Friday, October 30, 2020
Friday, October 09, 2020
Thursday, September 03, 2020
¿La soledad era esto?
Café exprés
Porque todo es igual y tú lo sabes
Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa y has cerrado la puerta
con aquel mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que
llegaras,
y encendiste la luz, para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas, como
estarán dentro de un año,
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que
un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus
hojas,
y te has sentido solo,
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo
sabes.
La casa encendida
Luis Rosales
En
esta columna el día de hoy todo es y está muy español. El título es de una
novela del gran escritor Juan José Millás con la obtuvo el premio Nadal en el
año de 1990. El epígrafe, como se puede ver, es del poeta Luis Rosales del
poema La casa encendida. Donde se aprecia que todo es igual y tú lo
sabes. Y es justo esto lo que quiero resaltar aquí y ahora.
Pero esta columna no es
precisamente para alabar ni hablar de las virtudes de los escritores y
escritoras españoles que he leído con cierta fruición desde Almudena Grandes,
Clara Sánchez, Félix Grande, Félix de Azúa, Ramón Gómez de la Serna sólo por
mencionar algunos; además de los ya citados y claro, al gran Miguel de Unamuno
y cómo olvidar a León Felipe y ese portento poético que se llama ¡Qué pena!,
poema que transcribo a continuación:
¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas
y siempre se repitieran
los mismos pueblos, las mismas ventas,
los mismos rebaños, las mismas recuas!
¡Qué pena si esta vida nuestra tuviera
—esta vida nuestra—
mil años de existencia!
¿Quién la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién la soportaría toda sin protesta?
¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra
al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?
Los mismos hombres, las mismas guerras,
los mismos tiranos, las mismas cadenas,
los mismos farsantes, las mismas sectas
¡y los mismos, los mismos poetas!
¡Qué pena,
que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!

Sin
embargo, en La soledad era esto, JuanJo Millás narra la vida de Elena
Rincón; es una historia que arranca a partir de la muerte de la mamá del
personaje central y se aprecia una lenta metamorfosis hacia la liberación a
través de un doloroso aprendizaje; y es justo esta parte la que quiero resaltar
en esta columna el día de hoy, por eso también el epígrafe de Luis Rosales que
dice, entre otras cosas:
Has llegado a tu casa, y, al entrar, has sentido la extrañeza de tus pasos que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, y encendiste la luz, para volver a comprobar que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año.
Y
tampoco es que mi vida arranque con la muerte de mi madre acaecida hace poco
más de un mes, pero quiero resaltar, justamente, que La soledad era esto,
así; mi madre ha muerto y su presencia se extraña a raudales, la vida nos ha
cambiado en un giro de ciento ochenta grados porque nos deja un vacío que es
muy complicado de llenar pero, sin embargo, veo cómo todo regresa poco a poco a
la normalidad, amén de su ausencia las cosas siguen igual y ella, donde quiera
que esté, lo sabe.
O si no están igual, por lo menos tratamos de que
estén o sigan o vayan de la manera en la que a ella le hubiera gustado, como si
ella aún estuviera todavía con nosotros.
Madre, ha pasado poco más de un
mes de tu dolorosa partida de este plano terrenal, no sé si te he llorado mucho
o te he llorado poco, no lo sé; no se puede medir esto como no se puede medir
la lectura; lo que sí es verdad es que te extraño mucho, los días sin ti parecen
o están vacíos.
Sólo veo que al paso de los días todo sigue igual,
incluso, hasta con cierta indiferencia, las cosas, los hechos, los eventos se
suceden, las fechas (por ejemplo, tu cumpleaños o el día de los abuelitos, todo
pasa y todo queda, pero lo nuestro pasar, dice otro gran poeta español Antonio
Machado) y todo sigue igual, todo pasa igual, te repito, con cierta
indiferencia… por eso pregunto como lo hace JuanJo Millás en la novela ¿La
soledad era esto?, supongo que sí, supongo que así se superponen los días
cuando uno se va, cuando uno se acostumbra, poco a poco, a la ausencia física
de las personas aunque, por dentro, el recuerdo sea para toda la vida y se lleve
para siempre… a ti te voy a llevar para siempre pero sabes, se me ocurre que en
el rock en y con él, tenemos una conexión interesante; ahora el rock me dolerá
o me llegará de otra manera, simplemente con tu grácil recuerdo, gracias por
eso y por todo lo demás…
Saturday, August 01, 2020
La magia de la poesía Parte III
Café exprés
La magia de la poesía
Parte III
La pandemia trajo consigo aislamiento social y muchas cosas más, al inicio era agradable quedarse en casa, salir del estrés del día a día del trabajo, de los maestros y los alumnos (que ya extraño sobremanera). Luego aquello se convirtió en un verdadero martirio, un suplicio y un volverse locos cargado de estrés, encierro, de pendientes, de muchos pendientes, correos interminables, lidiar con programas integradores, proyectos que no tenían pies ni cabeza, plataformas que no servían ni sirven para nada, internet lento, clases en línea, reprogramar las clases, en fin, sobre todo, correos, miles de correos que llegaban a diario saturando mi bandeja de entrada y todos requerían o tenían el subject de: URGENTE. UR-GEN-TE.
Poco
tiempo tenía entonces de acomodar mis libros, de buscar el poemario de Juan
Carlos Recinos, de leerlo, es más, poco tiempo tenía de leer algo que a mí me
gustara; todo se volvió leer para y por la academia (#QuéFeoYQuéTerrible), esa
desdichada que a veces deja sinsabores porque ni soy PTC, ni pertenezco a
ningún cuerpo colegiado o no, ni soy investigador, ni soy nada, salvo un
soldado raso de la academia que gana un sueldo por debajo de lo medianamente
asequible para vivir y sacar los gastos de la quincena y, ahora, pagando
internet y luz, carísima luz y utilizando mis pocos aparatos para sacar adelante
el llamado home office, pues no, no sale para el gasto… en fin.
Del
libro de Recinos ni sus luces, abril, mayo y la mitad de junio fue trabajar y
trabajar y responder cada día todo el día, miles de correos sin ton ni son, sin
ton ni son. Hacer la comida, cuidar al pequeño Richard, oír que el adolescente
peleaba con los profes que se enseñaban dejando tareas kilométricas, viendo que
mi mujer no tenía una computadora para trabajar asuntos del Museo Regional de
Historia que, como la Universidad de Colima, todo lo pedía y lo pide de manera urgente,
todo era de un día para el otro y todo estaba en la computadora de nuestro
lugar de trabajo, no en nuestra única computadora personal que, dicho sea de
paso, era la mía, una pequeña lap top del año 2011 que para este 2020 ya
empieza a verse lenta, cansada, obsoleta, inservible… pero nos sirvió para
sacar el trabajo y compartirla por turnos, mi mujer por la mañana, yo por la
tarde… a veces yo por la mañana y ella todo el día porque así de tóxico se ha
convertido su lugar de trabajo y de pronto el mío así lo era o así lo llegué a
sentir: tóxico.
Pero
dicen que para todo mal mezcal y para todo bien también, a inicios de julio,
como por arte de magia apareció Jericó (este pinche libro y esto de
pinche lo digo con todo el respeto y el cariño que me merecen tanto el libro como
su autor; pero este pinche libro tiene magia). Resulta que el pequeño de la
familia en su afán por ayudar a acomodar los libros lo había subido a mi
librero, donde tengo mi escritorio (que no he utilizado para tal fin, no lo he
utilizado para ningún puto fin porque he trabajado en la mesa del comedor donde
pongo todos los días mi oficina en la casa y todos los días la quito para poner
la mesa y comer) y el libro cayó a la parte de atrás del librero y pues ni dios
padre lo veía y si dios padre no lo veía, pues menos yo que a mi corta edad, ya
empiezo a utilizar lentes para leer, así de grave estoy.
Decía
que Jericó tiene magia por la forma en que llegó a mí, luego la manera en
la que lo perdí y posterior en la que lo encontré. Por esto todo esto que estoy
narrando aquí, a todo esto, le he puesto de título a estos relatos: La magia de
la poesía. Juan Carlos Recinos y yo cojeamos de la misma pata, el amor
inconmensurable que le tenemos a nuestros hijos (él al suyo y yo al mío), fruto
del trabajo y de estar tundiendo teclas a diestra y siniestra, quizá más a
siniestra que a diestra resulta este poemario.
Al
abrir Jericó me topo con un autor maduro, lleno de luz en su camino y en
su poesía, porque en el libro hay mucha luminosidad que se repite en cada
verso, en cada poema, aunque también hay momentos de oscuridad y es que la vida
es todo esto, claroscuros, momentos de ruido pero momentos también de silencio
como en la música; notas, notas que son de cuatro, de dos, de un tiempo o de
medio tiempo (corcheas) y hay fusas y semifusas, pero también hay espacios de
silencio y hay bemoles y becuadros.
En
Jericó encontré mucha paz, paz que me hacía falta para continuar con
estos días de pandemia; días de encierro que me han vuelto loco, con ataques de
ansiedad (que yo no padecía y de insomnio), desesperación por el retraso en los
pagos de la quincena que se han vuelto una constante en la Universidad de
Colima, ataques de locura, de depresión por ver a mi madre enferma, casi
inerte, postrada en una cama esperando el final (final que ya llegó ahora que
publico esta última parte del texto).
El libro de
Recinos me ha devuelto un poco de luz en este oscuro semestre, pesado, donde
siento que las autoridades exigen y exigen y se la pasan pidiendo como para ver
si uno trabaja o no. Claro que trabajo en mi casa, en calzones quizá y sin
camisa (porque el calor está a todo lo que da), con mi cerveza quizá (porque es
mi bebida favorita y, repito, el calor está a todo y mucho más) pero estamos
trabajando y lo hacemos bajo un estrés que no tiene paradigma y, ahora, con el
retraso en los pagos uno se pone a pensar en miles de cosas, cientos de cosas
que están por venir y que no pintan nada bien.
Pero
dice este verso sacado del libro de Juan Carlos: «En esta casa, alguien trazará
la nueva coordenada, el destino de este relámpago», como un presagio a los días
por venir que, definitivamente, en casa y en el exterior van a ser bien
diferentes gracias al Covid-19, tanto que ni siquiera hemos podido regresar a
esa nueva normalidad de que tanto hablan en los medios de comunicación de
nuestro flamante gobierno federal que ha servido para un carajo y que está
cruzado de brazos viendo cómo México termina por caerse carajo.
«Mi
oficio es cantar lo que en ti soy» no sólo hace gala del maravilloso
arte musical, pero qué hemos hecho en esta pandemia que no sea el arte, hemos
declamado, oído música, leído, pintado, escrito, por todos lados nos decían que
leer era una forma de pasar esta pandemia, vaya que lo ha sido. La lectura nos
ha devuelto la cordura y sin embargo el artista es el mal pagado, el que se
dedica a un ocio, el que no sirve para nada, no lo creo, cantar es mi oficio
porque en ti soy. Y yo le canto a mi hijo y Recinos le canta al suyo, sí, lo
sé, cojeamos del mismo pie.
Más
adelante del libro el poeta lanza una advertencia porque no, no hay conjuros «¿Reconoces
el tiempo que habitamos?». En verdad lo y nos reconocemos en estos días
extraños, tiempos complicados donde el presente es difícil y el futuro parece
incierto. Muy incierto.
Sin
embargo, siempre nos queda el amor que será lo único que nos puede y nos debe
salvar porque: «Amar los límites de tu cuerpo ha sido comprender el mundo en
esta luz naciente» y de nuevo el poeta ilumina nuestro sendero y el amor por y
para la mujer, pero no sólo para ella, sino para un nuevo fruto, un fruto que
puede ser en mi caso un pequeño remolino de tres diminutos años cargados de una
energía que, esta sí, ya la quisiera el otrora citado Obama.
Relámpago,
luz, destello, tintineo, reflejo, sombras, todo esto se avizora en la ars
poética de mi amigo Juan Carlos, combinado con versos que nos dan un buen
augurio como el de: «En una visión tu sueño permanece intacto». Hay lluvia,
agua, humedad, sexo, sexos, saliva, besos, ahogado y memoria, memoria de la
desmemoria que quizá, y lo digo líneas arriba, estoy perdiendo.
El símbolo
de la casa desde Nagara está presente en la poesía de Juan Carlos; que
es refugio, que es el lugar al que regresamos, que es techo y guarida,
protección y sitio de reposo; ahora más que nunca, de reposo y de refugio para
los días de infección que nos ha tocado vivir.
No
podía falta el elemento mar y sus diversas connotaciones y relaciones con las
olas, anclaje, barco, barca, inmensidad, eternidad, azul, etcétera. Hay también
desnudez, cuerpos, fruición y, por supuesto, nacimiento. Sobre todo, hay
memoria, mucha memoria de esto, de aquello y de lo que vendrá. Y hay versos que
nos rompen el alma porque son certeros, son dardos cargados de veneno que traen
Covid-19 y nos destrozan cuerpo, alma, mente, espíritu como este de: «Aquí
navega el miedo como un enfermo» y es justo lo que hemos hecho, navegar leyendo
con terror el miedo de estar metidos hasta el tuétano, hasta la médula espinal
en esta jodida pandemia.
El
año 2020 no se va a olvidar, han muerto desconocidos y conocidos, famosos y no
famosos, han muerto miles de personas generando una ola de terror en el resto
de la población que no sabemos si estamos infectados o no, si esto nos corre
por dentro, nos corre por fuera o, simplemente nos corre y ni nos damos cuenta.
Al final: «Amanece. Una sombra abre el mundo». Esta dualidad que nos perturba
pero que es la chispa que nos mantiene porque: «En este caudal hay que andarse
a tientas» dice el poeta, y no tocarse el rostro, usar mascarilla, lavarse las
manos, untarse de gel antibacterial. Sanitizar que es una palabra que no existe
porque le tenemos un miedo terrible a desinfectarnos. No podemos usar
eufemismos.
Julio
trajo lluvia, agua, viento, nubes cargadas, se limpió el ambiente, se
desinfectó no se sanitizó, se desinfectó y ahí y así, justo ahí y así: «Escuché
tu voz y fuiste lluvia» y es una de las mejores imágenes que el autor me
hubiera podido regalar, porque literalmente me regaló su libro y, yo, en
contubernio le regalaré el mío porque definitivamente: «Dios no odia a nadie.
Corre. Juega. Habita esta casa a voluntad de mi madre y su rezo desbordado» y
yo y mi abuela materna, sobre todo mi abuela materna, rezamos de manera desbordada
para clamar por la salud de mi madre porque: «Amamos en silencio todo lo que
hemos perdido» pero si ha de ser, que sea una derrota del mar para purificarnos
en sus aguas y, al voltear la mirada al infinito, ver en aquella estrella a un
ángel que nos cuida desde el cielo.
Todo
esto se lo debo a aquél 13 de marzo de este año 2020, cuando Jericó,
llegó a mis manos. Gracias Juan Carlos, gracias poesía, gracias vida…
Por cierto,
julio trajo también la muerte de mi madre, el 19 no lo voy a poder olvidar…
La magia de la poesía Parte II
Café exprés
La magia de la poesía
Parte II
Jericó
se presentó en el poliforum Cultural Mexiac días antes de nuestra odisea,
maravillosa, por cierto, de Tecomán. Como público que soy y asiduo a este tipo
de eventos por y para acompañar a mis amigos (y a mis enemigos también, aunque
no creo tener yo ninguno, pero creo ser enemigo de alguien y no sé por qué
razón, pero ya es cosa de cada quien).
Decía que me
gusta acompañar a mis amigos a la presentación de su nuevo libro, porque sé que
le pusieron empeño, le dedicaron tiempo, esfuerzo, sacrificio, tesón y mucho
más. Sé también que no es fácil publicar y menos en estos días. Y mucho menos
en días de pandemia.
Aquella
ocasión traía la módica cantidad de 150 pesos, costo del libro, pero resulta
que yo traía esa cantidad para vivir lo que restaba de la quincena (tuve que
consultar con el propio Recinos la fecha de presentación de su libro, 9 de
diciembre de 2019), así que todavía faltaban algunos días para el pago y, por
obvias razones, no compré ese día el libro, me reservé para otra fecha. Además,
entre Recinos y yo tenemos un acuerdo tácito de intercambio de libros, ello
para no generar gastos económicos, yo le regalo mi libro y él me regala el
suyo; así de fácil. Lo malo es que el mío lo tenía planeado para finales o
mediados del año pandémico 2020. Sí, ese que lleva por título: Una antología
fúnebre: Los muchos rostros de la muerte, agenda mortal.
Abrir
mi mochila y toparme con un ejemplar de Juan Carlos Recinos me dio mucho gusto,
no sé en qué momento se le ocurrió la idea de deslizarlo en el interior, seguramente
cuando andaba de moderador con aquellos chicos y chicas de Tecomán. Recinos vio
la oportunidad, encontró cerca mi mochila y simplemente lo deslizó. Me agradó
mucho encontrar el documento en el interior sin que yo me diera cuenta. Dejé el
libro reposar en la mesa del buró, leí la dedicatoria y esperé al día siguiente
para empezar su lectura.
El
sábado 14 de marzo me levanté a caminar. Leí que la pandemia empezaba a pegar
fuerte en varios países, el caso de Italia era alarmante junto con el de
España. Al regreso de mi caminata matutina en la que acostumbro a dar diez mil
pasos, mi mujer me apresuró a ir al tianguis por las viandas de la semana, y
ahí fuimos. El libro seguía reposando feliz en la mesa del buró…
Las
labores de casa son cansadas, ir por el mandado, lavar y acomodar la fruta y la
verdura, más toda la actividad acostumbrada del sábado, es algo que ni Obama
tiene y uno termina rendido más si a eso le agregamos la pequeña gran energía
de un terremoto de tres años que es sumamente demandante y exige jugar los 365
días del año, bueno, este 2020 para colmo fue bisiesto, los siete días de la
semana las veinticuatro horas al día, simplemente agotador.
Para terminar
pronto ese día no leí nada. Los domingos los tengo destinados a ir a visitar a
mis padres desde temprano y regreso tarde, por lo que tampoco leí nada. El
lunes a las carreras me levanté para ir a la oficina y trabajar y por el
trajín, olvidé el libro en la misma mesa del buró donde, seguro estoy, se reía
de mí reposando feliz.
Ese
pequeño terremoto se dio a la tarea de esconder el ejemplar porque se me
traspapeló y no lo encontré, el miércoles de esa semana, miércoles 18 de marzo
cumpleaños de mi querida Mirna, se nos dijo que esto de la pandemia empezaría y
que lo mejor era permanecer en nuestras casas. El libro se hizo ojo de hormiga,
se esfumó, no lo encontré por ningún lado. La pandemia venía en serio y no
había para dónde hacerse. Recuerdo que esa semana tuvimos severos contratiempos
por muchas cosas; yo seguía en recuperación de un herpes zoster con que fui
diagnosticado a mi regreso del Distrito Federal (odio el mote de CDMX) y de
cuando en cuando sentía los dolores que me daban por dentro. El 24 de marzo fue
mi cumpleaños y empecé a hacer mis videos para recomendar la literatura y a
ciertos autores y autoras que en mi peculiar punto de vista no han sido leídos
y leídas o que no se conocen mucho… del libro de Juan Carlos Recinos no había
rastro, parece que la pandemia se lo había llevado o, así como llegó, así de
fácil quiero decir, así de fácil también se me esfumó. Ni hablar.
Para
todo esto, en esos días nos estábamos cambiando a esta casa, donde ahora
escribo esto, así que todo se nos juntó, el viaje a la FIL del palacio de
minería, el cambio de casa, el herpes zóster y una incapacidad de siete días y
luego esta bendita pandemia que nos tiene metidos en casa…
Esta historia
continuará…
La magia de la poesía Parte I
Café exprés
La magia de la poesía
Parte I
Fue el 13 de marzo de este año
2020. Estábamos, un grupo de escritores y escritoras, todos amigos y en sana
convivencia, reunidos en la hermana ciudad de Tecomán. La maestra Isabel
Martínez nos había hecho la invitación de estar presentes para platicar con un
selecto grupo de chicos y chicas de secundaria; ellos y ellas, tienen a su
cargo un proyecto muy noble que involucra a la literatura, el café literario: «Libros
y café comunitario», proyecto que se desprende de su sala de lectura del
mismo nombre. Lo que considero otro gran proyecto muy noble, sin duda alguna.
Porque la maestra Isabel y yo nos hemos conocido en ese otro proyecto, del que
somos o fuimos parte; un diplomado, del que, por cierto, a estas alturas
todavía no sabemos si concluimos satisfactoriamente o no. Digo que son ambos
son proyectos muy nobles porque se desprenden y desarrollan a partir del
trabajo personal, no nos pagan por fomentar la lectura, al contrario, ambas
salas tienen alumnado, la mía, habita, por lo pronto en las instalaciones del
Museo Regional de Historia de Colima, en el Centro Histórico y la de la maestra
en su escuela, en Tecomán.
Ese
día de marzo, antes de la pandemia, viernes 13 por cierto para quién cree en
esas cosas, los chicos y chicas del taller: «Libros y café comunitario»
sesionaron (por decirle de alguna manera) y el plato fuerte éramos nosotros,
los escritores/as colimenses para hablar de nuestras obras, proyectos y las ganas
de seguir escribiendo amén y a pesar de todo. El objetivo, transmitirles un
poco o un mucho de esta pasión a ese numeroso grupo de adolescentes deseosos de
buscar algo más que tragedias en su vida, algo más que un futuro incierto como
a algunos les puede esperar.
En
la mesa, esa tarde calurosísima, por cierto, estábamos Jetzabeth Fonseca, Lía
Llamas, Armando Polanco, Adín Valencia, Melquiades Durán, Juan Carlos Recinos y
yo (dentro del público se encontraba Zeydel Bernal). Fue una tarde de
reencuentro con los amigos/as escritores (desde ese día no los he vuelto a ver
en persona por la contingencia sanitaria que, días después, nos volcó de lleno en
nuestras casas y nos tiene guardados, sin vernos, sin platicar de nuestras
pasiones, entre ellas, por supuesto, la literatura).

Cada
uno/una habló de sus proyectos, de su técnica y obra. En mi intervención traté
de ser muy breve porque ya había estado un viernes anterior con ellos. Aquél
día regresaba de la FIL del palacio de minería en la Ciudad de México y esa
tarde me moví a Tecomán para estar con ese grupo y la promesa de regresar días
después con un selecto equipo de amigos y amigas escritores. Y, pues ahí
estábamos. Me volví una especie de moderador del evento. El interés personal
era que mis amigos/as participaran, pero más que eso, que los chicos y chicas
ahí reunidos (en la biblioteca de la Casa de la Cultura de Tecomán) se
atrevieran a preguntar, a charlar y que fuera un rollo un tanto más
interactivo.
Así
que, a la mitad, justo a la mitad y luego de que cada uno de nosotros
participamos, presentándonos con los chicos y chicas, hablando de nosotros
mismos, leyendo un poco de nuestra obra, etcétera, tuvimos un breve receso
donde nos convidaron unos panecillos deliciosos y uno o dos vasos de agua
fresca. Al regreso del, vamos a decirle festín, ya no tomé mi lugar en el
espacio designado para mí, sino que pedí el micrófono y pregunté a la amable
concurrencia si había alguna intervención. Por un principio dudé que alguien se
animara, pero estaba equivocado como casi siempre lo estoy. Tecomán es un lugar
donde casi no llegan presentaciones de libros o eventos culturales, la gente,
entonces, está ávida por algo más que calor, cocos, playa, limones y bañistas;
y ahí estábamos nosotros para beneplácito (espero que así lo haya sido) de la
concurrencia. De pronto vi muchas manos levantadas y allá me dirigí, micrófono
en mano. Hubo preguntas para todos y de todo tipo. Las autoridades de la
biblioteca regalaron cinco libros a igual número de personas que levantaran la
mano y lanzaran una pregunta. Se agotaron súper rápido. Cada uno de los
participantes, al ver esto, sacó sus libros y me los entregó para seguir
regalando obra porque las manos seguían levantadas. Saqué de entre mi mochila
parte de mis libros y también los doné. Se juntarían otros diez o quince
libros. Muy generosos los compañeros y compañeras escritores que, sin cobrar,
llegando de Colima, Manzanillo o, incluso, de mucho más lejos, estaban ahí,
gustosos/as y, todavía, regalando sus libros.
Hubo
de todo, gente que enseñó sus dibujos, alguien que declamó poesía; Lía Llamas
fue la que más fans tuvo y la que más preguntas respondió, quizá su voz de
locutora atrapó a la concurrencia, quizá su sombrero llamó la atención o su
manera de ser tan libre, directa, franca y sin caretas fue lo que atrapó al
público juvenil y vaya que el público juvenil es exigente. Adín Valencia robó
cámara y fue el que más fotos concedió, al final de todo esto «y
los demás no nos podemos quejar», creo que nos fue muy muy bien con
este público exigente que pedía una segunda parte de este evento, pero ahora en
el jardín de Tecomán (proyecto que se quedó trunco como se han quedado muchas cosas
y eventos por la situación que estamos viviendo a nivel mundial).
Posteriormente,
y como agradecimiento a nuestra participación, la maestra Isabel y la directora
de educación y cultura del municipio Claudia Verduzco Anguiano, nos invitaron a
comer-cenar. No quiero hacer muy largo este cuento que les estoy contando. Pero
al finalizar el día, al regresar a Colima y dejar a mis amigos Armando Polanco
y Lía Llamas (quienes me acompañaron de ida y vuelta). Pasé por mi mujer y mis
hijos y nos fuimos a casa a descansar. El trajín había sido largo, agotador y
cansado.
Antes
de despedirnos, como debe ser, a las afueras del restaurante del que no
recuerdo su nombre, pero prometo que lo voy a investigar… intercambiamos firmas
y libros, libros y firmas y una que otra foto, repito, como es costumbre. Sin
embargo, y ya en casa, un hecho me asombró sobremanera. Al abrir mi mochila, en
el interior, descubrí un libro de poesía que no era mío, vaya, que no había
comprado yo, ni había intercambiado con el autor.
Me hallé con Jericó
de mi querido amigo Juan Carlos Recinos.
Y
esta historia continuará…
Monday, July 13, 2020
Una antología fúnebre: Los muchos rostros de la muerte, agenda mortal
Palacio de gobierno… ¿un espacio cultural?
¿Qué es lo primero que levantas del suelo después de un terremoto?
En palabras Llanes I Una vez más México hace historia; otro 19 de septiembre que « retiembla en su centro la tierra al sonoro...
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