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Friday, December 07, 2007

Las borlas del café (cuento).

Las borlas del café


Alberto Llanes


Se dice que el ser humano es el único ente capaz de tropezar no sólo dos, sino como infinita es la numeraria con la misma piedra. Y en efecto, yo he tropezado de esa forma. Vaya que sí.
Mis múltiples descalabros en esta vida me han llevado a tomar, literalmente, cartas en el asunto.
Primero fui con una señora dedicada a este arte, destreza o habilidad. Entre sus muchos decires predijo que iba a tener un accidente muy fuerte, dos hijos y morir joven. Nada bueno me deparaba el destino según la cartomancista.
Sin embargo no ha pasado nada de esto. Por eso creo que este tipo de personas a veces engañan a la gente, y es que aún, a mis veintitantos años de edad no logro comprender en qué forma un simple juego de cartas (barajas) españolas puedan predecir nuestro futuro.
El futuro tú mismo te lo construyes, le dijo el Doc a Marty Mcfly en la última parte de una de mis películas favoritas: Volver al futuro.
Insisto, no lo entiendo.
Esa vez tuve que desembolsar mil pesos para que la pitonisa me tomara literalmente el pelo. Predecir puras desgracias y para colmo ninguna me ocurrió.
Mi vida siguió su curso normal. Pero me volví a encontrar con hechos de suma importancia que me obligaron a volver a las andadas, pero esta vez de manera diferente.
Aquí es donde digo que el hombre es capaz de tropezar las veces que sean necesarias con la misma piedra. Vaya que sí. Y no aprende la lección.
Digo, tampoco soy un ferviente admirador de bagatelas de estas. No. Las circunstancias y amigos en común (a este tipo de prácticas) me han llevado a hacerlo. Pero para mi mala fortuna, el destino, caray con el destino, me llevó otra vez a intentarlo de nuevo.
Siempre he vivido solo. Mi madre murió cuando yo era muy joven. A mi padre nunca lo conocí. Me hace falta una mujer que soliviante, aunque sea medianamente, la soledad, el letargo e infortunio en que vivo.
De pronto vi algunos resultados favorables en mi compañera de turno del trabajo. Opté por volver a probar suerte en las cuestiones de la adivinación y el azar. Ya dije que no creo en bagatelas de esas, pero también es cierto que en algo o en alguien hay que creer.
Como todo buen solitario trabajo en un lugar que, dicho sea de paso, me viene, a cualquier solitario supongo yo, como anillo al dedo.
De entrada una labor nocturna, sin más compañía que la oscuridad, la música, el tabaco y mi compañera de turno.
Entonces empezó mi calvario.
Mi trabajo es el más aburrido del que se pueda tener nota. Pero es apasionante para mí: soy programador musical en una estación de radio.
Es verdad, es una labor que apenas me da para comer.
Rosaura y yo somos los únicos trabajadores en la madrugada en la estación. No hay ningún programa a esa hora, así que puedo poner y hablar por micrófono a un grupo reducido (supongo) de radioescuchas. Rosaura es la vigilante de la estación.
Decía que en la noche puedo programar cualquier tipo de música. Es raro que un noctámbulo (máximo si es viernes o sábado) llame a la estación pidiendo oír algo “especial”.
A mí me gusta el rock duro, el heavy pues. Así que programo a las bandas que han dejado huella en este género. Rosaura me dice que oyendo este tipo de música no voy a llegar a ningún lado, ni siquiera a encontrar una mujer para esposa, ya no digamos novia o amante.
Rosaura es viuda.
A ella le gusta oír la estación del barrilito, esa que de cortinilla de presentación dice: Estás escuchando la sinfonola, la estación del barrilito. Y tiene un gingle que va más o menos así: “Sinfonola… sinfonola… la estación del barrilito”.
Ella tiene dos hijos y prácticamente trabaja todo el día. Por eso, cuando la veo que empieza a clavar el pico, le pongo una almohada que tenemos por aquí y la dejo dormir placidamente.
En las mañanas, Rosaura trabaja haciendo la limpieza en una clínica del Seguro Social. En la tarde hace la comida para sus hijos. Y en la noche me hace compañía, además de vigilar y dormir, a mí, gran perdedor en esta pinche estación mediocre de radio.
Por eso la dejo dormir a sus anchas. Porque su carga laboral está pesada. Por las mañanas, me ha contado, usa una especie de radio-diadema donde oye su música favorita: Bronco, Los tigres del norte, Los tucanes de Tijuana. Cosas así. Nombres completamente desconocidos para mí.
El otro día llegó entonando una melodía que dice más o menos así: “Bailemos con el tuca, bailemos con el nazo, bailemos con el tuca tuca nazo”. Canciones sin nada de cerebro pero ella es feliz así y yo la respeto.
En cambio, en la estación, tiene que chutarse la música que me gusta a mí.
Y ella no respinga nadita, sólo me dice que con esa música no voy a encontrar mujer. Deep purple, Led Zepellin, Black Sabath, Skid Row, AC/DC, Kiss, L.A. Guns, Mötley Crüe y grupos de ese estilo es lo que tiene que oír. Nombres completamente desconocidos para ella.
Rosaura dice que nada mejor que una buena taza de café para permanecer despierto toda la noche. A mí me repatea. Simplemente no lo tolero. Ya sea de Veracruz, Comala o Colombia. No lo soporto.
No niego que huele bastante bien. El aroma del café recién hecho es inigualable, casi puedo decir que es muy similar al del tabaco. Son aromas inenarrables. Pero de ahí a que me tome una taza es otra cosa. Simplemente mi estómago, maltrecho por el trato que le ha dado en la vida no lo soporta, y al primer trago ya pide esquina, y eso que aún no llego a los treinta años aunque poco me falta.
Rosaura ha de andar por los cuarenta a lo mucho… no más…
Rosaura y yo nos contamos nuestras desavenencias. De fondo siempre hay una guitarra estruendosa que nos acompaña. Ella enviudó gracias al azar. Fue con una cafeomancista a que le predijera el futuro y le dijo que pronto iba a enviudar, que cuidara a su marido. Qué le voy a cuidar a ese guevón, pensó Rosaura, que se muera siguió pensando mientras la adivinadora seguía hablando.
Y es que Rosaura amaba mucho a su marido. Pero éste de pronto, de un día para otro le empezó a pegar. De la noche a la mañana, sin decirle agua va: tun tun tun y moretón. Tun tun tun y sangre en la boca. Por eso Rosaura quería que se muriera (y cuanto antes mejor). Fue el tiempo, también, en que su marido se dedicó más al trago que al trabajo.
Por eso Rosaura fue con la lectora del café. Su consigna era bastante buena. No cobraba nada hasta que no hubiera resultados, y si éstos no se daban, el trabajo era gratis. De fondo musical sonaba una canción de Pink Floyd cuando me lo contó.
Entonces la pitonisa le leyó el café. Le dijo que su marido iba a sufrir un accidente, que tendría que buscar (obvio) trabajo, y que uno de sus hijos quizá la sacara pronto de trabajar primero y de pobre después. A veces creo que estas personas dicen lo mismo en cada sesión.
Seis meses después, y ya cuando Rosaura pensaba en no pagarle nada a la pitonisa ésta. ¡Zas! Sucede que pasó todo lo que le había dicho que le iba a pasar. Su marido en efecto sufrió un accidente y se murió. Era maestro albañil, iba hasta el gorro de borracho y allá fue a dar. Suelo. Se cayó de un décimo piso y no vivió para contarla. Dicen, los que vieron el patético espectáculo, que ni las manos metió y que nada más se fue de boca.
Meses antes de todo esto, Rosaura halló trabajo. Primero aquí en la radiodifusora. Trabajar de noche le permitía no ver llegar borracho a su marido. También le evitaba algunos golpes o gritos y cosas de esas. Porque cuando ella llegaba, después de ir a recoger a sus hijos a la casa de su mamá. Rodolfo estaba prácticamente muerto, en calidad de bulto por decir lo menos.
Sin embargo, Rodolfo pensaba que su mujer trabajaba de puta. ¿Quién que se diga decente trabaja de noche?, le reclamaba Rodolfo a Rosaura. Y lo que más coraje le daba a Rodolfo es que su mujer todavía estaba de bastante buen ver.
Luego, una comadre de Rosaura, Lupita, la metió al Seguro Social. Rosaura ocupó el lugar de Donaciano que falleció días antes de un ataque fulminante al suyo cardio. Y como vivía solo nadie lo atendió.
Lupita es trabajadora social. De esas que se enteran santo y seña (el huevo y quien lo puso), de lo que pasaba en el hospital. Así que en cuanto se enteró de la muerte de Donaciado, rápido propuso a su comadre para el puesto. Y Rosaura, un lunes del mes de abril ya estaba trabajando en la flamante clínica del Seguro Social.
Así la adivinadora cobró sus dos mil pesos por sesión. Pero los valía y vaya que sí.
La muerte de Rodolfo no fue entonces nada sorpresivo para Rosaura. Se podría decir que la esperaba. El día de la velación ni parecía sufrir, al contrario, se le notaba en el rostro un gesto malicioso, como si le hubieran quitado un peso de encima. Y vaya si se lo quitó.
En cambio sus hijos eran un mar de lágrimas. Ella los consoló con un: “Qué le lloran a ese ingrato desobligado”. Y cuando bajaron la caja a lo más oscuro de la fosa, Rosaura sólo atinó a decir: “Pues a otra cosa mariposa, muerto el perro se acabó la rabia”. Se dio media vuelta y esperó a sus hijos a la entrada del panteón.
Cuando me contó esto, los Iron Butterfly sonaban de fondo con su éxito In a gadda da vida. Dio una fumada a su tabaco y lo apagó estrellándolo con cierta rabia dentro del cenicero. Me acordé de una greguería de Ramón Gómez de la Serna: “La saña de una mujer está en la forma en que apaga un cigarrillo”. Y había quedado más que demostrado el odio que sentía aún por Rodolfo.
Rosaura le tomó mucho aprecio y fe a su adivinadora “de cabecera”. Que con una simple taza de café podría predecir el futuro. A ella le cambió la vida. Y podría ser la oportunidad de que te le cambie a ti, me decía cada que tocábamos el tema.
Sólo faltaba que uno de sus muchachos la sacara de trabajar primero y de pobre después. Y la “nena”, hija mayor de Rosaura estudiaba medicina. Si todo iba como hasta ahora, ella podría ser su posibilidad. Si se encontraba a un hombre bueno, pensaba de cuando en cuando Rosaura.
A mí me insistió a que me diera una vuelta con la adivinadora. Nada perdía y a la mejor mi vida mediocre cambiaba. Al fin que no le tienes que pagar hasta no ver resultados, me dijo. Y bueno, tenía de pronto razón. La cuestión es que necesitaba tomar una taza de café, y en los residuos que quedaran al fondo, entonces sí, la adivinadora podría predecir mi futuro según las borras del café.
Yo por alguna razón siempre me había negado. Hasta ese día que decidí ir. Ya no quiero que me vean la cara. A la mejor lo que le pasó a Rosaura fue pura suerte de la buena. Y yo nunca me caracterizado por tenerla. Nunca me gané nada en nada. Y mi suerte no iba a cambiar ahora, no tenía porqué cambiar. Además, odio el café. No lo soporto, y aunque no he negado que huele bastante bien. No logro creer cómo con su lectura (como me pasó con las cartas), me puedan decir mi aciago futuro.
No concibo esa extraña relación. En que con su lectura salga del letargo en que vivo, si desde que tengo uso de la memoria he cometido siempre los mismos errores, dijera José Alfredo. Y no sólo una vez, sino varias como según lo indican las sagradas escrituras.
Sin embargo fui. Me acompañó Rosaura. La adivinadora, en su papel, nos recibió en el quicio de su puerta. Artilugio en cabeza, ojos pintados, cejas remarcadas, miles de pulseras en muñeca izquierda, ropa holgada y nos hizo pasar. Con voz sepulcral dijo que esperáramos nuestro turno. Rosaura, con un gesto, me dijo que todo estaba bien.
La casa se encontraba a oscuras. En la pared colgaban miles de cosas. Supercherías de adivinación, no sé describirlo bien. La cuestión era tomar una taza de café. Platicar con la adivinadora sobre mi peculiar situación actual, terminarlo y dejar que ella hiciera el trabajo.
La taza era enorme. Para mí que no tomo café la sentí grandísima. La mujer se sentó frente a mí esperando que le contara algo. Por ejemplo qué me había llevado a tomar la decisión, quién me había recomendado con ella, y varias cuestiones más.
La adivinadora veía que no ingería nada.
Yo pensaba que al primer trago me iba a doler el estómago. Y así pasó. El café era negrísimo, cargado, fuerte y calientísimo. Tampoco me gusta por eso, se acostumbra a tomar caliente y a mí me escalda la lengua.
Todo pasó. Ni me tomé la taza a gusto ni me predijo nada porque concluyó que las borlas del café no estaban del todo nítidas. Eso sí. La adivinadora me dijo, según lo que escuchó de mi patética situación actual, que con esa actitud y esta vida que llevo (pero sobre todo con esa música que oigo) no iba a encontrar a ninguna mujer para compañera, ya no digamos novia o amante.
Tomé entre mis manos la mano de Rosaura y salí de ahí. Por supuesto no iba a pagar por algo que ya sabía (de antes) y que además me produjo dolor de estómago durante toda la noche. Lo que me obligó irremediablemente a permanecer despierto, y programar la música (aunque no encuentre nunca mujer), que más me gusta oír.

Tuesday, December 04, 2007

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En la tira de imágenes. La estancia de Paco Ignacio Taibo II recibiendo el premio narrativa Colima, por la obra publicada: Pancho Villa, una biografía narrativa. Evento que se llevó a cabo en el auditorio de la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima. Aparecen en la imagen: Aidé Savala, Paco Ignacio Taibo II, el MC Miguel Ángel Aguayo López (rector de la U), Dra., Lupita Chávez y un ser-vil, o sea, yo... Alberto Llanes.

Semblanza

Semblanza


Alberto Llanes


Cuando me invitaron a leer un texto con una semblanza sobre Paco Ignacio Taibo II (ahora que lo tenemos con nosotros para recibir el premio narrativa colima 2007 por obra publicada por el libro Pancho Villa una biografía narrativa), la palabra semblanza no me sonó, no me cuadró pues, hablando revolucionariamente.
Y no me cuadró porque una semblanza es leer la biografía del autor, y acaso nada más, decir los premios que ha recibido y las obras que ha escrito y es todo.
Tarea demasiado fácil con sólo ir a una computadora, abrir una página de Internet, ir la dirección electrónica de google, poner en buscar el nombre del autor, darle aceptar a todo el proceso, y en menos de cero punto quince segundos (confirmado para el que no me crea) tener en dicha página cerca de doscientas sesenta y siete mil ligas (también confirmado por este tundeteclas) que nos dicen algo acerca del autor, su obra y su vida.
El proceso siguiente es todavía más sencillo. Copiar y pegar fragmentos de por aquí y de por allá. Y como en un mosaico con letras, vuelvo a recalcar, muy fácilmente, tener listas unas dos páginas (páginas más páginas menos, todo depende del criterio de cada quien) con información precisa del escritor. Y eso sin duda será una biografía o semblanza (en este caso) del autor que nos toca presentar.
Tarea más sencilla no puede haber.
Todavía a ese texto se le puede (si nuestro cinismo da para ello) poner nuestro nombre, y decir que fue un texto de nuestra autoría. Y entonces podríamos ser eficaces focos de atención para el taller de Plagio y disección, (porque eso es prácticamente lo que hemos hecho) que le ha tocado, por suerte, impartir a Ignacio Padilla en la Escuela Dinámica de Escritores que dirige Mario Bellatin, en la Ciudad de México.
Por eso es que digo que la palabra semblanza no me sonó, no me cuadró pues, desde un principio.
Lo que quiero decir aquí y ahora, básicamente es, narrar qué se me viene a la mente cuando alguien menciona el nombre de Paco Ignacio Taibo segundo.
Y es sencillo.
Cuando alguien dice o nombra o yo mismo veo por ahí el nombre de Paco Ignacio Taibo dos, irremediablemente me acuerdo de una sola cosa, un grandioso personaje que no es el Che Guevara por aquello de ese libro titulado Ernesto Guevara, también conocido como el Che. Y que ganó, dicho sea de paso, el premio Bancarella en 1998 “al libro del año es Italia”. No. Eso no.
Y sería muy ordinario (porque es de suma obviedad), decir que se me viene a la memoria ese otro personaje: Héctor Belascoarán Shayne, el detective. Que nuestro afamado autor describe en varias de sus novelas, Días de combate, Adiós, Madrid y Algunas nubes (sólo por mencionar tres de ellas).
Tampoco se me viene a la mente esa otra novela, apenas aparecida en el 2005, titulada Muertos incómodos,(falta lo que falta) que escribió a cuatro manos con el sup Marcos, y que los que no nos aguantamos a que saliera el libro, fuimos leyendo cada domingo en el suplemento la Jornada semanal.
Una semana escribía el sup, otra Paco Ignacio. Y si mal no recuerdo, el trato era que nadie supiera de qué se trataba o cómo iba la novela, hasta que cada quien, uno en la Ciudad de México, otro en Chiapas, leyera el domingo el suplemento y tenían entonces una semana para sentarse a escribir su parte de la historia y presentarla el domingo. Genial.
Pero no. Nada de eso se me viene a la mente en cuanto oigo mencionar a Paco Ignacio Taibo II.
De lo que indudablemente me acuerdo cuando escucho nombrar a este popular autor mexicano nacido en Asturias es ese otro personaje suyo que me da tanta risa (por las desavenencias que le suceden como personaje de Paco).
E indudablemente estoy hablando del famoso (al menos para mí, a la mejor para el resto de los lectores del autor no, pero para mí sí): Rayo Láser: mejor conocido como Jerónimo Ramírez. Que sin duda Paco Ignacio Taibo conocerá mejor, mucho mejor que yo.
El rayo láser, decía, es un personajazo. Y es lo primerito que se me viene a la mente en cuanto oigo mencionar a su creador. Todo lo que le sucede al Rayo Láser es para peor; es decir, no pretende mejorar en nada, y en efecto, no mejora nada su situación en el transcurso del cuento.
¿Y todo para qué o por qué?, por una mujer y una ventanita que desde que se da cuenta de ella, y de la ventanita también, de ahí le vienen todas sus desavenencias a nuestro social personaje.
Por supuesto el cuento se llama: El sabor de la Leila, y aparece en el compendio de cuentos El regreso de la verdadera araña.
Decía que al Rayo Láser le pasa de todo: ejemplo. Alguna vez recibió, por parte de su primo Tobías una información que no supo, o que sí supo pero no pudo controlar del todo bien, es decir y cito literalmente:

Su primo Tobías le había transmitido la peligrosa información de que los pedos eran esencialmente gases sulfúricos y amoniacales y, por lo tanto, combustibles. Jerónimo Ramírez, una mañana de supremo hastío (en el trabajo), entró al baño de la empresa, se bajó los pantalones, encendió un Bic y se lo aplicó a un pedo. La explosión fue más que regular, y le costó florearse el culo de mala manera (siete días de incapacidad en el Seguro Social), y que la raza, enterada del experimento, le pusiese el apodo del El Rayo Láser.

Así que eso o este particular personaje es lo primero que se me viene a la mente en cuanto escuchó el nombre de Paco.
Este cuento, basta decir, lo he leído entre unas quince o dieciséis veces. Y ahora que doy clases de literatura en el Centro de Readaptación Social de Colima, muchos de los alumnos se sintieron plenamente identificados con el personaje central, ya sea por una u otra razón que por su puesto no explicaré en este momento y quizá en ningún otro.
Pero no sólo Jerónimo es digno de mención. La Leila también tiene su parte de acción en este relato, y como pieza de la clase social a la que pertenecen las secretarias, la Leila actúa como tal. Todo lo tiene bajo estricto orden y control. Los lunes utiliza ciertas tangas color verde papagayo que ponen a volar la imaginación del Rayo Láser. Quizá sean las tangas. No, definitivamente son las tangas, el motivo principal por el cual el Rayo Láser se ve en la imperiosa necesidad de bajar tres escalafones de importancia en la fábrica de pinturas para la cual trabaja y que su salario se viera reducido a unos mil 600 pesos menos en su paga quincenal.
Todo para verle los calzones, cuando llevaba, a la Leila, porque sobra decir que la chica a veces no usaba nada debajo de esas minis, que dicho sea de paso, estaban fuera de moda, igual que la música que le gustaba al Rayo Láser, fuera de moda.
Eso sí, podía dejarse las patillas largas porque el montacarguista (oficio que ahora iba a ocupar El Rayo Láser), podía dejarse las patillas, no así un mecánico C de mantenimiento, labor anterior de nuestro buen personaje Jerónimo Ramírez.
Estas son sólo algunas de las desventuras que le suceden a Jerónimo Ramírez, 23 años 9 meses, nacido en la colonia Aviación Civil de la Ciudad de México, habilitado montacarguista aunque mecánico de oficio, de ojo café y 64 kilos que llegó (sigue la cita literal del libro) a la fábrica con lentes oscuros, patillas recortadas y cachucha hasta las cejas con lo cual parecía una especie de Batman crudo.
Como decía, todo un personajazo.
Pero más personaje es aún este otro Doroteo Arango: mejor conocido como Pancho Villa y que Paco Ignacio, en un tiempo donde las novelas históricas vuelven a tomar importancia, con Rosa Beltrán y La corte de los ilusos; Enrique Serna y El seductor de la patria; Pedro Ángel Palou y su trilogía iniciada con Zapata y continuada con Morir es nada, la vida de Morelos (y a la espera de ver cuál sigue), Paco Ignacio nos narra la vida de este otro gran personajazo que fue Pancho Villa, que su sólo nombre ponía a temblar a los gringos, que fue el centauro del norte y muchas anécdotas más que podremos encontrar en este libro, que hoy merece el premio narrativa Colima.
Con cerca de 400 fotografías nunca antes vistas. Y con más de 800 páginas. Paco Ignacio nos ofrece (narrativamente hablando), la vida de este singular personaje que fue también un gran estratega militar: Pancho Villa.
Enhorabuena a Paco Ignacio Taibo II por esta obra, y por este premio. Y seguimos a la espera de más personajes como Héctor Belascoarán, Jerónimo Ramírez, o en su defecto, de otras biografías bien realizadas como la del Che Guevara y esta que ahora tenemos en nuestra manos.

Monday, December 03, 2007

Paco Ignacio Taibo II (Crónicas defenestrantes)

Paco Ignacio Taibo II
(Crónicas defenestrantes)


Alberto Llanes


Empezaré esto desde el jueves 29 de noviembre por la noche. Cumpleaños de mi mujer. Recibí una llamada telefónica: Beto /decía la voz/, ¿quieres recoger a Paco Ignacio Taibo II en la FIL el domingo?, Por supuesto fue mi inmediata respuesta, Bien /siguió la voz/, mañana nos ponemos bien de acuerdo. Perfecto /contesté/, y ambos, voz y servidor colgamos al unísono, como si nos hubiéramos, previamente, puesto de acuerdísimo.
Quién era /preguntó mi Alejandra/, Juan Diego /contesté ipso facto/, Y qué quería /continuó/, Preguntarme que si quería recoger a Paco Ignacio en la FIL el domingo. Y mi mujer oyendo que mi respuesta había sido afirmativa, me tendió un cálido beso en la mejilla derecha que poco a poco fue resbalando.
Esa noche festejamos por partida doble. Su cumpleaños y la ida por Paco. Cosa curiosa, decidimos ir, ese día, al bar que se llama: El mesón de Villa. Y digo cosa curiosa porque, precisamente, el afamado autor nacido en Asturias viene a recibir el premio narrativa Colima por la obra Pancho Villa, una biografía narrativa. Así que entre besos y cervezas, mi mujer y yo celebramos por partida doble.
El viernes, como bien dijo Juan Diego, nos pusimos de acuerdo. Saldría el domingo al mediodía para Guadalajara. Mi labor consistía en llegar, estar un rato en la FIL, ubicar la sala número uno (labor nada difícil para quien ha estado en presentaciones de libros), y asistir, efectivamente, a la presentación del libro El cuaderno verde del Che, en la que iba a estar Paco Ignacio Taibo II.
Así que me presentaría con el autor, decirle a qué iba, y arreglar todo para regresar a Colima. Todo estaba perfecto pero… me hacía falta un contaplache de andazas. Mi mujer tenía un evento previo y no me podría acompañar. Así que, me faltaba alguien. Luego de un par de llamadas, varios mensajes por celular y sabe qué bagatelas más. El diablo estuvo dispuesto.
Quedamos de vernos el domingo, a las diez de la mañana, en la plaza Los Arcos para tomar un ligero desayuno e partir de ahí directo a Guadalajara. El sábado lo pasé bien. Con mi Alejandra a lado viendo la segunda temporada de mi serie favorita: ROMA.
El domingo, muy temprano, me levanté. Mi Alejandra tenía que irse a Tecomán. Así que de las siete a las diez de la mañana, aguantaba para echarme otro episodio de ROMA, y así lo hice. Cuasi a la hora en que me quedé de ver con el afamado (en este blog) diablo. Me presenté en la mentada plaza. Todavía no llegaba así que me puse a esperar. ¿Cómo se pone a esperar uno?, no lo sé.
Cinco minutos después lo vi venir. Y es que el diablo tiene el olor del azufre metido en los huesos. Qué hay Bristy, ya tienes rato /preguntó discreto/, Voy llegando pero tengo hambre /fue mi respuesta/. Me eché unas enchiladas suizas y un jugo de naranja. El debil me dijo que ya se me había adelantado y nada más tomó café y platicamos, platicamos bastante.
Fuimos a ver si la librería estaba abierta. Pero no. Dimos una vuelta por el centro. En estas fechas (decembrinas), la venta de chingaderas en el centro está al por mayor, se siente de entrada un ambiente, un aroma especial. Justo a las doce y cuarto abordamos el diablo-móvil. Teníamos que ir al IUBA, porque de ahí saldría la camioneta que nos iba a llevar a guanatos. Llegamos. Preguntamos por Solorio, nada. Fumamos entonces y volvimos a esperar. Minutos después vi que Solorio se acercaba a nosotros. A Guadalajra directo /dijo/, A Guadalajara directo /contesté/ y trepamos a la camioneta para dieciséis plazas.
Intercambié (mos) algunas palabras con Solorio. Cosas de rutina, el futbol, el clima, cosas así. El diablo iba previsto de su compu para trabajar. Yo llevaba mi cámara para filmar. Solorio dijo que antes íbamos a pasar por un vale (no de dinero sino humano). Llegamos al Trapiche y el vale se subió con nosotros. Era en realidad el chofer. En la primera caseta de cobro, Solorio y chofer hicieron el cambio. Perfecto. Íbamos ya para Guadalajara en busca de Paco Ignacio Taibo II.
No describiré el camino porque fue como todos los caminos Colima-Guadalajara. Oyendo música, platicando, cosas así. Incluso una duermevela suficiente para no despertar sino ocho horas después.
Llegamos a Guadalajara dos horas y media después. Buscamos la expo-FIL. Solorio nos dejó ahí y como no había lugar para estacionar el mamotreto de camioneta en que íbamos, nos dijo que nos recogía a las siete de la noche en el mismito lugar en que nos estaba dejando. Bien.
Entramos a la expo-FIL luego de pagar quince locos cada uno. Dentro, lo primero que hicimos fue tirar el miedo, regar las flores, cambiarle el agua al pato… qué sé yo. Lo segundo que hicimos fue ir por un programa de eventos. Taibo II iba a presentar El cuaderno verde del Che en el sala uno de la FIL, todo eso ya lo sabía… pero… ¿a qué hora?, unos pendejos organizadores me dijeron que a las seis. Tontos de capirote. El programa decía a las cinco.
Ubicando la sala y con programa en mano, la FIL era prácticamente nuestra. El diablo quiso ir (y esto lo confirma como diablo) al stand de la Modelo. La chica, tetas cuasi al aire, nos dijo que en la compra de cuarenta pesos podíamos entrar a un juego de dados y ganar más chingaderas. Yo compré dos chingados botellones de plástico de cerveza. Cuarenta y cinco pesos. Órale, a jugar dados (cubilete pues). La primer tirada, la chica y yo quedamos pares (de ases), nada para nadie. La segunda saqué full. Ella tiró y volvió a repetir par (otra ves, de ases). Me la chingué. Escogí una playera que trae los colores de la Negra Modelo y su inscripción. De haber sido solterito y sin compromisos la hubiera escogido a ella. Pero tengo a una mujer que respetar. Ni pedo.
El diablo también ganó. Pobre mujer, traía mala suerte. Nos obsequió un vasito micro de chela y nos fuimos contentos de ahí. Parecía que habíamos ido a la feria de la chela y no a la del libro.
Teníamos dos horas para recorrer la FIL y después ir a la sala uno. Fuimos por los stans. Yo le advertí al diablo que no iba a comprar ni madres. Falso que soy. Salí con tres discos, dos películas y un libro. Es que en la FIL no te puedes contener. El diablo salió con algo similar. Casi a la hora de la presentación del Cuaderno verde del Che, diablo y yo nos encaminamos a la sala uno.
El evento estaba a punto de empezar. Pronto vi a Paco. Me fui directo con él. Cuando lo tuve cerca, luego de presentarme, le dije que iba a ser o quien lo iba a llevar a Colima. Me tomó del brazo, me dijo Órale, qué bien, y presto me presento a su mujer: Paloma.
Paloma me dijo que me sentara junto a ella para no perdernos. A una señal, le dije al diablo que se jalara pa´ delante, donde estaba Paloma. Me sentía muy verga, muy influyente pues, ahí, en primera fila, con Paloma a lado y platicando con Paco Ignacio Taibo sobre Colima, sobre el clima, sobra la Universidad, bla bla bla…
La presentación duró media hora y otra media para preguntas. Que Paco dijo que no fueran tan inteligentes para poder contestarlas. Jajaja río el público de la FIL.
Salimos rayando. Había otro evento después del de Paco Ignacio, y nos dirigimos pues, al stand de Planeta a la firma de libros. La fila era larga. El primer día de la FIL había mil ejemplares del Cuaderno verde…, el domingo 2 de diciembre no había ninguno. Paco firmó y firmó, fumó y fumó, y tomó y tomó (Coca-cola). Después, con dedo amenazador me dijo, tú no te me pierdas (refiriéndose a mí), al cabo nos vamos a ver y pasar juntos todavía mucho tiempo y se rió.
Terminó la firma. Buscamos a Paloma que se nos había perdido. Y junto con Aidé Savala nos fuimos directo a la salida. El diablo venía detrás de nosotros. De cuando encunado le preguntaba algo al autor, o a Aidé. Paco nos preguntó que dónde habíamos dejado la camioneta. Le dije que junto al hotel. Bien /respondió/.
Abordamos. Solorio se presentó. Llevaba la compu en sus piernas. Estaba viendo el partido. No le voy a los Pumas pero ahora abogo por ellos. Me tocaron en la quiniela del trabajo. Paco dijo que fuéramos por sus cosas al hotel y luego al Aidé, que nos iba acompañar a Colima porque tenía que darle ella el premio en representación de Silvia Molina (que, gracias a dios, deja de ser encargada del INBA).
El chofer que nos llevaba no conocía Guadalajara. Y me preguntaba a mí por calles, sitios, etc., el hotel de Paco era el Quinta real y el de Aidé era el Crowne Plaza. Luego de dar un pequeño tour por Guadalajara, dimos con el hotel de Paco. Hotelazo debo decir.
En esa búsqueda de hoteles, nos dimos cuenta el diablo y yo que no habíamos comido nada. Las tripas empezaron a gruñir. Paco pidió que ya por la carretera pasáramos por un Oxxo o algo así. Llegamos a un Oxxo como bien pidió el autor. Tomamos carretera como a las siete y media. Paco compró una Coca-cola de a litro. Yo lo acompañé con otra. Paco compró una bolsa de Rufles enorme. Yo lo acompañé con una torta de pierna. El diablo compró algo similar. El regreso fue como todos los regresos. Oyendo música, platicando, durmiendo y saltando. Se me ha pasado mencionar que esa camioneta salta un chingo. Y así nos fuimos todo el culero camino.
Paco fue leyendo. Hábilmente sacó su kit de viaje: un libro, una lamparita, su Coca-cola y sus Rufles. Y fue un buen trecho lee y lee. Yo de plano me quedé jetón un rato. El diablo hizo algo similar.
A las nueve y media estábamos en Colima. Antes, como es obvio, pasamos a dejar al chofer (que no supe nunca su nombre pero sí su apodo, era Pelón, de apodo) al Trapiche. Solorio siguió el camino manejando. Llegamos al Fiesta inn a dejar a Paco, Paloma y Aidé. Ellos todavía iban a cenar.
Nosotros fuimos al IUBA a dejar el camionetón. Abordamos el diablo-móvil y lentamente nos fuimos alejando de ahí. Al otro día, Paco recibiría el premio Narrativa Colima 2007 por Pancho Villa, una biografía narrativa, a las once de la mañana en el auditorio de la facultad de letras.