

 En palabras Llanes     I Una vez más México hace historia; otro 19 de septiembre que « retiembla en su centro la tierra al sonoro...