Saturday, August 01, 2020

La magia de la poesía Parte III

Café exprés

La magia de la poesía
Parte III
 

 

La pandemia trajo consigo aislamiento social y muchas cosas más, al inicio era agradable quedarse en casa, salir del estrés del día a día del trabajo, de los maestros y los alumnos (que ya extraño sobremanera). Luego aquello se convirtió en un verdadero martirio, un suplicio y un volverse locos cargado de estrés, encierro, de pendientes, de muchos pendientes, correos interminables, lidiar con programas integradores, proyectos que no tenían pies ni cabeza, plataformas que no servían ni sirven para nada, internet lento, clases en línea, reprogramar las clases, en fin, sobre todo, correos, miles de correos que llegaban a diario saturando mi bandeja de entrada y todos requerían o tenían el subject de: URGENTE. UR-GEN-TE.

              Poco tiempo tenía entonces de acomodar mis libros, de buscar el poemario de Juan Carlos Recinos, de leerlo, es más, poco tiempo tenía de leer algo que a mí me gustara; todo se volvió leer para y por la academia (#QuéFeoYQuéTerrible), esa desdichada que a veces deja sinsabores porque ni soy PTC, ni pertenezco a ningún cuerpo colegiado o no, ni soy investigador, ni soy nada, salvo un soldado raso de la academia que gana un sueldo por debajo de lo medianamente asequible para vivir y sacar los gastos de la quincena y, ahora, pagando internet y luz, carísima luz y utilizando mis pocos aparatos para sacar adelante el llamado home office, pues no, no sale para el gasto… en fin.

              Del libro de Recinos ni sus luces, abril, mayo y la mitad de junio fue trabajar y trabajar y responder cada día todo el día, miles de correos sin ton ni son, sin ton ni son. Hacer la comida, cuidar al pequeño Richard, oír que el adolescente peleaba con los profes que se enseñaban dejando tareas kilométricas, viendo que mi mujer no tenía una computadora para trabajar asuntos del Museo Regional de Historia que, como la Universidad de Colima, todo lo pedía y lo pide de manera urgente, todo era de un día para el otro y todo estaba en la computadora de nuestro lugar de trabajo, no en nuestra única computadora personal que, dicho sea de paso, era la mía, una pequeña lap top del año 2011 que para este 2020 ya empieza a verse lenta, cansada, obsoleta, inservible… pero nos sirvió para sacar el trabajo y compartirla por turnos, mi mujer por la mañana, yo por la tarde… a veces yo por la mañana y ella todo el día porque así de tóxico se ha convertido su lugar de trabajo y de pronto el mío así lo era o así lo llegué a sentir: tóxico.

              Pero dicen que para todo mal mezcal y para todo bien también, a inicios de julio, como por arte de magia apareció Jericó (este pinche libro y esto de pinche lo digo con todo el respeto y el cariño que me merecen tanto el libro como su autor; pero este pinche libro tiene magia). Resulta que el pequeño de la familia en su afán por ayudar a acomodar los libros lo había subido a mi librero, donde tengo mi escritorio (que no he utilizado para tal fin, no lo he utilizado para ningún puto fin porque he trabajado en la mesa del comedor donde pongo todos los días mi oficina en la casa y todos los días la quito para poner la mesa y comer) y el libro cayó a la parte de atrás del librero y pues ni dios padre lo veía y si dios padre no lo veía, pues menos yo que a mi corta edad, ya empiezo a utilizar lentes para leer, así de grave estoy.

              Decía que Jericó tiene magia por la forma en que llegó a mí, luego la manera en la que lo perdí y posterior en la que lo encontré. Por esto todo esto que estoy narrando aquí, a todo esto, le he puesto de título a estos relatos: La magia de la poesía. Juan Carlos Recinos y yo cojeamos de la misma pata, el amor inconmensurable que le tenemos a nuestros hijos (él al suyo y yo al mío), fruto del trabajo y de estar tundiendo teclas a diestra y siniestra, quizá más a siniestra que a diestra resulta este poemario.

              Al abrir Jericó me topo con un autor maduro, lleno de luz en su camino y en su poesía, porque en el libro hay mucha luminosidad que se repite en cada verso, en cada poema, aunque también hay momentos de oscuridad y es que la vida es todo esto, claroscuros, momentos de ruido pero momentos también de silencio como en la música; notas, notas que son de cuatro, de dos, de un tiempo o de medio tiempo (corcheas) y hay fusas y semifusas, pero también hay espacios de silencio y hay bemoles y becuadros.

              En Jericó encontré mucha paz, paz que me hacía falta para continuar con estos días de pandemia; días de encierro que me han vuelto loco, con ataques de ansiedad (que yo no padecía y de insomnio), desesperación por el retraso en los pagos de la quincena que se han vuelto una constante en la Universidad de Colima, ataques de locura, de depresión por ver a mi madre enferma, casi inerte, postrada en una cama esperando el final (final que ya llegó ahora que publico esta última parte del texto).

El libro de Recinos me ha devuelto un poco de luz en este oscuro semestre, pesado, donde siento que las autoridades exigen y exigen y se la pasan pidiendo como para ver si uno trabaja o no. Claro que trabajo en mi casa, en calzones quizá y sin camisa (porque el calor está a todo lo que da), con mi cerveza quizá (porque es mi bebida favorita y, repito, el calor está a todo y mucho más) pero estamos trabajando y lo hacemos bajo un estrés que no tiene paradigma y, ahora, con el retraso en los pagos uno se pone a pensar en miles de cosas, cientos de cosas que están por venir y que no pintan nada bien.

              Pero dice este verso sacado del libro de Juan Carlos: «En esta casa, alguien trazará la nueva coordenada, el destino de este relámpago», como un presagio a los días por venir que, definitivamente, en casa y en el exterior van a ser bien diferentes gracias al Covid-19, tanto que ni siquiera hemos podido regresar a esa nueva normalidad de que tanto hablan en los medios de comunicación de nuestro flamante gobierno federal que ha servido para un carajo y que está cruzado de brazos viendo cómo México termina por caerse carajo.

              «Mi oficio es cantar lo que en ti soy» no sólo hace gala del maravilloso arte musical, pero qué hemos hecho en esta pandemia que no sea el arte, hemos declamado, oído música, leído, pintado, escrito, por todos lados nos decían que leer era una forma de pasar esta pandemia, vaya que lo ha sido. La lectura nos ha devuelto la cordura y sin embargo el artista es el mal pagado, el que se dedica a un ocio, el que no sirve para nada, no lo creo, cantar es mi oficio porque en ti soy. Y yo le canto a mi hijo y Recinos le canta al suyo, sí, lo sé, cojeamos del mismo pie.

              Más adelante del libro el poeta lanza una advertencia porque no, no hay conjuros «¿Reconoces el tiempo que habitamos?». En verdad lo y nos reconocemos en estos días extraños, tiempos complicados donde el presente es difícil y el futuro parece incierto. Muy incierto.

              Sin embargo, siempre nos queda el amor que será lo único que nos puede y nos debe salvar porque: «Amar los límites de tu cuerpo ha sido comprender el mundo en esta luz naciente» y de nuevo el poeta ilumina nuestro sendero y el amor por y para la mujer, pero no sólo para ella, sino para un nuevo fruto, un fruto que puede ser en mi caso un pequeño remolino de tres diminutos años cargados de una energía que, esta sí, ya la quisiera el otrora citado Obama.

              Relámpago, luz, destello, tintineo, reflejo, sombras, todo esto se avizora en la ars poética de mi amigo Juan Carlos, combinado con versos que nos dan un buen augurio como el de: «En una visión tu sueño permanece intacto». Hay lluvia, agua, humedad, sexo, sexos, saliva, besos, ahogado y memoria, memoria de la desmemoria que quizá, y lo digo líneas arriba, estoy perdiendo.

El símbolo de la casa desde Nagara está presente en la poesía de Juan Carlos; que es refugio, que es el lugar al que regresamos, que es techo y guarida, protección y sitio de reposo; ahora más que nunca, de reposo y de refugio para los días de infección que nos ha tocado vivir.

              No podía falta el elemento mar y sus diversas connotaciones y relaciones con las olas, anclaje, barco, barca, inmensidad, eternidad, azul, etcétera. Hay también desnudez, cuerpos, fruición y, por supuesto, nacimiento. Sobre todo, hay memoria, mucha memoria de esto, de aquello y de lo que vendrá. Y hay versos que nos rompen el alma porque son certeros, son dardos cargados de veneno que traen Covid-19 y nos destrozan cuerpo, alma, mente, espíritu como este de: «Aquí navega el miedo como un enfermo» y es justo lo que hemos hecho, navegar leyendo con terror el miedo de estar metidos hasta el tuétano, hasta la médula espinal en esta jodida pandemia.

              El año 2020 no se va a olvidar, han muerto desconocidos y conocidos, famosos y no famosos, han muerto miles de personas generando una ola de terror en el resto de la población que no sabemos si estamos infectados o no, si esto nos corre por dentro, nos corre por fuera o, simplemente nos corre y ni nos damos cuenta. Al final: «Amanece. Una sombra abre el mundo». Esta dualidad que nos perturba pero que es la chispa que nos mantiene porque: «En este caudal hay que andarse a tientas» dice el poeta, y no tocarse el rostro, usar mascarilla, lavarse las manos, untarse de gel antibacterial. Sanitizar que es una palabra que no existe porque le tenemos un miedo terrible a desinfectarnos. No podemos usar eufemismos.

              Julio trajo lluvia, agua, viento, nubes cargadas, se limpió el ambiente, se desinfectó no se sanitizó, se desinfectó y ahí y así, justo ahí y así: «Escuché tu voz y fuiste lluvia» y es una de las mejores imágenes que el autor me hubiera podido regalar, porque literalmente me regaló su libro y, yo, en contubernio le regalaré el mío porque definitivamente: «Dios no odia a nadie. Corre. Juega. Habita esta casa a voluntad de mi madre y su rezo desbordado» y yo y mi abuela materna, sobre todo mi abuela materna, rezamos de manera desbordada para clamar por la salud de mi madre porque: «Amamos en silencio todo lo que hemos perdido» pero si ha de ser, que sea una derrota del mar para purificarnos en sus aguas y, al voltear la mirada al infinito, ver en aquella estrella a un ángel que nos cuida desde el cielo.

              Todo esto se lo debo a aquél 13 de marzo de este año 2020, cuando Jericó, llegó a mis manos. Gracias Juan Carlos, gracias poesía, gracias vida…

Por cierto, julio trajo también la muerte de mi madre, el 19 no lo voy a poder olvidar…


La magia de la poesía Parte II

Café exprés

La magia de la poesía

Parte II

 

 Disculpen ustedes que ande fallando en ciertos datos (como el nombre del restaurante al que fuimos invitados en Tecomán por la maestra Isabel), pero es parte de la memoria o la desmemoria que viene con los años. O, tal vez, es lo bien que la pasamos y entonces, ese hecho pasa a segundo o tercer término. La cuestión es que no recuerdo el día de la presentación en Colima del poemario de mi amigo Juan Carlos Recinos y punto.

              Jericó se presentó en el poliforum Cultural Mexiac días antes de nuestra odisea, maravillosa, por cierto, de Tecomán. Como público que soy y asiduo a este tipo de eventos por y para acompañar a mis amigos (y a mis enemigos también, aunque no creo tener yo ninguno, pero creo ser enemigo de alguien y no sé por qué razón, pero ya es cosa de cada quien).

Decía que me gusta acompañar a mis amigos a la presentación de su nuevo libro, porque sé que le pusieron empeño, le dedicaron tiempo, esfuerzo, sacrificio, tesón y mucho más. Sé también que no es fácil publicar y menos en estos días. Y mucho menos en días de pandemia.

              Aquella ocasión traía la módica cantidad de 150 pesos, costo del libro, pero resulta que yo traía esa cantidad para vivir lo que restaba de la quincena (tuve que consultar con el propio Recinos la fecha de presentación de su libro, 9 de diciembre de 2019), así que todavía faltaban algunos días para el pago y, por obvias razones, no compré ese día el libro, me reservé para otra fecha. Además, entre Recinos y yo tenemos un acuerdo tácito de intercambio de libros, ello para no generar gastos económicos, yo le regalo mi libro y él me regala el suyo; así de fácil. Lo malo es que el mío lo tenía planeado para finales o mediados del año pandémico 2020. Sí, ese que lleva por título: Una antología fúnebre: Los muchos rostros de la muerte, agenda mortal.

              Abrir mi mochila y toparme con un ejemplar de Juan Carlos Recinos me dio mucho gusto, no sé en qué momento se le ocurrió la idea de deslizarlo en el interior, seguramente cuando andaba de moderador con aquellos chicos y chicas de Tecomán. Recinos vio la oportunidad, encontró cerca mi mochila y simplemente lo deslizó. Me agradó mucho encontrar el documento en el interior sin que yo me diera cuenta. Dejé el libro reposar en la mesa del buró, leí la dedicatoria y esperé al día siguiente para empezar su lectura.

              El sábado 14 de marzo me levanté a caminar. Leí que la pandemia empezaba a pegar fuerte en varios países, el caso de Italia era alarmante junto con el de España. Al regreso de mi caminata matutina en la que acostumbro a dar diez mil pasos, mi mujer me apresuró a ir al tianguis por las viandas de la semana, y ahí fuimos. El libro seguía reposando feliz en la mesa del buró…

              Las labores de casa son cansadas, ir por el mandado, lavar y acomodar la fruta y la verdura, más toda la actividad acostumbrada del sábado, es algo que ni Obama tiene y uno termina rendido más si a eso le agregamos la pequeña gran energía de un terremoto de tres años que es sumamente demandante y exige jugar los 365 días del año, bueno, este 2020 para colmo fue bisiesto, los siete días de la semana las veinticuatro horas al día, simplemente agotador.

Para terminar pronto ese día no leí nada. Los domingos los tengo destinados a ir a visitar a mis padres desde temprano y regreso tarde, por lo que tampoco leí nada. El lunes a las carreras me levanté para ir a la oficina y trabajar y por el trajín, olvidé el libro en la misma mesa del buró donde, seguro estoy, se reía de mí reposando feliz.

              Ese pequeño terremoto se dio a la tarea de esconder el ejemplar porque se me traspapeló y no lo encontré, el miércoles de esa semana, miércoles 18 de marzo cumpleaños de mi querida Mirna, se nos dijo que esto de la pandemia empezaría y que lo mejor era permanecer en nuestras casas. El libro se hizo ojo de hormiga, se esfumó, no lo encontré por ningún lado. La pandemia venía en serio y no había para dónde hacerse. Recuerdo que esa semana tuvimos severos contratiempos por muchas cosas; yo seguía en recuperación de un herpes zoster con que fui diagnosticado a mi regreso del Distrito Federal (odio el mote de CDMX) y de cuando en cuando sentía los dolores que me daban por dentro. El 24 de marzo fue mi cumpleaños y empecé a hacer mis videos para recomendar la literatura y a ciertos autores y autoras que en mi peculiar punto de vista no han sido leídos y leídas o que no se conocen mucho… del libro de Juan Carlos Recinos no había rastro, parece que la pandemia se lo había llevado o, así como llegó, así de fácil quiero decir, así de fácil también se me esfumó. Ni hablar.

              Para todo esto, en esos días nos estábamos cambiando a esta casa, donde ahora escribo esto, así que todo se nos juntó, el viaje a la FIL del palacio de minería, el cambio de casa, el herpes zóster y una incapacidad de siete días y luego esta bendita pandemia que nos tiene metidos en casa…

Esta historia continuará…


La magia de la poesía Parte I

Café exprés

 La magia de la poesía
Parte I

Fue el 13 de marzo de este año 2020. Estábamos, un grupo de escritores y escritoras, todos amigos y en sana convivencia, reunidos en la hermana ciudad de Tecomán. La maestra Isabel Martínez nos había hecho la invitación de estar presentes para platicar con un selecto grupo de chicos y chicas de secundaria; ellos y ellas, tienen a su cargo un proyecto muy noble que involucra a la literatura, el café literario: «Libros y café comunitario», proyecto que se desprende de su sala de lectura del mismo nombre. Lo que considero otro gran proyecto muy noble, sin duda alguna. Porque la maestra Isabel y yo nos hemos conocido en ese otro proyecto, del que somos o fuimos parte; un diplomado, del que, por cierto, a estas alturas todavía no sabemos si concluimos satisfactoriamente o no. Digo que son ambos son proyectos muy nobles porque se desprenden y desarrollan a partir del trabajo personal, no nos pagan por fomentar la lectura, al contrario, ambas salas tienen alumnado, la mía, habita, por lo pronto en las instalaciones del Museo Regional de Historia de Colima, en el Centro Histórico y la de la maestra en su escuela, en Tecomán.

              Ese día de marzo, antes de la pandemia, viernes 13 por cierto para quién cree en esas cosas, los chicos y chicas del taller: «Libros y café comunitario» sesionaron (por decirle de alguna manera) y el plato fuerte éramos nosotros, los escritores/as colimenses para hablar de nuestras obras, proyectos y las ganas de seguir escribiendo amén y a pesar de todo. El objetivo, transmitirles un poco o un mucho de esta pasión a ese numeroso grupo de adolescentes deseosos de buscar algo más que tragedias en su vida, algo más que un futuro incierto como a algunos les puede esperar.

              En la mesa, esa tarde calurosísima, por cierto, estábamos Jetzabeth Fonseca, Lía Llamas, Armando Polanco, Adín Valencia, Melquiades Durán, Juan Carlos Recinos y yo (dentro del público se encontraba Zeydel Bernal). Fue una tarde de reencuentro con los amigos/as escritores (desde ese día no los he vuelto a ver en persona por la contingencia sanitaria que, días después, nos volcó de lleno en nuestras casas y nos tiene guardados, sin vernos, sin platicar de nuestras pasiones, entre ellas, por supuesto, la literatura).

La imagen puede contener: 42 personas, incluido Alberto Llanes, personas sonriendo, multitud y exterior

              Cada uno/una habló de sus proyectos, de su técnica y obra. En mi intervención traté de ser muy breve porque ya había estado un viernes anterior con ellos. Aquél día regresaba de la FIL del palacio de minería en la Ciudad de México y esa tarde me moví a Tecomán para estar con ese grupo y la promesa de regresar días después con un selecto equipo de amigos y amigas escritores. Y, pues ahí estábamos. Me volví una especie de moderador del evento. El interés personal era que mis amigos/as participaran, pero más que eso, que los chicos y chicas ahí reunidos (en la biblioteca de la Casa de la Cultura de Tecomán) se atrevieran a preguntar, a charlar y que fuera un rollo un tanto más interactivo.

              Así que, a la mitad, justo a la mitad y luego de que cada uno de nosotros participamos, presentándonos con los chicos y chicas, hablando de nosotros mismos, leyendo un poco de nuestra obra, etcétera, tuvimos un breve receso donde nos convidaron unos panecillos deliciosos y uno o dos vasos de agua fresca. Al regreso del, vamos a decirle festín, ya no tomé mi lugar en el espacio designado para mí, sino que pedí el micrófono y pregunté a la amable concurrencia si había alguna intervención. Por un principio dudé que alguien se animara, pero estaba equivocado como casi siempre lo estoy. Tecomán es un lugar donde casi no llegan presentaciones de libros o eventos culturales, la gente, entonces, está ávida por algo más que calor, cocos, playa, limones y bañistas; y ahí estábamos nosotros para beneplácito (espero que así lo haya sido) de la concurrencia. De pronto vi muchas manos levantadas y allá me dirigí, micrófono en mano. Hubo preguntas para todos y de todo tipo. Las autoridades de la biblioteca regalaron cinco libros a igual número de personas que levantaran la mano y lanzaran una pregunta. Se agotaron súper rápido. Cada uno de los participantes, al ver esto, sacó sus libros y me los entregó para seguir regalando obra porque las manos seguían levantadas. Saqué de entre mi mochila parte de mis libros y también los doné. Se juntarían otros diez o quince libros. Muy generosos los compañeros y compañeras escritores que, sin cobrar, llegando de Colima, Manzanillo o, incluso, de mucho más lejos, estaban ahí, gustosos/as y, todavía, regalando sus libros.

              Hubo de todo, gente que enseñó sus dibujos, alguien que declamó poesía; Lía Llamas fue la que más fans tuvo y la que más preguntas respondió, quizá su voz de locutora atrapó a la concurrencia, quizá su sombrero llamó la atención o su manera de ser tan libre, directa, franca y sin caretas fue lo que atrapó al público juvenil y vaya que el público juvenil es exigente. Adín Valencia robó cámara y fue el que más fotos concedió, al final de todo esto «y los demás no nos podemos quejar», creo que nos fue muy muy bien con este público exigente que pedía una segunda parte de este evento, pero ahora en el jardín de Tecomán (proyecto que se quedó trunco como se han quedado muchas cosas y eventos por la situación que estamos viviendo a nivel mundial).

              Posteriormente, y como agradecimiento a nuestra participación, la maestra Isabel y la directora de educación y cultura del municipio Claudia Verduzco Anguiano, nos invitaron a comer-cenar. No quiero hacer muy largo este cuento que les estoy contando. Pero al finalizar el día, al regresar a Colima y dejar a mis amigos Armando Polanco y Lía Llamas (quienes me acompañaron de ida y vuelta). Pasé por mi mujer y mis hijos y nos fuimos a casa a descansar. El trajín había sido largo, agotador y cansado.

              Antes de despedirnos, como debe ser, a las afueras del restaurante del que no recuerdo su nombre, pero prometo que lo voy a investigar… intercambiamos firmas y libros, libros y firmas y una que otra foto, repito, como es costumbre. Sin embargo, y ya en casa, un hecho me asombró sobremanera. Al abrir mi mochila, en el interior, descubrí un libro de poesía que no era mío, vaya, que no había comprado yo, ni había intercambiado con el autor.

Me hallé con Jericó de mi querido amigo Juan Carlos Recinos.

              Y esta historia continuará…


Monday, July 13, 2020

Llanes-SánchezClara


Una antología fúnebre: Los muchos rostros de la muerte, agenda mortal


Café exprés


Escribir un libro no es labor fácil. Lo diré yo que tengo mucho tiempo dedicándome al oficio. Elegir un tema, plantearlo, pensarlo y repensarlo. ¿Para qué sentarse a escribir viviendo en un país que lee poco? Se han de preguntar muchas personas. ¿Para qué leer si después de La Biblia, Las mil y una noches, qué decir de Hamlet o Romeo y Julieta, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, qué si después de todos esos libros y, aún después de Los miserables de Víctor Hugo, El Cyrano de Bergerac del dramaturgo Edmond Rostand, de Rojo y negro de Stendhal ad infinitum ya todo está escrito y lo que viene no es nada más que una repetición también infinita de situaciones, amores y desamores, de tragedia y comedia, de locura, pasión y todos esos temas que nos hacen humanos? ¿Para qué?
              Uno escritor se devana los sesos creando ficciones en su imaginario, en su mente. Colecciona temas, ambientes, paisajes, personajes entrañables, momentos cumbre. Analiza formas, estructuras, arcos de transformación del personaje o situaciones para contar, narrar, transmitir una historia. Dice el buen Jorge Ibargüengoitia que escribir es tarea fácil y que cualquiera que tenga pluma y hojas de papel (quizá ahora páginas digitales) en blanco lo podría hacer y uno, uno que dizque es profesional en esto se devana el seso imaginando mundos y, a veces, no concretamos nada. Quiero escribir pero me sale espuma como decía Gustavo Sáinz. Ibargüengoitia agrega que por ser el lenguaje la vía de comunicación que tenemos tendremos el mismo número de críticos, todo aquél o aquella que sepa leer tendrá una opinión sobre nuestros textos y tiene razón. Sin duda.
              En un ensayo que leí recientemente de Juan Domingo Argüelles decía que los que saben, afirmaban que en el año 2018 vendría el final de libro en físico y que el libro digital sería la gran novedad. Este 2020, año que no veíamos venir por todas las implicaciones sociales, de salud y económicas con que nos ha sorprendido, nos dejó muy en claro que el libro en físico está más vivo que nunca. La gente se volcó en su casa a buscar en la biblioteca personal los libros en físico que pudo leer (que puede leer todavía) en medio de una pandemia que no permite que salgamos de casa. Las ventas del libro en físico se elevaron porque el documento llegaba hasta la puerta de nuestra casa. Recibir un libro así no tiene precio, bueno sí, pero era la oportunidad para que el libro electrónico avanzara y no sucedió así. Y no ha sido del todo así.
              Cabe aclarar que NO tengo nada contra el libro electrónico, no, para nada, todo lo contrario, lo atesoro como atesoro todos los documentos impresos que poseo; documentos que heredaré a mi hijo seguramente, junto con un bonche de buenas, muy buenas películas que espero que vea, disfrute y lea cuando tenga edad, por lo pronto lo que él tiene que hacer es divertirse, jugar a ser niño y nada más.
              Todo este verbo mareador que estoy lanzando como una botella al mar es para expresar mi alegría al tener en mis manos mi nuevo proyecto editorial. Sí, la pandemia nos ha recluido voluntaria o involuntariamente en nuestras casas, pero nos ha dado la opción de promocionarnos por otras vías como las redes sociales.
              Una antología fúnebre: Los muchos rostros de la muerte, agenda mortal es un documento que he escrito en coautoría con mi querido amigo Oscar Chapula, ambos nos metimos de lleno a investigar muertes (de pronto me sentí un caza muertes) para narrarle al público lector el modo en el cómo ocurrió. Muertes chuscas, cínicas, misteriosas, envueltas en un halo de romanticismo, de pudor, de no creerse; muertes únicas, sospechosas, siniestras o que han sucedido arriba de un escenario, la muerte se presenta con muchos rostros y es lo único seguro que tenemos en esta vida y la pandemia Covid-19 nos lo ha dejado ver muy en claro.
              Desde hace ya tiempo me he propuesto escribir libros con mis amigos y amigas se dediquen al oficio de escribir o no. Alguien puede tener un talento innato para dibujar y ese dibujo podría formar parte de la portada de mi nuevo libro y ese dibujo sería de un amigo o amiga que se alegrará al ver su trabajo impreso. Sí, quizá no soy un autor de circulación nacional, pero de que lo van a conocer por el estado de eso no me queda la menor de las dudas. Que mejor que trabajar con los amigos y amigas que ahora, por la distancia, no podemos besar, abrazar, apapachar como hacíamos antes.
              Este libro es una palmada en la espalda para mi cuate Oscar Chapula mejor conocido en tierra colimense como El Volpi, quien fue el único que me hizo jalón de aventarse este trompo a la uña cuando hablaba del proyecto. Fue largamente pensado, planeado, nos llevó tiempo escribirlo, lo imaginaba, después lo imaginábamos y ahora lo tenemos ya en físico gracias a la editorial que considero ya mi casa porque con este van tres documentos los que publico con ellos y hago el conteo: De amor, muertes y moscas, De entre sueños y perversiones y Una antología fúnebre: Los muchos rostros de la muerte, una agenda mortal. Todos bajo el sello de Puertabierta a quien le agradezco por hacerme segunda o tercera en estas locuras editoriales.
              Les diría que el documento se los regalo, pero no, tengo todavía un resto que dar de la edición que hay que pagar; además el artista debe vivir de algo y pongan ustedes que no soy ni Borges, Villoro, Arreola o Rulfo, ni mucho menos lo quiero ser, pero lo que sí soy es un gran apasionado a esto de las letras y, ahora, sumaré a todos mis amigos y amigas a proyectos literarios.
Sean ustedes bienvenidos y bienvenidas, he dicho.


Pd: Si alguien desea un ejemplar, yo mismo tengo a la venta y así contribuyen a la sobre-vivencia de un artista local, bueno, dos artistas locales.
Por su atención, muchas gracias.

Palacio de gobierno… ¿un espacio cultural?


Café exprés


 El pasado lunes a las nueve de la mañana, gracias a la invitación de la secretaria de cultura Oriana Gaytán, asistí a palacio de gobierno del estado de Colima para un recorrido para conocer o, mejor dicho, reconocer los adentros del otrora centro de servicios y trámites del gobierno del estado de Colima y ver las modificaciones, pero sobre todo, la restauración que está sufriendo y que va a sufrir el ahora recinto cultural en que se va a convertir.
              Y, todavía en medio de una terrible pandemia que le ha pegado muy fuerte al gremio (yo mismo no he podido presentar mi nuevo libro de cuentos A la cuenta de diez, que obtuvo el premio estatal de cuento en el año 2018) con todo esto nos presentamos a la cita en mención. El rostro cubierto al cincuenta por ciento por el cubrebocas, reconociendo a los amigos y amigas, colegas en diferentes expresiones artísticas sólo por los ojos. Días de pandemia…
              A la hora señalada llegó la secretaria saludando de puñito a los y las compañeras artistas que asistimos a ese primer recorrido (en el transcurso del día habría dos recorridos más, con otro número igual de artistas locales) e ingresamos al edificio en restauración.
              De inmediato los recuerdos de infancia y juventud me pegaron de lleno en el cerebro y en la memoria. Me llovió para atrás dijera mi compañera de vida Mirna Bonós. Es y era ya extraño ver ese inmueble sin las oficinas, el movimiento burocrático que ahí se llevaba a cabo hace ya algunos años. Recordé cuando iba con mi tía Coca, socorrito para la banda, y la tenía que subir por las escalinatas que están al ingresar por la entrada principal a mano derecha.
Íbamos a una oficina donde la atendían con no sé qué licenciado y por órdenes del gobernador Carlos de la Madrid. Posteriormente, las órdenes las daba el licenciado Fernando Moreno Peña y allá iba yo con mi tía subiendo las eternas escalinatas, a veces alguien me ayudaba, a veces, la gran mayoría yo me aventaba el trajín solo, pero estaba fuerte, delgado, no me dolía nada, era un jovenacho en toda la extensión de la palabra.
Con Carlos Flores la relación fue breve pues prosiguió, en el puesto, el profesor Gustavo Vázquez Montes (una estadía breve también y ya todos sabemos las causas; no me voy a detener en ello), al profe Gustavo tuve oportunidad de saludarlo en un par de ocasiones; la primera donde me entregó un estímulo para la actividad artística y la segunda vez donde me entregó el segundo lugar en el premio estatal de la juventud; les digo, era yo un muchachito. Con Arnoldo Ochoa todo fue breve, eran momentos álgidos (políticamente hablando) los que vivía Colima en esos años.
Vino en su lugar Silverio Cavazos (gobernador ya finado también) y, en el salón gobernadores lo vi en varias ocasiones; de manos de él obtuve el reconocimiento en el año 2005 del premio estatal de la juventud en el área de literatura, ese premio ahí comenzó a llamarse Gustavo Vázquez Montes en honor a nuestro siempre gobernador, mi tía coca asistía a una oficina que se llamaba atención ciudadana y yo la acompañaba, yo o mi hermano menor.
Con Mario Anguiano Moreno el palacio de gobierno comenzó a desdibujarse en mi memoria y asistí lo menos posible, de ese periodo no tengo gratos ni grandes recuerdos. Prosiguió en el puesto de gobernador un tal Ramón Pérez Díaz que fue un gobernador de breve instante, como ha habido varios en los últimos años en Colima y, ahora, con José Ignacio Peralta Sánchez el recinto entró en una etapa de restauración intensa. En un arranque de la obra me molesté por el ruido, por el estorbo que generaba para los transeúntes, para los coches y porque una parte del jardín Torres Quintero está cerrada para el uso de las personas y cuando vi que esto iba para largo, ya mejor no hice coraje y me resigné.
              Sin embargo, ahora que fui invitado por la secretaria de cultura a hacer un recorrido y ver lo hermoso que está quedando y de recordar todo esto que se me vino a la mente, cambié de opinión y he valorado el trabajo de cientos de personas para su restauración; empecé a hacer memoria de cómo recordaba ese edificio que albergaba un sinfín de oficinas (recuerdo una donde me dieron los requisitos para tramitar mi cartilla militar, porque me daba terror ser un remiso). El impacto entonces fue maravilloso al recordarlo y verlo ahora, restaurado, renovado en algunas partes, porque todavía falta mucho.
La última vez que entré fue a visitar el museo de la moneda, que se hallaba en ese edifico. Los colores de lo que será el nuevo espacio me gustaron, se ve más alto de lo que lo recordaba, incluso lo sentí más amplio, bueno, hasta le salió un tercer patio, vaya, no es tanto que le saliera así por así, sino que se descubrió un tercer patio, patio que había permanecido oculto por años, años, años.
              Capas de historia conjuntas con capas de cemento y pintura, el edificio había cambiado varias veces su tono de pintura y sobre esa capa primera había una y otra y otra más y una más y sí, así como el merolico oferta sus productos en nuestra tradicional feria de Todos los santos (que siento que este año peligra gracias a la pandemia del Covid-19). Así las capas de pintura del recinto.
Dicen los historiadores que el edificio fue antes cárcel, un subsuelo de dos metros de profundidad nos permite constatar un lugar que tampoco se conocía y que había estado tapiado, pero que deja ver claramente que era un espacio reservado para las celdas. Sólo nuestros anteriores y naturales lo saben o, quienes fueron testigos y habitaron esas celdas, encerrados bajo llave o quienes se encargaban de la custodia y de los trabajos de la penitenciaría.  
Humedad, vestigios, hallazgos, historia, un recorrido que me dejó sorprendido, que no esperaba que sucediera, la verdad es que jamás me imaginé estar pisando esos pasillos como lo hacía antes; ahora no llevaba a mi tía coca en su silla de ruedas, pero seguro estoy que ella también hubiera disfrutado de ese paseo, además, ahora habrá un tipo de montacargas para que ella pueda subir (claro, cuando todo esto de la restauración haya terminado). Olores a nuevo, a pintura recién puesta, a escombros, tierra y demás es lo que percibí de momento.
Nos ha quedado claro que el palacio de gobierno dejará de serlo (ya hace mucho que no funge como centro burocrático de trámites y servicios de gobierno del estado) y pasará a ser un centro cultural donde tendrá cabida el público colimense para sentir la identidad, los colores, la magia e historia de un pasado que está más vivo que nunca, de un pasado que se hace presente para heredarlo (como el buen arte) a las generaciones venideras para que sientan, como yo lo he sentido ahora, el pasado que se vuelve presente, la historia que está en cada viga, en cada ladrillo, en cada techo, columna, cornisa, puerta o ventana, cancel, balcón y resquicio de lo que será este nuevo recinto cultural, muchas gracias doctora Oriana Gaytán por esta invitación. Ya estoy ansioso de que pase el año o año y medio que todavía hace falta, para ver concluido el trabajo de cientos de personas y, recorrer de nueva cuenta el lugar que me ha visto crecer, porque yo sí he cambiado, el que no ha cambiado nada es palacio de gobierno que sigue igualito y con esta restauración, podría decir, que hasta se ve más joven que yo.  

¿Qué es lo primero que levantas del suelo después de un terremoto?

 En palabras Llanes     I Una vez más México hace historia; otro 19 de septiembre que « retiembla en su centro la tierra al sonoro...