Thursday, February 11, 2021
Sunday, February 07, 2021
Saturday, January 30, 2021
Saturday, January 23, 2021
Saturday, December 12, 2020
Much Love: Bindu Gross
Café exprés
La semana pasada recibí una
llamada telefónica (mientras jugaba al turista mundial con Ricardito ya no tan
bebé a quien, por cierto, le ha dado por jugar esto y le ha servido mucho para
identificar países, contar muy de corridito y hasta más allá del diez porque ya
se anda aventurado con el veinte y otros números más, aunque en el turista con
dos dados máximo llegamos a contar hasta el doce, en fin), les decía que
mientras jugaba con mi hijo recibí una llamada que me alegró el día y no sólo
eso, me hizo la semana.
Del otro lado
de la hebra estaba mi querido amigo Rodrigo Ramírez del ayuntamiento de Colima
quien además de la alegría de la mañana me devolvió, aunque sea por un
instante, un pequeñísimo instante, la esperanza de los eventos culturales en un
ambiente presencial en medio de esta pandemia.
Por supuesto
que le dije sí a Rodrigo y, discúlpame, Rodrigo, pero más que decirte sí a ti,
fue decirle sí a Bindu Gross, nuestro padre del jazz en Colima como bien lo
definió Rosario Rangel en el documental que nos presentaron aquella deliciosa y
decembrina noche... donde encontré caras cincuenta por ciento conocidas (por
aquello del cubrebocas y el reconocimiento facial a la mera mitad). Y les explico un poco para quede
todo más claro todo esto de lo que les estoy hablando de la llamada, el
documental y más.
Rodrigo
Ramírez me llamó para hacerme una invitación a un evento cultural (presencial),
sí, de los que ya no hay, por cierto, o de los que dejaron de existir por la
pandemia. Hemos pasado suficiente tiempo metidos en nuestra casa a consecuencia
del Covid-19; y hemos sido muchos los que estamos acatando el #QuédateEnCasa a
carta cabal, así que cuando Rodrigo me dijo el motivo de la llamada y que
requería de nuestra presencia (de gente del ámbito cultural) en el patio
central del ayuntamiento (evento super mega restringido a un máximo de treinta
personas distribuidas en sana distancia en toda la explanada con cubrebocas y
careta (así las cosas de nuestra nueva normalidad), yo le contesté de inmediato
que sí iba, porque además ya estoy hasta la madre del encierro y cierto es que
esto va para largo y que no podemos vivir siempre en una burbuja.
Tengo
entendido que Bindu Gross, sabedor de la nueva normalidad… fue quién eligió a
esos treinta miembros del ámbito cultural para que lo acompañaran a la premiere
del documental en su honor, honor, vaya la redundancia, el que me haya elegido
a mí para estar presente esa noche, ahí…
Diez minutos
antes de las ocho de la noche me apersoné en el lugar en compañía de mi mujer;
los hijos se quedaron en casa, acompañados de un adulto responsable, para
evitar situaciones. Me dio gusto ver caras conocidas como al doctor Ángel
Gaona, Mar Delgado, Arturo Hernández, Rubén Carrillo, Grace Licea, Sergio
“Tapiro” Velasco, Pibe Árcega y Dianita Peña sólo por mencionar algunos y los
que vi, a la distancia. Entre la concurrencia se encontraba Leoncio Alfonso
Morán Sánchez, presidente municipal, su esposa y uno de sus hijos, quienes
tomaron lugar en primera fila a lado del homenajeado de la noche que fue el
gran Bindu Gross. Justamente, el culpable, por así decirlo, de estar esa noche
ahí, era el presidente municipal quien apoyó este magnífico proyecto para
conocer un poco más de Bindu, el siempre sonriente, Bindu Gross.
Conocí a Bindu
desde hace muchos años en alguna de las tertulias con el maestro Miguel Ángel
Cuervo y, posterior, fui un asiduo visitante del Café uno, dos tres, que Bindu,
junto con su esposa, tenían allá por la década de los años noventa en la calle
corregidora. Al café iba acompañado de mi querida amiga Nery Saavedra, quien,
generalmente, pedía un té de las muchas variedades que tenía la pareja para
ofrecer y yo, siempre bohemio, prefería algo más como una cerveza, je, no es
ninguna novedad.
Recuerdo que
en el Café uno, dos, tres, Nery y yo trazamos los primeros bocetos de lo que
fuera nuestra revista Ciudad en blanco, hicimos el proyecto, lo redactamos,
corregimos, leímos y releímos y lo metimos a un FECA (hoy llamado Pecda) para
conseguir, por decirlo así, patrocinio para la edición e impresión; fue
justamente en el café de Bindu donde le pusimos nombre a ese proyecto. En tanto
estábamos en eso, la música del sax de Bindu nos acompañaba en todo momento, y
no sólo música de él, sino música de la tantísima que tenían ahí la pareja de
músicos. Grandes planes teníamos para nuestra revista literaria y, además,
estábamos bajo el cobijo de la familia Gross lo que engalanaba todo.
Músicos (y todos
los oficios que mencionaré a continuación llevarán su parte femenina),
pintores, escritores, fotógrafos, bailarines, artistas plásticos, actores,
videastas y un largo etcétera más pasamos por las filas de ese espacio. Nunca
he visto Bindu triste por más adversa que sea la situación, Bindu es un artista
como los que ya no hay o de los que quedan muy pocos. Es un tipo alegre que no
da paso sin su saxo. Viste como artista, vive como artista, habla como artista
y en el documental vemos esa parte humana, ese lado de Bindu que algunos/as
conocen, pero que mucha gente no.
Es un gran
acierto que el ayuntamiento de Colima en manos de Leoncio Alfonso Morón
Sánchez, se haya dado a la tarea de homenajear (en vida que es como debe ser) a
un artista de los de antes, a un artista en toda la extensión de la palabra… y
que si no es colimense, que si no es siquiera mexicano, eso pasa a segundo
término porque he oído a Bindu defender el terruño y eso lo hace tal colimense
como el que más.
Aquella noche
(del 2 de diciembre) de reencuentro con la música, especialmente con el jazz, fue
una noche también de reencuentro con los eventos culturales presenciales (al
último evento presencial que fui antes de la pandemia fue en mi querida Ciudad
de México en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería a inicios
de año).
Ya nos hacía
falta un evento así, con amigos, amigas, pero sobre todo, ya nos faltaba que
alguien le rindiera un merecido homenaje al maestro Bindu Gross que, dicho sea
de paso, al finalizar su homenaje estaba tan emocionado, que no le salía nada
de voz y era visible que el documental, titulado Much Love, lo había conmovido
casi puedo decirlo y jurarlo ante la biblia, hasta las lágrimas, gracias
ayuntamiento, pero sobre todo, gracias a ti, Bindu Gross.
Thursday, December 10, 2020
Gambito de dama
Café exprés
Había postergado la escritura de
esta columna por diversas razones. Hace algunos meses vi la serie televisiva y,
podría casi casi jurarlo ante la Biblia y con la mano derecha en posición… de
que no es necesario ser un experto en el juego de la tabla de Flandes como la
describió hacia 1990 el escritor español Arturo Pérez-Reverte, haciendo
referencia al ajedrez; el ajedrez y el arte como temas principales de aquella
novela del afamado autor.
Así
que, sin ser precisamente expertos en el tema del ajedrez, la serie de
televisión es gratamente disfrutable en todos los sentidos, la fotografía es
maravillosa (porque echan mano del recurso del número o sección áureos), donde el
número o sección áureos representa, en alguna composición, la relación y/o
proporción entre dos segmentos de una recta; es decir, una construcción
geométrica. Y, en Gambito de dama, esto no solamente se nota en la fotografía,
sino, incluso en la escritura de la historia misma, en el diseño del vestuario,
la ambientación, la proporción que existe en el trazo de las cámaras al momento
de grabar la serie etcétera. Sin mencionar las maravillosas actuaciones de cada
uno de los personajes que hacen acto de presencia en escena.
Gambito
de dama es una apertura básica del ajedrez (para los iniciados) que permite o
trata de controlar el centro del tablero que, si bien no es uno de los
objetivos del dichoso juego, sí es importante tener, desde el arranque de la
partida, controlada esta zona para ir avanzando y darle jaque mate al rey.
Tengo
entendido que ninguno de los actores/actrices que participación en la miniserie
sabía mucho o a profundis del juego del tablero; el ajedrez es un
deporte mental surgido en Europa durante el siglo XV como evolución del juego
Shatranj que a su vez surgió de la evolución de un juego mucho más antiguo
conocido como Chaturanga. Ha tenido muchos campeones reconocidos a nivel
mundial, yo, particularmente recuerdo a Garri Kasparov (sí, un ruso) que fuera
campeón desde 1985 hasta el año 2000 (y quien seguramente ha disfrutado mucho
de este serial televisivo, digo y creo yo). A Kasparov lo derrotó Vladímir
Krámnik, otro ruso. Los rusos han dominado el famoso juego.
En
la serie (que no les quiero spoilear) se menciona a un Capablanca, José Raúl
Capablanca, un ajedrecista español-cubano que era apodado el Mozart del ajedrez
y que fue campeón de 1921 a 1927. Capablanca nació en 1888 en La Habana, Cuba,
en aquel año Cuba pertenecía al imperio español. Capablanca, junto a Ramón
Fronst y Alfredo de Oro pertenecen o forman parte de las figuras más
importantes del deporte cubano (Ramón Fronst en esgrima y Alfredo de Oro en
billar).
Capablanca,
Kasparov y la protagonista de la serie Beth Harmon (personaje actuado de manera
magistral por Anya Taylor-Joy) comparten algo más que el deporte en común,
haber empezado a temprana edad. En la serie la huérfana Beth Harmon descubre el
juego cuando, en el internado para señoritas al cual llega, observa que el
conserje se encuentra, en el sótano de ese lugar, sentado frente a una mesa con
un tablero y las piezas dispuestas, sumamente concentrado y sin prestar
atención a lo que sucede a su alrededor y, por ende, a lo que la joven Beth ha
ido hacer.
Al
principio de manera hostil, posteriormente un poco más afable, el conserje le
enseña poco a poco movimientos, trucos, jugadas, el nombre de las casillas,
aperturas, pliegues y repliegues, esquives, puntos de defensa, ataque y
contraataque del dichoso juego; ve en la pequeña Beth un potencial tremendo y
decide avisar en la escuela para que abra un taller de ajedrez…
Así
empieza a cobrar fama Beth Harmon primero en su localidad y luego de manera
nacional hasta que tiene que llegar a enfrentar a los mejores. Siendo mujer le
cuesta trabajo que la sociedad le crea que en verdad es una jugadora seria, una
contrincante férrea, agresiva en el ataque y quien sabe defenderse muy bien.
Sus detractores poco a poco se van tragando sus palabras y ven en Beth a la
futura campeona mundial.
Mientras
Beth se hace de un nombre dentro del ajedrez, tiene que sortear nuevas vicisitudes
con su nueva familia (Beth sale del internado en adopción con una familia) y ya
va totalmente contagiada y casi casi enferma de ajedrez, además de ciertos
problemas emocionales cargados de sus excesos con ciertas drogas y el alcohol,
en tanto, el telespectador disfruta del ambiente de la década de los años
cincuenta que es donde se desarrolla la trama de la miniserie.
En
Gambito de dama hay punto particular, casi casi como sección áurea de la cual
se desprende todo el meollo del asunto. Beth Harmon, en una escena lindísima,
está en franca batalla con un oponente que le triplica la edad, un ruso (para
variar) que es gran maestro ajedrecista (al igual que ella que necesita ganar
esa partida para serlo de manera oficial), los del maestro del ajedrez son
cabellos plateados, largos, de barba tupida y pronunciada, que dan cierto
aspecto de inteligencia, habilidad y respeto. La partida dura tanto tiempo que
se ven en la necesidad de pedir un descanso para concluir al día siguiente. Al
llegar a la puerta de la habitación donde se hospeda Beth que, a decir verdad
es el mismo hotel donde se hospedan los demás ajedrecista, Beth observa que al
fondo hay una puerta abierta donde se encuentra ese maestro ajedrecista con el
cual está compitiendo y el rival que Beth ya ha enfrentado y que no puede
vencer, me refiero a Vasily Borgov (personaje al que le da vida el actor Marcin
Dorocinsky) y nota que ese grupo de personas ayudan al gran maestro a entender
por dónde van las jugadas de la joven Beth para vencerla en el tablero…
desconsolada y viéndose totalmente sola, Beth entra a su habitación cuando, una
llamada salvadora del otro lado del mundo la saca de esa zozobra… sus amigos
(los que ha hecho en el juego de ajedrez y que viven en los Estados Unidos se
han reunido para analizar el juego y, por así decirlo, pasarle las claves a
Beth y que pueda así, derrotar a su contrincante).
El
trabajo en equipo siempre es importante y en Gambito de dama no es la
excepción. Son siete episodios de una delicia de serie muy recomendable, siete
horas que la tabla de Flandes, sus historias alrededor y la apasionante vida de
Beth nos van a tener al borde de la butaca, de la cama o donde sea que
disfrutemos de este tipo de series…
Saturday, November 21, 2020
Saturday, November 14, 2020
Friday, November 06, 2020
Friday, October 30, 2020
Quince años en la Universidad de Colima
Café exprés
Octubre de 2020, cumplo quince años laborando en mi alma mater la Universidad de Colima. Entré a trabajar en el, cada vez más añejo 2005, luego de un acto de total rebeldía cuando renuncié (sabiendo todo lo que esto traería consigo) a un famoso periódico local donde trabajaba en aquellos ayeres, y renuncié por la idea y convicción de convertirme en escritor.
Resulta que en
esos días había un diplomado de la Sogem (el segundo y el último que se hizo en
Colima) y yo pedí a mi lugar de trabajo una oportunidad para tomar ese
diplomado (era una semana al mes y por las tardes), ante la negativa de ese
gran e importante rotativo local, me armé de valor y renuncié.
No me dieron
carta de recomendación (y me lo advirtieron casi casi como amenaza y no me la dieron
por sus tumpiates porque yo siempre cumplí, trabajé bien y demás), les
dije que no me importaba y que no iban a truncar mi sueño, que ninguna pinche
empresa por muy grande e importante que fuera iba a decirme qué hacer con mi
vida (claro, yo por dentro estaba temblando de miedo).
Me dijeron que
concluyera la semana y no quise, me amenazaron con no darme finiquito, no me
inmuté. El gerente general fue por mi carta de renuncia (se dio cuenta de que
era de carácter irrevocable), me la extendió, la leí, me dijo que para qué la
leía, no le hice caso y continué, firmé con tinta azul (temblaba, claro, sobre
todo porque tendría, en mi casa, que explicar que me volvía a quedar sin
trabajo y todo por querer estudiar un diplomado en creación literaria). En fin.
Regresé la
carta firmada y se la extendí al gerente que, muy dueño de la situación se rio
socarronamente (no sé si su risa fue porque no había notado tantos huevos
puestos en una acción o por alguna otra razón, aunque yo tampoco supe de donde
me salió tanto valor, la verdad). Salí de ahí y, casi al cerrar la puerta me
dijo que regresara el viernes (día de pago semanal) por mi dinero.
No le contesté,
pero por dentro casi le lanzo una mentada de madre, así que respiré profundo y
pensé que él nada más era un trabajador más de esa empresa-emporio y, claro, el
viernes fui por mi pago. Al pisar la calle me enfrenté de nuevo al mundo del
desempleo, se siente bien feo, la verdad. Al llegar a mi casa luego de ir a
beber algunas cervezas con el poco dinero que me quedaba, mi madre me cobijó en
sus brazos y me dijo: «¿Renunciaste verdad?», le respondí que sí con la
pura cabeza, no me salió la voz hasta que sentí su abrazo cálido y pude decir: «Que
no podría renunciar a mi sueño», mi madre volvió a su abrazo y
recuerdo sus palabras: «Ya saldrá algo más importante para ti»...
e hizo cierto énfasis en la palabra importante…
Al día
siguiente, con quince pesos y varias solicitudes salí a buscar, de nueva cuenta
trabajo, llegué a la Universidad de Colima a la cafetería de doña Carmen a
comprar un vaso de agua, había ido a entregar una solicitud de empleo por ahí
cerca y necesitaba del abrazo de mi Facultad de Letras y Comunicación, verla,
sentir su actividad cotidiana, su día a día. Me senté, totalmente frustrado y
cansado, en las bancas de metal de la Falcom. Revisé mi bolso y seguían esos
quince pesos ahí (había caminado desde mi casa hasta el lugar donde iba a
entregar la solicitud y de ahí a la universidad). Pedí una botella de agua que
me costó en aquel entonces siete u ocho pesos, no lo sé (más que el costo en
dinero, esa botella me costó regresarme a pie) ...
En eso estaba,
cuando mi guía y gurú, un ángel protector apareció por los pasillos... el
querido maestro Víctor Gil Castañeda que, al verme, con su alegría
característica se acercó a mí, se sentó a platicar y, luego de estrechar mi
mano me preguntó lo que era obvio: "¿Cómo me iba en mi lugar de
trabajo?", al contarle lo sucedido su rostro se tornó triste pero, a la
vez, un rayo de luz iluminó, dicho esto con todo respeto y el cariño que le
tengo, su pelona que, al contacto con un haz de luz filtrado por el ramaje de
los árboles de los mangos que adornan la Falcom, brilló, haciendo la luz más
intensa y casi casi como de caricatura como cuando a alguien se le ocurre una
muy buena idea.
Entonces el
maese de maeses me preguntó que si traía solicitudes, le dije que sí, traía
cinco o seis en mi mochila donde cargaba Caracol Beach, la tremenda
novela de Eliseo Alberto que, en aquellos, días estaba leyendo. Me dijo que lo
acompañara pero no me decía adónde, ni qué diantres se le estaba ocurriendo, a
paso casi casi veloz me llevó a la Dirección General de Publicaciones de la
Universidad de Colima, me preguntó si conocía a la querida maestra Guille
Araiza, le dije que sí, e incluso conocía a Inés Sandoval de cuando publicaba
en el Cartapacios (posteriormente Alta Mar) y me pagaban con un boletito que
podría cambiar por un libro (eran otros, maravillosos tiempos). Inés Sandoval,
también muy querida, era quién nos pagaba con esos boletitos, entonces las
conocía a las dos.
Fue ahí, casi
casi a la entrada del edificio, cuando el maestro Moy, desconocidamente
conocido, vaya la redundancia, como Víctor Gil, me dijo que estaban buscando,
ahí en la dirección, editores, que hiciera una prueba... y me llevó hasta la
entrada, pidió una cita con Guille y me dejó. De aquí en adelante me las
tendría que arreglar yo solo, «pensé y en eso me apliqué».
Hice antesala,
estaba de secretaria doña Mary, esperé pacientemente y... y quince años después
acá estoy, ahora en la coordinación académica de mi queridísima Facultad de
Letras y Comunicación, coordinación a la fui invitado a trabajar por la maestra
Paulina Rivera Cervantes, pasé trece años en Publicaciones, llevo dos en la
Falcom y no sé qué aventuras más vendrán (este, por ejemplo, fue año pandémico),
pero puedo decir que he vivido y conocido a muchos universitarios/as que
trabajan porque a nuestra alma mater le vaya bien, gente muy talentosa (que
quizá no tienen el reconocimiento que se merecen), he conocido muchas
secretarias, gente de servicios generales y ahora guardias (que antes no había
en las entradas) y, sobre todo, he conocido a muchos alumnos/as que tienen el
mismo sueño que tuve y tengo todavía yo: ser escritor/a.
Esta pelea es
a muchísimos rounds... habrá mucha gente en el camino que nos va a decir que NO
(incluso la misma familia), sin embargo, tenemos que luchar por nuestros
sueños, por nuestra idea, por lo que queremos ser y hacer, a veces la batalla
parece que nos quiere ganar, pero otras, otras muchas veces nos abraza tanto y
tan fuerte que por esos momentos todo esto, en serio lo digo, todo esto vale
mucho la pena...
Gracias
Universidad de Colima, gracias Dirección General de Publicaciones, gracias
Facultad de Letras y Comunicación y gracias a ti por leer todo este choro
mareador que me estoy aventando. Se dice fácil esto de tener y cumplir quince
años de labores, pero ha requerido del apoyo de mi familia, papá, mamá (que en
paz descanse), hermano y mi tía coca (también que en paz descanse) y ahora de
mi otra familia, Mirna, Santiago y el pequeño Ricardo... para seguir en la
batalla y darle gusto al gusto... salud por todo ello. Bendecido estoy, he
dicho.
Cobra Kai: un choque generacional
Café exprés
Sin piedad, pegando fuerte y pegando primero como bien rezan las reglas del karate Cobra Kai… así fue como llegué a ver la serie de Sony Pictures Televisión, difundida por Youtube y que ahora está en Netflix dentro de su contenido, todo esto lo acompañé con una mórbida curiosidad por ver cómo habían envejecido sus protagonistas (Ralph Macchio, William Zabka y Martin Kove quien personifica la maldad Cobra Kai en persona o, por lo menos en la saga de películas llamada Karate Kid, así nos lo deja ver), pero también me acerqué a la serie con cierta nostalgia por la década de los años ochenta, su música, el cine de la época y más.
Quería ver a
las nuevas estrellas de los dōjōs tanto de Miyagi Do Karate
como de Cobra Kai; porque era y es un hecho que ni Ralph Macchio, ni William
Zabka iban a ser los contendientes (no por lo menos frente a frente, aunque
espero que la serie, que todavía no termino de ver, me deje ver un
enfrentamiento cara a cara entre estos dos personajes) en esta nueva era de
mucha tecnología y avances no sólo en este aspecto sino de la verdadera
importancia del karate de la vieja escuela en estos días tan extraños y
complejos que corren.
Debo
decir que la serie me atrapó, son apenas dos temporadas de diez capítulos cada
una (se espera una tercera temporada para enero de 2021) y, desde el inicio, la
nostalgia se hace patente. Y aunque me hubiera encantado ver Elisabeth Shue en
su papel de Alli Mills, entiendo que ahora (en la historia) está casada (con un
tipo con cara de idiota a decir de Daniel y Johnny), tiene hijos, estudió
medicina y Larusso la estalquea de cuando en cuando en el Facebook, dice
que no le manda ninguna petición de amistad porque Alli Mills tampoco le manda
ninguna petición de amistad al maduro y ahora plenipotenciario vendedor de
autos Daniel Larusso.
Se me encogió
el corazón cuando le dedican un episodio al gran señor Miyagi, personaje
entrañable actuado por Noriyuki “Pat” Morita fallecido en el cada vez más
lejano 2005. Pasa rápido el tiempo y muchas cosas cambian, pero cuando se está en
pandemia parece que el tiempo se aletarga, pero nada más parece porque desde
marzo que comenzó el confinamiento y recién arrancaba este año 2020 y ya han pasado
infinidad de cosas amén de estar en casa, cuidándonos de la amenaza del
Covid-19. En fin.
Hace
treintaicuatro años no había pandemia y en la saga de películas se narra la
historia de un joven que llega a Los Ángeles a hacer amigos; provienen (él y su
mamá) de New Jersey (un cambio de lado a lado del país), sin embargo, Daniel
Larusso se topa con un grupo de jóvenes que, al parecer, buscan líos y no
reciben a Larusso de muy buena gana y menos cuando éste pone los ojos en Alli
Mills (personaje actuado por la bella Elisabeth Shue).
Daniel se mete
en líos por salvar a Alli de las garras (por decirlo de algún modo) de Johnny
Lawrence, personaje que actúa William Zabka. Y es cuando Daniel quiere aprender
karate, aunque llega al dōjō Cobra Kai donde el sensei es, justamente, John Kresse
personaje actuado magistralmente por Martin Kove y es John Kresse quien les enseña
a sus pupilos aquellas frases como: «Sin piedad. El dolor no existe en este
dōjō. No
entrenamos para tener piedad. La piedad es para los débiles. Aquí, en las
calles y la competencia, un hombre te enfrenta, es tu enemigo. El enemigo no
merece piedad», fuertes declaraciones del sensei.
Daniel no
sabe que Johnny Lawrence es alumno de Kresse. Y es justo ahí cuando comienza la
rivalidad que los llevará a disputar el trofeo All Valley de 1984 que Daniel
Larusso gana con la famosa patada (que le enseño el señor Miyagi) de la “Técnica
de la Grulla” y lo demás es historia…
Por
supuesto que no vengo a espoilear ni las películas, ni la serie de
televisión. Lo que mencionaré es que en esta columna he escrito dos palabras
que hace treintaicutatro años no las usábamos: estalquear y espoilear;
esto viene a colación porque en la serie veo un fuerte choque generacional de
entrada, cuando los chicos/as (hace unos años ni siquiera usábamos ambos
géneros femenino y masculino) ven al karate como algo pasado de moda y sin
chiste o aburrido e, incluso, violento por el uso de las manos y los pies al
momento de soltar golpes o patadas.
El uso de
las redes sociales y de ciertos dispositivos electrónicos también es algo que
llama mi atención dentro de la serie. Hace treintaicuatro años un celular habría
hecho que el señor Miyagi llegara más pronto al auxilio de Daniel San, aunque
Miyagi, sin celular y quién sabe cómo, siempre estaba ahí, como el dinosaurio
de Augusto Monterroso.
En la
película de 1984 vemos, en la escena de la playa y en lo que será el primer
enfrentamiento a golpes entre Johnny y Daniel, una vieja grabadora de aquellos
años (con pilas, seguramente de las gordas, conocidas en el mercado como pilas
tipo D o tamaño D que se acababan en un par de horas de reproducción de un
cassette o cinta magnética de audio), puf, lo sé, todo esto bien podría entrar,
junto con el walkman, el discman y demás, al museo de lo obsoleto, como las
cintas de video y audio VHS, Beta y súper BetaMax donde, seguramente, se
grabaron millones de copias de la cinta Karate Kid. Para la nueva generación de
Cobra Kai y, seguramente para muchas generaciones venideras estaré hablando en
un lenguaje totalmente descocido…
Vemos
a Johnny Lawreence utilizando expresiones propias de la época hasta que alguien
de sus pupilos le dice que no puede utilizarse ya, Johnny se refiere a las personas débiles como
“nenitas”, ese alumno le dice a Lawrence que eso es sexista, machista,
discriminatorio y demás; Johnny tampoco sabe usar el internet, no conoce una
laptop (menos sabe de marcas, estilos, capacidad de disco duro, memoria y su
uso) y, por supuesto, lejos de su entendimiento está el conectarse a una red
wifi, por ende, no ha entendido que la publicidad ha cambiado y que, para
promocionar su dōjō Cobra Kai lo puede hacer con el poder del internet, los videos
en YouTube y los comerciales que aparecen cuando ves un video en esa plataforma.
Sí, el
tiempo es despiadado como dice el ahora maduro Lawrence, como despiadada es la vida,
pero así y con todo hay que vivirla y aprender. Johnny sigue siendo el tipo
rudo de antaño que quiere, sin embargo, hacer las cosas bien pero que arrastra
un pasado con el que tiene que pelear, sí, no sólo es Larusso su enemigo, sino
el pasado, aunque esta serie apuesta más bien a que no hay enemigos, pero sí
rivalidades que se tienen que enfrentar para arreglar asuntos del pasado.
Cobra
Kai y Miyagi Do Karate luchan por el retorno del Karate de la vieja escuela,
pero más que el Karate, luchan por el regreso de la disciplina, el coraje y
valor para enfrentar tus miedos (oponentes) o a la vida misma que puede ser una
patada en el trasero o una palmada en el hombro, como cada uno quiera que sea.
Me gusta,
sin embargo, el karate ofensivo y rocanrolero de Johnny Lawrence, pero también
entiendo el karate defensivo y místico de Daniel Larusso (además sé, por mi
fanatismo al futbol americano, que las defensivas ganan títulos). Recordé,
también, las dos reglas de Miyagi Doi Karate que son: “El karate es sólo para
defensa” y “Aprender bien esa primera regla”, aunque luego el mismo señor Miyagi
dice: “Pelear no es bueno, pero si debes hacerlo, gana” y “Está bien perder con
el enemigo, pero no contra el miedo”.
Sabiduría
milenaria que se nos queda grabada en la cabeza, nos hace eco y tratamos de
aprender, porque siempre estamos aprendiendo y tanto Johnny Lawrence como
Daniel Larusso tienen mucho que aprender, como nosotros…
Quizá
el karate vuelva a ponerse de moda, porque toda la moda es cíclica; en tanto me
voy a poner a: “Encerar con mano derecha y limpiar con mano izquierda. Y
sobre todo y en estos días de pandemia… Respirar profundamente, muy
profundamente”.
Quizá
vuelva a un concierto donde pueda cantar a todo pulmón la canción de “Puto”
(que era un grito de libertad, de rebeldía y contra la opresión) de Molotov
como lo hacíamos antaño, quizá… no lo sé.
¿Qué es lo primero que levantas del suelo después de un terremoto?
En palabras Llanes I Una vez más México hace historia; otro 19 de septiembre que « retiembla en su centro la tierra al sonoro...
-
No es un adiós, sino un… hasta luego Alberto Llanes Muy temprano, a eso de las nueve y media, recibí una llamada telefónica. Aún no me insta...
-
En palabras Llanes Cuando Luis Ignacio Villagarcía estaba al frente del Instituto Colimense de cultura (posteriormente conocido...
