Saturday, November 21, 2020
Saturday, November 14, 2020
Friday, November 06, 2020
Friday, October 30, 2020
Quince años en la Universidad de Colima
Café exprés
Octubre de 2020, cumplo quince años laborando en mi alma mater la Universidad de Colima. Entré a trabajar en el, cada vez más añejo 2005, luego de un acto de total rebeldía cuando renuncié (sabiendo todo lo que esto traería consigo) a un famoso periódico local donde trabajaba en aquellos ayeres, y renuncié por la idea y convicción de convertirme en escritor.
Resulta que en
esos días había un diplomado de la Sogem (el segundo y el último que se hizo en
Colima) y yo pedí a mi lugar de trabajo una oportunidad para tomar ese
diplomado (era una semana al mes y por las tardes), ante la negativa de ese
gran e importante rotativo local, me armé de valor y renuncié.
No me dieron
carta de recomendación (y me lo advirtieron casi casi como amenaza y no me la dieron
por sus tumpiates porque yo siempre cumplí, trabajé bien y demás), les
dije que no me importaba y que no iban a truncar mi sueño, que ninguna pinche
empresa por muy grande e importante que fuera iba a decirme qué hacer con mi
vida (claro, yo por dentro estaba temblando de miedo).
Me dijeron que
concluyera la semana y no quise, me amenazaron con no darme finiquito, no me
inmuté. El gerente general fue por mi carta de renuncia (se dio cuenta de que
era de carácter irrevocable), me la extendió, la leí, me dijo que para qué la
leía, no le hice caso y continué, firmé con tinta azul (temblaba, claro, sobre
todo porque tendría, en mi casa, que explicar que me volvía a quedar sin
trabajo y todo por querer estudiar un diplomado en creación literaria). En fin.
Regresé la
carta firmada y se la extendí al gerente que, muy dueño de la situación se rio
socarronamente (no sé si su risa fue porque no había notado tantos huevos
puestos en una acción o por alguna otra razón, aunque yo tampoco supe de donde
me salió tanto valor, la verdad). Salí de ahí y, casi al cerrar la puerta me
dijo que regresara el viernes (día de pago semanal) por mi dinero.
No le contesté,
pero por dentro casi le lanzo una mentada de madre, así que respiré profundo y
pensé que él nada más era un trabajador más de esa empresa-emporio y, claro, el
viernes fui por mi pago. Al pisar la calle me enfrenté de nuevo al mundo del
desempleo, se siente bien feo, la verdad. Al llegar a mi casa luego de ir a
beber algunas cervezas con el poco dinero que me quedaba, mi madre me cobijó en
sus brazos y me dijo: «¿Renunciaste verdad?», le respondí que sí con la
pura cabeza, no me salió la voz hasta que sentí su abrazo cálido y pude decir: «Que
no podría renunciar a mi sueño», mi madre volvió a su abrazo y
recuerdo sus palabras: «Ya saldrá algo más importante para ti»...
e hizo cierto énfasis en la palabra importante…
Al día
siguiente, con quince pesos y varias solicitudes salí a buscar, de nueva cuenta
trabajo, llegué a la Universidad de Colima a la cafetería de doña Carmen a
comprar un vaso de agua, había ido a entregar una solicitud de empleo por ahí
cerca y necesitaba del abrazo de mi Facultad de Letras y Comunicación, verla,
sentir su actividad cotidiana, su día a día. Me senté, totalmente frustrado y
cansado, en las bancas de metal de la Falcom. Revisé mi bolso y seguían esos
quince pesos ahí (había caminado desde mi casa hasta el lugar donde iba a
entregar la solicitud y de ahí a la universidad). Pedí una botella de agua que
me costó en aquel entonces siete u ocho pesos, no lo sé (más que el costo en
dinero, esa botella me costó regresarme a pie) ...
En eso estaba,
cuando mi guía y gurú, un ángel protector apareció por los pasillos... el
querido maestro Víctor Gil Castañeda que, al verme, con su alegría
característica se acercó a mí, se sentó a platicar y, luego de estrechar mi
mano me preguntó lo que era obvio: "¿Cómo me iba en mi lugar de
trabajo?", al contarle lo sucedido su rostro se tornó triste pero, a la
vez, un rayo de luz iluminó, dicho esto con todo respeto y el cariño que le
tengo, su pelona que, al contacto con un haz de luz filtrado por el ramaje de
los árboles de los mangos que adornan la Falcom, brilló, haciendo la luz más
intensa y casi casi como de caricatura como cuando a alguien se le ocurre una
muy buena idea.
Entonces el
maese de maeses me preguntó que si traía solicitudes, le dije que sí, traía
cinco o seis en mi mochila donde cargaba Caracol Beach, la tremenda
novela de Eliseo Alberto que, en aquellos, días estaba leyendo. Me dijo que lo
acompañara pero no me decía adónde, ni qué diantres se le estaba ocurriendo, a
paso casi casi veloz me llevó a la Dirección General de Publicaciones de la
Universidad de Colima, me preguntó si conocía a la querida maestra Guille
Araiza, le dije que sí, e incluso conocía a Inés Sandoval de cuando publicaba
en el Cartapacios (posteriormente Alta Mar) y me pagaban con un boletito que
podría cambiar por un libro (eran otros, maravillosos tiempos). Inés Sandoval,
también muy querida, era quién nos pagaba con esos boletitos, entonces las
conocía a las dos.
Fue ahí, casi
casi a la entrada del edificio, cuando el maestro Moy, desconocidamente
conocido, vaya la redundancia, como Víctor Gil, me dijo que estaban buscando,
ahí en la dirección, editores, que hiciera una prueba... y me llevó hasta la
entrada, pidió una cita con Guille y me dejó. De aquí en adelante me las
tendría que arreglar yo solo, «pensé y en eso me apliqué».
Hice antesala,
estaba de secretaria doña Mary, esperé pacientemente y... y quince años después
acá estoy, ahora en la coordinación académica de mi queridísima Facultad de
Letras y Comunicación, coordinación a la fui invitado a trabajar por la maestra
Paulina Rivera Cervantes, pasé trece años en Publicaciones, llevo dos en la
Falcom y no sé qué aventuras más vendrán (este, por ejemplo, fue año pandémico),
pero puedo decir que he vivido y conocido a muchos universitarios/as que
trabajan porque a nuestra alma mater le vaya bien, gente muy talentosa (que
quizá no tienen el reconocimiento que se merecen), he conocido muchas
secretarias, gente de servicios generales y ahora guardias (que antes no había
en las entradas) y, sobre todo, he conocido a muchos alumnos/as que tienen el
mismo sueño que tuve y tengo todavía yo: ser escritor/a.
Esta pelea es
a muchísimos rounds... habrá mucha gente en el camino que nos va a decir que NO
(incluso la misma familia), sin embargo, tenemos que luchar por nuestros
sueños, por nuestra idea, por lo que queremos ser y hacer, a veces la batalla
parece que nos quiere ganar, pero otras, otras muchas veces nos abraza tanto y
tan fuerte que por esos momentos todo esto, en serio lo digo, todo esto vale
mucho la pena...
Gracias
Universidad de Colima, gracias Dirección General de Publicaciones, gracias
Facultad de Letras y Comunicación y gracias a ti por leer todo este choro
mareador que me estoy aventando. Se dice fácil esto de tener y cumplir quince
años de labores, pero ha requerido del apoyo de mi familia, papá, mamá (que en
paz descanse), hermano y mi tía coca (también que en paz descanse) y ahora de
mi otra familia, Mirna, Santiago y el pequeño Ricardo... para seguir en la
batalla y darle gusto al gusto... salud por todo ello. Bendecido estoy, he
dicho.
Cobra Kai: un choque generacional
Café exprés
Sin piedad, pegando fuerte y pegando primero como bien rezan las reglas del karate Cobra Kai… así fue como llegué a ver la serie de Sony Pictures Televisión, difundida por Youtube y que ahora está en Netflix dentro de su contenido, todo esto lo acompañé con una mórbida curiosidad por ver cómo habían envejecido sus protagonistas (Ralph Macchio, William Zabka y Martin Kove quien personifica la maldad Cobra Kai en persona o, por lo menos en la saga de películas llamada Karate Kid, así nos lo deja ver), pero también me acerqué a la serie con cierta nostalgia por la década de los años ochenta, su música, el cine de la época y más.
Quería ver a
las nuevas estrellas de los dōjōs tanto de Miyagi Do Karate
como de Cobra Kai; porque era y es un hecho que ni Ralph Macchio, ni William
Zabka iban a ser los contendientes (no por lo menos frente a frente, aunque
espero que la serie, que todavía no termino de ver, me deje ver un
enfrentamiento cara a cara entre estos dos personajes) en esta nueva era de
mucha tecnología y avances no sólo en este aspecto sino de la verdadera
importancia del karate de la vieja escuela en estos días tan extraños y
complejos que corren.
Debo
decir que la serie me atrapó, son apenas dos temporadas de diez capítulos cada
una (se espera una tercera temporada para enero de 2021) y, desde el inicio, la
nostalgia se hace patente. Y aunque me hubiera encantado ver Elisabeth Shue en
su papel de Alli Mills, entiendo que ahora (en la historia) está casada (con un
tipo con cara de idiota a decir de Daniel y Johnny), tiene hijos, estudió
medicina y Larusso la estalquea de cuando en cuando en el Facebook, dice
que no le manda ninguna petición de amistad porque Alli Mills tampoco le manda
ninguna petición de amistad al maduro y ahora plenipotenciario vendedor de
autos Daniel Larusso.
Se me encogió
el corazón cuando le dedican un episodio al gran señor Miyagi, personaje
entrañable actuado por Noriyuki “Pat” Morita fallecido en el cada vez más
lejano 2005. Pasa rápido el tiempo y muchas cosas cambian, pero cuando se está en
pandemia parece que el tiempo se aletarga, pero nada más parece porque desde
marzo que comenzó el confinamiento y recién arrancaba este año 2020 y ya han pasado
infinidad de cosas amén de estar en casa, cuidándonos de la amenaza del
Covid-19. En fin.
Hace
treintaicuatro años no había pandemia y en la saga de películas se narra la
historia de un joven que llega a Los Ángeles a hacer amigos; provienen (él y su
mamá) de New Jersey (un cambio de lado a lado del país), sin embargo, Daniel
Larusso se topa con un grupo de jóvenes que, al parecer, buscan líos y no
reciben a Larusso de muy buena gana y menos cuando éste pone los ojos en Alli
Mills (personaje actuado por la bella Elisabeth Shue).
Daniel se mete
en líos por salvar a Alli de las garras (por decirlo de algún modo) de Johnny
Lawrence, personaje que actúa William Zabka. Y es cuando Daniel quiere aprender
karate, aunque llega al dōjō Cobra Kai donde el sensei es, justamente, John Kresse
personaje actuado magistralmente por Martin Kove y es John Kresse quien les enseña
a sus pupilos aquellas frases como: «Sin piedad. El dolor no existe en este
dōjō. No
entrenamos para tener piedad. La piedad es para los débiles. Aquí, en las
calles y la competencia, un hombre te enfrenta, es tu enemigo. El enemigo no
merece piedad», fuertes declaraciones del sensei.
Daniel no
sabe que Johnny Lawrence es alumno de Kresse. Y es justo ahí cuando comienza la
rivalidad que los llevará a disputar el trofeo All Valley de 1984 que Daniel
Larusso gana con la famosa patada (que le enseño el señor Miyagi) de la “Técnica
de la Grulla” y lo demás es historia…
Por
supuesto que no vengo a espoilear ni las películas, ni la serie de
televisión. Lo que mencionaré es que en esta columna he escrito dos palabras
que hace treintaicutatro años no las usábamos: estalquear y espoilear;
esto viene a colación porque en la serie veo un fuerte choque generacional de
entrada, cuando los chicos/as (hace unos años ni siquiera usábamos ambos
géneros femenino y masculino) ven al karate como algo pasado de moda y sin
chiste o aburrido e, incluso, violento por el uso de las manos y los pies al
momento de soltar golpes o patadas.
El uso de
las redes sociales y de ciertos dispositivos electrónicos también es algo que
llama mi atención dentro de la serie. Hace treintaicuatro años un celular habría
hecho que el señor Miyagi llegara más pronto al auxilio de Daniel San, aunque
Miyagi, sin celular y quién sabe cómo, siempre estaba ahí, como el dinosaurio
de Augusto Monterroso.
En la
película de 1984 vemos, en la escena de la playa y en lo que será el primer
enfrentamiento a golpes entre Johnny y Daniel, una vieja grabadora de aquellos
años (con pilas, seguramente de las gordas, conocidas en el mercado como pilas
tipo D o tamaño D que se acababan en un par de horas de reproducción de un
cassette o cinta magnética de audio), puf, lo sé, todo esto bien podría entrar,
junto con el walkman, el discman y demás, al museo de lo obsoleto, como las
cintas de video y audio VHS, Beta y súper BetaMax donde, seguramente, se
grabaron millones de copias de la cinta Karate Kid. Para la nueva generación de
Cobra Kai y, seguramente para muchas generaciones venideras estaré hablando en
un lenguaje totalmente descocido…
Vemos
a Johnny Lawreence utilizando expresiones propias de la época hasta que alguien
de sus pupilos le dice que no puede utilizarse ya, Johnny se refiere a las personas débiles como
“nenitas”, ese alumno le dice a Lawrence que eso es sexista, machista,
discriminatorio y demás; Johnny tampoco sabe usar el internet, no conoce una
laptop (menos sabe de marcas, estilos, capacidad de disco duro, memoria y su
uso) y, por supuesto, lejos de su entendimiento está el conectarse a una red
wifi, por ende, no ha entendido que la publicidad ha cambiado y que, para
promocionar su dōjō Cobra Kai lo puede hacer con el poder del internet, los videos
en YouTube y los comerciales que aparecen cuando ves un video en esa plataforma.
Sí, el
tiempo es despiadado como dice el ahora maduro Lawrence, como despiadada es la vida,
pero así y con todo hay que vivirla y aprender. Johnny sigue siendo el tipo
rudo de antaño que quiere, sin embargo, hacer las cosas bien pero que arrastra
un pasado con el que tiene que pelear, sí, no sólo es Larusso su enemigo, sino
el pasado, aunque esta serie apuesta más bien a que no hay enemigos, pero sí
rivalidades que se tienen que enfrentar para arreglar asuntos del pasado.
Cobra
Kai y Miyagi Do Karate luchan por el retorno del Karate de la vieja escuela,
pero más que el Karate, luchan por el regreso de la disciplina, el coraje y
valor para enfrentar tus miedos (oponentes) o a la vida misma que puede ser una
patada en el trasero o una palmada en el hombro, como cada uno quiera que sea.
Me gusta,
sin embargo, el karate ofensivo y rocanrolero de Johnny Lawrence, pero también
entiendo el karate defensivo y místico de Daniel Larusso (además sé, por mi
fanatismo al futbol americano, que las defensivas ganan títulos). Recordé,
también, las dos reglas de Miyagi Doi Karate que son: “El karate es sólo para
defensa” y “Aprender bien esa primera regla”, aunque luego el mismo señor Miyagi
dice: “Pelear no es bueno, pero si debes hacerlo, gana” y “Está bien perder con
el enemigo, pero no contra el miedo”.
Sabiduría
milenaria que se nos queda grabada en la cabeza, nos hace eco y tratamos de
aprender, porque siempre estamos aprendiendo y tanto Johnny Lawrence como
Daniel Larusso tienen mucho que aprender, como nosotros…
Quizá
el karate vuelva a ponerse de moda, porque toda la moda es cíclica; en tanto me
voy a poner a: “Encerar con mano derecha y limpiar con mano izquierda. Y
sobre todo y en estos días de pandemia… Respirar profundamente, muy
profundamente”.
Quizá
vuelva a un concierto donde pueda cantar a todo pulmón la canción de “Puto”
(que era un grito de libertad, de rebeldía y contra la opresión) de Molotov
como lo hacíamos antaño, quizá… no lo sé.
Friday, October 09, 2020
Thursday, September 03, 2020
¿La soledad era esto?
Café exprés
Porque todo es igual y tú lo sabes
Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa y has cerrado la puerta
con aquel mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que
llegaras,
y encendiste la luz, para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas, como
estarán dentro de un año,
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que
un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus
hojas,
y te has sentido solo,
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo
sabes.
La casa encendida
Luis Rosales
En
esta columna el día de hoy todo es y está muy español. El título es de una
novela del gran escritor Juan José Millás con la obtuvo el premio Nadal en el
año de 1990. El epígrafe, como se puede ver, es del poeta Luis Rosales del
poema La casa encendida. Donde se aprecia que todo es igual y tú lo
sabes. Y es justo esto lo que quiero resaltar aquí y ahora.
Pero esta columna no es
precisamente para alabar ni hablar de las virtudes de los escritores y
escritoras españoles que he leído con cierta fruición desde Almudena Grandes,
Clara Sánchez, Félix Grande, Félix de Azúa, Ramón Gómez de la Serna sólo por
mencionar algunos; además de los ya citados y claro, al gran Miguel de Unamuno
y cómo olvidar a León Felipe y ese portento poético que se llama ¡Qué pena!,
poema que transcribo a continuación:
¡Qué pena si este camino fuera de muchísimas leguas
y siempre se repitieran
los mismos pueblos, las mismas ventas,
los mismos rebaños, las mismas recuas!
¡Qué pena si esta vida nuestra tuviera
—esta vida nuestra—
mil años de existencia!
¿Quién la haría hasta el fin llevadera?
¿Quién la soportaría toda sin protesta?
¿Quién lee diez siglos en la Historia y no la cierra
al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?
Los mismos hombres, las mismas guerras,
los mismos tiranos, las mismas cadenas,
los mismos farsantes, las mismas sectas
¡y los mismos, los mismos poetas!
¡Qué pena,
que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!

Sin
embargo, en La soledad era esto, JuanJo Millás narra la vida de Elena
Rincón; es una historia que arranca a partir de la muerte de la mamá del
personaje central y se aprecia una lenta metamorfosis hacia la liberación a
través de un doloroso aprendizaje; y es justo esta parte la que quiero resaltar
en esta columna el día de hoy, por eso también el epígrafe de Luis Rosales que
dice, entre otras cosas:
Has llegado a tu casa, y, al entrar, has sentido la extrañeza de tus pasos que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras, y encendiste la luz, para volver a comprobar que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año.
Y
tampoco es que mi vida arranque con la muerte de mi madre acaecida hace poco
más de un mes, pero quiero resaltar, justamente, que La soledad era esto,
así; mi madre ha muerto y su presencia se extraña a raudales, la vida nos ha
cambiado en un giro de ciento ochenta grados porque nos deja un vacío que es
muy complicado de llenar pero, sin embargo, veo cómo todo regresa poco a poco a
la normalidad, amén de su ausencia las cosas siguen igual y ella, donde quiera
que esté, lo sabe.
O si no están igual, por lo menos tratamos de que
estén o sigan o vayan de la manera en la que a ella le hubiera gustado, como si
ella aún estuviera todavía con nosotros.
Madre, ha pasado poco más de un
mes de tu dolorosa partida de este plano terrenal, no sé si te he llorado mucho
o te he llorado poco, no lo sé; no se puede medir esto como no se puede medir
la lectura; lo que sí es verdad es que te extraño mucho, los días sin ti parecen
o están vacíos.
Sólo veo que al paso de los días todo sigue igual,
incluso, hasta con cierta indiferencia, las cosas, los hechos, los eventos se
suceden, las fechas (por ejemplo, tu cumpleaños o el día de los abuelitos, todo
pasa y todo queda, pero lo nuestro pasar, dice otro gran poeta español Antonio
Machado) y todo sigue igual, todo pasa igual, te repito, con cierta
indiferencia… por eso pregunto como lo hace JuanJo Millás en la novela ¿La
soledad era esto?, supongo que sí, supongo que así se superponen los días
cuando uno se va, cuando uno se acostumbra, poco a poco, a la ausencia física
de las personas aunque, por dentro, el recuerdo sea para toda la vida y se lleve
para siempre… a ti te voy a llevar para siempre pero sabes, se me ocurre que en
el rock en y con él, tenemos una conexión interesante; ahora el rock me dolerá
o me llegará de otra manera, simplemente con tu grácil recuerdo, gracias por
eso y por todo lo demás…
Saturday, August 01, 2020
La magia de la poesía Parte III
Café exprés
La magia de la poesía
Parte III
La pandemia trajo consigo aislamiento social y muchas cosas más, al inicio era agradable quedarse en casa, salir del estrés del día a día del trabajo, de los maestros y los alumnos (que ya extraño sobremanera). Luego aquello se convirtió en un verdadero martirio, un suplicio y un volverse locos cargado de estrés, encierro, de pendientes, de muchos pendientes, correos interminables, lidiar con programas integradores, proyectos que no tenían pies ni cabeza, plataformas que no servían ni sirven para nada, internet lento, clases en línea, reprogramar las clases, en fin, sobre todo, correos, miles de correos que llegaban a diario saturando mi bandeja de entrada y todos requerían o tenían el subject de: URGENTE. UR-GEN-TE.
Poco
tiempo tenía entonces de acomodar mis libros, de buscar el poemario de Juan
Carlos Recinos, de leerlo, es más, poco tiempo tenía de leer algo que a mí me
gustara; todo se volvió leer para y por la academia (#QuéFeoYQuéTerrible), esa
desdichada que a veces deja sinsabores porque ni soy PTC, ni pertenezco a
ningún cuerpo colegiado o no, ni soy investigador, ni soy nada, salvo un
soldado raso de la academia que gana un sueldo por debajo de lo medianamente
asequible para vivir y sacar los gastos de la quincena y, ahora, pagando
internet y luz, carísima luz y utilizando mis pocos aparatos para sacar adelante
el llamado home office, pues no, no sale para el gasto… en fin.
Del
libro de Recinos ni sus luces, abril, mayo y la mitad de junio fue trabajar y
trabajar y responder cada día todo el día, miles de correos sin ton ni son, sin
ton ni son. Hacer la comida, cuidar al pequeño Richard, oír que el adolescente
peleaba con los profes que se enseñaban dejando tareas kilométricas, viendo que
mi mujer no tenía una computadora para trabajar asuntos del Museo Regional de
Historia que, como la Universidad de Colima, todo lo pedía y lo pide de manera urgente,
todo era de un día para el otro y todo estaba en la computadora de nuestro
lugar de trabajo, no en nuestra única computadora personal que, dicho sea de
paso, era la mía, una pequeña lap top del año 2011 que para este 2020 ya
empieza a verse lenta, cansada, obsoleta, inservible… pero nos sirvió para
sacar el trabajo y compartirla por turnos, mi mujer por la mañana, yo por la
tarde… a veces yo por la mañana y ella todo el día porque así de tóxico se ha
convertido su lugar de trabajo y de pronto el mío así lo era o así lo llegué a
sentir: tóxico.
Pero
dicen que para todo mal mezcal y para todo bien también, a inicios de julio,
como por arte de magia apareció Jericó (este pinche libro y esto de
pinche lo digo con todo el respeto y el cariño que me merecen tanto el libro como
su autor; pero este pinche libro tiene magia). Resulta que el pequeño de la
familia en su afán por ayudar a acomodar los libros lo había subido a mi
librero, donde tengo mi escritorio (que no he utilizado para tal fin, no lo he
utilizado para ningún puto fin porque he trabajado en la mesa del comedor donde
pongo todos los días mi oficina en la casa y todos los días la quito para poner
la mesa y comer) y el libro cayó a la parte de atrás del librero y pues ni dios
padre lo veía y si dios padre no lo veía, pues menos yo que a mi corta edad, ya
empiezo a utilizar lentes para leer, así de grave estoy.
Decía
que Jericó tiene magia por la forma en que llegó a mí, luego la manera en
la que lo perdí y posterior en la que lo encontré. Por esto todo esto que estoy
narrando aquí, a todo esto, le he puesto de título a estos relatos: La magia de
la poesía. Juan Carlos Recinos y yo cojeamos de la misma pata, el amor
inconmensurable que le tenemos a nuestros hijos (él al suyo y yo al mío), fruto
del trabajo y de estar tundiendo teclas a diestra y siniestra, quizá más a
siniestra que a diestra resulta este poemario.
Al
abrir Jericó me topo con un autor maduro, lleno de luz en su camino y en
su poesía, porque en el libro hay mucha luminosidad que se repite en cada
verso, en cada poema, aunque también hay momentos de oscuridad y es que la vida
es todo esto, claroscuros, momentos de ruido pero momentos también de silencio
como en la música; notas, notas que son de cuatro, de dos, de un tiempo o de
medio tiempo (corcheas) y hay fusas y semifusas, pero también hay espacios de
silencio y hay bemoles y becuadros.
En
Jericó encontré mucha paz, paz que me hacía falta para continuar con
estos días de pandemia; días de encierro que me han vuelto loco, con ataques de
ansiedad (que yo no padecía y de insomnio), desesperación por el retraso en los
pagos de la quincena que se han vuelto una constante en la Universidad de
Colima, ataques de locura, de depresión por ver a mi madre enferma, casi
inerte, postrada en una cama esperando el final (final que ya llegó ahora que
publico esta última parte del texto).
El libro de
Recinos me ha devuelto un poco de luz en este oscuro semestre, pesado, donde
siento que las autoridades exigen y exigen y se la pasan pidiendo como para ver
si uno trabaja o no. Claro que trabajo en mi casa, en calzones quizá y sin
camisa (porque el calor está a todo lo que da), con mi cerveza quizá (porque es
mi bebida favorita y, repito, el calor está a todo y mucho más) pero estamos
trabajando y lo hacemos bajo un estrés que no tiene paradigma y, ahora, con el
retraso en los pagos uno se pone a pensar en miles de cosas, cientos de cosas
que están por venir y que no pintan nada bien.
Pero
dice este verso sacado del libro de Juan Carlos: «En esta casa, alguien trazará
la nueva coordenada, el destino de este relámpago», como un presagio a los días
por venir que, definitivamente, en casa y en el exterior van a ser bien
diferentes gracias al Covid-19, tanto que ni siquiera hemos podido regresar a
esa nueva normalidad de que tanto hablan en los medios de comunicación de
nuestro flamante gobierno federal que ha servido para un carajo y que está
cruzado de brazos viendo cómo México termina por caerse carajo.
«Mi
oficio es cantar lo que en ti soy» no sólo hace gala del maravilloso
arte musical, pero qué hemos hecho en esta pandemia que no sea el arte, hemos
declamado, oído música, leído, pintado, escrito, por todos lados nos decían que
leer era una forma de pasar esta pandemia, vaya que lo ha sido. La lectura nos
ha devuelto la cordura y sin embargo el artista es el mal pagado, el que se
dedica a un ocio, el que no sirve para nada, no lo creo, cantar es mi oficio
porque en ti soy. Y yo le canto a mi hijo y Recinos le canta al suyo, sí, lo
sé, cojeamos del mismo pie.
Más
adelante del libro el poeta lanza una advertencia porque no, no hay conjuros «¿Reconoces
el tiempo que habitamos?». En verdad lo y nos reconocemos en estos días
extraños, tiempos complicados donde el presente es difícil y el futuro parece
incierto. Muy incierto.
Sin
embargo, siempre nos queda el amor que será lo único que nos puede y nos debe
salvar porque: «Amar los límites de tu cuerpo ha sido comprender el mundo en
esta luz naciente» y de nuevo el poeta ilumina nuestro sendero y el amor por y
para la mujer, pero no sólo para ella, sino para un nuevo fruto, un fruto que
puede ser en mi caso un pequeño remolino de tres diminutos años cargados de una
energía que, esta sí, ya la quisiera el otrora citado Obama.
Relámpago,
luz, destello, tintineo, reflejo, sombras, todo esto se avizora en la ars
poética de mi amigo Juan Carlos, combinado con versos que nos dan un buen
augurio como el de: «En una visión tu sueño permanece intacto». Hay lluvia,
agua, humedad, sexo, sexos, saliva, besos, ahogado y memoria, memoria de la
desmemoria que quizá, y lo digo líneas arriba, estoy perdiendo.
El símbolo
de la casa desde Nagara está presente en la poesía de Juan Carlos; que
es refugio, que es el lugar al que regresamos, que es techo y guarida,
protección y sitio de reposo; ahora más que nunca, de reposo y de refugio para
los días de infección que nos ha tocado vivir.
No
podía falta el elemento mar y sus diversas connotaciones y relaciones con las
olas, anclaje, barco, barca, inmensidad, eternidad, azul, etcétera. Hay también
desnudez, cuerpos, fruición y, por supuesto, nacimiento. Sobre todo, hay
memoria, mucha memoria de esto, de aquello y de lo que vendrá. Y hay versos que
nos rompen el alma porque son certeros, son dardos cargados de veneno que traen
Covid-19 y nos destrozan cuerpo, alma, mente, espíritu como este de: «Aquí
navega el miedo como un enfermo» y es justo lo que hemos hecho, navegar leyendo
con terror el miedo de estar metidos hasta el tuétano, hasta la médula espinal
en esta jodida pandemia.
El
año 2020 no se va a olvidar, han muerto desconocidos y conocidos, famosos y no
famosos, han muerto miles de personas generando una ola de terror en el resto
de la población que no sabemos si estamos infectados o no, si esto nos corre
por dentro, nos corre por fuera o, simplemente nos corre y ni nos damos cuenta.
Al final: «Amanece. Una sombra abre el mundo». Esta dualidad que nos perturba
pero que es la chispa que nos mantiene porque: «En este caudal hay que andarse
a tientas» dice el poeta, y no tocarse el rostro, usar mascarilla, lavarse las
manos, untarse de gel antibacterial. Sanitizar que es una palabra que no existe
porque le tenemos un miedo terrible a desinfectarnos. No podemos usar
eufemismos.
Julio
trajo lluvia, agua, viento, nubes cargadas, se limpió el ambiente, se
desinfectó no se sanitizó, se desinfectó y ahí y así, justo ahí y así: «Escuché
tu voz y fuiste lluvia» y es una de las mejores imágenes que el autor me
hubiera podido regalar, porque literalmente me regaló su libro y, yo, en
contubernio le regalaré el mío porque definitivamente: «Dios no odia a nadie.
Corre. Juega. Habita esta casa a voluntad de mi madre y su rezo desbordado» y
yo y mi abuela materna, sobre todo mi abuela materna, rezamos de manera desbordada
para clamar por la salud de mi madre porque: «Amamos en silencio todo lo que
hemos perdido» pero si ha de ser, que sea una derrota del mar para purificarnos
en sus aguas y, al voltear la mirada al infinito, ver en aquella estrella a un
ángel que nos cuida desde el cielo.
Todo
esto se lo debo a aquél 13 de marzo de este año 2020, cuando Jericó,
llegó a mis manos. Gracias Juan Carlos, gracias poesía, gracias vida…
Por cierto,
julio trajo también la muerte de mi madre, el 19 no lo voy a poder olvidar…
¿Qué es lo primero que levantas del suelo después de un terremoto?
En palabras Llanes I Una vez más México hace historia; otro 19 de septiembre que « retiembla en su centro la tierra al sonoro...
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No es un adiós, sino un… hasta luego Alberto Llanes Muy temprano, a eso de las nueve y media, recibí una llamada telefónica. Aún no me insta...
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En palabras Llanes Cuando Luis Ignacio Villagarcía estaba al frente del Instituto Colimense de cultura (posteriormente conocido...
