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Thursday, December 14, 2006

El paraíso terrenal

El paraíso terrenal


Para Eduardo Antonio Parra que nos dio la idea principal


Alberto LLANES


Recostado en el pasto sintió un cansancio incomprensible, y los párpados se le comenzaron a cerrar hasta que se quedó profundamente dormido. De pronto soñó que sería terrible estar completamente solo. Su sueño era habitado por una gran ciudad. Fastuosa. Con edificios enormes. Carros por aquí. Ruidos. Carros por allá. Luces. Se sentía bien ahí. Un Mc Donald´s en cada esquina y una banca con Ronald para la foto del recuerdo. Gente. Sobre todo gente. Y muchas luces y ruido y ambiente y personas elegantes, otras no tanto, pero mucha fastuosidad. Vio también un casino. Bares. Un Taco Bell en una esquina. Comida. La gente caminaba con la mirada perdida en quien sabe dónde. Y lo que más le llamó la atención: MU-JE-RES. Muchas mujeres. Reconoció un letrero que decía “Tonight, Live Nudes”. Se dirigió al lugar y entró. No recordaba que supiera inglés, pero en los sueños todo es posible. Hasta que se sintiera un centauro. Se sentó en una silla que tenía una mesa para cuatro y estaba cerca de una pista de baile. Pidió dos cubas-libres. Podía ser paradójico. Si no había una Cuba libre menos habría dos. Salió una chica y bailó. Una canción y luego otra y fuera ropa. Volvió a pedir otras dos cubas-libres. Se cagó de la risa. El lugar estaba ambientado con pinturas de Vincent Van Gogh. La oreja sangrante estaba ahí, en un cuadro. Salió otra chica y luego de dos canciones movidas quedó desnuda. Esta vez, la mujer le ofreció su sexo. Se arrimó para darle un lenguazo pero la mujer se difuminó y desapareció. Un puro se consumía en su boca. Estaba emocionado y excitado. El casi probar un clítoris lo había motivado. Pidió otras dos cubas-libres. Pagaba con fichitas de damas chinas. Una chica, la más guapa que había visto en ese lugar se le acercó. Se sentó primero con él y después sobre él. Pronto le dijo, con sus labios como si soltara una bala fría <¿Me invitas una copa?>. Iba a pedir otras dos cubas-libres pero la boca la tenía atiborrada de puros que salían quien sabe de dónde. La chica estuvo a punto de preguntarle por qué carajos estaba pidiendo de a dos bebidas. Pero el que se difuminó ahora fue él. Dejando ahí los tabacos Cohiba, los puros Te amo y las ganas de besar y ser besado. Se vio entonces vestido de gala. Con guantes blancos, traje de pingüino, bombín y bastón de oro en la mano. Estaba en un casino lujoso. En una de las mesas para jugar a la ruleta le apostaba al siete maldito. Pidió dos vodakatónics. Esta ocasión sí valía pedir de a dos. Iba acompañado de una rubia Checoslovaca que había conocido cuando viajó a Praga. A su lado izquierdo Salma Hayeck en el oído le decía que no le apostara al siete rojo, el mejor era el siete negro. Cambió de estrategia. El siete negro nunca cayó. Cuando volteó para reclamarle, la oreja de Vincet Van Gogh estaba en el lugar de la chica, y goteaba. Apostaba fichitas del juego de damas chinas y todas las había perdido ya. La mujer Checoslovaca había desaparecido. Volvió a recuperarse en las apuestas. Dos vodakatónics después y todo estaría bien. En eso, un puro se le consumía en la boca. Afuera llovía. En un efecto casi inesperado estaba lejos del casino. Desarrapado. Mojado. Todo el lujo y todo el glamour los había dejado en la esquina de la calle deseo. Quería ser emperador de Roma, pero en los sueños no hay elección. Caminó unas cuadras y se le cayeron todos los dientes. Gritaba pidiendo ayuda y no había absolutamente nadie quien le pudiera auxiliar. Intentó regresar al casino y no lo logró. Quiso volver al Live Nudes y entonces entró a un supermercado. Estaba solitariamente vacío. Pensó que la vida sin nadie podría ser patéticamente aburrida. Es verdad, podía tomar lo que quisiera sin pagarlo, pero no podría compartirlo con nadie. Tomó un rastrillo y se quitó la barba. Se veía varonil pero… ¿para quién?, para nadie. Estaba patéticamente solo. Salió a la calle y ninguna alma. Parecía que vivía en la primera calle de la soledad. Un puro le tapaba la boca y dos cubas-libres, uno en cada mano, esperaban ser consumidas. Se movió. Estaba sudando ¿o sería la lluvia? El corazón le latía a doscientos kilómetros. Todo eran señales. La boca no tenía dientes y las encías se le empezaban a podrir. Había sangre en toda su ropa. Siempre había pedido de a dos tragos porque no le gustaba estar solo. Despertó. Cuando abrió los ojos se vio mojado en sudor y con los dientes en su lugar. Iba a recorrer el paraíso pero le dio flojera porque estaba completamente solo. Ni siquiera el trino de los pájaros lo acompañaba esa tarde. En su próxima entrevista con Dios le pediría a una mujer de compañía, una que por lo menos le saliera de su costado.