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Wednesday, July 30, 2008

Crónica de la melancolía infinita



Foto: Julio César Zamora






Crónica de la melancolía infinita

Julio César Zamora/Alberto Llanes

Dos infantes y un hombre de bronce frente a una fuente de piedra son el hechizo central del jardín. A un costado, decenas de niños se deslizan sobre los juegos mientras otros prefieren la arena.
Pero esto es relativamente nuevo, junto con las mesitas de metal que tienen la factibilidad de conectarse a un enchufe por aquello de que nuestra lap-top no trae batería. Y poder navegar y disfrutar de una tarde preciosa sí, calurosa también, mientras pájaros, bullicio, gente que va y viene y un pequeño mercadito artesanal nos ambientan mientras platicamos (vía net, por supuesto), con un amigo cien por ciento colimense que anda estudiando en la ciudad chilena de Concepción y nos pide que le describamos el jardín Torres Quintero de sus amores.
Si estuviera aquí David, lo primero que diría después de ojear el andador: “la de blusa anaranjada me gusta para madre de mis hijos”, o, “la de anaranjado me recuerda que siempre es mejor ver a las mujeres en un jardín que en un antro”.
Y es que ahora con la modernidad (que ya también le tocó al Jardín Torres Quintero) mujeres variopintas sacan sus computadoras portátiles y se sientan a disfrutar de una tarde que se antoja sudorosa pero gráciles enseñan también sus celulares y café en mano teclean, mueven el mause, platican, toman un trago, observan a su alrededor, saludan a los amigos (y es que acaba de pasar Rafael Araiza) y así son las tardes en el Torres Quintero, incluso podemos encontrarnos con algún político o alguien muy conocido o de renombre de la sociedad colimense.
Una señora felicita a dos jóvenes por ocuparse de “cosas positivas”, una familia completa bebe agua fresca mientras el niño corre a la fuente y regresa por sus papitas; una muchacha de piernas largas roba el aliento del grupo de señores con sombrero; dos turistas se toman la foto junto a la efigie de nuestro ilustre profesor Torres Quintero; y por allá, cerca de los contrafuertes de Catedral se distinguen los boleros como don Naranjo escuchando la XRL a la vez que trabaja con el cepillo y la grasa.
Pasa el paletero ofreciendo su producto. Y es que “el calor está bien fuerte edá”, edá le digo a mi colega que comparte su lap-top, su tiempo, su energía, su música y esta escritura conmigo. El desfile de chicas en prendas diminutas no termina, como el borboteo incesante de la fuente central. “Qué calorón hace”. “Ajá” respondo. Hace mucho mucho calor, mientras un vientecillo disipa nuestras ansias. Recuerdo que el edificio (palacio de gobierno), en sus mejores tiempos tenía más actividad de personas. Pero se ve bien así, con poco ajetreo de gente que va a arreglar asuntos varios. Y recuerdo que la librería Educal antes era receptoría de rentas. Y en eso pasa una señora con su hija y no tengo más remedio, que echarle una mirada a sus muy abultadas…
Las palomas ya forman parte esencial de la imagen en este jardín; a veces edén transformado los fines de semana con globos, payasos, artesanos, paletas, novios y familias; sin embargo, los días como hoy nunca terminan, nublado o con sol, es como una mañana eterna o una tarde extendida. Pero a cualquier hora hay una banca desocupada, un espacio para sentarse y dejar de pensar en las dificultades del mundo y las tormentas del hombre. A veces, es necesario abandonarse mientras pasa la tarde.
Me pregunto si llegaré a viejo. Mi madre y mi mujer creen que con el tren de vida que llevo no, que no lo voy a lograr. Yo no lo sé. Y me lo pregunto porque de viejo me gustaría sentarme en una banca y contemplar la tarde, la vida que para algunos apenas comienza y que para mí ya se está terminando. Y juntarme con los que ahora son mis amigos (que tendrán la misma edad que yo) y simplemente, como lo hacen nuestros viejos. Simplemente recordar nuestros días. Nuestras andanzas. Nuestra vida. Nuestros sueños. Y nada mejor que hacerlo sentado en una banca y con música de Edith Piaff de fondo, que salga de una de las computadoras. Como yo ahora hago lo mismo.
Hoy una mujer marina me ha dicho que soy “hombre de agua” por preferir a las “mujeres de fuego”, esas que en vez de alma tiene una brasa encendida y corazón de lumbre. Yo lo ignoro, desconozco si soy de agua, pero es necesario partir de aquí.