Thursday, June 25, 2020
Tuesday, June 23, 2020
Cubrebocas en días de Covid
Café exprés
He retomado, en estos días, una
actividad que había dejado de hacer: Caminar por las mañanas y recorrer mi
ciudad. Le digo mía aunque no haya nacido en ella porque así la siento, mía,
compartida con muchos colimenses más, pero mía a final de cuentas.


El uso del
cubrebocas entonces, en estos días de pandemia se hace inevitable, más cuando
los casos en nuestro estado y país, como búlgaros, van en aumento de un día
para el otro. Las autoridades que, dicho sea de paso, desde el gobierno federal
han actuado extremadamente mal en medio de esto que nos aqueja a todos, parece
que han doblado las manos y han dejado que la sociedad se cuide. Craso error.
La sociedad ha
salido a la calle (entiendo que luego de una temporada de encierro sí, de
encierro porque eso fue lo que sucedió) ha salido a tomar las calles vuelta y
esto parece un caos que aumentará el número de contagios sin ton ni son.
Hay
cubrebocas que lo asfixian a uno, otros menos complicados que permiten el paso
del aire más o menos bien; mascarillas con las cuales ocultamos en cincuenta
por ciento del rostro, aunque yo, con mis gafas oscuras, cubro la totalidad de
la cara y más cuando le añado un pañuelo a la cabeza ocultando mis verdaderas
intenciones que, no son otras sino salir a caminar por las mañanas, cuando la
gente todavía duerme, claro, lo hago con un poco de miedo, los asaltos, los
secuestros están a la orden del día, pero luego pienso… ¿quién podría
secuestrar a un pobre universitario del que nadie da un peso? Entonces llego a
mi casa, veo el facebook y me encuentro con la noticia y la respuesta; hay
cientos de personas desaparecidas que se dedican a algo similar que yo, y me da
miedo no regresar a mi casa, con mi familia, con mis hijos… que me esperan.
La
actividad física es benéfica para el organismo, eso lo sabemos de sobra.
Recorrer las calles en hora matutina (como lo he hecho en estas últimas
semanas, cuando la gente aún duerme), me ha dado la posibilidad de ejercitar mi
cuerpo, de oxigenar el cerebro, de resolver historias que han habitado mi mente
por cierto tiempo, de conocer las ofertas del Oxxo, de ver a más gente que sale
temprano a trabajar o a hacer esta misma actividad que hago yo (cada persona cargando
a cuestas una historia bien diferente), me he dado cuenta que la economía no
aguanta ninguna cuarentena y menos en este país donde vivimos al día y,
lamentablemente, el gobierno no tiene un proyecto para salvaguardar los
pequeños comercios ni los grandes, este gobierno parece que va para ningún
lado, haciéndose bolas como desde el inicio de la administración, esta
actividad me ha ayudado para olvidar, aunque sea por hora u hora y media,
olvidarme de la salud que padece mi madre en estos momentos y que es delicada,
muy delicada, también me ayuda para olvidar los problemas del trabajo y el
exceso del mismo que se ha desatado en estos días.
Por otro lado
esta pandemia sólo ha dejado ver una cosa, la nula acción y el poco criterio de
los que gobiernan ahora el país y ha dejado al descubierto todo lo que ya
sabemos, pero lo ha hecho más visible, las instituciones no cuentan con los
recursos, el material y personal mínimo necesario para sobrevivir a una
pandemia como la que estamos atravesando. Y eso que ya mero vamos a regresar a
la actividad normal, esto será un completo caos.
El
mi recorrido matutino a veces me pongo el cubrebocas, a veces me lo guardo en
el bolsillo, porque uno suda, uno tiene que jalar aire y el cubrebocas a veces
impide esta actividad, veo, sin embargo, que miles deambulan sin el mínimo de
protección, sin la sana distancia, veo las filas interminables en los bancos
(quienes, por supuesto, también están rebasados y su servicio es pésimo), veo
que la gente escupe en la calle, casi casi te estornuda por un lado y me doy
cuenta que, como sociedad, tampoco estamos preparados, llevo mi cubrebocas en
la bolsa y a veces lo uso, a veces, cuando tengo que jalar aire porque camino a
paso acelerado me lo quito, cuando ya casi voy a llegar a mi lugar de destino,
me lo quito, cuando lo siento muy mojado de sudor, me lo quito, pero llevo mi
cubrebocas en la bolsa porque esa, esa es ahora mi… nuestra nueva realidad…
Por
cierto, hay una promoción de cerveza de Trigo (nueva) en el modelorama de
Avenida de Los Maestros, de todo esto me he dado cuenta ahora que he retomado
esta actividad de caminar…
Carta a la ACPE
Café exprés
Hoy día se cumple un año que entró en funciones la nueva
administración de la ACPE (Asociación Colimense de Periodistas y Escritores),
precedida por el maestro Julio Alberto León Pérez; yo me incorporé a la ACPE
hace dos años, en la dirección del querido Miguel Delgado, así que la
administración del maestro Julio es la primera que me toca desde su inicio y
esperemos hasta su final, sin embargo, la contingencia ambiental por el
coronavirus vino a trastocar todo el panorama y ahora, a un año de gestión
donde se han hecho muchas cosas, les escribo esta breve y, espero, emotiva
misiva.
Buenos días, compañeros y compañeras... agradezco al
presidente Julio Alberto León por el informe detallado que nos ha mandado y, de
igual forma, agradezco al compañero Gilberto Moreno Larios por ser el vínculo
de comunicación y tener, dar y alimentar las redes sociales de nuestra
asociación que es una labor casi casi de 24/7...
Agradezco también la gestión y amistad del querido
maestro Roberto George Gallardo y al doctor Castrejón porque les ha tocado una
presidencia o estar al frente de una asociación maravillosa y de mucha
tradición en nuestro terruño en tiempos muy difíciles.
En la última actividad que iba a llevar a cabo la
asociación (me refiero a antes de la pandemia), yo no pude entrar a dar mi
charla a la secundaria Enrique Corona Morfín porque ese día cientos de
estudiantes se estaban manifestando (con toda su libertad de expresión) en
contra de un profesor (son tiempos álgidos sin duda).
Yo iba con muchas ganas e ilusión y, al llegar al
recinto escolar me topé con esa situación y ni siquiera me dejaron pasar y
mucho menos permanecer ahí, así que me regresé a mi oficina a seguir tecleando,
luego se vino la pandemia y, total, me quedé con las ganas de participar. Ya se
podrá llevar a cabo y, supongo, será con cubrebocas (ahora nuestra nueva moda o
realidad).
Les agradezco también a cada uno y cada una de
ustedes, queridos compañeros/as, al igual que a nuestra querida soberana Lizeth
I (a quien me tocó darle un mensaje de bienvenida al ser nombrada reina de
nuestra asociación) ya los extraño.
Quisiera que esto termine para regresar a los
jueves primeros de mes a nuestra asamblea y a seguir trabajando en pro de lo
que nos gusta que es la cultura, el arte, el periodismo y a servir a la
sociedad. Mis jueves libres ya no los quiero, estoy aburrido (claro que siempre
se puede leer o escribir, ver alguna película, oír música o convivir con la
familia) pero las reuniones, para vernos físicamente eran vivificantes,
sabernos que estamos ahí, unidos, saludarnos, abrazarnos... esto era vida.
Creo que con este virus nuestra realidad,
tristemente, va a ser otra y es lamentable. Sin embargo, son estos días
extraños, difíciles, preocupantes y demás que están corriendo y no nos queda
más que enfrentarlos y salir adelante como sociedad y como siempre hemos
salido...
A-dap-ta-ción parece ser la palabra que define al
hombre (como género humano o especie) y eso tenemos que aprender a hacer...
Adaptarnos y saber vivir con este virus como otra enfermedad más que, en los
últimos días, ha causado la baja de muchas personas.
Quizá la siguiente vez que nos veamos cada uno y
cada una de nosotros va a contarnos su propia historia de pandemia y, con un
vinito en la mano, lo y la vamos a escuchar en torno a una mesa. Quizá también
el próximo número de nuestra revista pueda contener historias de pandemia
porque cada uno y cada una de nosotros tiene su propia historia y esto es
legado, porque otra generación vendrá y nos leerá y se dará cuenta que al
arranque del año 2020 hubo una terrible pandemia mundial que metió a las
personas en cuarentena en sus casas.
Yo jamás había vivido una cuarentena, es un hecho
único e inédito, esto sólo lo había leído en la historia universal o en los
libros de literatura como ese de García Márquez titulado El amor en los
tiempos de cólera (un nombre apocalíptico, sí, pero el amor es lo único que
nos puede salvar en tiempos de cólera y de coronavirus).
Les mando un fuerte abrazo a todos y todas y los
invito a no bajar la guardia y hay que saber vivir con esta pandemia o aprender
a hacerlo.
Espero pronto todo vuelva a la más o menos realidad
y, en tanto, ya tenemos una historia que contar...
Saludos.
Friday, May 08, 2020
Servicio a domicilio
Café exprés
Servicio a domicilio
El confinamiento social y
voluntario en el que nos tiene inmersos esta pandemia ha modificado (y seguro
estoy que lo seguirá haciendo) nuestro tren de vida. Quizá esto sea algo con lo
que tenemos que aprender a vivir. Quedarnos en casa. ¿Se acuerdan de aquella
vieja película del año 1995 llamada La
red?, es aquella donde Sandra Bullock (bellísima por cierto, era mi crush
en aquellos años y me enamoré perdidamente cuando la vi en la película Máxima velocidad), en fin, decía que si
recordaban esa película porque Sandra interpreta a Angela Bennett quien es una
analista especializada en detectar virus informáticos en los sistemas
computaciones y trabaja para una empresa de alto pedorraje (ya ven ustedes cómo
se las gastan los norteamericanos). Angela Bennet se la vive confinada
prácticamente en su casa, no tiene contacto con otras personas salvo con su
madre que padece Alzheimer (ese alemán que la trae loca). Angela no sabe lo que
es tener contacto humano y cuando tiene que salir de casa, no sabe, no halla,
no atina cómo actuar. Ella trabaja en casa, pide las compras y se las llevan a
domicilio y nada más. Yo estoy a la inversa del personaje que interpreta Sandra
y seguro que estoy que no soy el único; estábamos acostumbrados a un trajín de
vida de ida y vuelta y de regreso. Debo confesar que a mí sí me gusta el
contacto humano, ver a las personas cara a cara, oír su voz, sus gestos, sus
movimientos, tocar (me gusta tocar y que me toquen y dar un abrazo apretado
cuando así se necesite). Lo que ha sucedido al quedarnos en casa es a convivir
únicamente con los miembros de la familia (que en mi casa son tres personas:
Mirna, Santiago y Ricardo). Debo confesar que ya nos conocemos los gustos, las
manías y demás… con el resto de los mortales lo he hecho de un tiempo acá por
video conferencias (pude notar el otro día, en algunos, el rostro cansado, las
ojeras visibles el estrés del encierro); es cierto, estoy hasta la madre de
estar guardado, extraño los jueves de básquet, los lunes y miércoles de taller
de escritura creativa en el colegio Campo Verde, el ir y venir diario, a veces
estoy a gusto en la casa porque visto ropa cómoda y así. Estamos perdiendo el
contacto humano. El otro día pedí comida (japonesa) a domicilio y fue tan frío
el trato que me dio miedo; lo hice por medio de Facebook (messenger) y puedo
decir que no supe si la persona que me atendió fue hombre, mujer o robot;
cuarentaicinco minutos después (y cuarentaicinco pesos más caro por el envío) a
la puerta de mi casa llegó el pedido; por fortuna venía acompañado de un
motociclista que, agitado, me decía que ya había pasado por mi domicilio un par
de veces sin dar exactamente en dónde y es que mi casa está medio rara su
ubicación, como uno. Angela Bennet se estresa cuando tiene que enfrentar a
multitudes porque ya no está acostumbrada al estrés que da el contacto físico,
el cara a cara con una persona. Yo todavía me estreso cuando hago un pedido,
porque ya ni siquiera se hacen los pedidos vía telefónica (de esta manera si
quiera puedes oír quién te atiende), ahora todo lo resuelve una maldita
aplicación. Hoy día pedí una paella (muy rica, por cierto), la persona que me
atendió ni siquiera me pidió mi nombre, sólo mi domicilio y listo, a la una de
la tarde a mi puerta llegó un kilo de paella que despaché al instante en
compañía de mi familia; en esta ocasión un chavo medio chooper (chamarra de
cuero, cabello largo, lacio y rubio) traía mi pedido, platicamos un rato
intercambiando puntos de vista, me entregó, pagué y se fue, por la calle donde
vivo nadie, ni un alma, eran las casi dos de la tarde y el sol, a esa hora, no
es para andar tomándolo como si estuviéramos en la playa y con Sandra Bullock a
un lado en traje de baño. Debo mencionar que aparte de que el trato es
sumamente frío, los establecimientos están excediendo sus cobros por el
servicio a domicilio. Sin ir más lejos, el sushi que pedí (en aquella ocasión
en que el motociclista llegó agitado y que dio dos o tres vueltas por mi casa
sin dar bien con el lugar exacto y del que no diré su nombre para no quemar a
nadie), el cobro por el servicio a domicilio fue de casi sesenta pesos, algo en
lo que no había reparado hasta que me fijé en la nota de consumo que llegó a mi
mano una vez que nos terminamos la comida, recogimos y me puse a analizarla. No
se pasen de lanza, mejor lo pido y yo paso por lo que sea que vaya a comer,
sirve que salgo a dar la vuelta, me quito un poco del estrés del encierro y me
cercioro de que sean humanos los que del otro lado me están atendiendo y
brindando un servicio. Saludo por ello.
Friday, May 01, 2020
Trabajo en casa: ventajas y desventajas
Café exprés

Esta pandemia que nos mantiene
resguardados en casa desde hace ya varios días, y que parece extenderse mucho
más. Ha afectado a millones de personas en el mundo entero, causando la muerte
de miles más. México no ha sido la excepción y al corte del día de hoy registra
un total de 1859 decesos por Covid-19; yo vivo en un estado pequeño (que apenas
tiene diez municipios), de esas 1859 muertes por Covid que se han registrado en
territorio nacional, Colima tiene tres y estas tres han sido en el puerto de
Manzanillo (y yo espero fervientemente que el número se quede exclusivamente en
tres). Esto no quiere decir que la población entera se ha resguardado
complemente en casa, que ha respetado la sentencia, vaya. No. Y es que no se
puede respetar esto de #QuédateEnTuCasa en un país donde si no sales a trabajar
simple y sencillamente no llevas el sustento a casa, eso hay que entenderlo y
ponernos en los zapatos de tantísima gente que, a fuerza de su propia voluntad,
tiene que salir y trabajar o que en casa vive una situación complicada y no quiere
estar ahí, punto. Yo he salido a la calle a lo mínimo indispensable que es ir
por comida y por agua (lo más que he hecho es ir al Seguro Social un par de
veces y una más a hacer trámites para la guardería de mi hijo, porque la vida
sigue y los días pasan aunque uno esté en medio de una pandemia como la que nos
aqueja). Todo este verbo mareador es para explicar que esto ha modificado
nuestro patrón de vida y nos ha llevado al famoso «trabajo en casa» (que no lo
diré en inglés como muchos de los mortales que se quieren sentir anglosajones
aunque sea con un solo término). El trabajo en casa está a todo dar, la verdad;
uno, no me tengo que levantar todos los benditos días a las madrugadoras cinco
de la mañana (aunque créanme que el cuerpo se acostumbra y me sigo levantando a
esa hora pero para hacer lo que me gusta que es leer, he leído varios libros
que tenía pendientes), en caso contrario me levantaría a esa hora a seguir una
rutina nefasta que va del baño a la recámara para estar listo e ingresar a mi
lugar de trabajo a las siete de la mañana y continuar con otra rutina que
parece no tener fin, como esta pandemia; dos, no tengo el maldito estrés del
tiempo, mi vida ha sido agitada y como siempre me gusta ser puntual, esto es un
martirio (martirio para las personas con las que vivo que les cuesta un poco de
trabajo la puntualidad); tres, no he gastado un solo peso en gasolina (vaya, sí
he usado el vehículo en estos días, sí he puesto gasolina, pero no cada semana
o cada tercer día o cada dos, como lo hacía antes), así que el ahorro ha sido
notorio amén de que antes el litro costaba casi veinte pesos y se ha reducido a
catorce, a veces trece y si tienes un poco de suerte lo encuentras hasta en
doce pesos; cuatro, mi oficina está a unos pasos de mi recámara, esto es
maravilloso porque puedo meterme a bañar, me seco rápidamente y casi casi estoy
listo para ponerme a trabajar, sin ir más lejos, el otro día tenía una reunión
de esas virtuales con algunos compañeros/as del trabajo, la hora fijada para la
tal reunión fue a las seis de la tarde, eran las cinco y media y yo seguía sin
bañarme, en la mañana trabajé, cociné, limpié mi casa y jugué con mi pequeño,
dieron las cinco cuarenta y cinco y decidí meterme a bañar, cinco minutos
después (porque los hombres nos bañamos en cinco minutos) salí, y listo, estaba
en mi oficina, eso sí, me tuve que poner un pantaloncillo corto y una playera,
me acicalé un poco el cabello y listo, no tuve que hacer más; seis, la ventaja
de trabajar en casa es que puedes hacerlo en pants sin que te tachen de mal
vestido, de vicionudo, de cuachalote y demás, entonces se ha notado también el
ahorro en prendas de vestir, por ejemplo, el par de zapatos que compré para
este semestre sigue como nuevo, en su caja original, empolvándose en el armario
de mi casa, sí, me la he pasado en chanclas, a veces de esas calzaletas o a
veces crocs para no perder el bendito estilo, aunque más bien son caras, porque
de estilo no tienen mucho, eso sí, son comodísimas (y siempre hay que buscar la
comodidad) excepto cuando empieza a sudar la pata; siete, puedo beber un trago
de mi, vaya la rebuznancia, bebida favorita pero aquí entramos en
complicaciones severas, resulta que mis bebidas favoritas son las que tienen
alcohol (whisky, cerveza, vodka, ron, tequila), sin embargo si yo hiciera esto
en el trabajo sería tachado de alcohólico (seguro estoy que hay otros más
ebrios que yo y rondan las oficinas que rondo yo) pero bueno a la mejor yo sí
soy alcohólico, a la mejor, pero pues
qué les importa, nadie salvo yo me pago ese vicio, como nadie salvo yo me pago
ese otro de acumular muchos libros, así que si no les pido dinero para mis
vicios, por favor déjenme en paz, pero bueno, estoy en la libertad que me da mi
casa y puedo entonces beber lo que se me dé mi regalada gana, así que voy al
refri, destapo una cerveza, en lunes, sí en lunes laboral y a disfrutar; ocho,
el esfínter también se relaja estando en casa porque yo no recuerdo ir, en la
oficina, tantas veces al baño como lo hago estando en mi trabajo en casa;
nueve, no tengo un horario establecido, soy de las personas que funciona más en
la mañana y en la noche, en la tarde me apendejo, el calor me aletarga, no sé,
el trabajo en casa me ha ofrecido la posibilidad de realizarlo a la hora que se
me venga mi regalada gana y avanzar. Pero después de este paraíso terrenal,
porque la verdad es que es un verdadero paraíso terrenal estar trabajando desde
casa porque uno puede estar comiendo a la hora que también le dé su rechingada
gana, después de todo esto y de que entre trabajo y trabajo puedo chingarme una
película, una serie, oír mi música favorita o leer… después de todo esto viene
lo que he catalogado aquí como ciertas desventajas de estar haciendo el trabajo
desde casa; uno, el trabajo desde casa es ideal pero cuando eres soltero, y me
explico, en casa somos tres almas adultas y un bebé, esas almas adultas
necesitan los equipos para también, hacer trabajo en casa, el adolescente tiene
que estar conectado en la computadora de escritorio porque él tienen clases en
línea, la mujer necesita estar conectada porque tiene una carga de trabajo
interesante que tiene que resolver y yo necesito estar conectado porque siendo
descoordinador de una carrera se ofrecen cosas que, bueno, requieren solución,
el problema es que tenemos sólo dos computadoras, aquí alguien tiene que
esperar su turno al bat (en términos de béisbol) y como yo funciono más en la
noche, me aplico en la noche, pero resulta que mis compañeros/as quieren
reuniones en la mañana, todo lo hacen en la mañana y pues en la mañana yo no
estoy o sí, a veces (ya me pasó que en una reunión no pude estar, vamos, ni me
enteré que hubo reunión hasta que vi mis mensajes en el teléfono); dos, el bebé
de tres años (que todavía es bebé y aún no se vale por sí sólo), ese pequeño
terremoto necesita que alguien juegue con él, que lo acompañen al baño, que le
lean un cuento, que le hagan de desayunar cosas ricas como las que hacen en su
estancia infantil, que le presten el teléfono celular para ver sus videos,
vaya, el pequeño Ricardo no sabe de pandemias, él quiere ir a la playa, ir al
parque, salir a jugar con sus amiguitos/as, frecuentemente nos pregunta por
ellos/as y ahí tengo que inventarle una historia de amor, porque este resguardo
domiciliario es una bella historia de amor y de quererse, así que hay que
dedicarle tiempo al bebé, en tanto el grueso de la familia utiliza los dos
equipo que hay en casa; tres, regreso a esos equipos porque quizá sea el punto
medular del trabajo en casa, los equipos que tenemos son modestos, no tenemos
grandes programas o paquetes para edición de videos, edición de audio, no, no
los tenemos, amén de que son equipos propios y no de la oficina los que estamos
gastando y utilizando hasta en jornadas dobles o triples… ¿si se me llegara a
joder mi máquina, el gobierno, la universidad, los institutos me la van a
reponer?, claro que no, lo tengo que hacer yo mismo, de hecho estoy analizando
la posibilidad de hacerme de otro equipo, pero resulta que, a estas fechas,
todas las tiendan están cerradas; cuatro, lo que me lleva a este punto, los
jefes/as, sabedores de que uno está en casa han de creer que la cosa es fácil y
que estamos disponibles a toda hora; para ellos no hay puentes, fines de
semana, horarios, piensan que no hay que hacer el desayuno, que no hay que hacer
la comida, que no hay que barrer, trapear (y ahora con esta enfermedad esta
actividad hay que hacerla dos veces al día y con Pinol y Cloro para
desinfectar), que no hay que lavar platos y/o ropa, y no sé qué piensan los
jefes o compañeros/as de trabajo (y no es reclamo eh, no, no lo es, sólo es un
punto de vista), porque resulta que todo urge, todo es para yayaya, que los de
arriba piden formatos, cartas, constancias, programas y todo es papeles,
obsoletos papeles, y para los jefes/as parece que no hay horario y piden,
piden, piden como para darse cuenta o no… de que uno está trabajando con todos
los pros y con todos los contras en y desde casa, de estos mismos pros y
contras que estoy enlistando u otros. No, señores/as, si esto del trabajo en
casa va a ser de aquí en adelante una constante, creo que tenemos que poner
horarios y días, yo mismo he contestado mensajes de whats (laborales los
mensajes) a las cuatro de la mañana, lo he hecho en sábado y en domingo, me
llegan correos en la madrugada (entiendo que haya compañeros/as que a esa hora
pueda trabajar porque esto mismo que estoy diciendo aquí o por otra razón, pero está cabrón, oigo mi
celular y ya pienso que es cosa del trabajo, lo pongo en silencio y luego no
oigo otras llamadas de la familia que son importantes o de si me gané un premio
literario o no, en fin, ahora entiendo los ataques de ansiedad) y, si lo vemos
así, estas vacaciones no pude salir con mi familia a ningún bendito lugar, sí,
nos amamos, nos queremos, nos adoramos, pero también el roce diario y continuo es
desgastante, mi mujer ve el tiradero que deja el bebé y se quiere volver loca,
yo igual, pero me sereno, inhalo y exhalo, amén de que el pequeño Ricardo ya
está harto del encierro; cinco, tengo familia con enfermedades crónicas y adultos
mayores que son propensos a este ataque llamado Covid-19, mi padre trabaja en
el taxi y pues mucha gente en la calle no hay (su fuerte son los estudiantes),
así que su ingreso bajó considerablemente, amén de que está a cargo de mi
madre, enferma, de mi tía coca, también enferma y de mi abuela, no es para nada
fácil y cuando no es una es otra y pues uno tiene que estar al pendiente,
llevar comestibles y apoyar de alguna forma. Así están las cosas en el trabajo
desde casa, quizá se me escapan muchas más, el calor, por ejemplo, no tengo en
mi casa un aire acondicionado, me la vivo con un ventilador que hace un ruido
de la chingada y avienta aire caliente. De pronto todo se acumula, quejas de un
sector, quejas y estrés del otro, entrega inmediata de algo que no tiene pies
ni cabeza. ¿Qué tal que esta pandemia decide matarnos a todos? Para qué,
entonces estresarnos con funciones que, no sabes cómo vayan a seguir. De seguro
la vida de ahora en adelante va a ser diferente, quizá tengamos que vivir
acostumbrados a esta pandemia o con ella a un lado, quizá. Viene una crisis
severa y muy fuerte en muchos aspectos y eso es innegable. Simplemente me estoy
desahogando un poco porque hoy fue un día de verdad de mucho estrés, como el
que nunca había vivido. Por todos lados piden y piden cosas y todavía hay
quienes nos dicen que grabemos un video para promocionar la lectura, que
hagamos una convocatoria para un concurso de cuento, que seamos jurados en
concursos de escritura creativa, que les mandemos actividades a los chicos y
chicas, que pongamos en función nuestros talleres o, ahora que tenemos mucho
tiempo, revisar los cuentos y las novelas de ene, ye o zeta. Está cabrón. Que
este texto sea una tabla de salvación para alguien más que se halle en medio de
un ataque de ansiedad. A mí me ha relajado escribirlo y externarlo y jamás
había sentido un ataque igual, vaya, ni siquiera sé si sea un ataque de
ansiedad como tal o sólo un momento. Como dice esa frase que ronda por ahí en
las redes sociales: «No. No estás trabajando en casa. Estás en casa, en medio
de una crisis, tratando de trabajar». Punto, fecha y firma, así lo dejo
escrito.
Labels:
Ansiedad,
Béisbol,
Comestibles,
Coordinador,
Covid-19,
Descoordinador,
Encierro,
Estrés,
Institutos,
Jefes,
Lectura,
Leer,
Pandemia,
Rechingada gana,
Ricardo,
Trabajo en casa,
Tranquilidad,
Universidad,
Vida
Wednesday, April 01, 2020
Pandemia
Café exprés
Estamos viviendo una situación
inédita, sin duda. Que yo recuerde, jamás había vivido una situación de
aislamiento social. Sí, sucedió algo similar años atrás con la pandemia
desatada por el virus conocido como influenza h1n1, situación que se hizo viral
y desató una locura y un terror colectivos en la sociedad. Tanto que ni
siquiera la, todavía maestra y líder del gremio de maestros y maestras Elba
Esther Gordillo ni siquiera podía pronunciar correctamente el nombre de este virus
para alertar al mismo gremio e invitarlos a que se queden en casa (hay un video
en YouTube que da fe y constancia de este tropiezo de la lideresa). La
situación duró un fin de semana, cuando mucho, oportunidad que aproveché para
viajar a la hermana república de Michoacán; todo era desierto, oculto, como en
un episodio de The walking dead, no había una alma en las calles; es decir, sí
había, pero eran las menos. Me dirán irresponsable o qué sé yo, pero viajé a
Michoacán a asistir a la boda de un amigo y es que uno no puede postergar, ni
quedarse en la casa siempre o cada que una pandemia azote al estado, al país…
al mundo. Hay cosas por hacer y, más que cosas por hacer, hay necesidades
básicas qué cubrir. Esta pandemia me deja muy en claro que México no está
preparado para una situación así. México ni en el mundo, hay que ver el caso de
Italia donde el número de muertes ha sido exorbitante. Pero no voy a hablar de
Italia porque es país que no conozco. Hablaré de México que es donde vivo y
donde repito, no estamos preparados ni como personas, ni como instituciones, ni
como gobierno para una situación como la que estamos viviendo. Sí, hemos
prevenido esto a tiempo (quedándonos en casa y no repitiendo lo acaecido en
Italia, pero repito, no hablaré de los hermanos y hermanas de Italia), sí,
hemos prevenido esto a tiempo y quizá nuestros casos sean menores (puede que
lleguen a ser más, no lo sé). Pero desde el gobierno (que es como la
Chimoltrufia que cuando dice una cosa dice la otra), desde nuestra pobre y cada
vez más endeble economía, pasando por la tecnología, las instituciones y todo
el órgano operativo o la maquinaria que hace andar a este país, nadie estamos
preparados para permanecer en casa, para no salir, para guarecernos, para estar
cuarenta días (¿con también cuarenta noches?) metidos aquí. Hay quienes tenemos
que salir a diario a vivir, a ganarnos el pan nuestro de cada día. En cuanto a
tecnología estamos peor. Para que yo pudiera tener acceso a internet luego de
un cambio de domicilio la empresa de Carlos Slim (sí, privatizada desde ya hace
muchos años) Teléfonos de México, duró un mes para hacerme el trámite y, dicho
sea de paso, el internet que tanto presumen como infinitum es más bien lento y
terrible. Por otro lado, en los centro educativos nos piden que nos enlacemos
con nuestro alumnado por medio de plataformas, plataformas que jamás funcionan,
que son confusas y están obsoletas; por otro lado, con este internet lento a
más no poder, conectarse resulta imposible y a todo esto hay que agregarle que
tenemos a nuestro hijos en casa, lo que trabajar desde acá es una labor,
verdaderamente titánica. Ahora me pondré del lado del estudiantado, que muchas
veces no tiene el acceso a internet, porque, repito, en México el que no
trabaja diario no gana, entonces en una pandemia como la que estamos viviendo
aislar socialmente a alguien es quitarle el empleo y la manera de ganar el
sustento de otro, como una reacción en cadena que afecta a todos. De igual
forma no todos vivimos pegamos a la internet (porque repito, hay que trabajar
para ganar el sustento) y pues este medio de comunicación es terrible, las
clases presenciales son de frente, estamos en contacto con el grupo, de esta
forma todo queda volando y… ¿qué pasará cuando la maldita nube (a la que ahora
que subimos todo y donde tenemos toda esa información en ella) se sature, se
caiga y todo se venga abajo?, de seguro vamos a tener una lluvia ácida y una
nueva pandemia azotará a la humanidad.
Labels:
Ácida,
Estado,
Humanidad,
Inédita,
Infectada,
Instituciones,
Irresponsable,
Lluvia,
Maestras,
Maestros,
Mundial,
Mundo,
Municipio,
Pandemia,
Población,
Reclusión,
Responsable,
Situación,
Sociedad
Location:
Aquiles Serdán, Colima, Col., México
Friday, March 13, 2020
Se alza la voz
Café exprés
El pasado miércoles me tocaba dar
una charla en la escuela secundaria Enrique Corona Morfín. Días antes, el
lunes, la ciudad y el país habían vivido un momento único (y espero repetible),
todo se había paralizado ante el movimiento feminista llamado: «el nueve nadie
se mueve», donde ninguna mujer iba a salir a la calle.
Yo me
encontraba en incapacidad debido a un herpes
zóster que me pegó vaya a saber dónde. Mi mujer y un grupo de amigas
asistieron a la marcha del domingo, un día antes de ese lunes histórico e
inédito. Quise acompañarla como la acompaño a todos lados. Pero ella (siempre
más consciente que yo) y yo, creímos prudente no hacerlo para no enardecer más
a una muchedumbre de mujeres que están dolidas, lastimadas, que han sido
vejadas, vilipendiadas y mucho más. Me quedé en casa, además con mi herpes
mucho más. No es cosa de andar contagiando a nadie más.
Mi incapacidad
terminaba ese miércoles, así que regresé a trabajar el jueves doce. El lunes sí
trabajé aunque no en la facultad pero asistí al colegio Campo Verde a impartir
mi taller de escritura creativa al que asistieron puros hombres y un integrante
nuevo que va en cuarto grado de primaria. Es maravilloso que alguien tan
pequeño se quiera volver escritor. Ese grupo consta de tres mujeres y, ahora,
cuatro hombres.
La mañana de
ese lunes fue rara. Ninguna mujer en la calle o si las había eran las menos. Es
imposible a veces no hacer las actividades del día a día. Mi respeto para las
mujeres quienes ese día no hicieron nada pero también mi respeto doble para
quienes sí hicieron por necesidad.
Yo me
desespero sin hacer nada y ya me urgía regresar a los escenarios rockeros de la
cultura del estado. Justamente mi gran regreso sería el miércoles once en la
escuela Enrique Corona Morfín donde de la Acpe me había invitado a dar una
charla, en contubernio con las autoridades escolares de la secundaria en
mención.
Esa mañana les
hablaría de literatura y cocina con la charla «Recetario ficcional de rica
comida imaginaria», del cual pienso hacer un libro con el resultado de esos
ejercicios.
La marcha del
domingo fue todo un éxito, mi mujer llegó emocionada y me dijo que se habían juntado
muchas mujeres, que no había visto a tantas reunidas en un mismo lugar para
luchar por una causa justa y necesaria. Las mujeres de mi generación se
quedaron calladas e incluso los hombres también nos quedamos así.
Pasó el martes
y mi mujer regresó a sus actividades, yo a las mías aún con mi incapacidad. Sin
embargo, fui a la facultad de total incógnito y traté de resolver algunos
pendientes por espacio de dos horas. El miércoles, último día de mi incapacidad,
me levanté muy temprano, me metí a bañar. En la ducha repasé mentalmente la
charla que daría a los y las jóvenes de la secundaria federal. Pensé en
decirles que esa mañana mi objetivo ahí era convertirlos/as aunque sea por un
momento en escritores/as y en cocineros/as.
Para no hacer
el cuento largo salimos de la casa temprano, fuimos a llevar a los niños a las
respectivas escuelas. Mi mujer me invitó a desayunar. Mi charla era a las diez
y media. Luego de desayunar la llevé a su oficina y yo fui a la falcom a
resolver aquellos pendientes pendientes. En el camino recibí una llamada de la
directora y con más razón fui. Llegué. Le expliqué de mi regreso a los escenarios
rockeros de la cultura del estado y me dio luz verde de ir a la secundaria (yo
seguía de incapacidad).
Al llegar y
estacionar mi vehículo cerca del Cecati 183 y frente el kínder del cual su
nombre no recuerdo y que tenía sendas pancartas del rey y la reina de la
primavera, me dispuse a caminar rumbo al Isenco escuchando gritos y algarabía;
yo supuse que esos gritos eran a consecuencia de esos festejos del kínder. Cabe
señalar que esa zona está llena de escuelas. El kínder, el Cecati 183, el
Isenco, la Enrique Corona Morfín, la primaria Libro de Texto Gratuito. Sin
embargo, conforme fui poniendo atención, esos gritos eran más bien consignas,
reclamos que la comunidad estudiantil estaba levantando en contra de un
profesor exigiendo justicia. Casi al doblar la esquina del Isenco el presidente
de la Acpe Julio Alberto León marcó mi número de celular y... al contestar... lo
que me temía…
Mi deliciosa
charla del recetario ficcional de rica comida imaginaria que iba a impartir en
la secundaria Federal se cancelaba. Los reclamos, los gritos, las consignas
salían justamente de la escuela en mención exigiendo la destitución de un
profesor, un tal Yeme que no conozco, pero veo que se ha ganado el odio de las
adolescentes que reclaman con justicia y razón su destitución. Mi mujer, al
contarle el hecho y mi frustración de quedarme con las ganas de convivir con el
estudiando, me comentó que ese profe, desde cuando ella era estudiante de esa
secundaria, había tenido esa fama y abusaba de las jovencitas e, incluso, de
algunos caballeros. Así las cosas. Yo me acerqué lo más que pude a observar lo
que sucedía al interior de la escuela. Obvio no me dejaron entrar y vi y leí la
petición de hombres y mujeres, estudiantes de la Enrique Corona que se unieron
por un momento, que su grito fue el mismo, exigiendo sus derechos. Alguien me
pidió que me retirara…
Me quedé con
las ganas de conocerlos/as pero seguro estoy que habrá otra oportunidad cuando
las autoridades hayan tomado nota de todo esto, hayan hecho algo y haya, sobre
todo, quedado resuelto con cordura pero de manera enérgica y caiga quien caiga,
para que la comunidad estudiantil vuelva a ser la misma de antes, aunque,
después de esto, después de una vejación así, después de ser víctimas de abuso,
jamás, nadie, vuelve a ser el o la misma. Enhorabuena para todos aquellos/as
estudiantes que con valor, alzaron la voz para defenderse.
Sunday, March 01, 2020
Regreso a la casa primera[1]
Café exprés
Hola, buenas tardes, me presento
porque mi abuela dice que la gente educada se presenta. Mi nombre es Alberto
Llanes y soy un exdefeño convertido en colimote, que regresa a la gran ciudad a
hablar de la literatura de aquél hermoso y cálido estado. Me acompañan amigos-hermanos
del terruño donde he vivido los últimos años y, donde también, me he enamorado
y desenamorado. Casado y divorciado, donde he tenido hijos y, donde,
simplemente, soy Alberto Llanes. Aquí quizá no sea nadie o nadie me conozca,
pero así son las grandes ciudades.
Qué chido que
ahora mi ciudad que también considero mía (al grado de, en Colima, meter casi
cualquier tipo de comida a un bolillo y es que el bolillo colimense es una
delicia, lástima que no traje algunos; yo soy un bolillero por excelencia no sé
si ya me vieron la panza), decía que qué chido que ahora mi ciudad se llame
CDMX aunque yo prefiero seguirle diciendo D.F., como aquél D.F., de Chava
Flores, el de Rockdrigo González (quien perdió la vida en el terremoto del
ochentaicinco, terremoto del que hablaré un poco más adelante) y el D.F., de
Alejandro Lora entre muchos millones más de mexiqueños y mexiqueñas o
mexiquenses, vaya el gentilicio.
Por diversas
razones que uno no se puede explicar desde 1986 vivo en Colima. Era año
mundialista y yo soñaba con ver jugar a Maradona en el estadio Azteca. Todavía
recuerdo la dirección donde vivía: Unidad Infonavit Culhuacán, zona dos,
edificio diez, entrada A, departamento 201, (relativamente cerca del estadio
Azteca). Mi sueño quedó roto cuando mi padre anunció que nos íbamos a vivir a
Colima. Obviamente me encabroné y no era cosa menor. Jamás volví a tener otra oportunidad
de ver jugar a Maradona. En fin.
Yo creo que
mis padres pensaron que en Colima no temblaba y al año siguiente del terremoto
de 1985 pisamos la tierra del rey de Colimán. Un putazo de vegetación asfixió
mi cuerpo que venía, quizá, con un chingo de intoxicación gracias a los imecas
dañinos. Ese trancazo de vegetación con que me recibió Colima aquella primera
vez es una de las sensaciones que jamás he vuelto a sentir. Fue una combinación
entre coco, palmera, brisa, calor y terruño nuevo o qué sé yo embriagante. Ese
calor yo sólo lo había sentido, acá en el D.F., en los baños de vapor a los que
íbamos cuando en el departamento el suministro del agua fallaba y nos
quedábamos sin el líquido vital; en Colima jamás he vuelto a vivir esa
experiencia de sufrir por agua. De pequeño recuerdo que de edificio a edificio
cargaba cubetadas de agua para las necesidades básicas. Así las cosas.
Creo que me
resbalé en la famosa piedra lisa porque ya no salí… o ya no salimos de Colima.
No regresamos al D.F., ni por el cambio (bueno, más o menos sí y ahora heme
aquí).
Mi primer
encuentro con la literatura lo tuve en segundo año de primaria, sí, justo cuando
llegué a Colima. A medio ciclo escolar me inscribieron y me aceptaron (lo que
se me sigue haciendo muy muy raro, pero bueno); cursé el segundo grado de
primaria en una escuela (la Gregorio Torres Quintero) que derrumbó el terremoto
del año 2003.
Para quien es
colimense de cepa sabe que Torres Quintero fue un maestro normalista, escritor
y político del terruño y fue el creador del sistema onomatopéyico para la
enseñanza de la lectura a nivel nacional. A esa edad, en ese año mundialista en
México, yo no tenía ni (p) idea de
quién era Torres Quintero y supongo que, como todo niño ni me interesaba
saberlo.
He vivido, a
lo largo de mi vida cuatro terremotos, por eso digo que mi padre quizá no tuvo
idea o se la vendieron a no sé qué precio y nos llevó a vivir a Colima quizá
con la información de que allá (en ese pequeño paraíso terrenal) no temblaba.
Craso error.
En 1995 cuando
yo era instructor del Conafe sentí el segundo movimiento más fuerte de mi vida de
la tierra al moverse; el primero fue obviamente cuando vivía en el De Efe y del
cual describo brevemente en mi libro de cuentos que presento mañana (por
cierto, extiendo la invitación a todos ustedes porque si no me hago promoción
yo… ¿quién?).
En ese mismo
año tuve mi segundo encuentro con la literatura y como que la carrera me iba
llamando. Para ese tiempo ya había leído algunas obras importantes de la
literatura universal. En aquellos días tenía diecisiete rebeldes años y estaba
peleado con el mundo y, principalmente, con mi papá; oía rock pesado y mi padre
era el first enemy (hasta en eso el
viejo fue el mejor enemigo que pude tener, porque gracias a él y a mi madre soy
medianamente lo que soy). Ahora he envejecido terriblemente y mi papá ya es mi
amigo, él entendió que las letras son lo mío y yo entendí que él quería lo
mejor para mí, pero lo mejor para mí no era estudiar medicina como quizá él
quería, porque, aún ahora, no tengo ni puñetera idea de para qué sirve un mejoral.
En ese segundo
encuentro que tuve con la literatura el país pasaba por una de sus peores
crisis (en realidad siempre ha estado crisis y lo sigue estando, soy de la
generación que ha oído esa palabra desde que tengo uso de la razón). El
director del Conafe en aquellos ayeres era nuestro querido gran poeta Víctor
Manuel Cárdenas Morales, fallecido recientemente, en el año 2017.
Conocer a un
poeta que te dejaba la mano perfumada por horas a esa edad fue decisivo para
dedicarme a escribir. Mi tercer encontronazo con la literatura lo tuve cuando
anuncié en casa que iba a entrar a estudiar el bachillerato en artes y
humanidades al Cedart Juan Rulfo; pues hagan de cuenta que dije que me iba a
dedicar a delinquir o a ser un niño-adolescente de la calle, con su bolsita de
pegamento para inhalar en la mano y todo. La familia pegó el grito en el cielo
y casi casi me excomulgan y estoy seguro que he quedado fuera de todo contrato
de herencia y demás, ni modo. Por aquellos años anunciar que me iba a dedicar
al arte fue como si hubiera sido casi casi lo mismo que anunciar que me iba a
volver zapatista y me esperaba la guerrilla.
En el Cedart
conocí a una gran amiga Zaira Ríos Cuevas, su mamá era y es escritora, una gran
escritora, la maestra Guillermina Cuevas. A Guille la conocí en las reuniones, (poco
ortodoxas, por cierto), de padres de familia que hacía el Cedart. Su presencia
provocó un revuelo en mí porque Guille no parecía escritora, no por lo menos la
idea que yo tenía de las escritoras y escritores. Cuando la saludé, mi mano no
quedó perfumada por horas como sí sucedía con Víctor Manuel, pero la calidez de
su contacto fue mucho más notoria, a la fecha es una de mis principales y creo
que la única, lectora de mi obra o lo que sea que escribo.
Tiempo después
supe de la relación de amistad y camaradería que había entre ambos escritores
(Víctor y Guille). Yo no recuerdo si Guille en aquellos ayeres del Cedart leyó
algunos textos míos o no. Posiblemente sí, porque en las reuniones de padres de
familia del Cedart a veces, los alumnos, teníamos que dar alguna muestra de nuestro
trabajo artístico en danza, teatro, música, artes plásticas o literatura, por
eso digo que esas reuniones eran poco ortodoxas.
Mi siguiente
paso fue sin duda alguna entrar a la Facultad de Letras y Comunicación de la
que no he salido desde 1999 a la fecha y no, no soy una especie de Mosh, ni
tampoco un fósil universitario, ni ningún tipo de estudiante repetidor y
repetidor ad infinitud, lo que pasa
es que ahora trabajo para la Universidad de Colima justamente en la Facultad de
Letras, por eso mismo sigo yendo, todos los días (de lunes a viernes) a la
escuela, como cuando cursaba los créditos de mi educación superior.
Cuando anuncié
mi ingreso a la Falcom (como se le conoce a la querida Facultad de Letras y Comunicación
de la Universidad de Colima), hagan de cuenta que, para mi familia, fue el
anuncio de que me iba a la guerra del golfo pérsico, o a Kosovo, a Vietnam o ya
de plano que iba a andar de pinche loco mariguano (esto aunado un poco a la
música que oía y sigo escuchando a la fecha y aquí sí le doy un poco de razón a
mis padres, sobre todo a mamá que era la que soportaba mi música. Considero que
sí: Kurt Cobain, gritaba mucho más gacho que mi mamá cuando me regañaba).
Para este
nuevo anuncio mi padre se dio por vencido y optó por ya no decirme nada (le vi
el semblante triste y es de las pocas veces que lo he visto llorar). Ya no me
dijo nada al grado de que llego incluso, algunas veces, hasta ni a dirigirme la
palabra y yo opté por sí, andar de pinche loco mariguano, pero tratar de
aprender algo de esta mala vida que termina siendo la mera buena a final de
cuentas y echarle ganas con disciplina y entusiasmo. Mucha disciplina.
Fuimos la
generación 1999-2003 y de ahí se desprenden un buen número de escritores
empezando por Carlos Ramírez Vuelvas, nuestro querido amigo y ahora secretario
de cultura, David Chávez que es mi compadre, y quien me acompaña esta tarde en
la mesa, Ihovan Pineda, también mi compadre que se quedó en Colima a cuidar el
negocio y a escribir, Jaime Obispo, Oscar Chapula (que pronto será también mi
compadre) y con quien sacaré próximamente un libro (a ver si nos vuelven a
invitar a esta feria a presentarlo), le siguen Carmen Zamora, Gabriela Flores y
nada más, aunque de esa generación hay muchos más egresados que si bien no se
dedican a escribir sí hacen periodismo y comunicación ya sea conduciendo
programas, colaborando detrás de cámaras qué sé yo.
En la Falcom
vinieron y conocí muchos nombres más de personas que tienen y tuvieron el mismo
sueño que tuve yo. Creo que Colima es una tierra de grandes talentos
literarios. Ahí descubrí y descubrimos a Avelino Gómez (quien ganó el premio de
poesía 2018 y su libro se presenta al día siguiente del mío[2]),
Nadia Contreras, Jorge Vega, Octavio Romero, Verónica Zamora, Magda Escareño,
Gloria Vergara, Ada Aurora Sánchez (actual directora de la Falcom), Rogelio
Guedea, Sergio Briceño, Alberto Vega, Adín Valencia, César Anguiano, José
(Meche) Barocio, Armando Polanco, Abelardo Ahumada, Alfredo Montaño (†), Salvador
Márquez Gileta (†), Francisco Blanco (†), Ángel Gaona, Grace Licea… que son
autores y autoras una generación o varias generaciones antes a la nuestra.
La Falcom está
cumpliendo en este 2020 cuarenta años de haber sido fundada y de seguir dando
talento a nuestro estado, para muestra: Krishna Naranjo (que también nos
acompaña en la mesa), están también Gabriel Govea, Miguel Govea, Oscar René
Robles, Magda Orozco, Indira Torres, Zeydel Bernal, Jetzabeth Fonseca en fin…
no me gustaría dejar a nadie fuera pero cuando uno hace un listado tiende a
ello, escritores y escritoras que sí y no han egresado de la Falcom, la mayoría
sí. Todas son personas dedicadas en cuerpo en alma a esta pasión que reúne un
mucho de obsesión, compulsión y hasta cierta desfachatez, a este sueño de
tundir teclas y de dar una perspectiva de este mundo, una cosmovisión de este
paso por lo que hemos denominado vida y que quede el registro de ello.
De todas estas
personas han quienes han resistido a esta dura batalla de escribir y hay
quienes han desistido y se van por otro camino, pero en los suplementos
culturales han quedado sus nombres impresos con alguna muestra de su incipiente
trabajo.
Viene una
generación detrás empujando muy fuerte: Morelia Trujillo, Liz Romero, Melissa
Aguilar, Gaby Zepeda, Ingrid Guijarro, Coral Anahí, que no sabemos si harán de
esto una pelea a doce rounds, un juego de béisbol que se vaya a extrainings o un
partido de futbol americano resuelto en tiempo extra, no lo sabemos, pero están
en las aulas y están escribiendo y uno se ve entonces reflejado en los ojos del
otro cuando teníamos esa rebelde edad y en casa anunciamos nuestro afán por las
letras.
Me da mucho
gusto estar de nuevo en mi querida ciudad y con todos ustedes presumiendo un
poco las maravillas que tiene mi estado, porque ya lo dijo la gran Chavela
Vargas: “Los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana”.
Y eso que
todavía no les cuento de Griselda Álvarez, Trinidad Lepe Preciado, Balbino
Dávalos, Francisco Hernández Espinoza, Ismael Aguayo Figueroa y tantos hombres
y mujeres más que, desde el trópico, siguen dejando su huella impresa.
Muchas gracias
por su atención.
[1]
Texto leído en la mesa redonda de literatura colimense dentro de la Feria
Internacional del Libro del Palacio de Minería en la Ciudad de México, evento
llevado a cabo el día 26 de febrero de 2020 en la capilla del recinto cultural.
[2] Se
presentó el día 2 de viernes en el auditorio seis de la Feria Internacional del
Libro de Palacio de Minería. El libro se llama: La ciudad te seguirá, un portento poético ganador.
Labels:
Amistad,
CDMX,
Colima,
Escritoras,
Escritores,
Escritura,
Fil,
Lectura,
Minería,
Terremotos. Falcom,
Universidad de Colima
Wednesday, February 19, 2020
Café exprés
Salomón de la Selva
Pareciera
que el maestro Rubén Darío (máximo exponente y representante del modernismo en
lengua española fuera un autor mexicano, pero no, es nicaragüense). Nicaragua
además de pertenecer a América Central y tener un territorio espectacular lleno
de volcanes, playas y lagos (como espectacular es también México) nos ha legado
a grandes autores entre los destacan obviamente Rubén Darío, Claribel Alegría
(nacida en 1924 y fallecida apenas en 2018, aunque de ella, Tito Monterroso el
creador del cuento del dinosaurio, en el libro Pájaros de Hispanoamérica publicado en el año 2001 bajo el sello
Alfagura, sitúa a la autora en El salvador y la define como salvadoreña y no
como nicaragüense, en fin), a la lista se suman, Ernesto Cardenal, Azarías H.
Pallais, Rafael Pallais y en este caso a Salomón de la Selva (que no entiendo
por qué no está en la lista de autores que consulté en la red mundial), Sergio
Ramírez (ganador del premio Alfagura de novela con la historia Margarita, está linda la mar, que es un
verso de su coterráneo Rubén Darío) y que dice más o menos así:
Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:
Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.
Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso de papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».
Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que cortar?.
¡Qué locura!, ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».
Y ella dice: «No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».
Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».
Viste el rey pompas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.
* * *
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.
De este
poema nació, con Sergio Ramírez una novela. De Nicaragua hay muchos autores y
autoras más que han salido para el mundo.
Pero no es de Rubén Darío, ni de Sergio Ramírez y tampoco de Claribel
Alegría, ni de todos esos autores que han hecho que Nicaragua sea… de quien les
quiero hablar en este espacio, no, de quien les hablar en esta columna es de Salomón
de la Selva, otro poeta del Nicaragua que, dejando de lado el modernismo de
Rubén Darío y el dulce verso que acabamos de leer; Salomón se enfrentó a otro
tema mucho más delicado y más en boga hoy y siempre: la desesperanza que da una
guerra, el dolor, la muerte, la destrucción que da vivir siempre en combate
gracias a una maldita guerrilla consecuencia de una dictadura.
Las dictaduras (que en México tenemos la dictadura perfecta amén de esta
mal llamada 4T) son una lucha constante de gente que no está de acuerdo con el
dictador y es un cuento casi de nunca acabar.
Salomón de la Selva me recordó a grandes poetas: Federico García Lorca,
Juan Gelman, Roque Dalton; Mario Benedetti y un puñado más porque sus poemas
son un grito a la desesperanza, un estate quieto para el sistema opresor, una
tabla de refugio para quien quiere tener esperanza, alcanzar sus sueños, vivir
la vida.
La poética de Salomón de la Selva me ha destrozado el cuerpo, el corazón y
todos los órganos porque en esta realidad que vivimos (que siempre supera a la
ficción)… no quiero que mis hijos crezcan envueltos en este odio que parece
carcomer a la raza humana y que, a decir del gran Stephen Hawking este hecho,
este odio, este despotricar contra el otro será el inicio del fin de la raza
humana sobre esto que hemos catalogado como mundo.
Hay que leer la obra poética de Salomón de la Selva y de todos los y las
poetas y/o escritores /as que fueron y han sido acosados, violentados,
expuestos al grado tal de dejar su patria, para encontrar refugio y
tranquilidad necesarios para vivir, escribir y leer (que es nuestra pasión) en
otro terruño, generalmente muy lejos de casa.
Subscribe to:
Posts (Atom)
¿Qué es lo primero que levantas del suelo después de un terremoto?
En palabras Llanes I Una vez más México hace historia; otro 19 de septiembre que « retiembla en su centro la tierra al sonoro...
-
No es un adiós, sino un… hasta luego Alberto Llanes Muy temprano, a eso de las nueve y media, recibí una llamada telefónica. Aún no me insta...
-
En palabras Llanes Cuando Luis Ignacio Villagarcía estaba al frente del Instituto Colimense de cultura (posteriormente conocido...


