Entre médicos te halles
(Crónicas defenestrantes)
Alberto Llanes
Aquí se inicia un ciclo: Las crónicas defenestrantes. Relatos sucedidos en un tiempo-espacio que no tienen otra intención para el lector, que defenestrarlo. Yo defenestro. Tú defenestras. Él defenestra. Nosotros defenestramos. Ustedes defenestran. Ellos defenestran. Vosotros defenestreís. Bla bla bla. Pinche Llanes saca para andar igual. Bájete del avión FZ-10. Y como dijera Alex Lora y lo que falta…
Total, estas crónicas surgen a partir del defenestramiento (buscar la palabra en el tumbaburros si no se conoce) en el que estoy, estuve y estaré inmerso. Por los siglos de los siglos…
Es curioso… muy curioso las visitas a los doctores de la índole que sean. Es decir, tiene uno que pasar por ese proce(xo) (ir al médico), pero es raro, máxime cuando últimamente, los médicos han sido lo que más he visitado.
Resulta, que uno llega al doctor por una dolencia… mal funcionamiento… deformación… aparición extraña de algo extraño en el corpacho, en fin… por miles de razones uno acude a esas instancias (medidas extremas requieren soluciones extremas). Entonces hay va uno todo cabizbajo, cejisjunto, meditabundo, errabundo, dubitativo, dolorido, defenestrado pues, y en pocas palabras.
Hay vas… como perro regañado… lo que más esperas de un lugar así, es un trato cordial, amable, sentirte a gusto pues, aunque te esté cargando Pifas (pinche Pifas y sus cargamientos). Generalmente el trato es así, digo, para eso pagas una cantidad importante de dinero. Claro que si uno mismo supiera qué pedo con el cuerpo, pues no requerirá de este tipo de instancias, pero en fin, nadie sabe, nadie supo.
Llegas. Entras. Das las buenas tarde al respetable. Te contestan como tú, es decir, con la duda que se les nota en la cara, con el nervio a flor de piel etc., Llegas a la recepción o a lo que haga de recepción o a donde está la señorita enfermera para avisar que ya… que ya llegaste a un auscultamiento o vaya a saber qué más. Generalmente eso pasa con un médico particular. En el seguro es otro pedo. Pedo que por supuesto no voy a relatar aquí para no poner en mal a la institución.
Generalmente la espera es de unos cuantos minutos. Digo generalmente porque es a previa cita. Entonces uno empieza a observar a los vecinos. Qué malestar tendrá ése por ejemplo, qué malestar tendrá ese otro etc., luego uno observa la estancia, si tiene fuente, el tipo de sala de espera, los muebles, si hay cuadros etc., así van pasando poco a poco los minutos. Y uno siente una ansia interesante, antes de escuchar las palabras funestas. Sr. Llanes, Adelante, Pasé usted. Tómala bigotón. Yay vas. Cola metida entre las patas. En una fracción de segundo vas pensando lo que le vas a decir al médico, cómo se lo vas a decir, qué te va a hacer, cómo te lo va a hacer. Joder.
Entonces pasas, no te queda de otra y… el médico muy amable te suelta un: Bienvenido Sr. Llanes, Es la primera vez que viene con nosotros, Sí doctor, la primera, Bueno, le voy a hacer una serie de preguntas, Está bien. Y con las manos entrelazadas la una con la otra, y sudando frío, esperas el tiempo necesario (en que transcurran las preguntas), para ver cómo carazos vas a empezar a decir la serie de síntoma que tienes y que te hizo llevar a tomar esa decisión, la decisión de ir a visitar un médico.
Y las preguntas salen rápido y fáciles, y las respuestas también. El miedo se te empieza a escapar. El dolor sí lo tienes, pero hay que ser francos, ni te acordabas de él. El médico empieza por el nombre completo. José Alberto Llanes Castillo. Luego la edad. Veintitantos. Domicilio. Conocido. Teléfono. Tal. Estado civil. Pues emparejado. A qué la gira. Trabajo en tal parte doctor. Y entonces viene lo más funesto de todo… Y ahora sí -dice el doc-, dígame qué chingados lo trajo acá. Generalmente no dicen chingados en la primera cita, quizá después sí. Pero entonces uno ve el rictus del doctor, y los lentes, y la bata, y el porte, y la cara, y el consultorio, y todos los artefactos, y entonces vuelve uno a sudar friyón. Puta madre, qué coños tengo -piensa uno-, por dónde empezaré -piensa uno-, qué le digo a este güey -piensa uno-. Y entonces uno se acuerda de que lo importante, lo very important es empezar por el principio, por el mero comienzo, por lo que tragamos la noche anterior, por los síntomas que tenemos, por los dolores que nos dan, por la pinche fiebre de días pasados, etc.
Y uno cuando descarga todas las dolencias habidas y las por haber, se empieza uno a sentir mejor, todo pasa, vuelve uno a la normalidad, relax total, en fin. Sientes que te quitan un peso de encima y es verdad, te quitan un gran peso de encima. No pasa nada si le ponemos de hecho: varios pesos de encima. De todo esto uno se da cuenta, cuando precisamente uno tiene que ir a pagar por la consulta y todavía tienes que comprar la medicina y te das cuenta que en la cartera nada más traes cincuenta pesos, y que por el dolor y los malestares y los bal bla bla, se te olvidó pasar al cajero a retirar el dinero para pagar…
Thursday, May 24, 2007
Monday, May 21, 2007
Situación del héroe degradado
Situación del héroe degradado en la novela:
Con la muerte en los puños de Pedro Ángel Palou
Alberto Llanes
Para llegar a obtener el título de tesis que a continuación voy a proponer, como base, tuvieron que pasar primero, algún tiempo, algunas lecturas, y por supuesto, delimitar el tema lo más posible porque era prácticamente complicado, no así imposible, el ambicioso proyecto para titulación que traía entre manos.
En primer lugar, mi situación era abordar todos los deportes (que a mí me gustaran y con los cuales me sentía identificada y hubiera material literario para trabajar), para la hechura de la tesis y/o investigación que me llevaría a la tesis final.
Como al final los deportes siempre eran cuatro (que me gustan, no así que practico), pensando en un posible corpus me vi en la necesidad de separar en capítulos los deportes, que por orden de aparición fueron: futbol, béisbol, boxeo y lucha libre, teniendo que dejar fuera el futbol americano, sin duda, el deporte que me gusta más por excelencia.
Al empezar el proceso de crítica de la crítica, y de lectura de material literario para la investigación final. Me topé con la nada, pero complicada situación de que de entrada, el futbol está tocadísimo, leidísimo y criticadísimo. Fueron fojas y fojas de material que nunca iba a terminar de leer por completo. Y aún, menos aportar algo diferente o nuevo, a la tesis de investigación de Alberto Ramos Zaragoza sobre el mismo tema, hecha unos cuantos años antes que ésta, que tocaría además, otros deportes.
La tesis de Alberto Ramos y que está en el centro de lectura de la Facultad de Letras, abarca en todos los géneros literarios y periodísticos, el tema en cuestión. Por lo que hacer algo mínima diferente iba a estar un poco difícil, así salió el futbol de mi gusto central.
Por otro lado, el béisbol salió porque es un deporte que tiene poco interés en el público en general, público literario quiero decir, e incluso para mí, me gusta, pero sólo cuando están en serie mundial y tengo algunas cervezas enfrente mío. De otra forma se me hace un juego demasiado largo en tiempo, y aburrido cuando no hay batazos.
Así el béisbol, el rey de los deportes, salió por completo de mi espectro a deporte a tratar para la investigación que apenas iba a empezar. Aunque encontré buenos escritores de temas béisboleros, Vicente Leñero y Gerardo de la Torre. Habrá más, muchos más, pero como ya no me interesa el tema, que otro haga la investigación correspondiente.
El boxeo lo voy a dejar al último y me brinco a la lucha libre. Por un momento pensé que sería bueno, además de muy mexicanísimo, abordar en una tesis de maestría el material habido y el por haber acerca de este deporte que para muchos es pantomima, pero para otros es la mera onda, tanto para el público televidente como para el que se da cita en un cuadrílatero.
Mis guías en este regusto por la literatura luchística fueron de pronto pocos. Víctor Ronquillo con su novela Ruda de corazón, (en el nombre lleva la penitencia), José Emilio Pacheco cuando en El principio del placer describe una situación verdaderamente de risa que tiene que ver con el pancracio. Y claro, estaba también la autora Lourdes Grobet con sus libros Espectacular de lucha libre, además que en México tenemos a la leyenda máxima de estos menjurjes El santo el enmascarado de plata.
Con este respecto, y sobre este tema, del Santo. El recién finado autor Rafael Ramírez Heredia tiene un cuento dedicado al Santo precisamente, en su libro títulado Otra vez el Santo. Todo esto sería material que sin lugar a dudas me podría ayudar para realizar mi trabajo de investigación. Pero si el futbol es un deporte que no es tomado en serio por la crítica y los que se dicen intelectuales (aún a pesar de los miles y miles de textos serios que hay escritos al respecto), la lucha libre sería lanzar una cachetada con guante blanco y seguir en la irreverencia de antaño.
Al box lo he dejado al último, porque sin duda es el deporte, junto con el futbol, más practicado en México, y con más tradición, y el que ha dado a grandes leyendas. “Mantequilla” Nápoles, “Púas” Olivares, Julio César Chávez, entre otros, claro que también ha dado a grandes payasos del cuadrilátero Héctor “Maromero” Paez, por ejemplo.
Sin embargo, en justas olímpicas, el boxeo está catalogado como el deporte que más medallistas tiene para México, junto con la marcha (caminata). Es también, el deporte que se tiene en el olvido, como la marcha, es decir, es el deporte en el que más se le tiene que sufrir por parte de quien lo práctica. Tiene además, en su tradición, una serie de textos literarios Las glorias del gran “Puas”, de Ricardo Garibay, por ejemplo, como grandes filmes del cine de oro mexicano. Y ahora, actualmente, en una contribución verdaderamente importante, el documental dirigido por el actor juvenil Diego Luna que ha titulado simplemente Jota Ce Chávez, en honor, a quien honor merece. Nuestro campeón.
Otra particularidad del boxeo es la degradación de los ritos, la belleza, y hacer mundano algo que es sagrado. Con ello me refiero a la actitud que toman los boxeadores ante tanta gloria, ante tanta fama que les cae de pronto.
La mayoría de los boxeadores empiezan sus entrenamientos de sparings, es decir, viven de los guamazos que les dan otros. El lugar donde entrenan esos otros se llama chiquero, o redil, encierro o establo, ahí, de entrada, ya está la degradación del ser humano. Posterior de ser sparring de otros, el boxeador tiene que demostrar habilidades en ataque y defensa, agilidad en piernas, movimientos rápidos, relajación, respiración, y sobre todo, fortaleza, aquí se encierra todo lo que tenga que ver con la condición física, porque hay que tener en mente que son (en peleas oficiales) doce rounds de tres minutos cada uno, por uno de descanso. Así que el desgaste físico es impresionante.
Cuando un boxeador está debidamente entrenado empieza su ronda de golpes por la vida, los que tiene que dar, pero aún más, los que tiene que recibir. En los carteles el chamaco (sobrenombre muy utilizado en el gremio), se publicita siempre en la última posición, que al final termina siendo la primer pelea de la noche. Todos quieren ver al campeón mundial (peso que sea), hasta el final.
Si el chamaco en verdad es bueno puede ir subiendo de escalafón hasta ganas posiciones y poder enfretarse con un rival de talla, y porqué no, pelear por el cinturón tal el campeonato cual, de peso tal, en la rama cual etc., en un golpe de suerte el chamaco puede estar, en poco tiempo, ganando los miles de pesos, los millones por qué no.
Y como dice el refrán: el que nada tiene y llegar a tener, loco se quiere volver. Así la nefasta existencia del boxeador. De pronto se ve rodeado de lujos, de vinos, de drogas, de mujeres, de placeres, y se da la gran despilfarrada de su vida. Yo creo que tanto putazo en la cabeza también les afecta. Así que empiezan a perder el piso…, por ello, y retomando aquí el título de la investigación “La situación del héroe degradado en la novela “Con la muerte en los puños” de Pedro Ángel Palou, es como me doy a la tarea de iniciar un proceso de investigación, que, mediante mitos (como el del rey midas, o el mito de job), me permitan llegar a la conclusión, con base en el personaje central de la obra “El Baby” Cifuentes, a: por qué los boxeadores siempre (en la vida real y en la liteararia) terminan todos igual, en la pobreza, locos, solos y sólo con el anhelo de que pudieron ser y no fueron las grandes figuras del deporte mexicano.
Para lograr esto, además de la novela de uno de los narrados más prolíficos en la actualidad como es el case de Pedro Ángel, tendré que buscar los mitos por supuesto, checar algunos datos en el libro Mitologías de Roland Barthes, y acercarme a los textos teóricos de la construcción del personaje, entre algunos de ellos están Greimás, Vladimir Proop, Luz Aurora Pimentel, y quizá Fernando Sánchez Alonso.
Así como la literatura que haya sobre el tema boxístico, donde también resaltan como grandes aficionados y escritores de historias así, Vicente Leñero, Rafael Ramírez Heredia con el Rayo MaCoy, Antonia Mora con Los cuarenta chatos, y Juan Villoro entre otros.
Así, realidad o ficción. El boxeo es un deporte apasionante por el lado que se le mire, ya sea el literario o meramente deportivo. Independientemente que nos guste o no, como el futbol, los toros, la lucha libre y todos los deportes más.
Con la muerte en los puños de Pedro Ángel Palou
Alberto Llanes
Para llegar a obtener el título de tesis que a continuación voy a proponer, como base, tuvieron que pasar primero, algún tiempo, algunas lecturas, y por supuesto, delimitar el tema lo más posible porque era prácticamente complicado, no así imposible, el ambicioso proyecto para titulación que traía entre manos.
En primer lugar, mi situación era abordar todos los deportes (que a mí me gustaran y con los cuales me sentía identificada y hubiera material literario para trabajar), para la hechura de la tesis y/o investigación que me llevaría a la tesis final.
Como al final los deportes siempre eran cuatro (que me gustan, no así que practico), pensando en un posible corpus me vi en la necesidad de separar en capítulos los deportes, que por orden de aparición fueron: futbol, béisbol, boxeo y lucha libre, teniendo que dejar fuera el futbol americano, sin duda, el deporte que me gusta más por excelencia.
Al empezar el proceso de crítica de la crítica, y de lectura de material literario para la investigación final. Me topé con la nada, pero complicada situación de que de entrada, el futbol está tocadísimo, leidísimo y criticadísimo. Fueron fojas y fojas de material que nunca iba a terminar de leer por completo. Y aún, menos aportar algo diferente o nuevo, a la tesis de investigación de Alberto Ramos Zaragoza sobre el mismo tema, hecha unos cuantos años antes que ésta, que tocaría además, otros deportes.
La tesis de Alberto Ramos y que está en el centro de lectura de la Facultad de Letras, abarca en todos los géneros literarios y periodísticos, el tema en cuestión. Por lo que hacer algo mínima diferente iba a estar un poco difícil, así salió el futbol de mi gusto central.
Por otro lado, el béisbol salió porque es un deporte que tiene poco interés en el público en general, público literario quiero decir, e incluso para mí, me gusta, pero sólo cuando están en serie mundial y tengo algunas cervezas enfrente mío. De otra forma se me hace un juego demasiado largo en tiempo, y aburrido cuando no hay batazos.
Así el béisbol, el rey de los deportes, salió por completo de mi espectro a deporte a tratar para la investigación que apenas iba a empezar. Aunque encontré buenos escritores de temas béisboleros, Vicente Leñero y Gerardo de la Torre. Habrá más, muchos más, pero como ya no me interesa el tema, que otro haga la investigación correspondiente.
El boxeo lo voy a dejar al último y me brinco a la lucha libre. Por un momento pensé que sería bueno, además de muy mexicanísimo, abordar en una tesis de maestría el material habido y el por haber acerca de este deporte que para muchos es pantomima, pero para otros es la mera onda, tanto para el público televidente como para el que se da cita en un cuadrílatero.
Mis guías en este regusto por la literatura luchística fueron de pronto pocos. Víctor Ronquillo con su novela Ruda de corazón, (en el nombre lleva la penitencia), José Emilio Pacheco cuando en El principio del placer describe una situación verdaderamente de risa que tiene que ver con el pancracio. Y claro, estaba también la autora Lourdes Grobet con sus libros Espectacular de lucha libre, además que en México tenemos a la leyenda máxima de estos menjurjes El santo el enmascarado de plata.
Con este respecto, y sobre este tema, del Santo. El recién finado autor Rafael Ramírez Heredia tiene un cuento dedicado al Santo precisamente, en su libro títulado Otra vez el Santo. Todo esto sería material que sin lugar a dudas me podría ayudar para realizar mi trabajo de investigación. Pero si el futbol es un deporte que no es tomado en serio por la crítica y los que se dicen intelectuales (aún a pesar de los miles y miles de textos serios que hay escritos al respecto), la lucha libre sería lanzar una cachetada con guante blanco y seguir en la irreverencia de antaño.
Al box lo he dejado al último, porque sin duda es el deporte, junto con el futbol, más practicado en México, y con más tradición, y el que ha dado a grandes leyendas. “Mantequilla” Nápoles, “Púas” Olivares, Julio César Chávez, entre otros, claro que también ha dado a grandes payasos del cuadrilátero Héctor “Maromero” Paez, por ejemplo.
Sin embargo, en justas olímpicas, el boxeo está catalogado como el deporte que más medallistas tiene para México, junto con la marcha (caminata). Es también, el deporte que se tiene en el olvido, como la marcha, es decir, es el deporte en el que más se le tiene que sufrir por parte de quien lo práctica. Tiene además, en su tradición, una serie de textos literarios Las glorias del gran “Puas”, de Ricardo Garibay, por ejemplo, como grandes filmes del cine de oro mexicano. Y ahora, actualmente, en una contribución verdaderamente importante, el documental dirigido por el actor juvenil Diego Luna que ha titulado simplemente Jota Ce Chávez, en honor, a quien honor merece. Nuestro campeón.
Otra particularidad del boxeo es la degradación de los ritos, la belleza, y hacer mundano algo que es sagrado. Con ello me refiero a la actitud que toman los boxeadores ante tanta gloria, ante tanta fama que les cae de pronto.
La mayoría de los boxeadores empiezan sus entrenamientos de sparings, es decir, viven de los guamazos que les dan otros. El lugar donde entrenan esos otros se llama chiquero, o redil, encierro o establo, ahí, de entrada, ya está la degradación del ser humano. Posterior de ser sparring de otros, el boxeador tiene que demostrar habilidades en ataque y defensa, agilidad en piernas, movimientos rápidos, relajación, respiración, y sobre todo, fortaleza, aquí se encierra todo lo que tenga que ver con la condición física, porque hay que tener en mente que son (en peleas oficiales) doce rounds de tres minutos cada uno, por uno de descanso. Así que el desgaste físico es impresionante.
Cuando un boxeador está debidamente entrenado empieza su ronda de golpes por la vida, los que tiene que dar, pero aún más, los que tiene que recibir. En los carteles el chamaco (sobrenombre muy utilizado en el gremio), se publicita siempre en la última posición, que al final termina siendo la primer pelea de la noche. Todos quieren ver al campeón mundial (peso que sea), hasta el final.
Si el chamaco en verdad es bueno puede ir subiendo de escalafón hasta ganas posiciones y poder enfretarse con un rival de talla, y porqué no, pelear por el cinturón tal el campeonato cual, de peso tal, en la rama cual etc., en un golpe de suerte el chamaco puede estar, en poco tiempo, ganando los miles de pesos, los millones por qué no.
Y como dice el refrán: el que nada tiene y llegar a tener, loco se quiere volver. Así la nefasta existencia del boxeador. De pronto se ve rodeado de lujos, de vinos, de drogas, de mujeres, de placeres, y se da la gran despilfarrada de su vida. Yo creo que tanto putazo en la cabeza también les afecta. Así que empiezan a perder el piso…, por ello, y retomando aquí el título de la investigación “La situación del héroe degradado en la novela “Con la muerte en los puños” de Pedro Ángel Palou, es como me doy a la tarea de iniciar un proceso de investigación, que, mediante mitos (como el del rey midas, o el mito de job), me permitan llegar a la conclusión, con base en el personaje central de la obra “El Baby” Cifuentes, a: por qué los boxeadores siempre (en la vida real y en la liteararia) terminan todos igual, en la pobreza, locos, solos y sólo con el anhelo de que pudieron ser y no fueron las grandes figuras del deporte mexicano.
Para lograr esto, además de la novela de uno de los narrados más prolíficos en la actualidad como es el case de Pedro Ángel, tendré que buscar los mitos por supuesto, checar algunos datos en el libro Mitologías de Roland Barthes, y acercarme a los textos teóricos de la construcción del personaje, entre algunos de ellos están Greimás, Vladimir Proop, Luz Aurora Pimentel, y quizá Fernando Sánchez Alonso.
Así como la literatura que haya sobre el tema boxístico, donde también resaltan como grandes aficionados y escritores de historias así, Vicente Leñero, Rafael Ramírez Heredia con el Rayo MaCoy, Antonia Mora con Los cuarenta chatos, y Juan Villoro entre otros.
Así, realidad o ficción. El boxeo es un deporte apasionante por el lado que se le mire, ya sea el literario o meramente deportivo. Independientemente que nos guste o no, como el futbol, los toros, la lucha libre y todos los deportes más.
Thursday, April 26, 2007
De cómo Hipócrates me tuvo en su seno
De cómo Hipócrates me tuvo en su seno
(Literalmente de la A a la Zeta)
Alberto Llanes
A
Mi entrada al Seguro Social la hice por la puerta grande. Aunque en realidad fuera la pequeña. Lo que quiero decir es que todo lo hago a lo grande, y que en realidad entré por el área de urgencias (que como se sabe, su entrada es más pequeña que la entrada principal).
La situación se complicó. Justo en la mera finalización de las vacaciones de Semana Santa, un dolor agudísimo (y vaya que el calificativo lo puse yo antes que el doctor en turno), complicó mi existencia y, peor aún, la de mi mujer.
Cuatro y media de la tarde. Comida en familia. Menú: enchiladas suizas. Finalización. Recogimiento de los muertos. Gelatina de postre. Acostamiento (en compañía claro está), en la cama para hacer el reposo de la comilona. En el televisor: Son de Mar, película estelarizada por Jordi Mollá y Leonor Watling y dirigida por Bigas Luna, y basada en el texto original de Manuel Vicent, daba inicio.
Bien hasta ese momento. Hasta que un pequeño dolor de estómago intranquilizó mi zona abdominal. Lo normal -pensé-, una simpleza de naturaleza básica. Igual un analgésico combatía el dolor en la zona. Quizá un sal de uvas. No lo sé. En fin.
Seis de la tarde rumbo a la casa de mi amada. Una parada rápida en un Oxxo para comprar sal de uvas, porque el dolor, después de la película no se quitó. Antes, una parada más en una librería nueva por la V. Carranza, justo al lado del Oxxo. Ahí, una nueva amistad (aunque no sé si le pueda llamar así), más bien, una nueva conocida que resultó ser hasta escritora para niños. Mónica no sé qué. Dependienta a la vez, de ese negocio.
Una tarde novelera (dramas de la televisión). Dolor después de tomar sal de uvas: igual, cuasi en crescendo podría, me atrevería a decir. Mi mujer preocupada porque esto no cesaba. Pasado un tiempo me asestó una nueva píldora para la infección, que supondríamos podría tener. Muchos besos y abrazos y el dolor no se quitaba, pero al menos, se olvidaba tantito.
Noche. Corte a… dormir… Otro sal de uvas porque este pinche dolor no pasaba. El presentimiento de algo más grave venía y se iba de mi cabeza. A decir verdad, este dolor ya lo había sentido antes, y no ha mucho. Acostarme en la cama para ver si ahora sí, con este nuevo sal de uvas pasaba el dolor. Más besos y abrazos y nada, el dolor se iba intensificando. Pero poco a poco. A veces no lo sentía, a veces sí. Mi mujer no me decía pero estaba preocupada. Yo… sudando… a veces, y con la playera fatídica puesta, una gris con azul que dice Nike. Dice, más no es…
Pasar la noche casi en vela. Despertar cuando esto se agudizaba. Ir al baño y pasar horas y horas (es un decir pero sí mucho tiempo), y nada, sentir las tripas por dentro deshacerse. Pelearse las entrañas. Algo que ya no era un simple dolor de estómago chingando a su madre. Así, con esas palabras, con tal altisonancia. Mi mujer a pasar muy mala noche. A preparar un brebaje a base de limón, agua y sal para la jodencia. Pero no, ya no era la panza (estómago). Era otra cosa. No lo sabía, lo sentía.
B
Ir a dormir un rato al sillón para poder moverme todo lo necesario sin molestar, inquietar o despertar a mi amada. Un rato libre de dolor. Pasado un tiempo, con más agudeza, el dolor se acentó (dijéramos en términos populacheros). Regresar a la habitación de ella (bellísima) sólo para inquietarla más. Pinche noche (vaya la cacofonía) eterna. Caminar por la estancia doblado era constante. El baño y sus minutos también eternos. Caminar lento. Paso dobladísimo. Agarrado con manos trémulas (como el resto del cuerpo) de un área sabida y dolida.
Masajear esa masa estomacal para calmar el dolor. Nada. Acidez, agruras, indigestión, no los tenía. Sólo ese pinche dolor que me daba en la zona baja derecha, justo a un lado del área estomacal, como si fuera dolor de caballo, pero agudísimo, en la zona blanda. Pensamiento a mil por hora. ¿Qué podrá ser? Respuestas al por mayor: riñón; descartado, hígado; me dolería en la espalda, colon inflamado; podría ser, gastroenteritis; muchas posibilidades, apéndice; ni por aquí me pasó (sujeto endeble tocándose la frente). Y es que de haber estudiado medicina… pero el haber no existe, y el dolor sí. Existía, era latente.
Ahora sí, ya chingué. Dolor ido. Esfumado. Acostarse en la cama. Una duda, acostarse en la cama con dificultad. ¿Porqué?, airo nou. ¿Cómo te sientes? -dijo mi muñeca-. Poco mejor -espeté-. Acostarme ahí, en su lecho, con ella bellísima a mi lado. Nada mejor para calmar el dolor. Nada. Un tiempo después arremetió con fuerza. De cinco punto seis grados en la escala de Mercally, para subir a siete punto ocho en la escala de Ritcher.
Agua salada (pobres de los Tigres del norte por la pirateada), rodando por mi sien. Mala, muy mala noche para mi reina. Primera vez que me dijo que si quería ir al seguro. En lugar de responderle sabiamente pregunté la hora. Las cuatro y fracción. Le dije que ya había pasado el dolor. Que estaba mejor, esperaba ¿qué?, no lo sé. La mañana quizá, desayunar fuerte quizá, una barbacoa de la Jiménez quizá, una cerveza bien fría, quizá.
Alejandra dándose la vuelta para seguir dormida. Si necesitas algo me despiertas -dijo-, Claro mi amor. Se baja momentáneamente la luz y se cierra por una fracción de segundos el telón. Madrugada siniestra, creo creer. Soñar con nada porque el dormir fue básicamente poco. Vade retro. El dolor ahí, friegue y friegue. Piernas dobladas para sentir lo menos. Mujer al lado bellísima, con las manos levantadas rumbo a la cabeza y durmiendo a gusto, como me hubiera gustado dormir a mí, quizá.
Mente trabajando. La incógnita aún sin despejar. Equis más ye igual a. Resultado fallido, nada podría haberme caído mal. Alcohol muy poco en esos días. Cigarro prácticamente en el olvido. Comida hasta eso nada mal. Un poco tóxica, pero nada que el estómago de un hombre no lo soporte. Frituras, papas caseras verdes, las favoritas del enfermo, nada, sin probarlas desde hace tiempo. Fraude electoral que alterara esas terminaciones estomacales, no, las próximas elecciones aún están lejos. Moverse en la cama de un lado para otro. Peor o casi comparable con el insomnio. Virgilio Piñera en esos momentos ni me vino a la mente.
Movimiento en la cama no sé si frenético. Luego de dormitar, claro. Ponerme de pie con la misma dificultad con que me acosté. En ese momento, la voz de mi amada volvió a insinuar la ida al Seguro Social. Esta vez volví a contestar preguntando la hora. Las seis y media, me dijo. Sí, yo creo que sí. Le contesté. Y con paso como de viejito, desplazarse a la que iba a ser mi primera operación. Quién lo iba a decir.
C
Seis y media a eme. El calendario marcaba el día catorce, del mes de abril. Viernes para acabarla. Viernes de antro, de bar, bebeviernes, pues. Yo, paso lentazo, saliendo de domicilio conocido, doblado aún. Rumbo al matadero. Lo único bueno de todo eso. Alejandra.
Camino rumbo al Seguro poco transitado. A esa hora, en vacaciones. Sólo a mí se me ocurre enfermar. Llegar al nosocomio casi como he llegado otras veces. La diferencia, el enfermo era yo. Caminar la rampa de bajada para ingresar por urgencias. Pensar que igual podría estar hasta su madre de lleno. Verificar que no era así. Raro. A esa hora, el Seguro no descansa. Lo sé desde cuando llevamos a un amigo, en viernes, sábado ya, roto de la cabeza, a consecuencia de dos botellazos que le dieron unos borrachos. Nosotros estábamos a esa hora rezando en el santuario. Total, son cosas que pasan. El amigo sólo iba, ya cocido, por una incapacidad.
El supón de que el Seguro a esa hora estaba cuasi vacío fue simple. Todos, los felices vacacionistas estarían aún en las playas. Y yo, jodido. En viernes, y en un hospital. Ser el único, o el primer inquilino en ese lugar tiene sus ventajas, máxime si es tan de mañana. No tiene uno que esperar a que se le reviente el apéndice (cosa que al final pasó, y que aún, a esa hora, no sabía que se trataba del apéndice), y que los doctores vengan descansaditos a trabajar, lo atiendan mejor y sepan qué pedo con la vida de uno. Así pasa. Así es.
La dependienta, si se le puede llamar así. Una señora pasada en años y en kilos y en agua, me atendió acomodándose las gafas y dejando de chismear los chimes tan de mañana con doctores y enfermeras. Entre carraspeos agudísimos (como mi dolor), y entre tacs tacs tacs de un mamotreto de máquina de escribir, antigüisíma, ipso factum me pidió generales y credenciales. El dolor apenas me dejaba oír, pensar, actuar, mover, saber y cualquiera de esos verbos de movimiento.
Casi entre carraspeos (ahora míos), busqué en la bolsa del short mi cartera, y extraje lo que me pedía el mastodonte de mujer. Y ¡oh! sorpresa (para que me hacía pendejo si ya sabía), no llevaba la tarjeta del Seguro Social. Pero sí mi credencial de trabajador y de la escuela. Situación que me salvó porque en ellas venían los números de dicha dependencia, que me acreditaban como su derechohabiente.
Eché una mirada rápida al lugar. En diversos colores había, pegados en una hoja de papel, los padecimientos que eran de verdadera urgencia. El mío, a vista de mi amada Alejandra, era el cuarto de cinco. Es decir, no era tan urgente como pensé. Uno puede llegar muriéndose y morir ahí. En efecto, mi dolor no eran tan eufórico, pero dolor con dolor se paga y se pega.
Bajo la consigna de: SEAMOS AMABLES, pegada por ahí, en algún lugar del ventanal que me separaba de mi mastodonte del Seguro, pensé que todo estaba en calma. No me exaspero rápido, pero cuando me hacen enojar cuidado. Entonces, fui amable, mulamable. Digamos.
Luego de un tecleo que creí interminable, y tras un informe cuasi detallado de quién chingados era, a qué me dedicada y qué hacía a esa hora ahí, el mastodonte me preguntó que cuál era mi clínica. Mmmmta madre, uno con el dolor a cuestas, a esa hora, anda en la pendeja. Hasta ese momento ignoraba que fuera yo el poseedor de una clínica del Seguro Social, el sueño yo creo de muchos derechohabientes, yo me supongo.
Entonces, entre carraspeos otra vez míos, le dije al mastodonte que la clínica en la que me encontraba era sin duda la mía. El mastodonte se me quedó viendo como con cara de noquierasvermelacarademastodontemuchachitopendejo. Y me dio de pronto la espalda acomodándose antes gafas y la celulitis en esa silla móvil. Claro, antes hizo un gruñido mastodónticamente y chin chin chin, tecleó un teclado suave, para voltear de nueva cuenta subrayando que mi clínica era en efecto la 19, que a decir verdad, ignoraba que existiera una clínica de esa calaña, con ese número y, por cierto, en dónde quedaba ese lugar, incógnitas que, bueno, iría descubriendo en el transcurso de esa patética operación.
D
Una punzada punzó (vaya la repetición), en la zona que no había dejado de agarrarme desde mi entrevista con ese mastodonte. Mi mujer estaba a mi lado sujetando sus llaves, tal vez el móvil, y el monedero, pendiente de esa entrevista, claro, ella estaba bellísima.
Voltear a ver a mi mujer y luego al mastodonte era para que ahí mismo me diera un infarto. Una guapaza, otra mastodónticamente secretaria del Seguro Social, investida en un traje verde y blanco. Un sudor frío (aunque hacía algo de fresco), recorrió todo mi corpacho. Pensé que no me iban a atender, hasta que el mujerón que estaba del otro lado de ventanal (del portón dijera Ramón Ayala), dijo, eso sí, mulamablemente como yo lo había sido antes, y con su voz mastodóntica, en tanto me regresaba una papeleta y mis credenciales: ESPERE A QUE LO LLAAAAAME EL MÉDICOOOOO.
E
Una sala de espera a tamaña hora, para dos personas, es una sala enorme y fría. Yo, dobladazo de dolor, que a decir verdad, conforme clareaba el día se iba haciendo menos. Ella, mi reina, doblada de sueño. El doctor, doblado de lentitud, en el letargo madrugador de un paciente con dolor abdominal. Que él no sabía pero yo sí.
La espera con dolor se hace eterna. Un segundo puede ser un largo minuto. Un largo minuto se vuelve lento, lentísimo. El contacto físico de la mano de mi mujer calmaba un poco la insatisfacción de estar a esas horas ahí, y el estrangulamiento que sentía en la zona afectada. Mi diagnostico en ese momento era que: presentaba un cuadro agudo de gastritis, y que con una inyección triple podría salir rápido y a gusto de ahí, claro, inyección intravenosa, para que el efecto sea detonante, rápido y hasta provocador de sueño. Mi dosis en ese momento: la que el médico señale, la que el dolor permita y la que el paciente aguante.
En eso estaba pensado, apretando estómago y todo lo apretable que se pudiera apretar, incluyendo la mano de mi Alejandra, cuando una puerta se abrió de par en par, de uno de los consultorios. Posterior, una luz, una enorme luz (si enorme puede tener de calificativo la luz), iluminó el lugar. Nunca he creído en que seguir una luz cuando estás dormido te mande al otro mundo, al de los muertos, pero por las dudas, en esta ocasión tampoco la iba a seguir. El doctor hizo acto de presencia, pronunció mal (como siempre) mi nombre (mi apellido), y me dijo que pasara a sus fauces. No me detuve a ver si el médico tenía colmillos o no. Porque iba doblado caminando. Así que, pasé.
F
Lo primero que el médico hizo fue decirme que me sentara en una silla y que le dijera porqué estaba ahí. Lo primero me costaba un buen de trabajo, lo segundo fue saliendo como he dicho en esta crónica. Paso a paso. Detalles menos, detalles más. Ipso facto me hizo levantar de ahí y me pidió que me subiera a la camilla. Labor que estaba igual de peliaguda, porque la camilla estaba separada del piso a una altura considerable. En tanto me subía a la camilla, el médico entre tacs tacs tacs de otra máquina de escribir igual de antigua que el resto de las máquinas de escribir de ahí escribía quién sabe qué cosas.
Se acercó hasta a mí pidiéndome que me levantara la playera que llevaba, una azul y gris con vivos en rojo que decía Niké, decía, más no era. Ni siquiera me invitó un trago ni nada, sólo pidió. Obedecí porque el dolor volvía a punzar la zona en cuestión. Duele eso, Preguntó, No, Duele aquí, Insistió, Sí, Duele esto, volvió, Sí, Duele acá, Prosiguió, También, Se expande el dolor a la espalda, Cuestionó, Sí, Cuando toco, preguntó, o cuando suelto, En ambos casos dije. Esto va a estar frío, Dijo, Sí, contesté. Puse su estetoscopio en mi estómago, Qué pretendía oír, Pensé, Quien sabe, pero el aparato era frío, es verdad. Tomó mi presión, tomó mi temperatura, siguió palpando la zona, lado izquierdo no dolor, lado derecho, dolor con agudeza en la espalda, o repercusión. Bien, Dijo, Bájese, es alérgico a algún medicamento, Nariz doc, a nada soy alérgico, Bien. Fue a sentarse a escribir.
G
Antes de incorporarme por completo de esa camilla, el médico volvió a mí con un buen de hojitas y hojones en la mano que me entregó. Y luego de cuestionarme sobre quién era y qué parentesco tenía la chica que estaba esperando afuera. Me dijo que tendría que ir a hacerme unas radiografías, que me iban a poner suero y que me iba a quedar un rato en observación. Total, que si le quería avisar ese era el momento. Salí por donde había entrado. Alejandra seguía ahí, a la espera de. ¿Qué dijo el médico? -cuestionó-, Que me voy a quedar, me van a sacar radiografías, poner suero y estar en observación. Te espero o paso -preguntó-, Espérame, no creo tardar. Bien.
Y fue la última vez, hasta después de varios días, que vi la calle, o casi la calle.
H
El servicio interno del Seguro Social parece un laberinto. La sala de rayos equis está medio escondida. Seguí las instrucciones de los letreritos verdes, y al fin vi: SALA DE RAYOS EQUIS. Seguido de una instrucción que decía: CUANDO LA LUZ ESTÉ EN ROJO, NO PASE. No pasé, la luz estaba roja.
Un médico se topó conmigo en ese punto. Vengo a la sala de rayos equis, Dije, Bien, ya que termine el doctor se le va a hablar, siéntese mientras, por favor, Ok, Contesté. Minutos después. Oí, otra vez mal, pronunciado mi nombre por el señor que me iba a tomar los rayos equis, que no sé si le pueda llamar doctor o no, porque traía un suéter estilo jerga, pantalón de mezclilla, cabello cano, y si me pongo exigente, su parecido con Carlos Monsiváis era familiar. Póngase así y asá y allá y no respiré, dijo, y Crash, la primer diapositiva, Acuéstese aquí y póngase así y no respire, y Crash, la segunda diapositiva. Espera afuera y ahorita le doy su material. Gracias, dije. Y me fui. Así de rápido.
I
Con las radiografías en la mano, fui al mostrador de urgencias. Ahí me topé por primera con el que después sería el doctor que me iba a conocer cómo soy por dentro (en las vísceras), seguía con un montón de papeles y papelitos en la mano, que le extendí al médico que después supe que se llamaba de apellido Ballesteros. Leyó, hojeó, me miró. Otra entrevista sobrevino. Pronunció (como ya es costumbre), mal mi apellido. Se quedó con el papeleo, fue con una enfermera y me dijo que me iban a poner suero. Sí, ya sé lo que es eso. La enfermera regresó con algo verde en la mano. Me señaló el baño, me dijo que me pusiera esa bata y que me acostara en la cama número seis. Todo lo hice muy bien, menos ponerme la bata, porque habría que desnudarse y yo me la puse con todo y ropa. Fui entonces al baño, le marqué a mi mujer para que si quería entrar que entrara, y le marqué a mi mamá diciéndole que estaba en el Seguro, enfermo de enfermedad ya sabida. Salí del baño desnudo (con la bata puesta claro) y con paso lento, ubiqué la cama seis y como titánica labor me subí, me acosté, y me dejé manipular. Al ratito llegó Alejandra, y todo fue miel sobre hojuelas, excepto el piquete que tenía en la mano izquierda, con senda zonda de suero que no dejaba de bajar. Cuarenta y dos gotas por minuto. En tanto Ballesteros examinaba y examinaba las radiografías que le dejé junto con los demás papeles, a lo lejos.
J
Ni hablar. Ni los besos ni abrazos de mi amada, ni el mendigo suero lograban quitarme el dolor. Mi madre estaba en camino. La hora la desconocía en ese momento. El suero seguía bajando. El aire acondicionado frío. Yo estaba a toda madre, acostadito, tapado, con sueño, a excepto por lo que iba a venir. Pero mi Alejandra no, sentada, con frío y también con sueño. Pensé que terminada la botellita del suero, vía intravenosa el dolor iba a pasar y podría irme a casa. Las radiografías sí, las vi, pero… quién le entiende a eso, sólo se ven huesos y cosas de esas, que a la distancia todos parecen igual y se ven bien.
Enfermeras y médicos llegaron a verme. Todas y todos palpaban mi estómago. Con lo que gusta que me toquen esa zona, a excepción de mi amada que puede tocar lo que ella quiera. Duele esto, Y el putazo no se dejaba esperar, Sí, Duele estotro, Y otro madrazo en la panza, Sí, Cómo chingaos no, Casi iba a decir, pero no, me acordé del letrero del mastodonte: Hay que ser amables. Fui amable. Pues.
K
Doctores iba y pasaban y no podía salir de ahí. El dolor en efecto ahí seguía pero ya no era para tanto. Alejandra y mi mamá platicaban de no sé qué cosas (detalles que ahora no recuerdo, no logro hilvanar). La piel de mi mujer estaba fría, chinita, y yo postrado en la cama sin poder abrazarla, sin poder hacer nada, inutilizado e inutilizable. Me estiraba tantito y el suero me lo impedía. Me volteaba para un lado, y el suero me lo impedía. Caray. Toda una calamidad, y el dolor agazapado como mi rana, como yo mismo (dijera ella), lo sentía en el fondo, o luego de un movimiento brusco. El sueño y el suero hicieron mella de mi cuerpo. Mi madre le pidió a mi chica que se fuera a descansar, porque tenía mucho frío y sueño por la mala noche que le hice pasar. Luego de un beso y con la consigna de que me mejorara, mi amada dejó el nosocomio para hacer lo propio, dormir. Todo el esfuerzo me había aletargado, hasta que me quedé completamente dormido sin saber qué hora era.
L
Es increíble como no pasa el tiempo cuando uno está en el Seguro. Luego de dormitar por no sé cuántas horas. Mi madre a mi lado hacía lo mismo. Dormir. Cuasi como Mum-Ra, en los Thundercats, estaba yo con las manos en el pecho, como en sarcófago, sólo faltaba que lanzara la consigna ya sabida: Antiguos espíritus del mal… transformen este cuerpo decadente… en Mum-ra, el inmortal.
Y al notar esa calma aparente del Seguro Social en el área de urgencias. Manos cruzadas en el pecho, posición rectísima del cuerpo. No quería hacer otra cosa que volver a cerrar los ojos. La hora todavía no la sabía. De seguro las once, once y media. Caput. El tiempo, el tiempo en el Seguro se hace eterno.
M
Un movimiento (no lo puedo llamar brusco), pero sí suficiente como para despertarme, me despertó. Mi madre estaba despierta a mi diestra. En tanto, en mi siniestra, una enfermera me tomaba, por segunda ocasión, la presión y la temperatura y me sacaba sangre para su análisis. En tanto le dejaba a mi madre un frasquito de vidrio, para cuando tuviera ganas, lo hiciera ahí. También para su análisis.
No puedo precisar cuántos doctores fueron a verme, a palparme la zona afectada. A pegarme incluso, a hacer movimientos con los pies para ver si dolía, y nadie daba su diagnostico. Sólo hacían apuntes. Se acomodaban las gafas (los que usaban gafas), se movían, verificaban mi peso. Mi presión, mi temperatura. Mi madre y yo nos quedamos estupefactos ante tales acometidas. Yo, nada podía hacer, impedido por un frasco enorme de suero que aventaba cuarenta y dos gotas por minuto. Calor por cierto no tenía, ya he dicho que el clima estaba perfectamente, más, creo, de lo que debería estar, porque a esa hora, luego de creer que ya serían las seis de la tarde no, oh sorpresa, apenas eran las dos, los pies empezaban prácticamente a punto de congelarse. El último reporte de los doctores, era que el doctor Ballesteros iba a ser el mero mero. De qué, no lo sé, no lo sabía. Después supe que iba a ser el mero mero que iba a decidir, según mi diagnostico, y análisis, qué iba pasar con mi funesto destino ahí.
N
El teléfono marcaba las dos de la tarde. Por enésima vez, el tiempo no pasa. El tiempo es eterno. La hora de la comida llegó. El suero, junto con otro medicamento, iban poco a poco cayendo, entrando a mi cuerpo vía venoclisis.
Ya había pasado la mañana sin probar bocado. Creí entonces que lo podría hacer. Tenía dolor, sí, pero también tenía hambre. La última comida que había hecho había sido al día anterior, a las cuatro de la tarde. En dos horas más, casi se hacía un día que no comía nada. Y en efecto. No comí nada. Las bandejas de comida por el frente mío, la consigna entonces era que yo debía estar en ayuno. Pero la pregunta era, ¿por cuánto tiempo? No lo sé.
O
Todo siguió igual. Patéticamente igual. En el celular puse un poco de música para amainar ese silencio a veces espectral que se siente en las fauces del Seguro Social. Siempre me ha gustado conocer los edificios por sus fauces, hoteles, rectoría, palacio de gobierno, etc., pero el Seguro Social no lo conocía, ni quería conocerlo. Pancho Barraza sonaba en ese momento en el cel.: Haayyy amááááá, cómo, pero cómo duele oigaaaa.
Algunos mensajes sonaron en mi cel., Alejandra preguntando cómo estaba, Alejandra diciendo que si estaba dónde mismo, Alejandra diciendo que al rato que me daba una vuelta, Alejandra diciendo que… seis y cacho de la tarde. Ballesteros salía de una operación. Volvió a mi cada a preguntarme cómo seguía, Bien, Respondí, Pero a decir verdad, cómo se puede uno sentir bien estando ahí, prácticamente sintiéndose inútil, acostadote, con suero en una mano, con un dolor que nadie sabía decirme a ciencia cierta de qué se trataba, en el hospital, y con la incógnita de no saber nada.
El médico volvió a lo suyo, a palpar, a acomodarse las gafas, a hacer anotaciones, a exasperarme, a no decir aún nada, a preguntar si dolía, a escuchar la misma respuesta, a volver a tocar la zona, a voltear a ver a la enfermera, a voltear a ver a mi madre, a voltear a verme a mí. Hasta que por fin, y después de mucho, se decidió y lanzó su diagnostico. Pues traes los síntomas claros de una apendicitis aguda. Todo nos lleva a pensar en eso, son los síntomas básicos, y pues no se quita con otra cosa que no sea… y en sus labios apareció la palabra que ya me temía iba a escuchar… OPERACIÓN.
P
Cuando uno es primerizo (en lo que sea), uno se pone nerviosón. La palabra operación sí, me puso nervioso pero venga, lo que fuera con tal de estar bien. Con letra cuasi temblorina por el suero que tenía puesto en la mano derecha, firmé los papeles de aceptación de la operación, que dicho sea de paso no alcancé a leer del todo bien, porque faltaba un poco de luz. Sólo firmé. Sólo plasmé la rubrica y que pasara lo que tenía que pasar. A esa hora de la tarde ya Alejandra estaba de vuelta conmigo. Y la noticia de la operación, ya era sabida. Los médicos empezaron a hacer todo lo indispensable para la cirugía. Pero compartiendo en lugar con miles de enfermos. Quirófanos no había disponibles, quizá en la madrugada decían. Total. La metida de cuchillo era inevitable. Dolor tenía sí, pero hambre también. Llegó la hora de la cena y pensé que podría cenar… pero no, pase usted señora comida, que el paciente Llanes esta noche (y todo el día) no va a probar bocado porque ya está muy gordo y porque lo van a operar. El ayuno seguía viento en popa. El dolor no me quitaba el apetito pues. Las tripas de la panza comenzaban a chillar. En fin. Maldita operación, maldito dolor.
El viernes, en un hospital, no se siente el trajín de la calle, que a esa hora estaría alistándome para ir a bariar. Una cerveza bien fría tenía de imagen en la cabeza. Pasarla bien. No estar ahí postrado enfermo, con enfermedad sabida y por saber. Mi Alejandra me decía detalles de su operación. Que había sido incluso por esa misma fecha. Abril (funesto para mí), que se sentía así y asá, que le habían quitado algunos quistes en el ovario, que oyó al doctor que decía al momento de cerrar la herida, uno para arriba uno para abajo, que el médico, al verlo, no das un quinto por él, pero es al que le tiene mucha confianza, que su operación fue así y asá, que ella soportó mucho dolor, porque pasó varios días así, que la cicatriz de su cirugía no se notaba, que nada iba a pasar, que todo iba a estar, etc., yo, con su mano tomada, me resignaba a esa operación. Creí morir sin ninguna rajada, pero bueno, siempre hay una primera vez para todo, dicen por ahí. Y esta era la primera vez que me iban a meter cuchillo.
A esa hora mi familia entera (la de Colima), estaba ahí, mi tía Coca, mi papá, mi carnal, mi cuñada, mi madre, ahora, también, mi mujer, mi tría rosita, mi tío Miguel que dicho sea de paso, cómo agradecerle todo lo que había hecho esta al momento, y todo lo que aún iba a hacer.
Q
1.- Mi mujer se fue del seguro pasado un buen rato (la hora no la recuerdo), iba con la consigna de ir a Tecomán y mandarme mensajes desde allá. Besitos actuados y besitos reales y se fue.
2.- Mi familia se fue porque todos tenían, al otro día, sábado, cosas qué hacer, la mayoría trabajar, por ejemplo y mi carnal hacer sus cosas de sábado
3.- Ahora estoy recordando otro hecho. Cuando mi carnal entró a verme, estaba yo acompañado de mi amada que llegó con un suéter negro para el frío y estaba sentada a mi diestra. Un señor que había tragado carnitas estaba funestamente más mal que yo, vomito tras vomito. La risa que tuvimos en ese momento fue espectacular.
4.- Mi tía también llegó a verme, Qué te van a operar, Sí, y mi Alejandra contándole ahora a mi tía, los detalles de su operación. Todos coincidían en que iba a estar todo bien. Yo también, pero la pregunta era, ¿a qué horas?
5.- Mi cuñada también entró con la misma consigna, Qué te van a operar, Y el intercambio de palabras entre los tres (Alejandra, mi cuñada y yo), no se hizo esperar. Mi cuñada también contó que la habían operado, que esto, que estotro, y el señor de las carnitas a lo lejos nos ambientaba la charla con su guauuuuuuuuaaaaaxaca, guauuuuuuuuuuuaaaaaaaaaxaca, guauuuuuuuuuuuaaaaaaaaaaaaaaa, guauuuuuuuuuuaaaaaa, pensé que se estaba mutando en espectro del mal, metamorfoseando en plancton, en no sé, lo que sea, que estaba a punto de sacar algo maligno de las entrañas, quizá el hijo del diablo, el Mesías maligno, o que llevaba dentro al anticristo, con todo y cruz al revés, guauuuuuuuuuuuuaaaaaaaaa, y no dejaba de entonar los cánticos vomitales que daban al lugar una música de fondo como la que ponen en los elevadores de las grandes ciudades, para ambientar el momento, en tanto llegamos al piso que tenemos que llegar. La música ambiental en el Seguro es interesante. Chillidos de gente, generalmente niños… ¡ays ays ays!, de otras personas que los lanzan, lloriqueos etc.
6.- Poco a poco caía la noche. De pronto, cuando no se oye música ambiental. El silencio es absorbente, raro, inquieto, con la sensación como que de pronto algo va a pasar, un no sé qué inquieto, un silencio en que nada se oye, o un nocturno en que nada se oye, y mi voz que madura, y mi bosque madura, y mi voz quema dura… (sic) Xavier Villaurrutia.
7.- Mis visitantes se fueron yendo. Todos tenían algo qué hacer. En tanto yo ahí, metido entre sábanas, modelando la moda IMSS. Un incidente me pasó con el frasquito que tenía que llenar de orines para su análisis. Sangre ya me habían sacado. La temperatura y loa presión, me la tomaban cada cambio de turno (que son tres veces). Resulta que el frasco era muy pequeño. Mi madre dijo que orinara ahí, sin moverme, directo… pero me conozco… como que he vivido en este cuerpo 29 años (y dijera Alejandro Lora… y los que faltan), así que pensé, y pensé bien… lo iba a llenar… así que fui al baño (cuando tuve por fin ganas y después de dos botellas de suero). Hice lo que tenía que hacer y el frasco en efecto, se llenó. Pero aún tenía ganas. Apreté lo que tenía que apretar. Me agaché a levantar la tapa del inodoro. Y todo fluyó por donde tenía que fluir y sin más consecuencia. Diría el parte policiaco. Sin novedad.
8.- Cada enfermera que entraba y salía se presentaba con nombre y todo. Creo es una consigna que tienen que hacer. Ser amables. Nuestro contacto enfermos-enfermeras, es el vínculo más cercano y real que tenemos para calmar el dolor. Aunque los pacientes a veces sean medio mal educados. No era mi caso. A todas las enfermeras que me trataron en su momento. Al terminar una curación, una aplicación de algo, lo que fuera, les decía gracias. El letrero del mastodonte seguía y sigue firme en mi mente. SEAMOS AMABLES. A veces el dolor nos ciega, pero las enfermeras no tienen la culpa. Ellas sólo hacen su trabajo. Pero la edad de los pacientes, la enfermedad, la situación, y todo lo demás, puede causar defenestración en los pacientes que a veces descargan en las enfermeras.
9.- La noche no sé cómo pasó. Con tanto desvelo anterior, con tanto trajín, el sueño me invadió. Me quedé dormido pensando que iba a entrar a cualquier hora al quirófano, en cuanto uno estuviera disponible. Así que me dormí. Mi madre hacía idem, en la silla a mi lado.
Tres veces me desperté (Paquita la del barrio dijera Tres veces te engañé). La primera a la una de la mañana… y todo sereno… la segunda (y como relojito), a las dos… porque me tocaba medicamento… la tercera a las tres y fracción… para darme cuenta que seguía vivo, que nada pasaba, y que el guauuuuaaaaaaa del señor de al lado, seguía viento en popa. Dormir boca arriba es patético. No estoy acostumbrado. Igual en la noche me cambio, pero a mí me gusta dormir bocabajo. En fin. La cuarta vez que me desperté, no me desperté, me despertaron. Un señor que venía a mí con una silla de ruedas. Alberto Yañez, Dijo (mal por cierto mi apellido), Es Llanes, Dije, y sí, yo soy, Me lo voy a llevar al quirófano, Dijo, Hay que sentarse en esta silla, Dijo y se fue a entregar unos papeles. Llegó mi hora, pensé. Mi madre ayudó a levantarme, antes tenía ganas de ir al baño, aproveché que el señor de bigotito ralo estaba en la pendeja, y fui a hacer lo que tenía qué hacer. Al regreso, la silla de ruedas me esperaba para ir a la masacre. Me senté. El suero iba cerrado. Me despedí de mi madre y elevé oraciones para que todo fuera bien.
10.- Recorrer pasillos. Meterse por intricados surcos que desconocía del Seguro Social. Ver médicos vestidos de blancos. Sentir frío. Persignarme un par de veces mientras recorría el camino al quirófano. Presentarme con una tal Terisita que me dijo, lo voy a preparar. Uta, me dio nervio, se prepara a los muertos. Ahora sé que también a los que van a operar. Me puso unas botas coquetas. Moda IMSS, verdes verdes, elásticas elásticas, me levanté de la silla de ruedas y me acosté en una camilla, como se sabe, altísima. La teresito dijo que me iba a vendar los pies y se fue… Al poco rato llegó con la consigna de que no. Que vade retro, que siempre no. Que me iban a regresar a la camilla número seis del área de urgencias, porque otra emergencia se les avecinaba. Un muchachito de unos tres… cuatro años… que iba por el mismo problema que yo. Yo podía esperar. Él no.
R
Volver en la misma silla de ruedas a la cama número seis del área de urgencias. Casi pedirle al crear que me regresa las oraciones que momentos antes había elevado. Despersignarme. Descorrer otra vez esos pasillos. Regresar al mismo lugar. La misma orden pero al revés. El señor de bigotito ralo dijo que me trepara otra vez a mi cama (provisional). Una médico, cirujana se acercó con la pena en el rostro diciendo que le perdonara, que si terminaba pronto la operación el muchachillo, ella misma se aventaba mi trompo a la uña. Desandar el camino. Decirle a la médico que no se preocupara, que son cosas que pasan. Apenada, con apenamiento sincero, la médico se fue a operar. Acostarme otra vez en la cama. De cara a las lámparas otra vez. Con al dolor otra vez ahí. Un primer intento fallido. Soledad. Mi madre ni cómo avisarle. Estar desconectado de todo y de todos. Sin celular, sin música, sin poder mandar mensajes, sin platicar con nadie. Aburrisión. Cerrar otra vez los ojos para una nueva oportunidad. Lo que es lo mismo: Second Chance.
S
Despertar con zozobra. Lo primero que ver, al señor de bigotito ralo de nueva cuenta con la silla de rudas. Mis radiografías en la mano. Y la consigna, ahora sí firme, de que se había llegado mi hora. No hay plazo que no cumpla, ni capilla a la que no le llegue su fiesta. Levantarme otra vez. Desconocer la hora. Seguir los mismos pasos que momentos antes… o minutos antes… u horas antes… no lo sé. Sentarme de nueva cuenta en la silla. Con suero en mano, recorrer los mismos pasillos. Ver personas diferentes. Enfermos que se recuperan. Enfermos que duermen. Enfermos que… ¿están muertos?, ya no serían enfermos. Palpitación del corazón. Elevar plegarias de nueva cuenta. Persignarme en un par de ocasiones. Llegar otra vez con la teresito. Listo, Preguntó, ahora sí va en serio, Dijo, Sí, Listo. Quitarme las botas coquetas y ponerme otras, porque ésas ya había tocado zonas que no. Pasarme a la camilla altísima. Acostarme. Poner a mi lado, al niño que momentos antes estaba en el quirófano. Ver de reojo la herida. Escuchar el monótono ulular del aparato que persigue el ritmo cardíaco. Piii piii piii piii piii piii piii, interminable. Esperar, ahora sí en serio, la amenaza de la teresito de que me iba a preparar. Envendar lo que tenía que vendar, pies firmemente cubiertos. Preguntarme si traía calzones. Contestar que no. Iba a rais. Decirme que esperara mi turno. No hacer otra cosa más que ver y oír todo el movimiento antes de… Pasar gente, oír instrumental lavando. Sentirse con un poco de calor por el ropaje. El piii piii piii piii piii del niño a mi lado monotonazo. Escuchar de pronto los lloriqueos y las réplicas de un niño pidiendo a su madre. Llorando a carta cabal y a moco tendido. Ignorar qué podría tener, quién podría ser, porque mi alcance visual no daba para mucho. La médico saliendo con la pena y el rubor, a pedirme de nuevo disculpas, mil perdones, pero no tenía nada que perdonar. Escuchar el tac tac tac tac de una máquina de escribir. Ver a una médico levantarse de una camilla, momentos antes, estaba dormida. Gente pasaba con cosas raras en la mano. Tac tac tac tac la máquina antigüisíma de escribir seguía ambientando el lugar. El piii piii piii piii piii del niño a mi lado monótono. Escuchar que eran las ocho de la mañana. La teresito pasando diciendo que ya mero me tocaba. Ver doctores y camilleros ir y venir. El teléfono que sonaba y sonaba y sonaba y nadie a contestar. El calor que invadía mi cuerpo cubierto por vendas, sábanas y colchita, todo, moda IMSS. Moda del Seguro, al último grito, el Llanes. Cómo es la vida. Días antes estar en Manzanillo de vacaciones con mi amada de compañía, ahora, acostado en una cama a punto de ser abierto. Olvidarse en toda esta narración del dolor. Ver llegar más gente. Cambio de turno. La terisito dando el parte de novedades a su sucesora. Noche terrible. Muchas operaciones. El paciente joven que está allá, y me señaló, ya está listo para que le metan cuchillo, así dijo. En cuanto llegue el cirujano. Asentar la asistonta que le iba a preceder. Caerse unos sueros al suelo haciendo mucho estrépito. Oír más instrumental en proceso de lavado. Correr de agua. Llegar un doctor gordo y hacer mamadas. Llegar una enfermera tomando café. Luego supe que iba a ser la voz de mi conciencia en la operación. Mi anestesióloga. Pasar de tiempo y yo ahí, acostado, sin una pizca de sueño ni de dolor. Todo interminable. La esperar desespera. Pensar en mil cosas, en Alejandra primero, en el trabajo, en la recuperación, en cómo será la sala de operaciones, en todo y en nada, otra vez en Alejandra, en qué mala suerte, en Alejandra de nueva cuenta, en que no se merece esto, en Alejandra, en que me iban a abrir, en Alejandra. Seguir pasando las horas. Despedirse la teresito y quedar con una señora nueva, que llevaba playera ridícula, roja, de animaciones con ositos como para bebé. No inspirarme nada de confianza. Tomarme la presión y la temperatura. Seguir pasando las horas… los minutos… los segundos… Acercarse por fin la anestesióloga, con pañuelo de caritas felices en la cabeza. Decirme que ella iba a estar conmigo toda la operación. Explicarme todo el proceso de su chamba. Alejarse a contestar una llamada telefónica de su celular. Regresar a mí para decirme si tenía alguna duda. La experta es usted, contestar. Muy bien, decir ella. Que tengas mucha suerte, Dijo, Gracias, Contesté.
T
Llegó por fin el médico-cirujano. Quién sería, era mi duda. Ballesteros. Acercarse y decirme que él me iba a operar, que nos deseaba suerte a ambos, y que todo iba a estar bien. Perfecto. Nervio, ni madres, lo único que quería era que yaaaaaa, pasara a la sala y que pasara lo que tenía que pasar. Camillero acercarse de buen humor. Qué pasó mi amigo, así que visitando este hotel, Así es, Qué bien, lo han tratado bien, Perfecto, como no hay otro, Qué bien, en vacaciones siempre es sano venir a este hotel, que bueno que nos visita pues, y qué lo trajo para acá, Una apendicitis, Órale, qué bien, pues yo voy a ser el camillero, le deseo feliz estancia y ojalá nos visite pronto, Sí, todo depende de la atención, que al momento ha sido buena, Qué bien, bueno, me lo tengo que llevar, está listo, Desde las cuatro de la mañana en que me iban a meter por primera vez, Ah qué caray, es que a veces este hotel está a full, no vancy, Sí, así parece, pero qué cómodas camas ¡eh!, Sí, son nuestra especialidad, tanto como la comida, Jajaja… Mover entonces la camilla, quería que me tocara la sala de operación número cinco, pero en ese momento uno no puede elegir. El cinco es mi número de la suerte. Total, entré a la tres. Cambiarme de camilla y subirme a la plancha. La charla con el camillero me había puesto de buen humor, no es que estuviera de malas, pero sí fue mucho tiempo de espera en que se piensan muchas cosas, muchas cosas.
Una enfermera se acercó con un cuestionario interminable, que mi nombre, que mi edad, que mi oficio, que mi grado de estudios, en tanto contestaba los demás enfermeros hacían su trabajo y yo, de cara otra vez a las lámparas, esta vez, una lámpara enorme, qué si era soltero, que si el nombre de mis padres, que si padecían de algo, que si alguien de la familia tenía una enfermedad grave, crónica, supuse (pinches cuestionarios mal hechos), que si mi abuelo padecía o padeció azúcar, que si hipertensión, que si era alérgico a esto, a estotro, que si fu, que si fa, que bla bla bla bla, y al final, que póngase de ladito porque está a punto de perder (me iban a hacer la famosa raquea). Sentir entonces frío, lavado de zona, después, dos piquetes, la del cuestionario interminable tomarme las piernas de una forma muy confianzuda, reposar cuasi sus senos en ellas. Estar adolorido y a punto de ser operado pero sentir sus pechos ahí, en mis piernas. Pensar que uno queda ahí, indefenso, antes uno… dos… tres… cuatro… cinco… y la voz de mi conciencia de enfermeras… el cirujano era el único hombre. Ojalá que no pierda con estos, pensando, procesando. Sentir inutilizadas las piernas en tanto me ponía otra vez, de cara a las lámparas, me ponían una pantalla, el médico se calzaba unos guantes. Y la anestesióloga decía que me iba a semi-dormir.
U
Escuchar sólo el ajetreo de instrumental. Empezar a visionar con la lámpara enooorme que estaba al alcance de mi vista. Oír, en el fondo, a la voz de mi conciencia que decía que sólo iba a sentir frío o calor, y que cuando el médico empezara iba a sentir pellizcos y nada más. Como se sabe de una persona caliente como yo, sentí calor, caliente en todos los aspectos, caluroso, sexual, etc., en efecto, empecé a sentir pellizcos nada más. Sólo pellizcos… y no recuerdo más… hasta que soñando, me imaginé que Alejandra estaba a mi lado. Al momento he dejado pasar un detalle que voy a mencionar justo aquí, porque aquí es donde cabe… Al tenderme en la plancha, me pusieron en la posición de cristo crucificado. Me soltaron el cabello y quizá, muy probable, me hayan quitado la pulsera que tenía en el pie, porque desperté sin ella. Estando como estaba, con los brazos abiertos y muy indefenso ante el ataque de mis enfermeras y médico en turno. Sentí un dolor agudísimo, pero agudísimo en la zona en cuestión. Estaba pues en la ensoñación, imaginando que mi amada estaba a mi lado. Lo que recuerdo, muy vagamente, es que levantaba las manos para hacer contacto con las de ella, pero no, Alejandra no estaba ahí, sólo mis verdugos que me hurgaban con parsimonia las entrañas. El intento de levantar la mano para toparme con la de mi amada lo hice varias veces, según la voz de mi conciencia. Y que muy probablemente, me iba a doler con frenesí el hombro por el esfuerzo vano de tocar la mano suavísima, blanquísima, amorosísima de mi amada Alejandra.
V
Entrar consiente y salir consiente de la sala del quirófano. Esa fue mi consigna. Incluso despertarme a media cuchillada. Escuchar que mi anestesióloga decía que ya mero iba a terminar aquello. Escuchar una cancioncilla de Luis Miguel a lo lejos. Si estuviera Irene en este momento, diría que ese güey me persigue doquiera que voy. No sentir prácticamente nada en la zona en cuestión al según la voz de mi conciencia el médico estar en el proceso final, el de cierre, el de sutura. Despertar ahora sí del todo. Indicarme el médico que todo había salido bien, y que me tenía que pasar a una camilla que estaba a mi lado, con codos y piernas, dijo. Hacer el movimiento y postrarme en la camilla. Camillero singular volver a hacer bromas. Que si me hice la lipo en este spa de lujo. Soltar una leve carcajada y el camillero decir que no, que aún no estaba listo para reír. Dejarme entonces en el mismo lugar de antes. Niño a mi diestra ya no estaba. Hora del día. Lo ignoraba. Incluso, ignoraba el día. La de los ositos seguía ahí. Suponer entonces que eran antes de las tres de la tarde, hora en que hacen el cambio de turno. Preguntarme que cómo me sentía. Tomarme presión y temperatura. Hacer anotaciones en un cuaderno lunar. Porque estaba forrado de lunitas, cuartos menguantes, lunas llenas, cuartos crecientes y lunas nuevas. Prender ella un foco y ponermelo cuasi en la zona, tapada con gasa, sábanas y colchas moda IMSS, no sé para qué. Decirme que me iban a asignar una cama para recuperarme, y que mis familiares ya estaban enterados de mi situación y de cómo había salido todo. Perfecto.
De nueva cuenta, el camillero singular llegó diciendo que me iba a trasladar a mi cama. No sé cuánto tiempo pasé ahí, en observación a la reacción de la operación (vaya las terminaciones en on con acento en la o pero así es). Ir otra vez de cara a las lámparas por pasillos hasta la entrada a quirófanos. Desandar el camino andado para pasarme a otra camilla con la que me iban a sacar de ahí. El camillero con sus bromas, qué espero que haya tenido una feliz estancia, y que ojalá, vuelva pronto, que no dejara de pasar la propina, y que estamos para servirle. La pendeja de la anestesia todavía la entrada en alta. Sólo atiné a reír, pero el dolor de la barriga me lo impedía (hasta eso me impedía la operación). Volver por pasillos que ya reconocía. Salía a la luz natural, después de tanta luz artificial. Ver por fin a mi madre que me decía… ¿ya, cómo te sientes?, responderle que de la chingada nada más cuando reía, Camillero singular proponer, como en la película de Pedro Infante (que por cierto, habían transmitido la semana pasada) contarme chistes para hacerme reír, a punto de contestarle, Qué desgraciado eres, cuando la cama número 70 estaba a la vista.
W
Pasarme, de nueva cuenta a la cama ya por fin. Otra vez, con la ayuda de codos y piernas moverme cual víbora. Hasta caer a la cama donde pasaría del sábado al martes (tres funestos días). El suero en todo lo alto. Mi madre a todo lo lado. La hora en ese momento. Las once de la mañana con algunos minutos. Esperar la hora de la comida, porque dolor ya no sentía (por dentro), pero hambre sí, y un chingo. Y pensar que todo ese día me la pasé prácticamente en blanco…
X
No sé en qué punto quedarme bien, pero bien dormido. Despertar cuando me estaban poniendo antibiótico. Mi madre a mi lado a la espera de algo, no sé qué. Yo con el dolor menos palpable en la zona en cuestión, pero ahí, dale y dale. Seguir profundamente dormido, por los efectos tardíos, según alcancé a oír a otra enfermera, de la anestesia.
Y
Despertar nada más para saber que ni siquiera cena me iba a tocar. Las tripas de la panza se comían unas a otras. Enfermeras iba y venían. Pasaban reportes, decían, comentaban, se presentaban. El sábado llegó a su final. Y es que en el Seguro Social a las ocho de la noche el día termina para los pacientes. Los enfermeros y enfermeras tienen aún una jornada muy larga que continuar. Cerrar los ojos nada más para soñar con Alejandra, y esperar que al día siguiente todo vaya mejor.
Z
Música para ambientar el momento. Por enésima vez, las horas pasan muy lentas en el Seguro. Primer bocado en varios días. Trozos migñon de gelatina sabor naranja durante todo el día. Desayuno. Comida. Cena. Vecinos nuevos. Quejas al lado mío. Caras enfermas. Desolación. Luego de una primera operación no me queda más remedio que esperar la recuperación. Di en.
(Literalmente de la A a la Zeta)
Alberto Llanes
A
Mi entrada al Seguro Social la hice por la puerta grande. Aunque en realidad fuera la pequeña. Lo que quiero decir es que todo lo hago a lo grande, y que en realidad entré por el área de urgencias (que como se sabe, su entrada es más pequeña que la entrada principal).
La situación se complicó. Justo en la mera finalización de las vacaciones de Semana Santa, un dolor agudísimo (y vaya que el calificativo lo puse yo antes que el doctor en turno), complicó mi existencia y, peor aún, la de mi mujer.
Cuatro y media de la tarde. Comida en familia. Menú: enchiladas suizas. Finalización. Recogimiento de los muertos. Gelatina de postre. Acostamiento (en compañía claro está), en la cama para hacer el reposo de la comilona. En el televisor: Son de Mar, película estelarizada por Jordi Mollá y Leonor Watling y dirigida por Bigas Luna, y basada en el texto original de Manuel Vicent, daba inicio.
Bien hasta ese momento. Hasta que un pequeño dolor de estómago intranquilizó mi zona abdominal. Lo normal -pensé-, una simpleza de naturaleza básica. Igual un analgésico combatía el dolor en la zona. Quizá un sal de uvas. No lo sé. En fin.
Seis de la tarde rumbo a la casa de mi amada. Una parada rápida en un Oxxo para comprar sal de uvas, porque el dolor, después de la película no se quitó. Antes, una parada más en una librería nueva por la V. Carranza, justo al lado del Oxxo. Ahí, una nueva amistad (aunque no sé si le pueda llamar así), más bien, una nueva conocida que resultó ser hasta escritora para niños. Mónica no sé qué. Dependienta a la vez, de ese negocio.
Una tarde novelera (dramas de la televisión). Dolor después de tomar sal de uvas: igual, cuasi en crescendo podría, me atrevería a decir. Mi mujer preocupada porque esto no cesaba. Pasado un tiempo me asestó una nueva píldora para la infección, que supondríamos podría tener. Muchos besos y abrazos y el dolor no se quitaba, pero al menos, se olvidaba tantito.
Noche. Corte a… dormir… Otro sal de uvas porque este pinche dolor no pasaba. El presentimiento de algo más grave venía y se iba de mi cabeza. A decir verdad, este dolor ya lo había sentido antes, y no ha mucho. Acostarme en la cama para ver si ahora sí, con este nuevo sal de uvas pasaba el dolor. Más besos y abrazos y nada, el dolor se iba intensificando. Pero poco a poco. A veces no lo sentía, a veces sí. Mi mujer no me decía pero estaba preocupada. Yo… sudando… a veces, y con la playera fatídica puesta, una gris con azul que dice Nike. Dice, más no es…
Pasar la noche casi en vela. Despertar cuando esto se agudizaba. Ir al baño y pasar horas y horas (es un decir pero sí mucho tiempo), y nada, sentir las tripas por dentro deshacerse. Pelearse las entrañas. Algo que ya no era un simple dolor de estómago chingando a su madre. Así, con esas palabras, con tal altisonancia. Mi mujer a pasar muy mala noche. A preparar un brebaje a base de limón, agua y sal para la jodencia. Pero no, ya no era la panza (estómago). Era otra cosa. No lo sabía, lo sentía.
B
Ir a dormir un rato al sillón para poder moverme todo lo necesario sin molestar, inquietar o despertar a mi amada. Un rato libre de dolor. Pasado un tiempo, con más agudeza, el dolor se acentó (dijéramos en términos populacheros). Regresar a la habitación de ella (bellísima) sólo para inquietarla más. Pinche noche (vaya la cacofonía) eterna. Caminar por la estancia doblado era constante. El baño y sus minutos también eternos. Caminar lento. Paso dobladísimo. Agarrado con manos trémulas (como el resto del cuerpo) de un área sabida y dolida.
Masajear esa masa estomacal para calmar el dolor. Nada. Acidez, agruras, indigestión, no los tenía. Sólo ese pinche dolor que me daba en la zona baja derecha, justo a un lado del área estomacal, como si fuera dolor de caballo, pero agudísimo, en la zona blanda. Pensamiento a mil por hora. ¿Qué podrá ser? Respuestas al por mayor: riñón; descartado, hígado; me dolería en la espalda, colon inflamado; podría ser, gastroenteritis; muchas posibilidades, apéndice; ni por aquí me pasó (sujeto endeble tocándose la frente). Y es que de haber estudiado medicina… pero el haber no existe, y el dolor sí. Existía, era latente.
Ahora sí, ya chingué. Dolor ido. Esfumado. Acostarse en la cama. Una duda, acostarse en la cama con dificultad. ¿Porqué?, airo nou. ¿Cómo te sientes? -dijo mi muñeca-. Poco mejor -espeté-. Acostarme ahí, en su lecho, con ella bellísima a mi lado. Nada mejor para calmar el dolor. Nada. Un tiempo después arremetió con fuerza. De cinco punto seis grados en la escala de Mercally, para subir a siete punto ocho en la escala de Ritcher.
Agua salada (pobres de los Tigres del norte por la pirateada), rodando por mi sien. Mala, muy mala noche para mi reina. Primera vez que me dijo que si quería ir al seguro. En lugar de responderle sabiamente pregunté la hora. Las cuatro y fracción. Le dije que ya había pasado el dolor. Que estaba mejor, esperaba ¿qué?, no lo sé. La mañana quizá, desayunar fuerte quizá, una barbacoa de la Jiménez quizá, una cerveza bien fría, quizá.
Alejandra dándose la vuelta para seguir dormida. Si necesitas algo me despiertas -dijo-, Claro mi amor. Se baja momentáneamente la luz y se cierra por una fracción de segundos el telón. Madrugada siniestra, creo creer. Soñar con nada porque el dormir fue básicamente poco. Vade retro. El dolor ahí, friegue y friegue. Piernas dobladas para sentir lo menos. Mujer al lado bellísima, con las manos levantadas rumbo a la cabeza y durmiendo a gusto, como me hubiera gustado dormir a mí, quizá.
Mente trabajando. La incógnita aún sin despejar. Equis más ye igual a. Resultado fallido, nada podría haberme caído mal. Alcohol muy poco en esos días. Cigarro prácticamente en el olvido. Comida hasta eso nada mal. Un poco tóxica, pero nada que el estómago de un hombre no lo soporte. Frituras, papas caseras verdes, las favoritas del enfermo, nada, sin probarlas desde hace tiempo. Fraude electoral que alterara esas terminaciones estomacales, no, las próximas elecciones aún están lejos. Moverse en la cama de un lado para otro. Peor o casi comparable con el insomnio. Virgilio Piñera en esos momentos ni me vino a la mente.
Movimiento en la cama no sé si frenético. Luego de dormitar, claro. Ponerme de pie con la misma dificultad con que me acosté. En ese momento, la voz de mi amada volvió a insinuar la ida al Seguro Social. Esta vez volví a contestar preguntando la hora. Las seis y media, me dijo. Sí, yo creo que sí. Le contesté. Y con paso como de viejito, desplazarse a la que iba a ser mi primera operación. Quién lo iba a decir.
C
Seis y media a eme. El calendario marcaba el día catorce, del mes de abril. Viernes para acabarla. Viernes de antro, de bar, bebeviernes, pues. Yo, paso lentazo, saliendo de domicilio conocido, doblado aún. Rumbo al matadero. Lo único bueno de todo eso. Alejandra.
Camino rumbo al Seguro poco transitado. A esa hora, en vacaciones. Sólo a mí se me ocurre enfermar. Llegar al nosocomio casi como he llegado otras veces. La diferencia, el enfermo era yo. Caminar la rampa de bajada para ingresar por urgencias. Pensar que igual podría estar hasta su madre de lleno. Verificar que no era así. Raro. A esa hora, el Seguro no descansa. Lo sé desde cuando llevamos a un amigo, en viernes, sábado ya, roto de la cabeza, a consecuencia de dos botellazos que le dieron unos borrachos. Nosotros estábamos a esa hora rezando en el santuario. Total, son cosas que pasan. El amigo sólo iba, ya cocido, por una incapacidad.
El supón de que el Seguro a esa hora estaba cuasi vacío fue simple. Todos, los felices vacacionistas estarían aún en las playas. Y yo, jodido. En viernes, y en un hospital. Ser el único, o el primer inquilino en ese lugar tiene sus ventajas, máxime si es tan de mañana. No tiene uno que esperar a que se le reviente el apéndice (cosa que al final pasó, y que aún, a esa hora, no sabía que se trataba del apéndice), y que los doctores vengan descansaditos a trabajar, lo atiendan mejor y sepan qué pedo con la vida de uno. Así pasa. Así es.
La dependienta, si se le puede llamar así. Una señora pasada en años y en kilos y en agua, me atendió acomodándose las gafas y dejando de chismear los chimes tan de mañana con doctores y enfermeras. Entre carraspeos agudísimos (como mi dolor), y entre tacs tacs tacs de un mamotreto de máquina de escribir, antigüisíma, ipso factum me pidió generales y credenciales. El dolor apenas me dejaba oír, pensar, actuar, mover, saber y cualquiera de esos verbos de movimiento.
Casi entre carraspeos (ahora míos), busqué en la bolsa del short mi cartera, y extraje lo que me pedía el mastodonte de mujer. Y ¡oh! sorpresa (para que me hacía pendejo si ya sabía), no llevaba la tarjeta del Seguro Social. Pero sí mi credencial de trabajador y de la escuela. Situación que me salvó porque en ellas venían los números de dicha dependencia, que me acreditaban como su derechohabiente.
Eché una mirada rápida al lugar. En diversos colores había, pegados en una hoja de papel, los padecimientos que eran de verdadera urgencia. El mío, a vista de mi amada Alejandra, era el cuarto de cinco. Es decir, no era tan urgente como pensé. Uno puede llegar muriéndose y morir ahí. En efecto, mi dolor no eran tan eufórico, pero dolor con dolor se paga y se pega.
Bajo la consigna de: SEAMOS AMABLES, pegada por ahí, en algún lugar del ventanal que me separaba de mi mastodonte del Seguro, pensé que todo estaba en calma. No me exaspero rápido, pero cuando me hacen enojar cuidado. Entonces, fui amable, mulamable. Digamos.
Luego de un tecleo que creí interminable, y tras un informe cuasi detallado de quién chingados era, a qué me dedicada y qué hacía a esa hora ahí, el mastodonte me preguntó que cuál era mi clínica. Mmmmta madre, uno con el dolor a cuestas, a esa hora, anda en la pendeja. Hasta ese momento ignoraba que fuera yo el poseedor de una clínica del Seguro Social, el sueño yo creo de muchos derechohabientes, yo me supongo.
Entonces, entre carraspeos otra vez míos, le dije al mastodonte que la clínica en la que me encontraba era sin duda la mía. El mastodonte se me quedó viendo como con cara de noquierasvermelacarademastodontemuchachitopendejo. Y me dio de pronto la espalda acomodándose antes gafas y la celulitis en esa silla móvil. Claro, antes hizo un gruñido mastodónticamente y chin chin chin, tecleó un teclado suave, para voltear de nueva cuenta subrayando que mi clínica era en efecto la 19, que a decir verdad, ignoraba que existiera una clínica de esa calaña, con ese número y, por cierto, en dónde quedaba ese lugar, incógnitas que, bueno, iría descubriendo en el transcurso de esa patética operación.
D
Una punzada punzó (vaya la repetición), en la zona que no había dejado de agarrarme desde mi entrevista con ese mastodonte. Mi mujer estaba a mi lado sujetando sus llaves, tal vez el móvil, y el monedero, pendiente de esa entrevista, claro, ella estaba bellísima.
Voltear a ver a mi mujer y luego al mastodonte era para que ahí mismo me diera un infarto. Una guapaza, otra mastodónticamente secretaria del Seguro Social, investida en un traje verde y blanco. Un sudor frío (aunque hacía algo de fresco), recorrió todo mi corpacho. Pensé que no me iban a atender, hasta que el mujerón que estaba del otro lado de ventanal (del portón dijera Ramón Ayala), dijo, eso sí, mulamablemente como yo lo había sido antes, y con su voz mastodóntica, en tanto me regresaba una papeleta y mis credenciales: ESPERE A QUE LO LLAAAAAME EL MÉDICOOOOO.
E
Una sala de espera a tamaña hora, para dos personas, es una sala enorme y fría. Yo, dobladazo de dolor, que a decir verdad, conforme clareaba el día se iba haciendo menos. Ella, mi reina, doblada de sueño. El doctor, doblado de lentitud, en el letargo madrugador de un paciente con dolor abdominal. Que él no sabía pero yo sí.
La espera con dolor se hace eterna. Un segundo puede ser un largo minuto. Un largo minuto se vuelve lento, lentísimo. El contacto físico de la mano de mi mujer calmaba un poco la insatisfacción de estar a esas horas ahí, y el estrangulamiento que sentía en la zona afectada. Mi diagnostico en ese momento era que: presentaba un cuadro agudo de gastritis, y que con una inyección triple podría salir rápido y a gusto de ahí, claro, inyección intravenosa, para que el efecto sea detonante, rápido y hasta provocador de sueño. Mi dosis en ese momento: la que el médico señale, la que el dolor permita y la que el paciente aguante.
En eso estaba pensado, apretando estómago y todo lo apretable que se pudiera apretar, incluyendo la mano de mi Alejandra, cuando una puerta se abrió de par en par, de uno de los consultorios. Posterior, una luz, una enorme luz (si enorme puede tener de calificativo la luz), iluminó el lugar. Nunca he creído en que seguir una luz cuando estás dormido te mande al otro mundo, al de los muertos, pero por las dudas, en esta ocasión tampoco la iba a seguir. El doctor hizo acto de presencia, pronunció mal (como siempre) mi nombre (mi apellido), y me dijo que pasara a sus fauces. No me detuve a ver si el médico tenía colmillos o no. Porque iba doblado caminando. Así que, pasé.
F
Lo primero que el médico hizo fue decirme que me sentara en una silla y que le dijera porqué estaba ahí. Lo primero me costaba un buen de trabajo, lo segundo fue saliendo como he dicho en esta crónica. Paso a paso. Detalles menos, detalles más. Ipso facto me hizo levantar de ahí y me pidió que me subiera a la camilla. Labor que estaba igual de peliaguda, porque la camilla estaba separada del piso a una altura considerable. En tanto me subía a la camilla, el médico entre tacs tacs tacs de otra máquina de escribir igual de antigua que el resto de las máquinas de escribir de ahí escribía quién sabe qué cosas.
Se acercó hasta a mí pidiéndome que me levantara la playera que llevaba, una azul y gris con vivos en rojo que decía Niké, decía, más no era. Ni siquiera me invitó un trago ni nada, sólo pidió. Obedecí porque el dolor volvía a punzar la zona en cuestión. Duele eso, Preguntó, No, Duele aquí, Insistió, Sí, Duele esto, volvió, Sí, Duele acá, Prosiguió, También, Se expande el dolor a la espalda, Cuestionó, Sí, Cuando toco, preguntó, o cuando suelto, En ambos casos dije. Esto va a estar frío, Dijo, Sí, contesté. Puse su estetoscopio en mi estómago, Qué pretendía oír, Pensé, Quien sabe, pero el aparato era frío, es verdad. Tomó mi presión, tomó mi temperatura, siguió palpando la zona, lado izquierdo no dolor, lado derecho, dolor con agudeza en la espalda, o repercusión. Bien, Dijo, Bájese, es alérgico a algún medicamento, Nariz doc, a nada soy alérgico, Bien. Fue a sentarse a escribir.
G
Antes de incorporarme por completo de esa camilla, el médico volvió a mí con un buen de hojitas y hojones en la mano que me entregó. Y luego de cuestionarme sobre quién era y qué parentesco tenía la chica que estaba esperando afuera. Me dijo que tendría que ir a hacerme unas radiografías, que me iban a poner suero y que me iba a quedar un rato en observación. Total, que si le quería avisar ese era el momento. Salí por donde había entrado. Alejandra seguía ahí, a la espera de. ¿Qué dijo el médico? -cuestionó-, Que me voy a quedar, me van a sacar radiografías, poner suero y estar en observación. Te espero o paso -preguntó-, Espérame, no creo tardar. Bien.
Y fue la última vez, hasta después de varios días, que vi la calle, o casi la calle.
H
El servicio interno del Seguro Social parece un laberinto. La sala de rayos equis está medio escondida. Seguí las instrucciones de los letreritos verdes, y al fin vi: SALA DE RAYOS EQUIS. Seguido de una instrucción que decía: CUANDO LA LUZ ESTÉ EN ROJO, NO PASE. No pasé, la luz estaba roja.
Un médico se topó conmigo en ese punto. Vengo a la sala de rayos equis, Dije, Bien, ya que termine el doctor se le va a hablar, siéntese mientras, por favor, Ok, Contesté. Minutos después. Oí, otra vez mal, pronunciado mi nombre por el señor que me iba a tomar los rayos equis, que no sé si le pueda llamar doctor o no, porque traía un suéter estilo jerga, pantalón de mezclilla, cabello cano, y si me pongo exigente, su parecido con Carlos Monsiváis era familiar. Póngase así y asá y allá y no respiré, dijo, y Crash, la primer diapositiva, Acuéstese aquí y póngase así y no respire, y Crash, la segunda diapositiva. Espera afuera y ahorita le doy su material. Gracias, dije. Y me fui. Así de rápido.
I
Con las radiografías en la mano, fui al mostrador de urgencias. Ahí me topé por primera con el que después sería el doctor que me iba a conocer cómo soy por dentro (en las vísceras), seguía con un montón de papeles y papelitos en la mano, que le extendí al médico que después supe que se llamaba de apellido Ballesteros. Leyó, hojeó, me miró. Otra entrevista sobrevino. Pronunció (como ya es costumbre), mal mi apellido. Se quedó con el papeleo, fue con una enfermera y me dijo que me iban a poner suero. Sí, ya sé lo que es eso. La enfermera regresó con algo verde en la mano. Me señaló el baño, me dijo que me pusiera esa bata y que me acostara en la cama número seis. Todo lo hice muy bien, menos ponerme la bata, porque habría que desnudarse y yo me la puse con todo y ropa. Fui entonces al baño, le marqué a mi mujer para que si quería entrar que entrara, y le marqué a mi mamá diciéndole que estaba en el Seguro, enfermo de enfermedad ya sabida. Salí del baño desnudo (con la bata puesta claro) y con paso lento, ubiqué la cama seis y como titánica labor me subí, me acosté, y me dejé manipular. Al ratito llegó Alejandra, y todo fue miel sobre hojuelas, excepto el piquete que tenía en la mano izquierda, con senda zonda de suero que no dejaba de bajar. Cuarenta y dos gotas por minuto. En tanto Ballesteros examinaba y examinaba las radiografías que le dejé junto con los demás papeles, a lo lejos.
J
Ni hablar. Ni los besos ni abrazos de mi amada, ni el mendigo suero lograban quitarme el dolor. Mi madre estaba en camino. La hora la desconocía en ese momento. El suero seguía bajando. El aire acondicionado frío. Yo estaba a toda madre, acostadito, tapado, con sueño, a excepto por lo que iba a venir. Pero mi Alejandra no, sentada, con frío y también con sueño. Pensé que terminada la botellita del suero, vía intravenosa el dolor iba a pasar y podría irme a casa. Las radiografías sí, las vi, pero… quién le entiende a eso, sólo se ven huesos y cosas de esas, que a la distancia todos parecen igual y se ven bien.
Enfermeras y médicos llegaron a verme. Todas y todos palpaban mi estómago. Con lo que gusta que me toquen esa zona, a excepción de mi amada que puede tocar lo que ella quiera. Duele esto, Y el putazo no se dejaba esperar, Sí, Duele estotro, Y otro madrazo en la panza, Sí, Cómo chingaos no, Casi iba a decir, pero no, me acordé del letrero del mastodonte: Hay que ser amables. Fui amable. Pues.
K
Doctores iba y pasaban y no podía salir de ahí. El dolor en efecto ahí seguía pero ya no era para tanto. Alejandra y mi mamá platicaban de no sé qué cosas (detalles que ahora no recuerdo, no logro hilvanar). La piel de mi mujer estaba fría, chinita, y yo postrado en la cama sin poder abrazarla, sin poder hacer nada, inutilizado e inutilizable. Me estiraba tantito y el suero me lo impedía. Me volteaba para un lado, y el suero me lo impedía. Caray. Toda una calamidad, y el dolor agazapado como mi rana, como yo mismo (dijera ella), lo sentía en el fondo, o luego de un movimiento brusco. El sueño y el suero hicieron mella de mi cuerpo. Mi madre le pidió a mi chica que se fuera a descansar, porque tenía mucho frío y sueño por la mala noche que le hice pasar. Luego de un beso y con la consigna de que me mejorara, mi amada dejó el nosocomio para hacer lo propio, dormir. Todo el esfuerzo me había aletargado, hasta que me quedé completamente dormido sin saber qué hora era.
L
Es increíble como no pasa el tiempo cuando uno está en el Seguro. Luego de dormitar por no sé cuántas horas. Mi madre a mi lado hacía lo mismo. Dormir. Cuasi como Mum-Ra, en los Thundercats, estaba yo con las manos en el pecho, como en sarcófago, sólo faltaba que lanzara la consigna ya sabida: Antiguos espíritus del mal… transformen este cuerpo decadente… en Mum-ra, el inmortal.
Y al notar esa calma aparente del Seguro Social en el área de urgencias. Manos cruzadas en el pecho, posición rectísima del cuerpo. No quería hacer otra cosa que volver a cerrar los ojos. La hora todavía no la sabía. De seguro las once, once y media. Caput. El tiempo, el tiempo en el Seguro se hace eterno.
M
Un movimiento (no lo puedo llamar brusco), pero sí suficiente como para despertarme, me despertó. Mi madre estaba despierta a mi diestra. En tanto, en mi siniestra, una enfermera me tomaba, por segunda ocasión, la presión y la temperatura y me sacaba sangre para su análisis. En tanto le dejaba a mi madre un frasquito de vidrio, para cuando tuviera ganas, lo hiciera ahí. También para su análisis.
No puedo precisar cuántos doctores fueron a verme, a palparme la zona afectada. A pegarme incluso, a hacer movimientos con los pies para ver si dolía, y nadie daba su diagnostico. Sólo hacían apuntes. Se acomodaban las gafas (los que usaban gafas), se movían, verificaban mi peso. Mi presión, mi temperatura. Mi madre y yo nos quedamos estupefactos ante tales acometidas. Yo, nada podía hacer, impedido por un frasco enorme de suero que aventaba cuarenta y dos gotas por minuto. Calor por cierto no tenía, ya he dicho que el clima estaba perfectamente, más, creo, de lo que debería estar, porque a esa hora, luego de creer que ya serían las seis de la tarde no, oh sorpresa, apenas eran las dos, los pies empezaban prácticamente a punto de congelarse. El último reporte de los doctores, era que el doctor Ballesteros iba a ser el mero mero. De qué, no lo sé, no lo sabía. Después supe que iba a ser el mero mero que iba a decidir, según mi diagnostico, y análisis, qué iba pasar con mi funesto destino ahí.
N
El teléfono marcaba las dos de la tarde. Por enésima vez, el tiempo no pasa. El tiempo es eterno. La hora de la comida llegó. El suero, junto con otro medicamento, iban poco a poco cayendo, entrando a mi cuerpo vía venoclisis.
Ya había pasado la mañana sin probar bocado. Creí entonces que lo podría hacer. Tenía dolor, sí, pero también tenía hambre. La última comida que había hecho había sido al día anterior, a las cuatro de la tarde. En dos horas más, casi se hacía un día que no comía nada. Y en efecto. No comí nada. Las bandejas de comida por el frente mío, la consigna entonces era que yo debía estar en ayuno. Pero la pregunta era, ¿por cuánto tiempo? No lo sé.
O
Todo siguió igual. Patéticamente igual. En el celular puse un poco de música para amainar ese silencio a veces espectral que se siente en las fauces del Seguro Social. Siempre me ha gustado conocer los edificios por sus fauces, hoteles, rectoría, palacio de gobierno, etc., pero el Seguro Social no lo conocía, ni quería conocerlo. Pancho Barraza sonaba en ese momento en el cel.: Haayyy amááááá, cómo, pero cómo duele oigaaaa.
Algunos mensajes sonaron en mi cel., Alejandra preguntando cómo estaba, Alejandra diciendo que si estaba dónde mismo, Alejandra diciendo que al rato que me daba una vuelta, Alejandra diciendo que… seis y cacho de la tarde. Ballesteros salía de una operación. Volvió a mi cada a preguntarme cómo seguía, Bien, Respondí, Pero a decir verdad, cómo se puede uno sentir bien estando ahí, prácticamente sintiéndose inútil, acostadote, con suero en una mano, con un dolor que nadie sabía decirme a ciencia cierta de qué se trataba, en el hospital, y con la incógnita de no saber nada.
El médico volvió a lo suyo, a palpar, a acomodarse las gafas, a hacer anotaciones, a exasperarme, a no decir aún nada, a preguntar si dolía, a escuchar la misma respuesta, a volver a tocar la zona, a voltear a ver a la enfermera, a voltear a ver a mi madre, a voltear a verme a mí. Hasta que por fin, y después de mucho, se decidió y lanzó su diagnostico. Pues traes los síntomas claros de una apendicitis aguda. Todo nos lleva a pensar en eso, son los síntomas básicos, y pues no se quita con otra cosa que no sea… y en sus labios apareció la palabra que ya me temía iba a escuchar… OPERACIÓN.
P
Cuando uno es primerizo (en lo que sea), uno se pone nerviosón. La palabra operación sí, me puso nervioso pero venga, lo que fuera con tal de estar bien. Con letra cuasi temblorina por el suero que tenía puesto en la mano derecha, firmé los papeles de aceptación de la operación, que dicho sea de paso no alcancé a leer del todo bien, porque faltaba un poco de luz. Sólo firmé. Sólo plasmé la rubrica y que pasara lo que tenía que pasar. A esa hora de la tarde ya Alejandra estaba de vuelta conmigo. Y la noticia de la operación, ya era sabida. Los médicos empezaron a hacer todo lo indispensable para la cirugía. Pero compartiendo en lugar con miles de enfermos. Quirófanos no había disponibles, quizá en la madrugada decían. Total. La metida de cuchillo era inevitable. Dolor tenía sí, pero hambre también. Llegó la hora de la cena y pensé que podría cenar… pero no, pase usted señora comida, que el paciente Llanes esta noche (y todo el día) no va a probar bocado porque ya está muy gordo y porque lo van a operar. El ayuno seguía viento en popa. El dolor no me quitaba el apetito pues. Las tripas de la panza comenzaban a chillar. En fin. Maldita operación, maldito dolor.
El viernes, en un hospital, no se siente el trajín de la calle, que a esa hora estaría alistándome para ir a bariar. Una cerveza bien fría tenía de imagen en la cabeza. Pasarla bien. No estar ahí postrado enfermo, con enfermedad sabida y por saber. Mi Alejandra me decía detalles de su operación. Que había sido incluso por esa misma fecha. Abril (funesto para mí), que se sentía así y asá, que le habían quitado algunos quistes en el ovario, que oyó al doctor que decía al momento de cerrar la herida, uno para arriba uno para abajo, que el médico, al verlo, no das un quinto por él, pero es al que le tiene mucha confianza, que su operación fue así y asá, que ella soportó mucho dolor, porque pasó varios días así, que la cicatriz de su cirugía no se notaba, que nada iba a pasar, que todo iba a estar, etc., yo, con su mano tomada, me resignaba a esa operación. Creí morir sin ninguna rajada, pero bueno, siempre hay una primera vez para todo, dicen por ahí. Y esta era la primera vez que me iban a meter cuchillo.
A esa hora mi familia entera (la de Colima), estaba ahí, mi tía Coca, mi papá, mi carnal, mi cuñada, mi madre, ahora, también, mi mujer, mi tría rosita, mi tío Miguel que dicho sea de paso, cómo agradecerle todo lo que había hecho esta al momento, y todo lo que aún iba a hacer.
Q
1.- Mi mujer se fue del seguro pasado un buen rato (la hora no la recuerdo), iba con la consigna de ir a Tecomán y mandarme mensajes desde allá. Besitos actuados y besitos reales y se fue.
2.- Mi familia se fue porque todos tenían, al otro día, sábado, cosas qué hacer, la mayoría trabajar, por ejemplo y mi carnal hacer sus cosas de sábado
3.- Ahora estoy recordando otro hecho. Cuando mi carnal entró a verme, estaba yo acompañado de mi amada que llegó con un suéter negro para el frío y estaba sentada a mi diestra. Un señor que había tragado carnitas estaba funestamente más mal que yo, vomito tras vomito. La risa que tuvimos en ese momento fue espectacular.
4.- Mi tía también llegó a verme, Qué te van a operar, Sí, y mi Alejandra contándole ahora a mi tía, los detalles de su operación. Todos coincidían en que iba a estar todo bien. Yo también, pero la pregunta era, ¿a qué horas?
5.- Mi cuñada también entró con la misma consigna, Qué te van a operar, Y el intercambio de palabras entre los tres (Alejandra, mi cuñada y yo), no se hizo esperar. Mi cuñada también contó que la habían operado, que esto, que estotro, y el señor de las carnitas a lo lejos nos ambientaba la charla con su guauuuuuuuuaaaaaxaca, guauuuuuuuuuuuaaaaaaaaaxaca, guauuuuuuuuuuuaaaaaaaaaaaaaaa, guauuuuuuuuuuaaaaaa, pensé que se estaba mutando en espectro del mal, metamorfoseando en plancton, en no sé, lo que sea, que estaba a punto de sacar algo maligno de las entrañas, quizá el hijo del diablo, el Mesías maligno, o que llevaba dentro al anticristo, con todo y cruz al revés, guauuuuuuuuuuuuaaaaaaaaa, y no dejaba de entonar los cánticos vomitales que daban al lugar una música de fondo como la que ponen en los elevadores de las grandes ciudades, para ambientar el momento, en tanto llegamos al piso que tenemos que llegar. La música ambiental en el Seguro es interesante. Chillidos de gente, generalmente niños… ¡ays ays ays!, de otras personas que los lanzan, lloriqueos etc.
6.- Poco a poco caía la noche. De pronto, cuando no se oye música ambiental. El silencio es absorbente, raro, inquieto, con la sensación como que de pronto algo va a pasar, un no sé qué inquieto, un silencio en que nada se oye, o un nocturno en que nada se oye, y mi voz que madura, y mi bosque madura, y mi voz quema dura… (sic) Xavier Villaurrutia.
7.- Mis visitantes se fueron yendo. Todos tenían algo qué hacer. En tanto yo ahí, metido entre sábanas, modelando la moda IMSS. Un incidente me pasó con el frasquito que tenía que llenar de orines para su análisis. Sangre ya me habían sacado. La temperatura y loa presión, me la tomaban cada cambio de turno (que son tres veces). Resulta que el frasco era muy pequeño. Mi madre dijo que orinara ahí, sin moverme, directo… pero me conozco… como que he vivido en este cuerpo 29 años (y dijera Alejandro Lora… y los que faltan), así que pensé, y pensé bien… lo iba a llenar… así que fui al baño (cuando tuve por fin ganas y después de dos botellas de suero). Hice lo que tenía que hacer y el frasco en efecto, se llenó. Pero aún tenía ganas. Apreté lo que tenía que apretar. Me agaché a levantar la tapa del inodoro. Y todo fluyó por donde tenía que fluir y sin más consecuencia. Diría el parte policiaco. Sin novedad.
8.- Cada enfermera que entraba y salía se presentaba con nombre y todo. Creo es una consigna que tienen que hacer. Ser amables. Nuestro contacto enfermos-enfermeras, es el vínculo más cercano y real que tenemos para calmar el dolor. Aunque los pacientes a veces sean medio mal educados. No era mi caso. A todas las enfermeras que me trataron en su momento. Al terminar una curación, una aplicación de algo, lo que fuera, les decía gracias. El letrero del mastodonte seguía y sigue firme en mi mente. SEAMOS AMABLES. A veces el dolor nos ciega, pero las enfermeras no tienen la culpa. Ellas sólo hacen su trabajo. Pero la edad de los pacientes, la enfermedad, la situación, y todo lo demás, puede causar defenestración en los pacientes que a veces descargan en las enfermeras.
9.- La noche no sé cómo pasó. Con tanto desvelo anterior, con tanto trajín, el sueño me invadió. Me quedé dormido pensando que iba a entrar a cualquier hora al quirófano, en cuanto uno estuviera disponible. Así que me dormí. Mi madre hacía idem, en la silla a mi lado.
Tres veces me desperté (Paquita la del barrio dijera Tres veces te engañé). La primera a la una de la mañana… y todo sereno… la segunda (y como relojito), a las dos… porque me tocaba medicamento… la tercera a las tres y fracción… para darme cuenta que seguía vivo, que nada pasaba, y que el guauuuuaaaaaaa del señor de al lado, seguía viento en popa. Dormir boca arriba es patético. No estoy acostumbrado. Igual en la noche me cambio, pero a mí me gusta dormir bocabajo. En fin. La cuarta vez que me desperté, no me desperté, me despertaron. Un señor que venía a mí con una silla de ruedas. Alberto Yañez, Dijo (mal por cierto mi apellido), Es Llanes, Dije, y sí, yo soy, Me lo voy a llevar al quirófano, Dijo, Hay que sentarse en esta silla, Dijo y se fue a entregar unos papeles. Llegó mi hora, pensé. Mi madre ayudó a levantarme, antes tenía ganas de ir al baño, aproveché que el señor de bigotito ralo estaba en la pendeja, y fui a hacer lo que tenía qué hacer. Al regreso, la silla de ruedas me esperaba para ir a la masacre. Me senté. El suero iba cerrado. Me despedí de mi madre y elevé oraciones para que todo fuera bien.
10.- Recorrer pasillos. Meterse por intricados surcos que desconocía del Seguro Social. Ver médicos vestidos de blancos. Sentir frío. Persignarme un par de veces mientras recorría el camino al quirófano. Presentarme con una tal Terisita que me dijo, lo voy a preparar. Uta, me dio nervio, se prepara a los muertos. Ahora sé que también a los que van a operar. Me puso unas botas coquetas. Moda IMSS, verdes verdes, elásticas elásticas, me levanté de la silla de ruedas y me acosté en una camilla, como se sabe, altísima. La teresito dijo que me iba a vendar los pies y se fue… Al poco rato llegó con la consigna de que no. Que vade retro, que siempre no. Que me iban a regresar a la camilla número seis del área de urgencias, porque otra emergencia se les avecinaba. Un muchachito de unos tres… cuatro años… que iba por el mismo problema que yo. Yo podía esperar. Él no.
R
Volver en la misma silla de ruedas a la cama número seis del área de urgencias. Casi pedirle al crear que me regresa las oraciones que momentos antes había elevado. Despersignarme. Descorrer otra vez esos pasillos. Regresar al mismo lugar. La misma orden pero al revés. El señor de bigotito ralo dijo que me trepara otra vez a mi cama (provisional). Una médico, cirujana se acercó con la pena en el rostro diciendo que le perdonara, que si terminaba pronto la operación el muchachillo, ella misma se aventaba mi trompo a la uña. Desandar el camino. Decirle a la médico que no se preocupara, que son cosas que pasan. Apenada, con apenamiento sincero, la médico se fue a operar. Acostarme otra vez en la cama. De cara a las lámparas otra vez. Con al dolor otra vez ahí. Un primer intento fallido. Soledad. Mi madre ni cómo avisarle. Estar desconectado de todo y de todos. Sin celular, sin música, sin poder mandar mensajes, sin platicar con nadie. Aburrisión. Cerrar otra vez los ojos para una nueva oportunidad. Lo que es lo mismo: Second Chance.
S
Despertar con zozobra. Lo primero que ver, al señor de bigotito ralo de nueva cuenta con la silla de rudas. Mis radiografías en la mano. Y la consigna, ahora sí firme, de que se había llegado mi hora. No hay plazo que no cumpla, ni capilla a la que no le llegue su fiesta. Levantarme otra vez. Desconocer la hora. Seguir los mismos pasos que momentos antes… o minutos antes… u horas antes… no lo sé. Sentarme de nueva cuenta en la silla. Con suero en mano, recorrer los mismos pasillos. Ver personas diferentes. Enfermos que se recuperan. Enfermos que duermen. Enfermos que… ¿están muertos?, ya no serían enfermos. Palpitación del corazón. Elevar plegarias de nueva cuenta. Persignarme en un par de ocasiones. Llegar otra vez con la teresito. Listo, Preguntó, ahora sí va en serio, Dijo, Sí, Listo. Quitarme las botas coquetas y ponerme otras, porque ésas ya había tocado zonas que no. Pasarme a la camilla altísima. Acostarme. Poner a mi lado, al niño que momentos antes estaba en el quirófano. Ver de reojo la herida. Escuchar el monótono ulular del aparato que persigue el ritmo cardíaco. Piii piii piii piii piii piii piii, interminable. Esperar, ahora sí en serio, la amenaza de la teresito de que me iba a preparar. Envendar lo que tenía que vendar, pies firmemente cubiertos. Preguntarme si traía calzones. Contestar que no. Iba a rais. Decirme que esperara mi turno. No hacer otra cosa más que ver y oír todo el movimiento antes de… Pasar gente, oír instrumental lavando. Sentirse con un poco de calor por el ropaje. El piii piii piii piii piii del niño a mi lado monotonazo. Escuchar de pronto los lloriqueos y las réplicas de un niño pidiendo a su madre. Llorando a carta cabal y a moco tendido. Ignorar qué podría tener, quién podría ser, porque mi alcance visual no daba para mucho. La médico saliendo con la pena y el rubor, a pedirme de nuevo disculpas, mil perdones, pero no tenía nada que perdonar. Escuchar el tac tac tac tac de una máquina de escribir. Ver a una médico levantarse de una camilla, momentos antes, estaba dormida. Gente pasaba con cosas raras en la mano. Tac tac tac tac la máquina antigüisíma de escribir seguía ambientando el lugar. El piii piii piii piii piii del niño a mi lado monótono. Escuchar que eran las ocho de la mañana. La teresito pasando diciendo que ya mero me tocaba. Ver doctores y camilleros ir y venir. El teléfono que sonaba y sonaba y sonaba y nadie a contestar. El calor que invadía mi cuerpo cubierto por vendas, sábanas y colchita, todo, moda IMSS. Moda del Seguro, al último grito, el Llanes. Cómo es la vida. Días antes estar en Manzanillo de vacaciones con mi amada de compañía, ahora, acostado en una cama a punto de ser abierto. Olvidarse en toda esta narración del dolor. Ver llegar más gente. Cambio de turno. La terisito dando el parte de novedades a su sucesora. Noche terrible. Muchas operaciones. El paciente joven que está allá, y me señaló, ya está listo para que le metan cuchillo, así dijo. En cuanto llegue el cirujano. Asentar la asistonta que le iba a preceder. Caerse unos sueros al suelo haciendo mucho estrépito. Oír más instrumental en proceso de lavado. Correr de agua. Llegar un doctor gordo y hacer mamadas. Llegar una enfermera tomando café. Luego supe que iba a ser la voz de mi conciencia en la operación. Mi anestesióloga. Pasar de tiempo y yo ahí, acostado, sin una pizca de sueño ni de dolor. Todo interminable. La esperar desespera. Pensar en mil cosas, en Alejandra primero, en el trabajo, en la recuperación, en cómo será la sala de operaciones, en todo y en nada, otra vez en Alejandra, en qué mala suerte, en Alejandra de nueva cuenta, en que no se merece esto, en Alejandra, en que me iban a abrir, en Alejandra. Seguir pasando las horas. Despedirse la teresito y quedar con una señora nueva, que llevaba playera ridícula, roja, de animaciones con ositos como para bebé. No inspirarme nada de confianza. Tomarme la presión y la temperatura. Seguir pasando las horas… los minutos… los segundos… Acercarse por fin la anestesióloga, con pañuelo de caritas felices en la cabeza. Decirme que ella iba a estar conmigo toda la operación. Explicarme todo el proceso de su chamba. Alejarse a contestar una llamada telefónica de su celular. Regresar a mí para decirme si tenía alguna duda. La experta es usted, contestar. Muy bien, decir ella. Que tengas mucha suerte, Dijo, Gracias, Contesté.
T
Llegó por fin el médico-cirujano. Quién sería, era mi duda. Ballesteros. Acercarse y decirme que él me iba a operar, que nos deseaba suerte a ambos, y que todo iba a estar bien. Perfecto. Nervio, ni madres, lo único que quería era que yaaaaaa, pasara a la sala y que pasara lo que tenía que pasar. Camillero acercarse de buen humor. Qué pasó mi amigo, así que visitando este hotel, Así es, Qué bien, lo han tratado bien, Perfecto, como no hay otro, Qué bien, en vacaciones siempre es sano venir a este hotel, que bueno que nos visita pues, y qué lo trajo para acá, Una apendicitis, Órale, qué bien, pues yo voy a ser el camillero, le deseo feliz estancia y ojalá nos visite pronto, Sí, todo depende de la atención, que al momento ha sido buena, Qué bien, bueno, me lo tengo que llevar, está listo, Desde las cuatro de la mañana en que me iban a meter por primera vez, Ah qué caray, es que a veces este hotel está a full, no vancy, Sí, así parece, pero qué cómodas camas ¡eh!, Sí, son nuestra especialidad, tanto como la comida, Jajaja… Mover entonces la camilla, quería que me tocara la sala de operación número cinco, pero en ese momento uno no puede elegir. El cinco es mi número de la suerte. Total, entré a la tres. Cambiarme de camilla y subirme a la plancha. La charla con el camillero me había puesto de buen humor, no es que estuviera de malas, pero sí fue mucho tiempo de espera en que se piensan muchas cosas, muchas cosas.
Una enfermera se acercó con un cuestionario interminable, que mi nombre, que mi edad, que mi oficio, que mi grado de estudios, en tanto contestaba los demás enfermeros hacían su trabajo y yo, de cara otra vez a las lámparas, esta vez, una lámpara enorme, qué si era soltero, que si el nombre de mis padres, que si padecían de algo, que si alguien de la familia tenía una enfermedad grave, crónica, supuse (pinches cuestionarios mal hechos), que si mi abuelo padecía o padeció azúcar, que si hipertensión, que si era alérgico a esto, a estotro, que si fu, que si fa, que bla bla bla bla, y al final, que póngase de ladito porque está a punto de perder (me iban a hacer la famosa raquea). Sentir entonces frío, lavado de zona, después, dos piquetes, la del cuestionario interminable tomarme las piernas de una forma muy confianzuda, reposar cuasi sus senos en ellas. Estar adolorido y a punto de ser operado pero sentir sus pechos ahí, en mis piernas. Pensar que uno queda ahí, indefenso, antes uno… dos… tres… cuatro… cinco… y la voz de mi conciencia de enfermeras… el cirujano era el único hombre. Ojalá que no pierda con estos, pensando, procesando. Sentir inutilizadas las piernas en tanto me ponía otra vez, de cara a las lámparas, me ponían una pantalla, el médico se calzaba unos guantes. Y la anestesióloga decía que me iba a semi-dormir.
U
Escuchar sólo el ajetreo de instrumental. Empezar a visionar con la lámpara enooorme que estaba al alcance de mi vista. Oír, en el fondo, a la voz de mi conciencia que decía que sólo iba a sentir frío o calor, y que cuando el médico empezara iba a sentir pellizcos y nada más. Como se sabe de una persona caliente como yo, sentí calor, caliente en todos los aspectos, caluroso, sexual, etc., en efecto, empecé a sentir pellizcos nada más. Sólo pellizcos… y no recuerdo más… hasta que soñando, me imaginé que Alejandra estaba a mi lado. Al momento he dejado pasar un detalle que voy a mencionar justo aquí, porque aquí es donde cabe… Al tenderme en la plancha, me pusieron en la posición de cristo crucificado. Me soltaron el cabello y quizá, muy probable, me hayan quitado la pulsera que tenía en el pie, porque desperté sin ella. Estando como estaba, con los brazos abiertos y muy indefenso ante el ataque de mis enfermeras y médico en turno. Sentí un dolor agudísimo, pero agudísimo en la zona en cuestión. Estaba pues en la ensoñación, imaginando que mi amada estaba a mi lado. Lo que recuerdo, muy vagamente, es que levantaba las manos para hacer contacto con las de ella, pero no, Alejandra no estaba ahí, sólo mis verdugos que me hurgaban con parsimonia las entrañas. El intento de levantar la mano para toparme con la de mi amada lo hice varias veces, según la voz de mi conciencia. Y que muy probablemente, me iba a doler con frenesí el hombro por el esfuerzo vano de tocar la mano suavísima, blanquísima, amorosísima de mi amada Alejandra.
V
Entrar consiente y salir consiente de la sala del quirófano. Esa fue mi consigna. Incluso despertarme a media cuchillada. Escuchar que mi anestesióloga decía que ya mero iba a terminar aquello. Escuchar una cancioncilla de Luis Miguel a lo lejos. Si estuviera Irene en este momento, diría que ese güey me persigue doquiera que voy. No sentir prácticamente nada en la zona en cuestión al según la voz de mi conciencia el médico estar en el proceso final, el de cierre, el de sutura. Despertar ahora sí del todo. Indicarme el médico que todo había salido bien, y que me tenía que pasar a una camilla que estaba a mi lado, con codos y piernas, dijo. Hacer el movimiento y postrarme en la camilla. Camillero singular volver a hacer bromas. Que si me hice la lipo en este spa de lujo. Soltar una leve carcajada y el camillero decir que no, que aún no estaba listo para reír. Dejarme entonces en el mismo lugar de antes. Niño a mi diestra ya no estaba. Hora del día. Lo ignoraba. Incluso, ignoraba el día. La de los ositos seguía ahí. Suponer entonces que eran antes de las tres de la tarde, hora en que hacen el cambio de turno. Preguntarme que cómo me sentía. Tomarme presión y temperatura. Hacer anotaciones en un cuaderno lunar. Porque estaba forrado de lunitas, cuartos menguantes, lunas llenas, cuartos crecientes y lunas nuevas. Prender ella un foco y ponermelo cuasi en la zona, tapada con gasa, sábanas y colchas moda IMSS, no sé para qué. Decirme que me iban a asignar una cama para recuperarme, y que mis familiares ya estaban enterados de mi situación y de cómo había salido todo. Perfecto.
De nueva cuenta, el camillero singular llegó diciendo que me iba a trasladar a mi cama. No sé cuánto tiempo pasé ahí, en observación a la reacción de la operación (vaya las terminaciones en on con acento en la o pero así es). Ir otra vez de cara a las lámparas por pasillos hasta la entrada a quirófanos. Desandar el camino andado para pasarme a otra camilla con la que me iban a sacar de ahí. El camillero con sus bromas, qué espero que haya tenido una feliz estancia, y que ojalá, vuelva pronto, que no dejara de pasar la propina, y que estamos para servirle. La pendeja de la anestesia todavía la entrada en alta. Sólo atiné a reír, pero el dolor de la barriga me lo impedía (hasta eso me impedía la operación). Volver por pasillos que ya reconocía. Salía a la luz natural, después de tanta luz artificial. Ver por fin a mi madre que me decía… ¿ya, cómo te sientes?, responderle que de la chingada nada más cuando reía, Camillero singular proponer, como en la película de Pedro Infante (que por cierto, habían transmitido la semana pasada) contarme chistes para hacerme reír, a punto de contestarle, Qué desgraciado eres, cuando la cama número 70 estaba a la vista.
W
Pasarme, de nueva cuenta a la cama ya por fin. Otra vez, con la ayuda de codos y piernas moverme cual víbora. Hasta caer a la cama donde pasaría del sábado al martes (tres funestos días). El suero en todo lo alto. Mi madre a todo lo lado. La hora en ese momento. Las once de la mañana con algunos minutos. Esperar la hora de la comida, porque dolor ya no sentía (por dentro), pero hambre sí, y un chingo. Y pensar que todo ese día me la pasé prácticamente en blanco…
X
No sé en qué punto quedarme bien, pero bien dormido. Despertar cuando me estaban poniendo antibiótico. Mi madre a mi lado a la espera de algo, no sé qué. Yo con el dolor menos palpable en la zona en cuestión, pero ahí, dale y dale. Seguir profundamente dormido, por los efectos tardíos, según alcancé a oír a otra enfermera, de la anestesia.
Y
Despertar nada más para saber que ni siquiera cena me iba a tocar. Las tripas de la panza se comían unas a otras. Enfermeras iba y venían. Pasaban reportes, decían, comentaban, se presentaban. El sábado llegó a su final. Y es que en el Seguro Social a las ocho de la noche el día termina para los pacientes. Los enfermeros y enfermeras tienen aún una jornada muy larga que continuar. Cerrar los ojos nada más para soñar con Alejandra, y esperar que al día siguiente todo vaya mejor.
Z
Música para ambientar el momento. Por enésima vez, las horas pasan muy lentas en el Seguro. Primer bocado en varios días. Trozos migñon de gelatina sabor naranja durante todo el día. Desayuno. Comida. Cena. Vecinos nuevos. Quejas al lado mío. Caras enfermas. Desolación. Luego de una primera operación no me queda más remedio que esperar la recuperación. Di en.
Wednesday, March 28, 2007
My Friends (Red Hot Chilli Pepers)
Antes de continuar con la historia de la Sherezaii, y los vericuetos que me sucedieron en Manzanillo. Quiero, hacer mención, también, a mis amigos. Por qué digo también?, abrí el blog de mi amigo Carlos Ramírez, y una sorpresa muy grande embargó mi corazón... mis ojos... dos de los post que vienen ahí, mencionan a los amigos. Dicen que los amigos amigos son tan pocos que se pueden contar con los dedos de la mano... ahí les van... mis amigos de la secundaria practicamente son inexistentes... los del bachillerato, andan hay... haciéndole al rock... pero los de la licenciatura... esos... amigos míos... esos han sido los mejores amigos que he tenido en mi Albertina vida. Y bueno, los voy a enumerar... Carlos Ramírez... David Chávez... Oscar Fernando... Ihovan Pineda... y Sergio Plascencia... uno, dos, tres, cuatro, cinco. Como dedos tiene la mano, así mis amigos... y quiero nada más mencionar a los hombres, porque ha sido con ellos, con los que he pasado momentos, de verdad, bien chingones. Hay mujeres, claro, en la vida de un hombre siempre hay mujeres. Pero los amigos que he tenido, han sido como enviados por obra divina. Nos divertimos a más no poder. Y devo decirlo. A tres años de egreso, no nos dejamos de ver, de frecuentar, de pistear juntos, de jugar también. El texto de mi amigo Carlos, sobre nosotros, me puso a pensar en el valor de la amistad, y aunque de pronto parezca que los tenga olvidados. Saben que en mi corazón, todos y cada uno tiene su lugarzote, y en el refri de mi casa, su chela, cómo no, y si no hay, vamos al ARCE y la compramos, papás. Y que todos, y cada uno de los antes mencionados, lejos de las desavenencias que siempre hay, siempre podrán contar con su brother que los estima, admira y respeta. Hay otros cuates que son los de parranda, no kiere decir que los otros cuates no sean de parranda. Pero el Jaibol, por ejemplo, no más me llama para puras pedas, Jolik, para ir de antro a antro de mala muerte, Chaka, también, Pako, ni se diga... pero bueno, a todos los estimo, todos tienen algo especial, que somos amigos de la cerveza, por ejemplo. Salú por eso, amigos... Chequen la rola de los Red Hot Pepers, "My Friends", viene en el disco One hot minut... eso merece, otro brindis... Salú...
Siguen más vilipendios, cervezas, y lo mejor, la Sherezaii, artista... artista...!!!
Todavía estamos en miércoles 21, primaveralón, acá, como burros en ídem. Me quedé en que Gerardo y yo hicimos acto presencial. Bueno, pues en cuento Memo vio la tella de tinto, los ojos de los simpson quedaron pendejos, Memo los agrandó más, y obvio, me pidió un vaso (ah, porque hasta vasos plásticos llevaba, por ejemplo, soy borracho como dice la gente, pero hasta eso consciente). Total. Me dio mucho ver ahí a Melquiades, una cara amigable, chingá, digo, estaba Gerardo, pero ya Gerardo y yo llebábamos varias tellas de tinto. Bueno, el curso o charla o taller o lo que sea que dio Memo, estuve genial, me pasé cagando de la risa, aunque ofenda sus castos y puritanos oclallos, pero es que ah, inche memo, estuvo genial, sobre todo con eso de las musas, que dicen: "ponte a escribir, pendejo". Frase que puede quedar plasmada en una playera. Después del curso del maestro Memo Vega, nos fuimos a pistear, creo que él, a trabajar todavía más, pero bueno, son cosas que pasan. El primer día noche (el segundo para mí), hubo un conciertillo muy chafa (no mames pinche Avelino, la neta eh), quesque de trova, bueno, me tomé una chela. Iba con la wera Irene, ella no está tomando. Sergio, trabajando. Tenía unas ganas imperiosas casi, de jugar billar. Y como la música estaba realmente muy pinche, que le digo a Irene, juimonos y nos juimos. Memo Vega estaba platicando con ls mujercilla esa, en el bar social, lugar donde se llevaba a cabo el concierto de música trovadora... Fuimos al manzagrillos, ahí hay mesas de billar y toda la cosa, muy puteadas, hay que aclararlo, pero bueno, mesas al fin y al cabo. Esperamos entonces a que mi compadre terminara su desmadre (trabajo), pero creo que iba para largo. Siempre tengo sed de Negra Modelo, así que no lo pude evitar, la pedí... el vino tinto y la cerveza no hacen buena mezcla, lo ponen pedo a uno. Menos con la crema de la cerveza, uta, qué peda, pero bien, hacía calor, o siempre tengo calor (pinche caliente). Luego de otra chela, como que la desvelada de la noche anterior me vino en seco. Por fin llegó Sergio, como a las doce de la noche. Total. Me estaba quedando jetón. El hotel estaba a una cuadra. Y como que no vi claro qué pedo con la demás banda. Melquiades, y tenía razón, se estaba quedando jetón en el concierto de música mamoma trovera. Bien, aquí se rompió una taza y cada quien a su casa. Fuime a mi habitación. Hotel colonial 204. Entré. saqué mi librín de Efraín Bartolomé, que no es precisamente mío, y fui a hacer una necesidad mientras leía: Del mar, del ancho mar, del negro y tormentoso mar... en la cama contigua a la mía, unas cosas esperaban por alguien. Traducción, dijera el padre de mi chika bonita: El gran Alfredo Hermosillo había tomado poseción. Bien. Declame y declame terminé. Voy viendo que no tenía pasta, ni jabones ni champú, la pasta la compré antes de... los jabones bien podía usar los rosa venus como de motel (me han dicho) y el champú lo podía compar al día siguiente. Final en laguna (dijera José Agustín), del día ajeteadrón.
Jueves 22 de marzo... (a dos días de mi cumple... por eso me fui rápido el sábado mi Memo).
Cómo olvidar ese jueves, gran día. La cuarta o tercer locura que ha hecho mi mujer desde que estamos juntos... pero vamos por partes... La noche anterior, la compartí en la habitación doble con el Hermosillo. Uno no está acostumbrado a dormir acompañado, menos si esa compañía es de un cabrón. Salí pues del baño, y llegó él, tocó a la puerta y se presentó, aunque ya nos habíamos visto en el taller literario con Memo Vega. Luego de intermcabiar bagatelas que se acostumbran en ese tipo de situaciones. Ambos nos quedamos jetones. La fiesta en el centro histórico de manzanas termina pronto... esa la frase suya de él, que no voy a poder olvidar porque tiene toda la razón.
Amanecí. Siempre voy al baño antes de... esta no fue la excepción. Me acordé que no tenía champú. Prendí la tele para ver las noticias y me acosté, al rato iría a comprar la indumentaria. Al cabo se despertó el Hermosillo. Intercambiamos palabras también de costumbre más que de amistá, como en el caso. Y opté por lanzarme a comprar el champú para darme un buen baño. Me tardé una rato en la compra. Antes fui a caminar un ratito por el parque del centro. Despertar con el mar a tu lado es genial. Me cae de madre. Entonces le hice caso a mi amada, me compré un yogurth, porque la pinche gastritis, estaba cabrona. Se me acentó un poco es estómago. Las tiendas empezaban a abrir. El clima era frescazo. Se respiraba mar. Rico la verdad. Esos amaneceres son chingones. Voy a una farmacia. En el camino, pasé por una tienda de ropa, vi una blusa tan chingona, que pensé en cómprarsela ipso factum, a alejandra, pensé que se le vería de maravilla, y en efecto así es, se le ve de maravilla. Palpo las bolsas de mi short, y tonto de capirote (dice Juan Diego), no llevaba la puta cartera. Solo un móndrigo billetito de cincuenta pinchurrientos pesos, que obvio, no me alcazaba para nada más, que no fuera el puto champucito. Bien, vade retro al hotel. A la suite presidencial. El Hermosillo yastaba vestido y listo para ir a desayunar. Estaba también, en plena corrección de sus textos, porque al rato, además de tocarle leer en público, tenía taller con el gran Memo. Bueno, hay te dejo, voy a desayunar y me lanzo -me dijo-, sobres, contesté, y qué bueno que quedé solo, porque bañarme, me gusta hacerlo con musikita, como con muskita me guatan hacer otras muchas cosas. Total. Tomé una ducha. El puto cabello resintió el cambio de agua. Se me puso espezaso (si ya de po), pero chido. Un mensaje de mi reina me alegró el día. Contestele como siempre había hecho desde que puse pie en manzanillo. Mensaje va, mensaje viene de regreso. La romantiquez mejor me la reservo para ella solita. Alisteme, púseme más o menos presentable, y fuime a desayunar. Esto de ponerme presentable tiene su historia. Resulta que siempre que voy a manzanas, lo hago para dos cosas, pistear y andar en fachas, pero ahora no podía andar en fachas, no, cómo, iba a leer, total. A la salida me encontré de frente con el gran Melquiades. Intercambiamos algunas palabras, y nos disponiamos a ir a la oficina del sargento, cuando al bajar aún más, Guille Cuevas compartía mesa con Hermosillo. Nos sentamos. Desyuné. Por cierto, me chingué los huevitos que le habían mandado a Guille, porque ella los había pedido tal y se los llevaron cual. Estas meseras porteñas igualadas -dice Guille-. Memo Vega hizo acto de presencia con una cara que francamente, no se veía muy bien. Se presentó diciendo, antes que los buenos días, que había pasado mala noche por todo lo que comió. Caray.
Desayunamos muy agusto, Melquiades dice que no está acostumbrado a hacer esa actividad tan temprano, pero nos acompañó de igual manera. El tiempo ya lo teníamos encima, y en efecto, no tarde en levantar cuando el móvil sonó... pensando que era mi reina lo cogí de prisa pero oh, no, no era mi reina, era el sargento Gómez. Onde andas cabrón, con quién y a qué horas piensan llegar. Tres preguntas lanzadas como una mendiga bala fría. Estoy en el hotel, desayunando, con cuasi todos excepto los innombrables y ya vamos saliendo para allá. Lo bueno que el hotel está a una broma de la presidencia, sino, hubiera hecho, el sargent, el primer coraje del día. En un santiamén estuvimos trepados como changos de circo, en una van, que nos llevaría a nuestros lugares de lectura. A mí, y como es crónica mía van a tener que aguantar porque fue lo que viví yo, me tocó leer en el CET del MAR... (indudable no pensar en mi reina con ese MAR de MARgarita). Y como dicen los Tacuba, va mi pensamiento otra vez a ti...
La lectura nos salió rebién. Compartí mesa con la Alegría (sic) y Memo Vega. Empecé yo. Me caga que lean curriculos largos que no dicen nada. Yo sólo soy Alberto Llanes /les dije a los chavos/, y me dedico a escribir, pero antes, a leer, excelente presentación, para qué salgo con la mamada, como la intruseta, de pedirle al sargento Gómez nuestros curriculos, pura pinche vanagloria, me cae de madre. Bueno, después del exabrupto, creo que mi texto les gustó, oí por ahí risas, cuando un texto mío logra eso, me vale madre el resto, estoy conforme. Igual me conformo con poco, pero poco es lo que necesito para vivir. Memo Vega leyó un cuentazo. A leguas se le nota lo chilango, debo decir que yo también soy de por allá. Total. El otro texto... me reservo el derecho de admisión, jajaja.
El lugar CET del MAR, está hasta encajo aquél. Lejos Lejos Lejos, a la chingada, dice Alex Lora, más allá del balneario del tapo, no, les digo, encajo el miembro. Pero la banda fue buena onda. Hizo sus preguntas y toda la cosa. El temor de Memo Vega, era que en realidá vinieran por nosotros, que no nos dejaran ahí. Que de cosas se le ocurren al Vega, bueno, vamos de regreso en la misma van. Aquí, viene un apartado que voy a poner en mayúsculas, gusten o no. EL MÓVIL DEL SEÑOR LLANES SONÓ, SONÓ CON TIMBRE DE LLAMADA, NO DE MENSAJE. AL VER LA CARÁTULA, ERA MI REINA. QUE ME SOLTÓ UN QUÉ CREES, QUÉ CREO MI AMOR, LE DIJE, QUE TRABAJÉ EN BALDE, NO ME DIGAS CHIKITA, SÍ MI AMOR, QUE ESTOS PENDEJOS DE LA TRADUCCIÓN ME DIJERON QUE NO MÁS NO, QUE ERA A PARTIR DE LA CINCUENTA Y... HAY MI AMOR, Y AHORA, NO PUES YA NO VOY A HACER NADA, YA ME PIDIERON LA TRADUCCIÓN QUESQUE PORQUE LA VAN A METER A UN TRADUCTOR (PROGRAMA), PARA QUE LA TENGAN MÁS RÁPIDO, HUMMM MIJA, POS QUÉ PINCHE DESMADRE... SÍ MI AMOR, PERO BUENO, LUEGO TE CUENTO TODA LA HISTORIA... SALE PRECIOSA... Y A TÍ CÓMO TE FUE, EXCELENTE, UN ÉXITO EL TEXTO QUE LEÍ, YA VAMOS DE REGRESO EN LA VAN... SÍ, OIGO MUCHO ALBOROTO. SÍ, VAMOS PARA EL CENTRO DE MANZANAS... OYE, TE KIERO, YO TAMBIÉN TE KIERO MI REINA... BUENO CHIQUITO, TENGO QUE DAR CLASES, NO MÁS TE HABLÉ PA ESO, YA TE EXTRAÑO, YO YAMBIÉN TE EXTRAÑO, NO TOMES MUCHO, MI AMOR, NO PRECIOSA, YA VEZ QUE A MÍ NI ME GUSTA ESO... BESITOS LANZADOS POR LA BOCINA... Y UN TE QUIERO...
la van nos dejó exactamente en el centro, de ahí, cada kien a su desmadre... Melaquiades se había ido en otro carro a otro lugar, a leer. Yo tenía que pasar al hotel primero, dejar mis chingaderas segundo, y salir haber a qué, porque calor, ya hacía y un chingo. Pasé otrora vez por el lugar donde venden ropa y vi la blusa chingona para mi mujer... me llegó el acá de había trabajado de balde, entré a la dependecia, compré el artículo en mención (pinche lenguaje policiaco, mi Brenán), y tómala barbón, que veo una chidilla como para Mi key mause. Y zas, que la compro. Igual esto a nadie le importa, pero qué, es mi crónica. Voy al hotel, dejo entonces mis chingaderas. Salgo del hotel. Camino un rato por ahí en busca de una librería que había visto ya rtiempo por ahí. Nada. Regreso al hotel, veo a Armando tomando solo, me le acerco, iba a pedir una chela, antes intercambiamos palabras, cuando el móvil del Llanes volvió a sonar... de inmediato pensé en ella, pero no, ahora era Avel, Onde andas cabrón, Melquiades ocupa un hombre (pa pistear juntos vaya la aclaración) y a qué hora vienes... jajaja pinche Avel es la onda... estoy en la explanadita del hotel, con Armando, y bueno, dónde están ustedes y vamos a pistear con todo gusto... qué pasó pinche Llanes, cómo que no sabes dónde, pues en el bar social. Y allá vamos... (La Sherezaii, mis chamacos impúberes, se las remeto en otro post).
Jueves 22 de marzo... (a dos días de mi cumple... por eso me fui rápido el sábado mi Memo).
Cómo olvidar ese jueves, gran día. La cuarta o tercer locura que ha hecho mi mujer desde que estamos juntos... pero vamos por partes... La noche anterior, la compartí en la habitación doble con el Hermosillo. Uno no está acostumbrado a dormir acompañado, menos si esa compañía es de un cabrón. Salí pues del baño, y llegó él, tocó a la puerta y se presentó, aunque ya nos habíamos visto en el taller literario con Memo Vega. Luego de intermcabiar bagatelas que se acostumbran en ese tipo de situaciones. Ambos nos quedamos jetones. La fiesta en el centro histórico de manzanas termina pronto... esa la frase suya de él, que no voy a poder olvidar porque tiene toda la razón.
Amanecí. Siempre voy al baño antes de... esta no fue la excepción. Me acordé que no tenía champú. Prendí la tele para ver las noticias y me acosté, al rato iría a comprar la indumentaria. Al cabo se despertó el Hermosillo. Intercambiamos palabras también de costumbre más que de amistá, como en el caso. Y opté por lanzarme a comprar el champú para darme un buen baño. Me tardé una rato en la compra. Antes fui a caminar un ratito por el parque del centro. Despertar con el mar a tu lado es genial. Me cae de madre. Entonces le hice caso a mi amada, me compré un yogurth, porque la pinche gastritis, estaba cabrona. Se me acentó un poco es estómago. Las tiendas empezaban a abrir. El clima era frescazo. Se respiraba mar. Rico la verdad. Esos amaneceres son chingones. Voy a una farmacia. En el camino, pasé por una tienda de ropa, vi una blusa tan chingona, que pensé en cómprarsela ipso factum, a alejandra, pensé que se le vería de maravilla, y en efecto así es, se le ve de maravilla. Palpo las bolsas de mi short, y tonto de capirote (dice Juan Diego), no llevaba la puta cartera. Solo un móndrigo billetito de cincuenta pinchurrientos pesos, que obvio, no me alcazaba para nada más, que no fuera el puto champucito. Bien, vade retro al hotel. A la suite presidencial. El Hermosillo yastaba vestido y listo para ir a desayunar. Estaba también, en plena corrección de sus textos, porque al rato, además de tocarle leer en público, tenía taller con el gran Memo. Bueno, hay te dejo, voy a desayunar y me lanzo -me dijo-, sobres, contesté, y qué bueno que quedé solo, porque bañarme, me gusta hacerlo con musikita, como con muskita me guatan hacer otras muchas cosas. Total. Tomé una ducha. El puto cabello resintió el cambio de agua. Se me puso espezaso (si ya de po), pero chido. Un mensaje de mi reina me alegró el día. Contestele como siempre había hecho desde que puse pie en manzanillo. Mensaje va, mensaje viene de regreso. La romantiquez mejor me la reservo para ella solita. Alisteme, púseme más o menos presentable, y fuime a desayunar. Esto de ponerme presentable tiene su historia. Resulta que siempre que voy a manzanas, lo hago para dos cosas, pistear y andar en fachas, pero ahora no podía andar en fachas, no, cómo, iba a leer, total. A la salida me encontré de frente con el gran Melquiades. Intercambiamos algunas palabras, y nos disponiamos a ir a la oficina del sargento, cuando al bajar aún más, Guille Cuevas compartía mesa con Hermosillo. Nos sentamos. Desyuné. Por cierto, me chingué los huevitos que le habían mandado a Guille, porque ella los había pedido tal y se los llevaron cual. Estas meseras porteñas igualadas -dice Guille-. Memo Vega hizo acto de presencia con una cara que francamente, no se veía muy bien. Se presentó diciendo, antes que los buenos días, que había pasado mala noche por todo lo que comió. Caray.
Desayunamos muy agusto, Melquiades dice que no está acostumbrado a hacer esa actividad tan temprano, pero nos acompañó de igual manera. El tiempo ya lo teníamos encima, y en efecto, no tarde en levantar cuando el móvil sonó... pensando que era mi reina lo cogí de prisa pero oh, no, no era mi reina, era el sargento Gómez. Onde andas cabrón, con quién y a qué horas piensan llegar. Tres preguntas lanzadas como una mendiga bala fría. Estoy en el hotel, desayunando, con cuasi todos excepto los innombrables y ya vamos saliendo para allá. Lo bueno que el hotel está a una broma de la presidencia, sino, hubiera hecho, el sargent, el primer coraje del día. En un santiamén estuvimos trepados como changos de circo, en una van, que nos llevaría a nuestros lugares de lectura. A mí, y como es crónica mía van a tener que aguantar porque fue lo que viví yo, me tocó leer en el CET del MAR... (indudable no pensar en mi reina con ese MAR de MARgarita). Y como dicen los Tacuba, va mi pensamiento otra vez a ti...
La lectura nos salió rebién. Compartí mesa con la Alegría (sic) y Memo Vega. Empecé yo. Me caga que lean curriculos largos que no dicen nada. Yo sólo soy Alberto Llanes /les dije a los chavos/, y me dedico a escribir, pero antes, a leer, excelente presentación, para qué salgo con la mamada, como la intruseta, de pedirle al sargento Gómez nuestros curriculos, pura pinche vanagloria, me cae de madre. Bueno, después del exabrupto, creo que mi texto les gustó, oí por ahí risas, cuando un texto mío logra eso, me vale madre el resto, estoy conforme. Igual me conformo con poco, pero poco es lo que necesito para vivir. Memo Vega leyó un cuentazo. A leguas se le nota lo chilango, debo decir que yo también soy de por allá. Total. El otro texto... me reservo el derecho de admisión, jajaja.
El lugar CET del MAR, está hasta encajo aquél. Lejos Lejos Lejos, a la chingada, dice Alex Lora, más allá del balneario del tapo, no, les digo, encajo el miembro. Pero la banda fue buena onda. Hizo sus preguntas y toda la cosa. El temor de Memo Vega, era que en realidá vinieran por nosotros, que no nos dejaran ahí. Que de cosas se le ocurren al Vega, bueno, vamos de regreso en la misma van. Aquí, viene un apartado que voy a poner en mayúsculas, gusten o no. EL MÓVIL DEL SEÑOR LLANES SONÓ, SONÓ CON TIMBRE DE LLAMADA, NO DE MENSAJE. AL VER LA CARÁTULA, ERA MI REINA. QUE ME SOLTÓ UN QUÉ CREES, QUÉ CREO MI AMOR, LE DIJE, QUE TRABAJÉ EN BALDE, NO ME DIGAS CHIKITA, SÍ MI AMOR, QUE ESTOS PENDEJOS DE LA TRADUCCIÓN ME DIJERON QUE NO MÁS NO, QUE ERA A PARTIR DE LA CINCUENTA Y... HAY MI AMOR, Y AHORA, NO PUES YA NO VOY A HACER NADA, YA ME PIDIERON LA TRADUCCIÓN QUESQUE PORQUE LA VAN A METER A UN TRADUCTOR (PROGRAMA), PARA QUE LA TENGAN MÁS RÁPIDO, HUMMM MIJA, POS QUÉ PINCHE DESMADRE... SÍ MI AMOR, PERO BUENO, LUEGO TE CUENTO TODA LA HISTORIA... SALE PRECIOSA... Y A TÍ CÓMO TE FUE, EXCELENTE, UN ÉXITO EL TEXTO QUE LEÍ, YA VAMOS DE REGRESO EN LA VAN... SÍ, OIGO MUCHO ALBOROTO. SÍ, VAMOS PARA EL CENTRO DE MANZANAS... OYE, TE KIERO, YO TAMBIÉN TE KIERO MI REINA... BUENO CHIQUITO, TENGO QUE DAR CLASES, NO MÁS TE HABLÉ PA ESO, YA TE EXTRAÑO, YO YAMBIÉN TE EXTRAÑO, NO TOMES MUCHO, MI AMOR, NO PRECIOSA, YA VEZ QUE A MÍ NI ME GUSTA ESO... BESITOS LANZADOS POR LA BOCINA... Y UN TE QUIERO...
la van nos dejó exactamente en el centro, de ahí, cada kien a su desmadre... Melaquiades se había ido en otro carro a otro lugar, a leer. Yo tenía que pasar al hotel primero, dejar mis chingaderas segundo, y salir haber a qué, porque calor, ya hacía y un chingo. Pasé otrora vez por el lugar donde venden ropa y vi la blusa chingona para mi mujer... me llegó el acá de había trabajado de balde, entré a la dependecia, compré el artículo en mención (pinche lenguaje policiaco, mi Brenán), y tómala barbón, que veo una chidilla como para Mi key mause. Y zas, que la compro. Igual esto a nadie le importa, pero qué, es mi crónica. Voy al hotel, dejo entonces mis chingaderas. Salgo del hotel. Camino un rato por ahí en busca de una librería que había visto ya rtiempo por ahí. Nada. Regreso al hotel, veo a Armando tomando solo, me le acerco, iba a pedir una chela, antes intercambiamos palabras, cuando el móvil del Llanes volvió a sonar... de inmediato pensé en ella, pero no, ahora era Avel, Onde andas cabrón, Melquiades ocupa un hombre (pa pistear juntos vaya la aclaración) y a qué hora vienes... jajaja pinche Avel es la onda... estoy en la explanadita del hotel, con Armando, y bueno, dónde están ustedes y vamos a pistear con todo gusto... qué pasó pinche Llanes, cómo que no sabes dónde, pues en el bar social. Y allá vamos... (La Sherezaii, mis chamacos impúberes, se las remeto en otro post).
Ella tiene su historia, yo tengo la verdá (parte uno)
Empezaré esto sin palabras /dijo Kurt Cobain en una de sus canciones/. Martes 20 de marzo, casi once la noche. Llegué a Manzanillo al cuarto festival del centro histórico del puerto, al cual, me había invitado, mi amigo, Avelino (nuestro siempre director de cultura), desde hace varios días. Casi, con un año de anticipación. El programa no estaba muy claro. Yo sólo sé, que iba banda medio acá, Alberto Chimal que engalanaría el pedo, y Guille Cuevas, que me conformaba la convivencia, ahora sin el Daivid preciso (en Chile por antonomasia). Total. La central vacía a esa hora. Me fue un poco complicado abordar un taxi. El lugar al que llegaría. La casa de mis amigos Irene y Checo (pacheco). Abordé la unidad. El chofer rápido ha de haber pensado que no era de manzanas, porque el sudor, la maleta y los cabello alborotados, delataban mi extranjería en el puerto, ello sin contar que me encontraba en la central camionera, con toda la máscara de haber llegado apenas. Total. La labia siempre es más chingona, y como no es la primera vez que voy para allá, me puse a platicar todo el camino, con el chofer, ya saben, de cosas tan banales como simples. Que qué calor, que cómo va la noche, que qué chida canción están tocando en la radio (aunque la pinche canción ni me gustara). Total. Mis amigos viven en el sector cuatro, residencial del Sol, algo así, andador Aries (vaya persecusión), número tal... el tipo hasta eso no me cobró más que 18 pesos. Irene me había dicho que me iba arrancar 25, pero repito, la labia a veces es más chingona que cualquier bagatela más.
Llegué, y la güera estaba cuidando al heredero (su bebé). La wera está convertida en toda una madre de familia. Sergio también, aunque él, como se sabe, en padre de familia. Siempre ansío, al llegar a manzanillo, una cerveza helada. Es cierto, nunca antes les había llegado tan, pero tan, pero tan, tarde, o sea, cuando el calor está más en su apogeo. Sergio andaba trabajando con nuestro siempre director de cultura. No le voy a poner a mayúsculas, pero ya sabe el Avelacuas, que lo apreciamos. La cena de esa noche estuvo conformada por unos perros calientes, y yo, claro, mis siempre y tradicionales papas caseras. Qué se le puede hacer, la comida chatarra es mi preferida, o como dice mi gran compa Oscar (Volpi), unos le dicen colesterol, yo le llamo: delicioso.
El primer comentario de Irene al respecto del evento fue, que el programa iba a estar muy ojete, a comparación con el de poesía, y que los invitados (salvo su valiosa excepción, estaban en el mismo tener). Bueno sí, tiene toda la razón la wera. Pero qué se le va a hacer. La noche, velada nocturna, nos la pasamos jugando al dominó, luego al cubilete, y como es costumbre, no le pude ganar, chingá. Las cuatro de la mañana marcaba el reloj, Sergio se fue a acostar en cuanto terminó de cenar, y nosotros, en cuanto terminamos de jugar. Lo que me encantan de esas veladas nocturnas es que nos ponemos a jugar hasta deshoras de la mañana, oyendo música en el sistema televisivo sky (comper) y claro, tomándonos unos alcoholes. Dice mi mujer que por qué tomo taaaaaanto, creo que es una actividad inherente a mí. Total.
Al otro día. Alberto Llanes. Estaba levantado a las siete de la mañana. De las cuatro a eme., a las siete hay (tres horas de diferencia), mismas que dormí a pierna suelta. Que en cuanto pegué la cabeza a la almohada, ya no supe de mí. Lo bueno, es que estoy en confianza de años. Con amigos admirables, a los cuales admiro, quiero, y respeto (uta madre, tráiganme los violines, carajo). La wera tenía, al otro día, que trabajar bien temprano. Sergio un poco más tarde. Yo, ni madres, no más presentarme con el sargento Gómez, y estar en el taller con Alberto Chimal, el engalanador.
Después de un buen baño. Hay vamos mi compadre y yo, a dejar al heredero a la guardería. Esos lugares no me gustan mucho (en caso de que yo fuera padre), pero bueno, qué se le va a hacer cuando dos personas trabajan y la familia también. Llegamos al centro de Manzanillo a eso de las cuasi diez de la mañana. Fui a la oficina de la wera, que labora en comunicación social, hojee algunos diarios para qué mentiras decían. Y a las diez y media, que llegó el sargento Gómez a laborar, me presenté con él. Luego de un abrazo me dice: Llanes, que bueno que llegaste..., de ahí fuimos a su oficina, y me quedé el ratonón ahí, haciendo mosca, sin hacer nada mientras Avel movía hojas, firmaba papeles, fumaba, platicaba conmigo, y llamaba por teléfono. Me sorpredió su capacidad de hacer varias cosas a la vez, porque dicen, malamente, que los hombres no tienen esa capacidad. En fin.
Luego de arreglar y afinar unos detalles finalísimos. Me dijo que ya podía hacer uso de las instaciones en que había hecho reservación, para los narradores, para esos tres días. Genial -contesté-, le pedí que me prestara un ratito a su trabajador, o sea, a mi compadre para ir al carro por mi cosas, y ahora sí, como dicen los gobernantes, tomar posesión. Y eso fue lo que hice.
El hotel colonial es, ¿cómo decirlo?, pues así, es colonial. Me dio, de entrada, la impresión de que el cuarto era un poco más pequeño que el baño, pero total. Uno nunca pasa tanto tiempo en los cuartos de hotel. Menos yo, que como vuelve a decir mi mujer, me pica la cama. Tomé posesión, pues. Agandallé la cama, pues. El cuarto lo iba a compartir con el hasta entonces para mí, desconocido Alfredo Hermosillo. Quién era este cuate. Quien sabe. Pero me cayó rebién. Él, espero, tenía primero la misma pregunta que yo. ¿Alberto Llanes?, quién sería ese wey, pero total. en el poco tiempo que convivimos, hicimos migas.
Volví a tomar posesión, ahora, de la oficina del sargento Gómez. Antes de salir de la habitación, me topé de frente con Gerardo Gónzalez, gran amigo, y excelente narrador colimense, que no es precisamente oriundo de Colima. Total. Hay vamos de regreso a tomar posesión de la oficina del sargento Gómez. A esa hora, y luego de haber desayunado unos tacos de guisado, ya el calor empezaba a mermar. Gerardo iba con la firme intención de empezar a pistear. Devo confesarlo, yo también. Cada que digo esto, la imagen de mi mujer me viene a la cabeza. Y su pregunta me taladra el cerebro ¿Mi amor, porqué tomamos tanto?, chéquese el anexo, no dice por qué tomas tanto, no, por qué tomamos tanto.
La oficina de Avelino es sencilla, escritorio antiguo estilo años setenta. Ventilador que rechina a cada mínimo movimiento. Teléfono con largo alcance (y lo digo por el cable), una lap top, y muchos instrumentos musicales, conforman la estancia. Mi compadre siguió trabajando. Gerardo, Avelino y yo, empezamos a pistear, sí, ahí, en su oficina. Aunque algunas gentesencillas, digan que el Llanes no más a pistear a esos eventos, y yo pregunto, cuasi con espuma de perro rabioso Tanem en la boca ¿acaso se va a otra cosa?...
Una botella de vino después y media cajetilla fumada, llegó la gran Guille Cuevas, ahí, a la oficina del sargento Gómez. Tengo que hacer hincapié en un detalle que me llama mucho la atención, antes de seguir con esta narrativa. Todo el personal que tiene Avelino, fuman pura madre, obvio, cuando vamos nosotros, fumadores empedernimos, máxima cuando estamos pisteando, salimos siempre regañados de ahí. Por lo que mejor opté, no por mala onda si no por salú mental. Cerrar la puerta que divide la oficina de Avel, con el resto del mundo, por decir lo menos.
Ahí está Guille Cuevas, luego de un leve reclamo, hacia mi persona, se contentó. Y es que Avel trajo otra botella de tinto y guille pudo entonces, fumar a gusto. El disgusto leve entre guille y yo, no lo voy a narrar, no sean chimosos. Pero bueno, guille no se puede enojar conmigo, es mi amá literaria, cómo pues...
Total. Yo empecé a ver medio borrosón a Gerardo, y es que nos faltaba comer algo. Digo, puro pinche vino tinto así, a lo pendejo, no deja nada bueno. En tanto, Avelino seguía en su chamba. Lo que me encanta de fumar en su oficina con las puertas cerradas y con varios amigos (todos fumadores, Avelino, Gerardo, Guille y yo), es que en su oficina se hace una natita de, como dijera Cabrera Infante (que no diga la intrusa que no conozco de literatura) puro humo. Después, el sargento Gómez dice, cambio de planes, Chimal siempre no viene, bueno sí viene, pero no viene, ohhhh qué la chingada, viene o no, pues que sí viene, pero llega hasta el jueves, o sea, al otro día. Estaba dispuesto a lanzarme a empedar al bar social, cuando oh!!!, frustración, el sargent peper dice, no se me vayan, papás, porque no viene Chimal, pero viene Guillermo Vega, por su puesto nadie conocía a Memo (con todo respeto mi Memo, pero a Colima está cabrón que lleguen obras de autores jóvenes. Total). Y nos dice Avelino, pero pues ya láncense porque ya está aquí. Tómala barbón. Así. En seco lo soltó. Y hay vamos al archivo histérico. Gerardo y yo, un poco con la vista nublada. Yo, con la botella en mano. Cosa que a Memo le dio mucho, pero al resto de los invitados como que vi que no mucho, incluyendo a la intrusilla esa. En el archivo, ya estaba Melquiades, Armando, los no dichos, Martita, un arqui que dicen que siempre va, Hermosillo, y bueno, Gerardo y yo, que hicimos acto, y como desde que he venido diciendo, tomamos posesión... (continúa porque continúa).
Llegué, y la güera estaba cuidando al heredero (su bebé). La wera está convertida en toda una madre de familia. Sergio también, aunque él, como se sabe, en padre de familia. Siempre ansío, al llegar a manzanillo, una cerveza helada. Es cierto, nunca antes les había llegado tan, pero tan, pero tan, tarde, o sea, cuando el calor está más en su apogeo. Sergio andaba trabajando con nuestro siempre director de cultura. No le voy a poner a mayúsculas, pero ya sabe el Avelacuas, que lo apreciamos. La cena de esa noche estuvo conformada por unos perros calientes, y yo, claro, mis siempre y tradicionales papas caseras. Qué se le puede hacer, la comida chatarra es mi preferida, o como dice mi gran compa Oscar (Volpi), unos le dicen colesterol, yo le llamo: delicioso.
El primer comentario de Irene al respecto del evento fue, que el programa iba a estar muy ojete, a comparación con el de poesía, y que los invitados (salvo su valiosa excepción, estaban en el mismo tener). Bueno sí, tiene toda la razón la wera. Pero qué se le va a hacer. La noche, velada nocturna, nos la pasamos jugando al dominó, luego al cubilete, y como es costumbre, no le pude ganar, chingá. Las cuatro de la mañana marcaba el reloj, Sergio se fue a acostar en cuanto terminó de cenar, y nosotros, en cuanto terminamos de jugar. Lo que me encantan de esas veladas nocturnas es que nos ponemos a jugar hasta deshoras de la mañana, oyendo música en el sistema televisivo sky (comper) y claro, tomándonos unos alcoholes. Dice mi mujer que por qué tomo taaaaaanto, creo que es una actividad inherente a mí. Total.
Al otro día. Alberto Llanes. Estaba levantado a las siete de la mañana. De las cuatro a eme., a las siete hay (tres horas de diferencia), mismas que dormí a pierna suelta. Que en cuanto pegué la cabeza a la almohada, ya no supe de mí. Lo bueno, es que estoy en confianza de años. Con amigos admirables, a los cuales admiro, quiero, y respeto (uta madre, tráiganme los violines, carajo). La wera tenía, al otro día, que trabajar bien temprano. Sergio un poco más tarde. Yo, ni madres, no más presentarme con el sargento Gómez, y estar en el taller con Alberto Chimal, el engalanador.
Después de un buen baño. Hay vamos mi compadre y yo, a dejar al heredero a la guardería. Esos lugares no me gustan mucho (en caso de que yo fuera padre), pero bueno, qué se le va a hacer cuando dos personas trabajan y la familia también. Llegamos al centro de Manzanillo a eso de las cuasi diez de la mañana. Fui a la oficina de la wera, que labora en comunicación social, hojee algunos diarios para qué mentiras decían. Y a las diez y media, que llegó el sargento Gómez a laborar, me presenté con él. Luego de un abrazo me dice: Llanes, que bueno que llegaste..., de ahí fuimos a su oficina, y me quedé el ratonón ahí, haciendo mosca, sin hacer nada mientras Avel movía hojas, firmaba papeles, fumaba, platicaba conmigo, y llamaba por teléfono. Me sorpredió su capacidad de hacer varias cosas a la vez, porque dicen, malamente, que los hombres no tienen esa capacidad. En fin.
Luego de arreglar y afinar unos detalles finalísimos. Me dijo que ya podía hacer uso de las instaciones en que había hecho reservación, para los narradores, para esos tres días. Genial -contesté-, le pedí que me prestara un ratito a su trabajador, o sea, a mi compadre para ir al carro por mi cosas, y ahora sí, como dicen los gobernantes, tomar posesión. Y eso fue lo que hice.
El hotel colonial es, ¿cómo decirlo?, pues así, es colonial. Me dio, de entrada, la impresión de que el cuarto era un poco más pequeño que el baño, pero total. Uno nunca pasa tanto tiempo en los cuartos de hotel. Menos yo, que como vuelve a decir mi mujer, me pica la cama. Tomé posesión, pues. Agandallé la cama, pues. El cuarto lo iba a compartir con el hasta entonces para mí, desconocido Alfredo Hermosillo. Quién era este cuate. Quien sabe. Pero me cayó rebién. Él, espero, tenía primero la misma pregunta que yo. ¿Alberto Llanes?, quién sería ese wey, pero total. en el poco tiempo que convivimos, hicimos migas.
Volví a tomar posesión, ahora, de la oficina del sargento Gómez. Antes de salir de la habitación, me topé de frente con Gerardo Gónzalez, gran amigo, y excelente narrador colimense, que no es precisamente oriundo de Colima. Total. Hay vamos de regreso a tomar posesión de la oficina del sargento Gómez. A esa hora, y luego de haber desayunado unos tacos de guisado, ya el calor empezaba a mermar. Gerardo iba con la firme intención de empezar a pistear. Devo confesarlo, yo también. Cada que digo esto, la imagen de mi mujer me viene a la cabeza. Y su pregunta me taladra el cerebro ¿Mi amor, porqué tomamos tanto?, chéquese el anexo, no dice por qué tomas tanto, no, por qué tomamos tanto.
La oficina de Avelino es sencilla, escritorio antiguo estilo años setenta. Ventilador que rechina a cada mínimo movimiento. Teléfono con largo alcance (y lo digo por el cable), una lap top, y muchos instrumentos musicales, conforman la estancia. Mi compadre siguió trabajando. Gerardo, Avelino y yo, empezamos a pistear, sí, ahí, en su oficina. Aunque algunas gentesencillas, digan que el Llanes no más a pistear a esos eventos, y yo pregunto, cuasi con espuma de perro rabioso Tanem en la boca ¿acaso se va a otra cosa?...
Una botella de vino después y media cajetilla fumada, llegó la gran Guille Cuevas, ahí, a la oficina del sargento Gómez. Tengo que hacer hincapié en un detalle que me llama mucho la atención, antes de seguir con esta narrativa. Todo el personal que tiene Avelino, fuman pura madre, obvio, cuando vamos nosotros, fumadores empedernimos, máxima cuando estamos pisteando, salimos siempre regañados de ahí. Por lo que mejor opté, no por mala onda si no por salú mental. Cerrar la puerta que divide la oficina de Avel, con el resto del mundo, por decir lo menos.
Ahí está Guille Cuevas, luego de un leve reclamo, hacia mi persona, se contentó. Y es que Avel trajo otra botella de tinto y guille pudo entonces, fumar a gusto. El disgusto leve entre guille y yo, no lo voy a narrar, no sean chimosos. Pero bueno, guille no se puede enojar conmigo, es mi amá literaria, cómo pues...
Total. Yo empecé a ver medio borrosón a Gerardo, y es que nos faltaba comer algo. Digo, puro pinche vino tinto así, a lo pendejo, no deja nada bueno. En tanto, Avelino seguía en su chamba. Lo que me encanta de fumar en su oficina con las puertas cerradas y con varios amigos (todos fumadores, Avelino, Gerardo, Guille y yo), es que en su oficina se hace una natita de, como dijera Cabrera Infante (que no diga la intrusa que no conozco de literatura) puro humo. Después, el sargento Gómez dice, cambio de planes, Chimal siempre no viene, bueno sí viene, pero no viene, ohhhh qué la chingada, viene o no, pues que sí viene, pero llega hasta el jueves, o sea, al otro día. Estaba dispuesto a lanzarme a empedar al bar social, cuando oh!!!, frustración, el sargent peper dice, no se me vayan, papás, porque no viene Chimal, pero viene Guillermo Vega, por su puesto nadie conocía a Memo (con todo respeto mi Memo, pero a Colima está cabrón que lleguen obras de autores jóvenes. Total). Y nos dice Avelino, pero pues ya láncense porque ya está aquí. Tómala barbón. Así. En seco lo soltó. Y hay vamos al archivo histérico. Gerardo y yo, un poco con la vista nublada. Yo, con la botella en mano. Cosa que a Memo le dio mucho, pero al resto de los invitados como que vi que no mucho, incluyendo a la intrusilla esa. En el archivo, ya estaba Melquiades, Armando, los no dichos, Martita, un arqui que dicen que siempre va, Hermosillo, y bueno, Gerardo y yo, que hicimos acto, y como desde que he venido diciendo, tomamos posesión... (continúa porque continúa).
Monday, March 12, 2007
Mis dos chicas, el Catastófico, Mr equis, Señor Celofán, y las consecuencias de una noche de verano después de Chicago
Vuelve todo a la carga. Noches van y viene. Pero pocas memorables. Dignas de ser narradas. Logradas a base de estoisismo pedero. De callo chelero. De amistades chingonas. De situaciones pendencieras que a veces nos toca librar. La noche empezó como siempre. Normal. Un espectáculo en un teatro. Brindis al final. Pero no por la obra. Sino por la presentación de un libro nuevo. Como si faltaran libros nuevos. Lo que falta son lectores chingada madre. Bien, después de exabrupto mañanero, continuo. Un espectáculo teatral, musical. ¿Hace cuánto que A doble ele (el Catastrófico), no iba a un espectáculo teatral musical? Esa es una pregunta que sólo él conoce la respuesta. Chicago era el show. Recordaba la actuación magistral de Catherine Zeta Jones emulando a la sensual Velma Kelly, pero nada más. Claro, también recordaba a Renée Zellweger en el papel de Roxy Hart. Así que, minutos (escasos por cierto), antes de las siete de la noche. El Catástrofes llegó al recinto cuasi del brazo de Roxy Hart. La primera de las mujeres en cuestión, rememorando aquel cuento de De la Cabada, "Mi primer mujer", leído en una clase de maestría que no me compete contar aquí, porque nada más lo que quería mencionar. A las afueras, con el ansia por la tardanza (que no fue culpa mía), esperaba Velma Kelly boletos en mano. Cual capo de la mafia de Chicago, precisamente. El Catastrófico entró al recinto con las dos mujeres por delante. Una pistola en el cuerpo, una gabardina hasta las rodillas, un sombrero típico de la época y un puro en la boca, o al menos, un cigarrillo, hubieran dado el tipo ideal. Pero no. En esa ocasión la afición tendría que conformarse con una simple camisola rojísima (de sangre, quizá, según la anterior Triquiñuela, el color favorito de Mr. Catástrofe), y un pantalón de la época, eso sí, las botas mineras, el cabello largazo y la finta de la malechor, sí venían incluidas en el kit original. Después sentarse. Intercambiar algunos vericuetos con las chicas, como es obvio, una de cada lado, a la izquierda Velma Kelly, con su pelazo negro, bien peinada, de blanco impoluto (hubiera estado mejor de negro, más sensual, pero no estamos aquí para complacer a nadie, ni siquiera a Mr. Catástrofe, héroe de esta película, papá), del lado derecho Roxy Hart, con su cabello rubio, camisola roja y pantalón negro, un tanto más elegante que ambos: hombre y mujer. Y tiene que ser, Roxy es la primera que logra una sesión de jurado por su libertad. Oscuro. Todo empieza. Los personajes, como es lógico, se presentan. A la distancia, quizá fila 10. El Catastrófico logra captar a una chica hermosa. No es que las que fueran con él no lo sean, pero es hombre, le tira a todo lo que se mueve. Ella se movía sensualona. El tipo perfecto para Mr. Catástrofe. Cabello negrazo, piel blanca. El estilo, le mera verdá. El tipo en como a él le gustan las chicas. Total. Buenas voces, no se puede negar. Aunque, a decir verdad, la que hacía el papel de Roxy Hart la tenía más cachonda, la neta. Un poco de falta de fuerza en los bailes, es lo que Mr. Catástrofe nota a esa obra. Quizá, poniéndose muy exigente, falte también, en algunos de los actores, dicción, pero bueno, por cincuenta pesos la entrada no se puede pedir que las viejas estén buenas, bailen bien, canten mejor, y que además, gusten del gusto del Catastrófico, y todavía que enseñen piel, pues no, dónde se ha visto eso. Total. El intermedio dio chance de socializar un poco. Darse un baño de pueblo siempre hace falta. Cambiar otras expresiones con las chicas. Las veía, y el Catástrofico veía en ellas a Roxy Hart y a Velma Kelly. No está de más decir que de abogado no tiene nada. Pero bueno, así el Catatrófico, le gusta inventarse. Los viernes son días así. Le pasan cosas inesperadas. Aunque al Catastrófico le pasen cosas inesperadas lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos. Y a veces días entre semana, ya no, en fin de semana. La salida del teatro vino acompañada por una voltereta a la celebración del brindis por el libro que se acababa de presentar en la Casa de la Cultura. Como el Catastrófico no vio a nadie conocido, optó por irse con sus chicas. Porque, a decir verdad, una fiesta esperaba por ellos. Cualquiera hubiera sido buena excusa para acercarse, tomar una copa, quizá un bocadillo, pero no. La premura es también así. Suele durar lo que dura lo efímero. Las chicas, en su actuación magistral de Roxy y Velma, respectivamente. Nadie conocido. Vámonos. Aquí no hay nada. Y la fiesta, la fiesta está por comenzar. El auto no tiene finta de ser de capos de la mafia de Colima. Ellos usan Suburban, a veces con choferes, unos, hasta en el palacio trabajan, o se dicen, algo así como amigos de la gente. Vueltas gansteriles esas sí. Velma Kelly al volante. Roxy Hart en la parte trasera. El Catástrofico, que bien puede ser Billy Flynn, de copiloto. Y es que, cuando se ha visto que un capo de la mafia conduzca. Generalmente van ocupados con drogas, con alcohol, con mujeres. O en tiempos modernos, los capos modernos. Moviéndole no sé qué al teléfono celular, a la Palm, a la laptop, así son los capos. O mejor, limpiando su arma, calculando el tiempo necesario que tiene un hombre para morir, por ejemplo. Así son los capos de la mafia. Te los encuentras en la esquina de la calle, sombrero en su lugar, gabardina negraza hasta las rodillas, cigarro en la boca, lanzando una moneda al aire, esperando, sólo esperando.
El lugar de la fiesta, irracional. Por qué ahí, primero. Los capos de la mafia de Chicago-Colima, no se pueden dar a conocer así, en una fiesta ahí. Total. El capo de la mafía de Chicago-Colima, mejor conocido como Mr. Catastrófico, optó por cambiar de identidad. Se volvería un mero estudiante de alguna maestría, de una universidad poco conocida, y también, adoptaría la identidad de un simple escritorcito de ficciones. Refueguero. Chelero por sincenridad autómata. Eso sí. Llegar con dos mujeres del estilo de Velma Kelly y Roxy Hart, siempre es un regusto, bueno, entonces, el capo de la mafia de Chicago-Colima, mejor conocido como Mr. Catástrofe, que se hizo pasar por un estudiante de maestría, medianamente bueno, declaró ser, ahora, para la concurrencia Billy "Muñe" Flynn. Los invitados, todos con caras conocidas, por cierto, ni se inmutaron. Dijero quizá salú, le ofrecieron a Mr. Catástrofe y a sus chicas una dotación de cervezas, y empezó el refuego. Uno nunca sabe lo que fiestas como esas pueden lograr. Quizá no sé, terminar en otro lugar, ebrio de nocturnidad, drogado por copulación disyuntiva oxigenación doble carrujo y candado francés. Total. Todas las noches son oscuras. A menos que la luna ilumine con su odiosa redondez brillante el planeta. De ahí en fuera, todo es oscuro. Catastrofes lo prefiere así, oscuro, lento pero rápido, con sus intervalos, claro. Con sus rapideces de 3.9 segundos, intermitencias de 4.3 segundos, lentitudes de 5.4 segundos, modificaciones de 6.3 segundos, aclaraciones de 1.2, consecuencias de 8.7, entradas de 9.8, salidas de 2.5, recesos de casi nada. Lo rápido, no quiere decir que no dure mucho. Así, todo a reloj, aunque el Catastrófico reloj reloj, lo que se dice reloj, no lleve nunca. Para qué, se le para a cada rato y eso es chido. Los wiskies son buenos porque le recuerdan, al Catastrófico, a Charles Bukowsky, aunque una de las chikas que acompañan a Mr. Catástrofe, no tome más que pura chela, con limón. Eso es chido, pero a veces, no, no hay limón. Pero ese no es el asunto. Lo que pasó pasó. Son mis fans. Porque lo mío lo mío lo mío, es la Dreaming Californication. La lectura de Octavio Paz ahorita no sirve de mucho, aunque bueno, La llama doble, quizá al Catástrofico lo saqué de apuros. Larga fue la fiesta. Como a veces se torna tantito, la semana santa y por ende la cuaresma. Los wiskies le recuerdan al Catastrófico cosas. Generalmente chidas. Pero a veces, prepararse una le da hueva. Ahora, que si el preparado va para Velma Kelly, no se le puede poner pretexto. Es decir, sí, es capo de la mafia, pero antes, es caballero, tenga o no tenga mesa redonda. Eso viene valiendo madres. Después del exabrupto regreso. A los demás personajes de la tertulia, como llaman los literatos a sus desmadres, Mr Catastrófico me ha pedido que no los mencione. No es que no sean importantes, aquí los importantes, los meros gallos, los héroes de esta película, papá, son nada más sus chicas, sus ídolas. Ídolos, avísoles, confírmoles, anuncíoles, dúdolo, que sean otros. El mosaíco de posibilidades se expande... (continuará... si el catastrófico, no decide lo contrario).
El lugar de la fiesta, irracional. Por qué ahí, primero. Los capos de la mafia de Chicago-Colima, no se pueden dar a conocer así, en una fiesta ahí. Total. El capo de la mafía de Chicago-Colima, mejor conocido como Mr. Catastrófico, optó por cambiar de identidad. Se volvería un mero estudiante de alguna maestría, de una universidad poco conocida, y también, adoptaría la identidad de un simple escritorcito de ficciones. Refueguero. Chelero por sincenridad autómata. Eso sí. Llegar con dos mujeres del estilo de Velma Kelly y Roxy Hart, siempre es un regusto, bueno, entonces, el capo de la mafia de Chicago-Colima, mejor conocido como Mr. Catástrofe, que se hizo pasar por un estudiante de maestría, medianamente bueno, declaró ser, ahora, para la concurrencia Billy "Muñe" Flynn. Los invitados, todos con caras conocidas, por cierto, ni se inmutaron. Dijero quizá salú, le ofrecieron a Mr. Catástrofe y a sus chicas una dotación de cervezas, y empezó el refuego. Uno nunca sabe lo que fiestas como esas pueden lograr. Quizá no sé, terminar en otro lugar, ebrio de nocturnidad, drogado por copulación disyuntiva oxigenación doble carrujo y candado francés. Total. Todas las noches son oscuras. A menos que la luna ilumine con su odiosa redondez brillante el planeta. De ahí en fuera, todo es oscuro. Catastrofes lo prefiere así, oscuro, lento pero rápido, con sus intervalos, claro. Con sus rapideces de 3.9 segundos, intermitencias de 4.3 segundos, lentitudes de 5.4 segundos, modificaciones de 6.3 segundos, aclaraciones de 1.2, consecuencias de 8.7, entradas de 9.8, salidas de 2.5, recesos de casi nada. Lo rápido, no quiere decir que no dure mucho. Así, todo a reloj, aunque el Catastrófico reloj reloj, lo que se dice reloj, no lleve nunca. Para qué, se le para a cada rato y eso es chido. Los wiskies son buenos porque le recuerdan, al Catastrófico, a Charles Bukowsky, aunque una de las chikas que acompañan a Mr. Catástrofe, no tome más que pura chela, con limón. Eso es chido, pero a veces, no, no hay limón. Pero ese no es el asunto. Lo que pasó pasó. Son mis fans. Porque lo mío lo mío lo mío, es la Dreaming Californication. La lectura de Octavio Paz ahorita no sirve de mucho, aunque bueno, La llama doble, quizá al Catástrofico lo saqué de apuros. Larga fue la fiesta. Como a veces se torna tantito, la semana santa y por ende la cuaresma. Los wiskies le recuerdan al Catastrófico cosas. Generalmente chidas. Pero a veces, prepararse una le da hueva. Ahora, que si el preparado va para Velma Kelly, no se le puede poner pretexto. Es decir, sí, es capo de la mafia, pero antes, es caballero, tenga o no tenga mesa redonda. Eso viene valiendo madres. Después del exabrupto regreso. A los demás personajes de la tertulia, como llaman los literatos a sus desmadres, Mr Catastrófico me ha pedido que no los mencione. No es que no sean importantes, aquí los importantes, los meros gallos, los héroes de esta película, papá, son nada más sus chicas, sus ídolas. Ídolos, avísoles, confírmoles, anuncíoles, dúdolo, que sean otros. El mosaíco de posibilidades se expande... (continuará... si el catastrófico, no decide lo contrario).
Thursday, March 08, 2007
La mujer de rojo, Mr Catástrofe, el sarcástico señor equis, la saga continúa y otras historias de rojos depravados
De hecho ni siquiera la vi. Ni siquiera la vi a la cara, quiero decir. Sus pelos rojazos como berengenas fue lo que primero atrajo mi atención. A la sombra se veían como una mata de pelos de elote, conseguida la tonalidad roja por medio de color vegetal, qué sé yo de tintes y bagatelas. En el plexo solar, los destellos impedían una mirada directa, por aquello de la luminosidad intensa, radiante. Su coloración era tomada como de un cuento de hadas. El rojo, maldito rojo. Debo reconocer que soy un fetiche de espaldas, de mujer, claro, que son finas, excitantes, clandestinas. Pero esta ocasión. La dueña de ese cabello bermejo idiotizó mi mirada ya de por sí, idiotizada por unas piernas pétreas, y con esto quiero decir, bien puestas en la tierra. Nada de divagadoras, de soñadoras, de punzantes, no, firmes, seguras a cada paso que su dueña, la de las piernas daba. Si ese cabello escarlata hubiera ido suelto, de seguro a cada paso su movimiento, incluso su olor me hubieran, ya de por sí, cautivado. Pero no. La dueña, la de las piernas y la del cabello, llevaba una simple coleta, una coleta que ataba desde la punta, esos mechones que comprendí inalcansables. Si cupiera aquí la palabra protuberantes, la pondría, pero no. Lo que tenía protuberante eran las nalgas. Tun tun tun, se movía toda la parte a cada paso. Me hice pendejo yendo todo el camino detrás de ella, como un mladito lunático tras de su siguiente presa o presea. El paso macilento, calmo, y el cabello, resplandeciente en la luz, oscuro en la sombra, oscuro, resplandeciente. No pude ver nada más. De hecho si me preguntan cómo es. Diré, macilento, incólume, que tenía una boca cachondísima, una mirada cachondísima, unos pechos cachondísimos, una voz cachondísima, una cara cachondísima, tanto, que no podía con ella. Eso sí, y como no siendo mujer. El bolso que le colgaba del lado derecho, hacía perfecto juego con la coloración y tonalidad de su pelo, rojo por antonomasia. Rojo, incluso, como me gustan las cosas, rojas, profundas, las marcas también, me gustan rojas, y me refiero a marcas comerciales. Si tomo coca cola, es porque el rojo me produce una pronfunda sed de tomar. Si fumo marlboro, tienen que ser rojísimos como la sangre bermeja de cada veintiocho días, porque no sé fumar de otro color. Si le voy a algún equipo de futbol, tiene que tener los colores de la sangre profunda carmesí, en su uniforme, por eso de todos prefiero al Toluca. Pero esta historia es una mujer reacia. Como su tono de cabello. Y como depravado la fui siguiendo. Creo que ella también tenía algo de depravado. Casi respiraba en su oído. Por eso digo que también pudo tener algo de depravado. De que era maniática de eso no me queda la menor de las dudas. Sus unas, las de los pies, tenían ese tono que me inspira a escribir, que me da sed, que me incita a fumar, que me gusta ver, el rojo, incluso, que me gusta pedir para comer, porque mi pizza favorita, tiene, en su logo, el tono rojo que me pone los pelos de punta. Maldito rojo. Sigo, la mujer era sin duda una maniática, como maniático soy yo. Porque sus pies, enfundados en sendas alpargatas de fina hechura, eran también rojas sangre, como rojo, en mi imaginería supuse, eran también su tanga y su bra, quizá el color de su sexo haya sido también rojo estropajo, rojo fuego, rojo ocre tostado, rojo pasión, rojo otoñal, rojo soledad incurable, rojo teléfono celular a punto de sonar, rojo esputo enfermo, rojo algodón ¿qué dónde lleva lo rojo el algodón?, en la mera sangre por dios. Igual un tinte en la región genital, podría convertir su mata en una tonalidad como las que me gustan. Senos rojos. Leche de sus pezones rojisímas. Pupilentes que ponen los ojos rojísimos, para ver igual. Descarada la mujer ya si no. Que no sabe, ¿que su maldito rojo me puede hacer matarla? En fin.
Friday, March 02, 2007
La chica azul, Mr Catástrofe, el sarcástico Sr. equis, y otras protuberancias
Mr ekis: Ya. Todo. Ya. Por ejemplo, ayer no estornudé. Y ya son las tantas de la mañana de este día. Del que ya estamos viviendo, quiero decir, y nada. Nadie me dice salú. Salucita de la buena. Porque no. No he estornudado. Eso se me hace muy cagado. Estornudar. Ayer vi a una muchacha bonita que lo hizo, y nadie le dijo salú. Es que, por qué tenemos que decir salú inmediatamente después de que alguien hace achú (a veces, como mi mamá, hasta diez veces seguidas). A, no lo sé (me vale si después de la A vaya o no vaya una coma, yo la quiero poner). La muchacha está bonitilla. Morenaza de fair (de fuego pues), acorpachada, como más o menos me gustan las chavas. Tetas en su lugar. Nalguitas como que a gusto. Piernitas largas (y a qué hora abren). Pelo laciazo, negrazo y largazo. Ojos también, negrazos. Siempre se sube en la misma esquina, y siempre en la misma ruta que yo, y siempre lleva una chamarra de mezclilla que se ajusta a su cuerpecito. Y precisamente ayer estornudó y nadie le dijo salú, menos yo, que no quitaba los ojos de las líneas de Roberto Bolaño. Y es que Roberto estaba contando cómo un necrófilo hace de las suyas. Pero el cadáver lo está viendo, después le habla, el cadáver, claro, y el necrófilo ni se inmuta, queda inpertérrito ante esa voz sí, pero hasta ahí. Incluso el Bolaño recuerda esa historia protagonizada por la entonces poco tetona Demi More, y el actor Patrick Swayze, Ghost, la sombra del amor. Entonces la chava ésta estornudó, y nadie, nadie fue para decirle: salú señorita (perdón por el apodo). Después, creí óptimo decirle salú yo. Pero la vi tan lejos de mí, y había pasado ya taaaaaanto tiempo desde que estornudó, que dije, no Mr catástrofe, creo que te vas a ver fuera de onda, creo que ya pasó mucho tiempo desde que la morenaza estornudó. Y es que cuando uno estornuda, el tiempo, el tiempo que pasa desde el hecho, hasta decir salú, se puede contar por micromilesimas de segundo. Porque eso sí, ipso factum, cuando uno estornuda, alguien, siempre, dice salú, casi automáticamente. Pero a ella no, y eso que está guapaza la chava, digo, igual puede ser un buen pretexto para iniciar una platica. Pero no, nadie dijo nada. Se me trabó, literalmente la lengua, y no coordiné, mi cerebro no coordinó entre seguir la lectura, decirle salú o taparme el sol. Tanto así, que no me atreví a decirle nada, por sentirme fuera de... ya saben... no sé cómo explicarlo... aunque tengo la palabra... no la quiero poner... y es que la morenaza es de fuego puro. Yo siempre cumplo el ritual de siempre. En cuanto se sube, dejo las líneas y le echo un vistazo. No un vistazo morbozo, no (aunque sí le pego su miradaza ahí, en esas zonas que tiene chic), entonces todo es una mirada seria, incólume, si la mirada puede ser incólume, por ejemplo. Creo que ella lo siente, porque en cuanto prevé mis ojos recorriéndola (aunque debo aclarar que no de arriba a abajo, sino de abajo a arriba, porque tiene unos pies lindos)mi mirada la pone nerviosa, se sienta cerca, pero lejos (yo me entiendo en este rubro)y con el rabillo del ojo mira a donde yo, que siempre tengo la mirada fija en algunas líneas del libro en cuestión. Para dar el toque inteletual que a ellas les gusta. Entonces, estornudó. Pero lo hizo con tanta gracia, con tanta hermosura (si un estornudo puede llegar a ser hermoso, por ejemplo), como ella misma, que se me hizo bien escribir sobre ella, sobre su estornudo, sobre sus cosas, sobre su vida, aunque de su vida nada más sepa tiene veintiún añitos, el pelo lacio, muy negro, y los ojos de asiática porteña-latina. El otro día, amigos, Mr catástrofe, o sea, yo, me metí en una parte de su vida, o ella se metió en la mía, no lo sé. Se subió en la misma esquina. Se sentó delante mío. Cuadras después, el choche (amigo suyo por antonomasia) se sentó a su lado. Como es obvio, platicaron. Eso del choche lo supe después, como después también supe que tenía veintiún añitos. Ese día no estornudó, no, pero su voz se me hizo sensual. ¿Todo en ella se me hace sensual?, últimamente le echo la culpa al calentamiento global de mis vicios. Ella ya es mi vicio. Mi estratagema. Mi..., de la platica ni me digan, oí pero no oí nada (también yo me entiendo en este rubro), recuerdo nada más su voz, cachondaza, me cae. Me puso romanticón, debo aceptarlo. La imaginé todo el camino siendo telefonista, con todo respeto a mi chica azul, de líneas hot line, de esas en que, me han dicho, llamas, y se pone al otro lado una voz a decirte cosas sucionas, puerconas pues, en lo que echas a volar la imaginación, y poco a poco te vas, cual foco, prendiendo, hasta ponerte cañón cachondazo. Bueno, la imaginé, total, nunca va a leer esta parte de mi pensamiento. Acaso entre a este blog y lo lea, y se vea ahí, sentada en ese camión, delante de mí pero del lado derecho, yo, el izquierdo, estornudando, bonita siempre, con gracia, sin nadie que le diga salú, nadie porque voy leyendo a Roberto Bolaño, y el cadáver parlante me pone los pelos de punta, como me puso ella el día que se sentó al lado mío. Con esta, van dos veces que lo hace. Aquella ocasión estaba leyendo otra cosa, no lo recuerdo bien, la duración de los empeños simples, la eternidad por fin comienza un lunes, no lo sé, siempre estoy leyendo, poco o mucho, siempre leo. Ella se sentó en el último lugar del mundo, es decir, en el único lugar vacío en ese camión, al lado mío. Como siempre, la vi, me vio, cómo no haber amado sus grandes ojos fijos y oscuros (me anerudé). Quise decirle algo, pero últimamente, como a Vanesa (amiga mía por antonomasia), mi cerebro no logra coordinar, pulsera pulsera pulsera (y yo aquí también me entiendo en este rubro), y no le dije nada. Seguí leyendo. Vio lo que leía. Iba a preguntarle algo, pero el personaje se tomó sus orines. No, otra vez, un personaje bizarro hace de las suyas. El problema radica en que no puedo dejar de leer. Una vez metido en este vericueto no puedo dejar de leer. Y no, se bajó donde siempre y nada, no le dije nada. En otra ocasión, la segunda que se ha sentado a mi lado. Qué rico perfume llevaba, me permito hacer esta acotación. Que rico huele siempre. Otra acotación. Iba leyendo otra Triquiñuela más, de otro autor más, de esos que nada más engañan al pobre lector con tanta palabra, con tanta cursilería, bueno no, curslería no es la palabra, en fin, yo también aquí, vuelvo a entenderme. El caso es que a uno le gusta la chinga, ya me di cuenta. Eso de empezar a hablar de estonudoz no lleva a ningún lado. Termino diciendo que no, no le volví a decir nada, me pase todo el camino pensando cómo se vería mi mano en su pierna, por ejemplo. Siempre pienso cosas como esa. Total, fui todo el camino, pensando cuál sería la excusa adecuada, para poner mi mano en su muslo. Todo se me fue en eso. Y no volví a decirle, ni a hacer nada. Esos veintiún años de ella me ponen, no sé, locuaz. Hasta que me di, otra vez cuenta, que el camino había llegado a su fin y otra vez, se me había ido viva la paloma. No sé qué, pero sí lo sé. También yo solo me entiendo, el caso es que ya van tantas horas de la mañana, y es todavía hora, en que no puedo estornudar. Salú!!!
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