Monday, September 24, 2012
Viva doña Josefa Ortiz de Dolores (sic)
Tuesday, January 17, 2012
Escafandra
Escafandra
Patéticas las cafeterías universitarias
Alberto Llanes
Después de un breve periodo vacacional (mismo que sirvió para descansar esta columna, labor sana en todo escritor), retomo entonces…
Y es que cada año pasa lo mismo. Tengo varios años laborando por y para la Universidad de Colima, el único periodo libre para desayunar cómodamente (sin el ajetreo multitudinario de los estudiantes y, sobre todo, que me atiendan a tiempo, sin tardanza y sin esperar filas y filas de estudiantes) es, precisamente, éste, cuando los alumnos aún siguen de vacaciones.
Qué gozo ir a la cafetería a nuestras anchas, poder desayunar con la tranquilidad que da la poca gente (y no es que odie a los estudiantes, pero son tantos que a veces o siempre, no me da tiempo ni siquiera de ir por algo ya preparado para desayunar), y uno espera que el trato sea más placentero (que sí lo es), a lo que voy es la mala calidad de los alimentos ofertados.
Cuando hay muchos alumnos y trabajadores la demanda crece, claro, pero la variedad es la misma siempre haya o no haya alumnos, chilaquiles, huevos (como se le haya ocurrido ese día) y carne con chile… ¿carne con chile para el desayuno?, pufff, el trato y la atención son lentas, sí, hay mucha gente y el que espera desespera.
Pero cuándo no hay alumnado qué, la oferta es la misma o peor, porque como no hay gente, no hacen tanto, ni tan variado, pide uno entonces una energética (por aquello de que el compromiso o el propósito del año es comer más sano) y resulta que no tienen de todas las frutas porque no han surtido, porque no hay estudiantes y porque todo se les quedaría, ajá, ¿y?, el precio aún sin la variedad de frutas es el mismo.
El otro día compré uno de esos famosos triángulos (sándwich de jamón con queso amarillo y aderezo cortado de manera transversal de un pan Bimbo), un vaso de fruta (únicamente había melón) y ya, veintitrés pesos por ese “manjar”. El sándwich era claro que lo habían hecho el día anterior, estaba refrigerado y se sentía duro, todavía no hay alumnos que atiborren la cafetería universitaria y yo no puedo desayunar a gusto, un día antes había pedido chilaquiles, la tortilla estaba totalmente dura, claro, era lunes y esas tortillas bien pudieron durar todo el fin de semana en el refrigerador para ahora convertirse en chilaquiles, qué horror.
No hablo de la calidez en el servicio, los señores son muy atentos, platicadores y lo atienden a uno bastante bien, estoy hablando de la calidad de los alimentos que los muchachos y los trabajadores y gente que visita la universidad consumen ahí, es una pena que venga gente de todo el mundo (diversas partes del mundo) y vea y coma esos productos, sin variedad, siempre lo mismo, nada saludables, estamos hablando de que la Universidad de Colima tiene en su lema Universidad Saludable y no se ve claro, no permitamos que esto se vuelva un monopolio, hay que darle variedad y sabor a los alimentos que se preparan en cada una de las cafeterías universitarias independientemente de que haya exceso o no de alumnos.
Es injusto que el alumnado pague treinta o más pesos por un desayuno desagradable. Habrá que hacer para cambiar a los que preparan la comida o los encargados de eso que pongan un poquito de más atención.
Patéticas las cafeterías universitarias
Alberto Llanes
Después de un breve periodo vacacional (mismo que sirvió para descansar esta columna, labor sana en todo escritor), retomo entonces…
Y es que cada año pasa lo mismo. Tengo varios años laborando por y para la Universidad de Colima, el único periodo libre para desayunar cómodamente (sin el ajetreo multitudinario de los estudiantes y, sobre todo, que me atiendan a tiempo, sin tardanza y sin esperar filas y filas de estudiantes) es, precisamente, éste, cuando los alumnos aún siguen de vacaciones.
Qué gozo ir a la cafetería a nuestras anchas, poder desayunar con la tranquilidad que da la poca gente (y no es que odie a los estudiantes, pero son tantos que a veces o siempre, no me da tiempo ni siquiera de ir por algo ya preparado para desayunar), y uno espera que el trato sea más placentero (que sí lo es), a lo que voy es la mala calidad de los alimentos ofertados.
Cuando hay muchos alumnos y trabajadores la demanda crece, claro, pero la variedad es la misma siempre haya o no haya alumnos, chilaquiles, huevos (como se le haya ocurrido ese día) y carne con chile… ¿carne con chile para el desayuno?, pufff, el trato y la atención son lentas, sí, hay mucha gente y el que espera desespera.
Pero cuándo no hay alumnado qué, la oferta es la misma o peor, porque como no hay gente, no hacen tanto, ni tan variado, pide uno entonces una energética (por aquello de que el compromiso o el propósito del año es comer más sano) y resulta que no tienen de todas las frutas porque no han surtido, porque no hay estudiantes y porque todo se les quedaría, ajá, ¿y?, el precio aún sin la variedad de frutas es el mismo.
El otro día compré uno de esos famosos triángulos (sándwich de jamón con queso amarillo y aderezo cortado de manera transversal de un pan Bimbo), un vaso de fruta (únicamente había melón) y ya, veintitrés pesos por ese “manjar”. El sándwich era claro que lo habían hecho el día anterior, estaba refrigerado y se sentía duro, todavía no hay alumnos que atiborren la cafetería universitaria y yo no puedo desayunar a gusto, un día antes había pedido chilaquiles, la tortilla estaba totalmente dura, claro, era lunes y esas tortillas bien pudieron durar todo el fin de semana en el refrigerador para ahora convertirse en chilaquiles, qué horror.
No hablo de la calidez en el servicio, los señores son muy atentos, platicadores y lo atienden a uno bastante bien, estoy hablando de la calidad de los alimentos que los muchachos y los trabajadores y gente que visita la universidad consumen ahí, es una pena que venga gente de todo el mundo (diversas partes del mundo) y vea y coma esos productos, sin variedad, siempre lo mismo, nada saludables, estamos hablando de que la Universidad de Colima tiene en su lema Universidad Saludable y no se ve claro, no permitamos que esto se vuelva un monopolio, hay que darle variedad y sabor a los alimentos que se preparan en cada una de las cafeterías universitarias independientemente de que haya exceso o no de alumnos.
Es injusto que el alumnado pague treinta o más pesos por un desayuno desagradable. Habrá que hacer para cambiar a los que preparan la comida o los encargados de eso que pongan un poquito de más atención.
Friday, December 16, 2011
Mundo loco
Va la colaboración de Juan Villoro...
Onetti pensaba comenzar La vida breve con una frase oída al azar acerca de los absurdos del destino: "Burdel de Dios", pero los editores no se atrevieron a incluir esa expresión con aire de blasfemia. En la primera línea de la novela, una voz sin nombre dice: "Mundo loco".
Aunque la frase perdió carga transgresora, introdujo de mejor manera a un escenario desastroso que a fin de cuentas puede sobrellevarse. Los defectos del mundo rara vez nos llevan a abandonarlo.
La imperfección suele percibirse como algo muy localizado (en otra parte estaríamos mejor). Al mismo tiempo sabemos que está bien repartida (en otra parte estaríamos peor). Cada susto se relativiza con otro.
El sábado pasado, poco después de las nueve de la noche, caminaba en Brooklyn por Franklin Avenue cuando escuché disparos a muy poca distancia. Me volví por un segundo: vi las sombras de tres cuerpos corpulentos, realzadas por gruesos abrigos. Sólo un objeto se perfilaba con nitidez: una pistola.
A unos pasos estaba una lavandería. Entré ahí con otras personas. No había dónde refugiarse. Las lavadoras se extendían en dos hileras sin dejar huecos. El único sitio seguro era el de la ropa, pero entrar por esas portezuelas exigía pertenecer al circo chino. Nos vimos las caras en silencio. La mitad de los presentes sostenían bandejas con calcetines y camisas; tal vez por estar ahí con un fin práctico tenían rostros más tranquilos que los de quienes sólo sosteníamos nuestro miedo.
Alguien mencionó un bar que se había vuelto problemático y lo peligroso que era ese tramo de la calle. Brooklyn se había pacificado en los últimos años, pero nunca se puede estar seguro de nada. Mundo loco.
Mientras esto sucedía, en la Ciudad de México temblaba. Mi familia había ido a una reunión en Villa Olímpica y mi hija jugaba a las escondidas en el jardín. Le tocó ocultarse cuando ocurrió el sismo. No sintió nada especial, o nada más especial que la emoción de estar sola, dispuesta a no delatar su presencia. Los demás niños supieron que pasaba algo importante y el juego se suspendió, lo cual quiere decir que Inés dejó de ser buscada. Su madre, que estaba en uno de los edificios, bajó por ella y comenzó otro equívoco: mi hija creía que el juego seguía en curso y perfeccionó su ocultamiento; mi esposa la buscó con creciente angustia, entendiendo la desaparición como una consecuencia del terremoto.
Inés pensó en la posibilidad de que no dieran con ella. Planeó hacer una camita con hojas y trató de recordar el sitio donde había una toma de agua. Ya era de noche. Dormiría como Robinson Crusoe. Tardaban tanto en localizarla que seguramente había ganado el juego. La recompensa, sin embargo, era la soledad.
Mientras tanto yo seguía en el falso escondite. Ofrecíamos un blanco seguro. La lavandería semejaba un acuario iluminado en exceso, hecho para mostrar especímenes que no saben moverse. Mi esposa dio con Inés antes de que la desesperación fuera total. Mientras tanto, ya abandonaba la lavandería. Me dijeron que si doblaba en la siguiente calle entraría a una zona más tranquila. La violencia estaba claramente demarcada. En Estados Unidos el caos tiene reglas. En la esquina, una patrulla avanzaba al sitio del delito.
Una vez a salvo, pensé en la suerte de que mi familia no estuviera conmigo. Pero no hay mundos perfectos, no en éste.
Iba por primera vez a casa de unos amigos. Ninguno era mexicano. No había noticias del terremoto. Al día siguiente supe lo que pasó con mi familia. Recordé mi infancia, que en buena medida transcurrió en la calle. Cuando anochecía, mi madre se asomaba a decirle a un vecino: "Si ves a Juan, dile que ya vuelva". A la distancia, me sorprende la tranquilidad con que se renunciaba a buscar directamente a un hijo. Alguien lo encontraría. La ciudad estaba en orden.
Obviamente también entonces el mundo incluía peligros. La mayor diferencia es que los niños conocíamos el camino de regreso. Hoy son llevados de un sitio a otro. Saben en qué hueco, en qué rincón, en qué lugar están. Pero alguien debe llevarlos de ahí a su casa. Para alguien de 11 años, encontrar su camino entre las torres y los prados de Villa Olímpica para recomponer después la ruta a casa es una hazaña digna de un precoz Ulises citadino.
"Eran tiempos difíciles, como todos los tiempos", escribe Dickens. Acaso incurrimos en una imaginativa nostalgia al suponer que hubo grandes seguridades anteriores. Mi abuelo se embarcó como polizón a México a los 13 años y padeció indecibles rigores. Sin embargo, la inseguridad contemporánea nos hace pensar que incluso en las circunstancias más extremas la noción de estar a salvo tenía más sentido en el pasado. Hay una erosión esencial de esa confianza. "Burdel de Dios" es un reclamo teológico. "Mundo loco" expresa un sinsentido sin causa.
Y sin embargo, como los atribulados personajes de La vida breve, sobrellevamos la calamidad, ya sea en compañía de unos desconocidos que sostienen calcetines que no hacen juego o en la soledad donde una niña convierte el hueco de un jardín una habitación.
Onetti pensaba comenzar La vida breve con una frase oída al azar acerca de los absurdos del destino: "Burdel de Dios", pero los editores no se atrevieron a incluir esa expresión con aire de blasfemia. En la primera línea de la novela, una voz sin nombre dice: "Mundo loco".
Aunque la frase perdió carga transgresora, introdujo de mejor manera a un escenario desastroso que a fin de cuentas puede sobrellevarse. Los defectos del mundo rara vez nos llevan a abandonarlo.
La imperfección suele percibirse como algo muy localizado (en otra parte estaríamos mejor). Al mismo tiempo sabemos que está bien repartida (en otra parte estaríamos peor). Cada susto se relativiza con otro.
El sábado pasado, poco después de las nueve de la noche, caminaba en Brooklyn por Franklin Avenue cuando escuché disparos a muy poca distancia. Me volví por un segundo: vi las sombras de tres cuerpos corpulentos, realzadas por gruesos abrigos. Sólo un objeto se perfilaba con nitidez: una pistola.
A unos pasos estaba una lavandería. Entré ahí con otras personas. No había dónde refugiarse. Las lavadoras se extendían en dos hileras sin dejar huecos. El único sitio seguro era el de la ropa, pero entrar por esas portezuelas exigía pertenecer al circo chino. Nos vimos las caras en silencio. La mitad de los presentes sostenían bandejas con calcetines y camisas; tal vez por estar ahí con un fin práctico tenían rostros más tranquilos que los de quienes sólo sosteníamos nuestro miedo.
Alguien mencionó un bar que se había vuelto problemático y lo peligroso que era ese tramo de la calle. Brooklyn se había pacificado en los últimos años, pero nunca se puede estar seguro de nada. Mundo loco.
Mientras esto sucedía, en la Ciudad de México temblaba. Mi familia había ido a una reunión en Villa Olímpica y mi hija jugaba a las escondidas en el jardín. Le tocó ocultarse cuando ocurrió el sismo. No sintió nada especial, o nada más especial que la emoción de estar sola, dispuesta a no delatar su presencia. Los demás niños supieron que pasaba algo importante y el juego se suspendió, lo cual quiere decir que Inés dejó de ser buscada. Su madre, que estaba en uno de los edificios, bajó por ella y comenzó otro equívoco: mi hija creía que el juego seguía en curso y perfeccionó su ocultamiento; mi esposa la buscó con creciente angustia, entendiendo la desaparición como una consecuencia del terremoto.
Inés pensó en la posibilidad de que no dieran con ella. Planeó hacer una camita con hojas y trató de recordar el sitio donde había una toma de agua. Ya era de noche. Dormiría como Robinson Crusoe. Tardaban tanto en localizarla que seguramente había ganado el juego. La recompensa, sin embargo, era la soledad.
Mientras tanto yo seguía en el falso escondite. Ofrecíamos un blanco seguro. La lavandería semejaba un acuario iluminado en exceso, hecho para mostrar especímenes que no saben moverse. Mi esposa dio con Inés antes de que la desesperación fuera total. Mientras tanto, ya abandonaba la lavandería. Me dijeron que si doblaba en la siguiente calle entraría a una zona más tranquila. La violencia estaba claramente demarcada. En Estados Unidos el caos tiene reglas. En la esquina, una patrulla avanzaba al sitio del delito.
Una vez a salvo, pensé en la suerte de que mi familia no estuviera conmigo. Pero no hay mundos perfectos, no en éste.
Iba por primera vez a casa de unos amigos. Ninguno era mexicano. No había noticias del terremoto. Al día siguiente supe lo que pasó con mi familia. Recordé mi infancia, que en buena medida transcurrió en la calle. Cuando anochecía, mi madre se asomaba a decirle a un vecino: "Si ves a Juan, dile que ya vuelva". A la distancia, me sorprende la tranquilidad con que se renunciaba a buscar directamente a un hijo. Alguien lo encontraría. La ciudad estaba en orden.
Obviamente también entonces el mundo incluía peligros. La mayor diferencia es que los niños conocíamos el camino de regreso. Hoy son llevados de un sitio a otro. Saben en qué hueco, en qué rincón, en qué lugar están. Pero alguien debe llevarlos de ahí a su casa. Para alguien de 11 años, encontrar su camino entre las torres y los prados de Villa Olímpica para recomponer después la ruta a casa es una hazaña digna de un precoz Ulises citadino.
"Eran tiempos difíciles, como todos los tiempos", escribe Dickens. Acaso incurrimos en una imaginativa nostalgia al suponer que hubo grandes seguridades anteriores. Mi abuelo se embarcó como polizón a México a los 13 años y padeció indecibles rigores. Sin embargo, la inseguridad contemporánea nos hace pensar que incluso en las circunstancias más extremas la noción de estar a salvo tenía más sentido en el pasado. Hay una erosión esencial de esa confianza. "Burdel de Dios" es un reclamo teológico. "Mundo loco" expresa un sinsentido sin causa.
Y sin embargo, como los atribulados personajes de La vida breve, sobrellevamos la calamidad, ya sea en compañía de unos desconocidos que sostienen calcetines que no hacen juego o en la soledad donde una niña convierte el hueco de un jardín una habitación.
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