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Thursday, March 26, 2009

Canibalismo puro

Canibalismo puro:
Un cadáver muy exquisito


'La poesía debe ser hecha por todos y no por uno'.
Lautréamont.


Alberto Llanes


El cadáver exquisito no es nada nuevo. Es una técnica por medio de la cual se ensamblan colectivamente un conjunto de palabras o imágenes; y al resultado se le conoce como cadáver exquisito o cadavre exquis en francés .

Esta técnica la usaron los surrealistas en 1925, y se basa en un viejo juego de mesa llamado "consecuencias" en el cual los jugadores escribían por turno en una hoja de papel, la doblaban para cubrir parte de la escritura, y después la pasaban al siguiente jugador para otra colaboración.

Neruda y Lorca los llamaron: poemas al alimón. Nicanor Parra y Huidobro: quebrantahuesos (junto a Parra, Enrique Lihn y Jodorowsky hicieron una exposición denominada "El quebrantahuesos").

Decía Rulfo que no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte: para captar su desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles, sin repetir lo que han dicho otros. En tanto metabolismo continuado de anteriores lecturas, podría considerarse si la literatura no es en sí misma un gran cadáver exquisito a partir de temas y preocupaciones bastante simples.

Sin embargo, el cadáver exquisito es aplicable tanto para narrativa como para prosa, y en los talleres literarios (de una y otro), o en las clases didácticas para escuela de escritores, su uso es muy socorrido entre sus integrantes y me atrevería a decir que, muy recurrente.

Se pueden escribir de diversas maneras: cada uno de los integrantes del grupo puede escribir una frase y el siguiente continuarla, o cada uno proponer varias palabras e incluirlas en un poema o cuento.

Y ahora, con la tecnología, dos o más personas se pueden conectar al Messenger y cada uno escribir una línea poética, o qué sé yo, como a veces hacíamos para la elaboración de un cadáver exquisito.

De esta labor pueden salir cosas interesantes, poemas intensos, cuentos apropiados. Sin embargo, se corre el riesgo, en poesía, de que una línea o verso sea genial, mientras que la que le sigue dé al traste con la maravilla poética que hemos obtenido verso atrás. También es importante recordar que el abuso de esta técnica puede resultar engorroso y/o escribirse por automatismo; es decir, aunque no se tengan verdaderas ganas de hacer poesía o narrativa en dicho momento.

Esto último se puede notar en el compendio que presentamos a continuación. Una frase brillante, verso genial, línea inspiradora, arte poética de lujo, se puede venir abajo en la línea que le siga, línea por supuesto que es de alguien que jamás se ha dedicado a la poesía y que no tiene ese sentimiento a flor de piel. Y obvio, rompe con la verisimilitud y la belleza del poema (o verso), sólo por que el cadáver fue creado bajo la espontaneidad del momento.

Sin embargo, ese compañero nuestro quiere departir y ser parte del grupo y pues cómo no invitarle si yo tampoco soy poeta de abolengo, y más bien soy narrador. Así que intentado e intentando (que al cabo qué), nos sentamos a escribir cada quien una línea y listo, tenemos un poema que generalmente saca los demonios (catarsis) que cada uno lleva, o el sentimiento de cada integrante del grupo.

O como dijera el mismísimo Saúl Hernández en la canción Déjate ver del disco El equilibrio de los jaguares: “entiende ya, que para poder llorar no hace falta matar”.

Y yo preguntaría, ¿Y qué se necesita para ser poeta?: “una estrella en la frente, un resplandor visible, o un rayo que le salga de las orejas” (Sabines, 1997: 263).

Quizá las respuestas sean muchas, como las propuestas por Jaime Sabines en el poema El peatón. Yo propongo algunas más: quizá se necesita ser un infeliz, un lector ávido de poesía, of course, un loco, un cretino, un muerto de hambre, un pobretón, un artista, un Dios, y un largo etcétera más.

Lo que vamos a leer a continuación son brotes de genialidad con esporádicos saltos (que son los más), de líneas en verso libre que salen de la magnificencia de un grupo de artistas varios y variopintos, que se juntaron para hacer poesía en verso libre.

Aunque si nos fijamos bien en el grupo de amigos, y si los conocemos tan bien como los conozco yo, podemos darnos cuenta que no todos se dedican al rimbombante oficio de escribir, y menos poesía, que a decir de Jorge Ibargüengoitia, en su libro Ideas en venta, en el capítulo titulado “¿Usted también escribe?”, es la cosa más complicada:

Según parece, en los Estados Unidos el número de personas que han escrito una novela es monstruoso. Muchas veces mayor, por supuesto, al número de personas que han publicado una novela. En nuestro medio, inclusive, a pesar del elevado índice de analfabetismo que tenemos, el número de personas que creen que podrían escribir una novela con las experiencias que han tenido en su vida, es tremendo. Un soneto es algo mucho más difícil, porque hay que aprender a rimar y a contar sílabas. Pero una novela, ¡En prosa!, es la cosa más fácil del mundo. Basta con sentarse frente a una hoja de papel y contar todo lo que nos ha pasado en nuestra vida, que es tan interesante (Ibargüengoitia, 1997: 9).

Así de fácil, aunque parezca mentira, es escribir una novela, baste el simple hecho de escribir los pormenores de nuestra nefasta existencia, o de nuestro dichoso idilio en este mundo y ya está. Aunque para estos días, como bien lo dice el escritor Daniel Sada: “escribir sobre patetismo es igual a éxito seguro”. Así que todavía más fácil.

Pero eso, mis queridos lectores, eso pasa únicamente con la prosa, con la novela, puesto que es tan difícil escribir una obra buena, como una historia verdaderamente mala. Espero escribir una de cada una para sentir la experiencia. Pero no pasa igual con la poesía.

La poesía es diferente, es más complicado como lo decía Jorge Ibargüengoitia. Ahí hay que contar sílabas, rimar, usar miles de estrategias poéticas: que la retórica, que los tropos, que la metonimia, que la estética, que el retruécano, que el hipérbaton, que la hipérbole, y otros tantos términos poéticos complicados, que más bien parecieran nombres de medicina deconstructiva que artimañas para hacer… escribir poesía.

Pero, y es que también aquí existe uno, está la libertad que nos ofrece el verso libre: El abominable hombre del poema libre verbigracia, como dijera el poeta español Félix Grande, en el pedazo de poema que titula: Oda fría a una cajetilla de L&M. Del poemario Blanc Spirituals.

Más adelante, en el mismo texto, Jorge Ibargüengoitia (Ideas en venta) dice lo siguiente:

Esta situación, la de vivir en un medio de novelistas potenciales, no frustrados, porque nunca han intentado ejercitar sus talentos, ni fracasado en el intento, hace que las personas, como yo (y como yo también) , que no hacemos más que lo que todos podrían hacer, seamos considerados como una raza parasitaria, superflua y, francamente, de muy poco talento, porque nos cuesta un trabajo horrible hacer lo que todos harían en sus ratos de ocio.

Por otra parte, esto de usar para expresarse un medio que todos conocen a la perfección desde primero de primaria, hace que los escritores tengamos una cantidad de críticos exactamente igual al número de personas que saben leer y escribir. El de lectores, en cambio, es mucho más reducido, porque la mayoría de los críticos son apriorísticos. (Ibargüengoitia, 1997: 9).

Así que este libro, de un grupo de amigos talentosos (cada uno en su rama, hay que decirlo también), a partir de ahora tendrá un sinfín de críticos que llegarán al texto incluso, por accidente, y en el mejor de los casos la gente lo leerá y emitirán un juicio (el que sea), dirán que son puras mamadas, o que son versos chidos, dirán que qué pedo con estos güeyes, dirán muchas cosas, las mismas a las que está expuesto todo escritor al momento de llegar humildemente a mostrar su trabajo a un grupo de personas y con los folios bajo el brazo.

Amigos escribas, hay que estar preparados para las críticas, buenas o malas. La cuestión es que ustedes se atrevieron a hacerlo, y eso es bueno, este es el primer paso, algunos seguirán haciendo su poesía (Jaime Obispo), otros dedicándose a su arte (Carlos Giffard y Huiznahuatl), otros haciendo páginas web y manejando a buen nivel las computadoras (Alí Crespo), quizá otros hagan prólogos como éste y escriban de cuando en cuando uno que otro cuento, greguería o minificción (Alberto Llanes).

Lo que va a durar siempre es la amistad y el gusto por hacer lo que otros tantos, aunque sea en prosa o en poesía hacen tan bien o peor que nosotros.

Y para terminar quiero hacer de nueva cuenta uso de ese texto de Jorge Ibargüengotia tan citado, pero tan cierto, que dice:

─Oye, ¿cómo no me habías dicho que eras escritor? ─me preguntó una mujer con quien he tenido la desgracia de trabajar varias veces en congresos─. A ver qué día me regalas tus libros. (Esto también les va a pasar, queridos amigos, si creían que tenían 100 amigos, cuando publiquen el libro les van a salir 200, porque todos lo querrán regalado, a pesar del trabajo que cuesta escribir un buen verso, así es esto) .

Ha de creer que uno tiene que andar anunciándose, y que los libros los escribe uno para regalarlos. Yo nunca le pregunté si era casada, y si me enteré que tenía una tortillería, fue por boca de terceros. Además, nunca se me hubiera ocurrido perdirle una tortilla regalada.

─Oiga, patrón, ¿cuándo escribe un libro de veras bueno? ─me preguntó un mimeografista a quien cometí la torpeza de regarle un libro─. Digo, porque ése es de relajo.
Pasa uno muchas vergüenzas.

─Tus libros me parecen muy superficiales ─me dijo una culta y, por supuesto, mal educada─, pero mi yerno dice que tienen mucho por venir, y él es argentino.
Fue un consuelo, y concluye la cita.

Así es. Yo por ejemplo, estoy esperando mi pago por la hechura de este prólogo, que espero no sea en libros sino en algo más redituable. En fin.

Enhorabuena a todos los participantes de estos cadáveres , quizá haya algunos exquisitos, otros verdaderamente exquisitos, los demás quizá no tanto, pero el esfuerzo ahí está, la idea es buena y se llevó a cabo con el apoyo de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Colima.

Lo que sigue sólo el tiempo y la crítica lo decidirá, por lo pronto, si oyen que a alguien no le gustó su trabajo, qué va, así decían de la novela de Juan Rulfo y no podemos negar su éxito. Y otros tantos ejemplos más de personas a las que en su momento les dijeron no y la perseverancia los llevó a opinar lo contrario…
Por mi parte, a mis amigos ahora poetas los invito a seguir trabajando, que la labor del escritor se hace con el día a día, con las horas-nalga que uno pasa frente a una historia que no quiere, no se deja escribir.

Al público, no me resta más que agradecerles que se hayan chutado este texto, que bien pudieron saltárselo por que lo mero bueno, aún está por venir:
Los cadáveres exquisitos.

Tengan ustedes muy buen provecho.


Febrero 2009.


Notas:
1 Encontrado en: http://es.wikipedia.org/wiki/Cad%C3%A1ver_exquisito, el día 23 de febrero de 2009.

2 Encontrado en: http://es.wikipedia.org/wiki/Cad%C3%A1ver_exquisito, el día 23 de febrero de 2009.
3 El subrayado es mío.
4 El subrayado es mío.
5 Estos textos aparecieron semanalmente en el periódico Avanzada.

Thursday, March 12, 2009

La última y nos vamos

Vamos por más







Y aún hay más mugrosos




Un tacazo de y para los ojos







Hijos de mi última cruda. Atascados de mi alma (canon). Mondrigos insurectos, háganme el tremendo favor de prestar mucha atención mis chamacos hediondos, escuincles púberes mano pronta aquí les dejo su vicio, en que se sientan y resientan agusto chamacos ezquizofrénicos. Regresa a este trinche blog la magia de las mujeres bellas, y como sé que se la comen toooda y sin patalear, los dejo con esta hermusura chamacos impávidos y boquiabiertos. La sensual Megan Fox. Y ella baila... así... pista número tres... pista número tres... hijos de mi última cruda... jajajajajajajajaja.





Tuesday, March 10, 2009

Rosita, la dulce Rosita




Rosita, la dulce Rosita


Rosy Pereyra no era puta. Me cae. Se volvió. Llegó bien modosita a la tienda departamental a pedir trabajo un día del mes de marzo. Quince añitos y toda la vida por delante. Y por detrás también. Tampoco Rosy Pereyra fue siempre gerente. No. Poco a poco fue subiendo. Pero llegó bien modosita a pedir el trabajo, quien la hubiera visto. A los quince años no se sabe mucho de la vida. Tampoco se saben hacer muchas cosas. Me cae. Pero se pueden aprender. Y Rosy las aprendió desde muy chica y de qué forma.
Rosy llegó con su foldercito amarillo-huevo por la puerta trasera de la tienda de prestigio. Iba a pedir trabajo. La hicieron esperar unos minutos mientras el jefe del departamento de “Recursos humanos”, don Juan José Vaca del Toro y Pulido se desocupaba. Rosy se sentó a esperar. Luego se sentaría para otras cosas. Me cae. Pero esa vez nada más se sentó a esperar.
Rosy sacó su solicitud de empleo. La revisó. En el apartado que dice: “EXPERIENCIA LABORAL”, Rosy Pereyra no puso nada. No tenía experiencia en nada. A los quince años qué se puede saber de la vida. Rosy no sabía hacer nada, porque en el apartado que dice: “NIVEL DE ESTUDIOS” Rosy Pereyra dudó. Pero al final se decidió a poner que había estudiado hasta “PRIMERO DE SECUNDARIA”, para darle más caché a la solicitud. Nada más para eso. Me cae.
La verdad era que la pinche Rosy Pereyra ni siquiera terminó la primaria. Tuvo que ir a pedir trabajo porque la situación en su casa, era insostenible. Pero cuando llegó a pedir el empleo en el prestigiado almacén, su solicitud no sirvió de nada. El jefe del departamento de “Recursos humanos”, le dijo que tenía que llenar una nueva solicitud que la tienda le iba a proporcionar. La hizo pasar entonces a su privado, y comenzó la entrevista.
Juan José le extendió una nueva solicitud sin llenar, blanquísima y no amarilla como la que llevaba. Cuando vio que Rosy escribía su propio nombre con una falta de ortografía, Juan José Vaca del Toro le dijo: “Sin poner mentiras en ningún apartado, ¡Eh!” y le lanzó una mirada, que por fuerte, puso a temblar las manos sudorosas de la pequeña Rosy, ya de por sí, nerviosa, y la obligaba a escribir con la purita verdá. Me cae. Rosy se puso más nerviosa.
En los apartados que no llenó en la solicitud anterior, en ésta los volvió a dejar en blanco. Pero esta vez, en la parte dedicada para saber el nivel de estudios Rosy puso la verdad. Escribió que ni siquiera había concluido completo el curso de primaria. Y que le urgía la chamba (esto no lo apuntó, se lo dijo con la voz quebrada al jefe). Agregó que su mamá ocupaba medicinas caras porque estaba enferma de no sabía qué, pero que las medicinas eran caras. Que no sabía nada del paradero de su papá, que se había ido a trabajar desde hacía varios años para el otro lado. Y que su hermanito ni siquiera sabía lo que era tomarse un vaso de leche por las mañanas. Me cae.
El jefe del departamento le empezó a poner peros. Que estaba muy chica. Que no tenía nadita de experiencia. Que no tenía estudios. Que no sabía hacer nada. Que ni siquiera leía de corridito. Y otros más. Me cae. Pero don Juan José Vaca del Toro, era una almita de Dios y le dijo que tenía algo que le podía dar para conseguir el empleo. Rosita le dijo que haría lo que quisiera, pero que le diera el trabajo porque le urgía llevar algunos pesos a su casa. Él dijo que si no decía nada y si hacía lo que él quisiera la podía ayudar. Rosita desesperada dijo que sí con la cabeza como presintiendo. Don Juan José le dijo que era muy guapa, muy chamaca, pero muy guapa, y que si le daba una mamadita podía mover sus influencias para darle el trabajo. Rosy ni siquiera sabía lo que era dar una mamada, ya no digamos buena. Me cae.
Cuando el almita de Dios de don Juan José, le explicó a Rosy lo que era dar una mamada. Rosy peló los ojos. Luego pelaría otras cosas. Me cae. Pero por lo pronto, peló los ojos. De otros trabajos la habían corrido por circunstancias similares. Es decir. Ser joven. Sin estudios. Sin experiencia, etc. Así que Rosy Pereyra se puso de rodillas, y pensando en la felicidad que le iba a dar a su mamacita cuando supiera que su hijita más grande, la que estaba al frente de todos consiguió el empleo, se puso a chuparle la verga a Juan José Vaca del Toro, hasta que un líquido blanquecino le llenó la cara y le corría por todos lados. Blanco, espeso, caliente. Me cae.
Así fue como Rosy Pereyra obtuvo su primer empleo en el área de limpieza. “Ya irás subiendo de puesto según tus aptitudes y actitudes, muchacha”, le dijo don Juan José. “Que te den tu uniforme y empiezas mañana”, agregó frotándose las manos. Luego se frotaría otras cosas, pero en ese instante sólo fueron las manos. Y Rosy Pereyra, cada quince días, como pago, recibía el esperma blanco en la cara del jefe de “Recursos”. Y vaya que los tenía, humanos de Juan José Vaca del Toro.
Cada que Rosy quería subir de puesto ya sabía lo que tenía que hacer. Se ponía de rodillas frente a su jefe en turno. Le bajaba el cierre del pantalón. Y henchida del placer de llevar más dinero a su casa se ponía a chupar vergas hasta que el líquido blanquecino le llenaba el rostro, los ojos, los labios, la boca… unas veces más blanco que otras. Unas más abundante. Otras, más espeso o más líquido que de costumbre. Pero no se levantaba hasta que el rostro no le quedara blanco, pegostioso y ya no saliera nada más de su compañero de turno. Me cae.
Rosy fue subiendo de escalafón. Primero, Jefa de Limpieza. Después, Vendedora de Piso. Luego, Jefa de Departamento. Siguió, de Cajera. Después, Jefa de Cajas. Más tarde, Administradora. Después, Supervisora. Hasta que llegó a Sub-Gerente y a Gerente General del prestigiado almacén.
Su trabajo actual, en gerencia, no estaba ligado directamente con el prestigiado departamento de “Recursos humanos”. Sin embargo, obligaba a sus inferiores a que todo hombre que fuera a pedir trabajo, y que cumpliera con ciertas características, lo pasaran a su privado para darle el visto bueno. Me cae. Por algo era la Gerenta y tenía que darle el visto bueno a las personas que iban a trabajar con ella.
Y cuando tenía al hombre en cuestión en frente. Se ponía de rodillas. Le bajaba el cierre del pantalón y comenzaba a hacer lo que aprendió cuando fue a pedir trabajo por primera vez. Y es que a todo se acostumbra uno. Me cae. Y Rosy Pereyra no fue la excepción. Por eso los recursos en esa tienda departamental eran muy humanos. Me cae. Y de mucho prestigio. También me cae.

Friday, March 06, 2009

Zanaterio

Zanaterio


Alberto Llanes


Eso que ahí se ve. Ese montoncito de tierra es donde está, desde hace un día, enterrado el zanate en nuestro jardín. Es 31 de enero.
Lo encontré moribundo en la cochera de nuestra casa. Cuando lo recogí, aún no estaba tieso, el rigor mortis le vino después, cuando lo metí al hoyo. Mi mujer (Alejandra Eme) me pidió de favor que le diéramos sepultura en el pequeño jardín de la casa.
─Yo no levanto animales, y menos muertos ─le dije─, no sé…, no me gusta eso de agarrarlos, y mucho menos, enterrarlos.
─Déjalo, yo lo hago.
Saqué unos instrumentos pequeños que tenemos para arreglar el jardín, e hice una pequeña, muy pequeñita fosa para el pobre animal. El zanate resultó muy grande y muy negro; tanto, que hasta las plumas le azuleaban cuando le daba el sol en pleno.
No voy a poder olvidar, en mucho tiempo, la mirada agonizante que me echó el animal cuando lo vi una vez que regresaba de la tienda.
Su ojo como pidiendo auxilio. Mirada penetrante, pupila dilatada y el contorno completamente amarillento. Incluso, pudo sentir mis pasos, porque cuando lo descubrí pataleando para jalar vida, al lado del auto que maneja mi mujer, sentí su mirada suplicante, asfixiante como presintiendo su salvación o su muerte definitiva.
En ese preciso momento dejó de patalear. Estaba tirado bajo los matutinos rayos del sol, que le daban pleno en su pajaridad (es decir, humanidad de pájaro). Se encontraba cargado a su lado derecho, con las patas arriba luchando por su vida. Y ese pequeño ojo amarillo que me vio por primera vez y que no dejó de clavarme su angustia o desesperación, en todo ese tiempo.
Lo descubrí azorado. Me di cuenta de que la cuenca de su pequeño ojo me seguía para donde me moviera, así fuera un movimiento leve, casi imperceptible, o de plano un movimiento brusco.
El zanate agonizaba y yo no hacía otra cosa sino verlo ahí, tirado patas arriba en la cochera de nuestra casa, sufriendo.
Recogí mi bolsa de celofán que había puesto en el suelo antes de ponerme a observar detenidamente la agonía del zanate, y seguí mi camino al interior de nuestro hogar.
Abrí la puerta y me introduje. Con lo que traía en la bolsa me puse a preparar el desayuno, pensando en la agonía del zanate. Pero sobre todo, en el pequeño ojo amarillo que no dejaba de observarme, y que en los huevos con jamón que preparé esa mañana de enero, se me figuraba sentir la mirada del pertrecho animal.

***

Salimos a la cochera mi mujer y yo, y ahí estaba. Ya muerto. Los ojos los tenía completamente abiertos. Su mirada amarilla seguía clavada en mí. Es cierto, no lo salvé, dejé que se muriera pero… ¿qué podría hacer de todos modos si de pájaros no sé ni jota? Abandoné al zanate ahí, en la cochera, al lado del auto que maneja mi mujer. Tomé una escoba y un recogedor, y como si el zanate fuera una pequeña basura lo levanté de su lecho de muerte.
El pico muy largo, negro y puntiagudo. Las plumas largas y de un negro profundo.
─Los zanates son como cuervos pequeños ─me dijo Alejandra─. Se pelean entre ellos y son algo parecidos físicamente.
Y era verdad. Viéndolo bien, el pequeño bribón era un cuervo en pequeño, y su maldito ojo que no dejaba de tener su vista, aun ya muerto, clavada en mí.
Apenas cupo en el recogedor. Ya mencioné que el animal aun no estaba tieso cuando lo levanté, así que todo fue fácil, pues nada más utilicé las manos para maniobrar los instrumentos, y no para tocar al animal fallecido.
Cuando el cadáver quedó en el recogedor, la cabecita del pájaro estaba salida del mismo, así que me apresuré a levantarlo y llevarlo a donde sería su nuevo hogar, el pequeño jardín de nuestra casa. Esa fue la única vez que dejé de sentir aquella mirada amarilla del ave acusándome de su repentina muerte.




***

Alejandra me acompañó en el ritual del entierro del pájaro. Efectivamente, la fosa que había cavado era más pequeña que el animal. Eso sí, tenía buena profundidad, por lo cual no quise cavar más. Arrodillados frente a la diminuta tumba, me dispuse a colocar a la avecilla, y que de una vez por todas dejara de clavarme esa incómoda mirada amarilla. Mirada amarillo fúnebre.
Colocamos Ale y yo al animal en su reducido espacio. Aun ahí desconocía y desconocí la causa de su muerte, y el porqué de irse a morir en la cochera. No le vi, en todo el cuerpecillo rastro de sangre, o algo que delatara su estado actual. Ale dedujo que podría haber estado enfermo y murió muy ahí, al pie del coche.
La pequeña tumba parecía de juguete. Era como estar jugando a ser Dios y que el ave estuviera a mi cargo y su destino final también. En cierta forma me sentía culpable de que el pequeño cuervo hubiera fallecido ahí y no hubiera hecho nada al respecto para regresarlo a la vida.
Ya me pasó en una ocasión con un ratón. Pero a ese sí lo maté. Murió ahogado en la pileta de esta misma casa. Tampoco voy a poder olvidar su rictus, una vez que le quité de su ratunidad (es decir, humanidad de rata) el par de escobas con que lo sumergí hasta el fondo de la pila de agua por espacio de 20 minutos.
Una vez dentro de la fosa, me dispuse a colocar la tierra. Mi mujer me dijo que le arrancara cuatro plumas porque quizá las podría utilizar para algo, no me dijo para qué. Entonces, con la miradilla amarillo fúnebre del ave que seguía clavada totalmente en mi humanidad, me dispuse a hacer lo que Alejandra me pidió.
Como no tuve el valor de hacerlo, mi mujer me dijo que con la misma pala con que había hecho la fosa, detuviera al animal para que ella jalara cada una de las plumas que necesitaba para quién sabe qué ocurrencia de mujer.
A cada jalón sentía que el pobre pájaro, con la mirada amarilla, me pedía, me suplicaba que dejara de torturarlo y su cuerpo descansara en paz.
Con las cuatro plumas en nuestro poder, por fin eché tierra de por medio, y el animal quedó ahí. Enterrado en el pequeño jardín de nuestra casa.

***

Esa noche, antes de dormir, mi último pensamiento fue para el pobre zanate (tipo cuervo), de mirada amarillo fúnebre que Ale y yo habíamos dado sepultura en una fosa muy pequeña para el largo de su cuerpo.
Fue ahí cuando comenzó mi suplicio. Una terrible pesadilla me despertó a media madrugada. Soñaba que una parvada de cuervos, disfrazados de zanate, con plumas negro-azuláceas, ojos amarillentos (fúnebre) y pico largo y puntiagudo me sacaban los ojos de su cuenca, me carcomían la lengua y mis partes nobles las picoteaban, arrancaban y devoraban con fruición. Alejandra estaba a mi lado y sufría algo similar, los cuervos (disfrazados de zanate), le quitaban poco a poco la piel, se la arrancaban como ella le arrancó las plumas al ave de mirada amarillo muerte. Eso fue lo último que vi antes de quedar ciego completamente… y desperté.
Otra noche sentí los aletazos de varias aves mientras dormía. Estaban por todos lados, revoloteaban a mi alrededor y eran miles. Todas con la mirada amarillo clavada en mí. Se disponían a atacarme… Cuando desperté, una pluma negra yacía entre Alejandra y yo en medio de la cama.
Así pasaron seis meses. No podía dormir por las noches y el remordimiento de la penetrante mirada amarilla clavada en mí no se borraba, al contrario. Mi mujer me dijo que a ella le pasaba lo mismo, y que cuando estaba sola en la casa, oía que en la puerta que da al jardín, a la tumba del animal, se oía, a eso del mediodía, como que se estrellaba algo que parecía un ave cuando choca contra los cristales. Se asomaba y sin embargo no había nada ni nadie, solo una pluma negra volando por ahí.
Las plumas se extendieron entonces por toda la casa. Pensamos que posiblemente eran las que le habíamos arrancado al animal cuando lo enterramos, y que tal vez el viento las hubiera echado a volar, pero al revisar la repisa donde Alejandra las había dejado, junto a un cofre que compramos en Chiapas durante nuestro viaje de bodas, nos dimos cuenta que las cuatro plumas estaba ahí, quietas, inamovibles.
Abrimos también el cofre y estaba lleno de plumas que salían de quién sabe donde. Por todos lados que fuéramos nos encontrábamos por lo menos una pluma negra.
En un momento de exasperación, mi mujer me dijo que exhumara los restos del animal y los sacara del jardín, porque definitivamente, así no podíamos vivir, con la sombra del caudillo en nuestro patio trasero. Y la maldición del pájaro negro enterrado ahí, en la casa.
Así que, aquí estoy.

***

Eso que se ve ahí. Ese montoncito de tierra es donde está enterrado el zanate, en nuestro jardín. Es 31 de junio.
Me dispongo a quitar la tierra. Quizá halle las puras plumas, y a la mejor el pequeño esqueleto. Desconozco cuánto tiempo pueda pasar para que un ave enterrada desaparezca para siempre y se confunda con la tierra.
Mi mujer me acompaña en el desentierro. Me valgo de la misma micro pala con que solíamos arreglar el jardín, que hace seis meses ni siquiera riego yo. Sigo removiendo tierra y no veo pista del animal enterrado justamente ahí, cómo lo podría olvidar, en el mismo sitio donde quedó.
Quizá se haya exterminado por completo. Sin embargo, con la pala remuevo más tierra y ahí están, del animal sólo quedan cuatro plumas de un negro intenso-tirándole (cuando le pegan los rayos del sol) a azul, y sí, dos pequeños ojos color amarillo muerte, amarillo fúnebre, que aún después de muerto y, luego de tanto tiempo, me siguen mirando intensamente a mí, como suplicando...