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Monday, September 24, 2012


Él Nicolás Por José Agustín Hubieras visto a este cuate tan bravero (se llama Nicolás y es nosequé dÉL equipo de fútbol americano), apenas se subió al camión, ya estaba diciéndole a un cuate: —Óigame, infÉLiz, me cae de la patada que me usen de recargadera. ÉL pobre tipo éste pÉLó unos ojísimos y rapidito se metió más. Después, ÉL buen Nicolás se volvió, riendo, hacia nosotros. —Tarugo, ni se me había recargado. Palabra de honor que sentí re gacho: por nada dÉL mundo me gustaría estar frente al Nicolás y oír que me diga me cae de la patada que me usen de recargadera. Qué cuate. Pero ya estaba emboletado con estos gandallas y ni modo de echarme para atrás. Por otra parte, ÉL rÉLajo me atraía. Con nosotros también andaba un gordito bien vaciado, siempre trae un suéter dado al cuas y le dicen ÉL Tarólas o ÉL Prángana o ÉL Apestoso: todos los apodos le caen a todo dar. La verdad es que ya estaba sintiendo un poco de miedo. Tú sabes que no soy un charles atlas así y estos cuates bronquean a todo ÉL mundo. Me junté con ÉLlos porque había ido al estadio buscando al maestro Rodríguez Ceniceros, que según me pasaron ÉL tip, andaba echando lente para evitar las broncas. ÉL caso es que al pobre maestro le rajaron la cabeza y ni supo cómo (por ahí dijeron que quiso separar a unos y ni separó a nadie y nomás le colocaron un soberano guamazo), la cosa es que ya se lo habían llevado para echarle su alcoholito y todo eso. Ahí encontré a Rolando que venía con este Nicolás y con ÉL Tarólas. Me dijeron que jalara con ÉLlos, y sin saber ni por qué, jalé con ÉLlos. Había ido a buscar al maestro Rodríguez Ceniceros a ver si me daba una manita para ÉL examen (la verdad es que no me siento muy fuerte y quien quita y me truena), además, me dijeron que ÉL maestro me daría la manita, y si ya deveras no daba una, con un cien se arreglaba todo. Pero ahora, imagínate, ÉL maestro Rodríguez Ceniceros quedó con la cabeza ra¬jada y yo jalé con estos cuates. Desde un principio me olí que se armaría la pÉLotera y tuve ganas de jalar al Rolando para decirle que nos cortáramos, pero ÉL muy menso iba lambisconeando al Nicolás. Me repatea cuando se pone de barbero para quedar bien con alguien y nomás anda jorobando la borrega. Y este Nico¬lás (lo hubieras visto) se sentía a todo dar oyendo al otro tarugo dándole coba. Al poco rato se desocupó un asiento y que se abalanza ÉL Nicolás. Una señora, con niño y toda la cosa, ya mérito se sentaba y puso una carota cuando ÉL Nicolás le dio mate con ÉL asiento. ÉL infÉLiz sacó un cigarro y todavía le echó ÉL humo al chamaquito. ÉL pobre ha de haber sentido ho¬rrible porque ÉL Nicolás fuma DÉLicados. La seño, como quien no quiere la cosa, también se fue haciendo para atrás. La verdad es que me dio lástima pues casi creí que ÉL Nicolás le soltaría un descontón (es capaz, ÉL maldito), nada más sentí que ÉL corazoncito me pateaba como loco. Luego, que se suben unas chamacas y ÉL Tarólas empezó a molestarlas, diciéndonos: —Me cae gordo ir a Filosofía y Letras porque hay puras flacas. ¿Me oyeron? Puras flacas, bien flacas las canijas besuconas. Las chamacas se hacían las disimuladas viendo hacia la ventana, muy se¬rias, pero ÉL Tarólas no las iba a soltar tan fácil. —¿Qué pasó, mis reinas, vamos a un café existencialista? ÉL Nicolás agregó: —Aquí mi cuais, aunque mugrosón, toca la guitarra ÉLéctrica glimson. —Siempre cargo mi guitarra, hoy lolvidé, ni modo, ¿no? Pero pa´ que me crean les voy a cantar ÉL tuis de filosofía. ÉL Nicolás reforzó la ofensiva: —Van a oír lo que es bueno. Órale, tarugo, canta. Entonces que grita ÉL Tarólas: —¡A petición de las flacas aquí presentes ahí les va ÉL Filósofi tuis! Y que deveras empieza a berrear tarugadas, palabrita que no creí que se aventara. Las pobres chamacas se pusieron bien rojas, hicieron la parada y que se bajan (apuesto a que todavía ni llegaban a su esquina). Nicolás y ÉL Tarólas iban risa y risa y cuando alguien los miraba feo, ÉL Nicolás, echándole humo, decía: —Cómo traigo ganas de rajar hocicos. Casi llegando al centro vimos a unos huÉLguistas que ponían una ban¬dera rojinegra, canÉLones y toda la cosa, y lueguito nos dijo ÉL Nicolás: —Órale, bájense. Ya abajo le preguntamos qué le picaba. —Nada, manises, hace unos meses me contrataron los de MURO para rajar madres en una manifestación o algo así en CU y orita tengo ganas de bronquear a esos rojos. —¿Y por qué a ÉLlos? —pregunté. —Po´s porque los rojos, sepa la bola, pero yo soy muy católico. —Estás loco —dijimos. —Ni tanto, ni tanto, si son tres nomás, a poco me creen tan güey. Bue¬no, qué ¿se rajan? ÉL maldito Tarólas dijo mangos y ÉL Rolando también, y pues no me quedó más remedio que jalar parejo. Entonces, encabezados por ÉL Nicolás, caminamos muy sabrosos toda la cuadra hasta donde estaban los pinches huÉLguistas. ÉL Nicolás pasó frente a uno y echó un gargajote al suÉLo, pero ÉL otro ni se dio cuenta. Entonces, le dijo: —Conque de huÉLga, ¿no? ÉL obrero se le quedó viendo y que lo tira a loco. Eso le dio un corajazo al Nicolás, pues mascullando: —Ora verás rojo jijo —le colocó un chingaputamadrazo horrible. Los otros dos obreros se alebrestaron y tuvi¬mos que entrar al quite. Hubieras visto al Tarólas: con todo y lo panzón colocaba sus buenos mandarriazos. Yo me anduve haciendo tarugo, como quien no quiere la cosa, dando patadas aquí y allá hasta que, quién sabe cómo, me dieron un descontón horrible, y como buen menso que soy, me desmayé. Después, apenas y recuerdo que llegó la azuliza y que nos llevaron a la dÉLegación y que ÉL Nicolás le habló a un diputado y que nos dejaron ir. Pero lo que recuerdo muy bien, es que a los huÉLguistas les armaron un lío dÉL carajo por alborotadores y que a mí, ÉL Nicolás me decía: —Bien, manís, te portaste muy machito.

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