Follow by Email

Thursday, April 26, 2007

De cómo Hipócrates me tuvo en su seno

De cómo Hipócrates me tuvo en su seno
(Literalmente de la A a la Zeta)


Alberto Llanes


A


Mi entrada al Seguro Social la hice por la puerta grande. Aunque en realidad fuera la pequeña. Lo que quiero decir es que todo lo hago a lo grande, y que en realidad entré por el área de urgencias (que como se sabe, su entrada es más pequeña que la entrada principal).
La situación se complicó. Justo en la mera finalización de las vacaciones de Semana Santa, un dolor agudísimo (y vaya que el calificativo lo puse yo antes que el doctor en turno), complicó mi existencia y, peor aún, la de mi mujer.
Cuatro y media de la tarde. Comida en familia. Menú: enchiladas suizas. Finalización. Recogimiento de los muertos. Gelatina de postre. Acostamiento (en compañía claro está), en la cama para hacer el reposo de la comilona. En el televisor: Son de Mar, película estelarizada por Jordi Mollá y Leonor Watling y dirigida por Bigas Luna, y basada en el texto original de Manuel Vicent, daba inicio.
Bien hasta ese momento. Hasta que un pequeño dolor de estómago intranquilizó mi zona abdominal. Lo normal -pensé-, una simpleza de naturaleza básica. Igual un analgésico combatía el dolor en la zona. Quizá un sal de uvas. No lo sé. En fin.
Seis de la tarde rumbo a la casa de mi amada. Una parada rápida en un Oxxo para comprar sal de uvas, porque el dolor, después de la película no se quitó. Antes, una parada más en una librería nueva por la V. Carranza, justo al lado del Oxxo. Ahí, una nueva amistad (aunque no sé si le pueda llamar así), más bien, una nueva conocida que resultó ser hasta escritora para niños. Mónica no sé qué. Dependienta a la vez, de ese negocio.
Una tarde novelera (dramas de la televisión). Dolor después de tomar sal de uvas: igual, cuasi en crescendo podría, me atrevería a decir. Mi mujer preocupada porque esto no cesaba. Pasado un tiempo me asestó una nueva píldora para la infección, que supondríamos podría tener. Muchos besos y abrazos y el dolor no se quitaba, pero al menos, se olvidaba tantito.
Noche. Corte a… dormir… Otro sal de uvas porque este pinche dolor no pasaba. El presentimiento de algo más grave venía y se iba de mi cabeza. A decir verdad, este dolor ya lo había sentido antes, y no ha mucho. Acostarme en la cama para ver si ahora sí, con este nuevo sal de uvas pasaba el dolor. Más besos y abrazos y nada, el dolor se iba intensificando. Pero poco a poco. A veces no lo sentía, a veces sí. Mi mujer no me decía pero estaba preocupada. Yo… sudando… a veces, y con la playera fatídica puesta, una gris con azul que dice Nike. Dice, más no es…
Pasar la noche casi en vela. Despertar cuando esto se agudizaba. Ir al baño y pasar horas y horas (es un decir pero sí mucho tiempo), y nada, sentir las tripas por dentro deshacerse. Pelearse las entrañas. Algo que ya no era un simple dolor de estómago chingando a su madre. Así, con esas palabras, con tal altisonancia. Mi mujer a pasar muy mala noche. A preparar un brebaje a base de limón, agua y sal para la jodencia. Pero no, ya no era la panza (estómago). Era otra cosa. No lo sabía, lo sentía.


B


Ir a dormir un rato al sillón para poder moverme todo lo necesario sin molestar, inquietar o despertar a mi amada. Un rato libre de dolor. Pasado un tiempo, con más agudeza, el dolor se acentó (dijéramos en términos populacheros). Regresar a la habitación de ella (bellísima) sólo para inquietarla más. Pinche noche (vaya la cacofonía) eterna. Caminar por la estancia doblado era constante. El baño y sus minutos también eternos. Caminar lento. Paso dobladísimo. Agarrado con manos trémulas (como el resto del cuerpo) de un área sabida y dolida.
Masajear esa masa estomacal para calmar el dolor. Nada. Acidez, agruras, indigestión, no los tenía. Sólo ese pinche dolor que me daba en la zona baja derecha, justo a un lado del área estomacal, como si fuera dolor de caballo, pero agudísimo, en la zona blanda. Pensamiento a mil por hora. ¿Qué podrá ser? Respuestas al por mayor: riñón; descartado, hígado; me dolería en la espalda, colon inflamado; podría ser, gastroenteritis; muchas posibilidades, apéndice; ni por aquí me pasó (sujeto endeble tocándose la frente). Y es que de haber estudiado medicina… pero el haber no existe, y el dolor sí. Existía, era latente.
Ahora sí, ya chingué. Dolor ido. Esfumado. Acostarse en la cama. Una duda, acostarse en la cama con dificultad. ¿Porqué?, airo nou. ¿Cómo te sientes? -dijo mi muñeca-. Poco mejor -espeté-. Acostarme ahí, en su lecho, con ella bellísima a mi lado. Nada mejor para calmar el dolor. Nada. Un tiempo después arremetió con fuerza. De cinco punto seis grados en la escala de Mercally, para subir a siete punto ocho en la escala de Ritcher.
Agua salada (pobres de los Tigres del norte por la pirateada), rodando por mi sien. Mala, muy mala noche para mi reina. Primera vez que me dijo que si quería ir al seguro. En lugar de responderle sabiamente pregunté la hora. Las cuatro y fracción. Le dije que ya había pasado el dolor. Que estaba mejor, esperaba ¿qué?, no lo sé. La mañana quizá, desayunar fuerte quizá, una barbacoa de la Jiménez quizá, una cerveza bien fría, quizá.
Alejandra dándose la vuelta para seguir dormida. Si necesitas algo me despiertas -dijo-, Claro mi amor. Se baja momentáneamente la luz y se cierra por una fracción de segundos el telón. Madrugada siniestra, creo creer. Soñar con nada porque el dormir fue básicamente poco. Vade retro. El dolor ahí, friegue y friegue. Piernas dobladas para sentir lo menos. Mujer al lado bellísima, con las manos levantadas rumbo a la cabeza y durmiendo a gusto, como me hubiera gustado dormir a mí, quizá.
Mente trabajando. La incógnita aún sin despejar. Equis más ye igual a. Resultado fallido, nada podría haberme caído mal. Alcohol muy poco en esos días. Cigarro prácticamente en el olvido. Comida hasta eso nada mal. Un poco tóxica, pero nada que el estómago de un hombre no lo soporte. Frituras, papas caseras verdes, las favoritas del enfermo, nada, sin probarlas desde hace tiempo. Fraude electoral que alterara esas terminaciones estomacales, no, las próximas elecciones aún están lejos. Moverse en la cama de un lado para otro. Peor o casi comparable con el insomnio. Virgilio Piñera en esos momentos ni me vino a la mente.
Movimiento en la cama no sé si frenético. Luego de dormitar, claro. Ponerme de pie con la misma dificultad con que me acosté. En ese momento, la voz de mi amada volvió a insinuar la ida al Seguro Social. Esta vez volví a contestar preguntando la hora. Las seis y media, me dijo. Sí, yo creo que sí. Le contesté. Y con paso como de viejito, desplazarse a la que iba a ser mi primera operación. Quién lo iba a decir.

C


Seis y media a eme. El calendario marcaba el día catorce, del mes de abril. Viernes para acabarla. Viernes de antro, de bar, bebeviernes, pues. Yo, paso lentazo, saliendo de domicilio conocido, doblado aún. Rumbo al matadero. Lo único bueno de todo eso. Alejandra.
Camino rumbo al Seguro poco transitado. A esa hora, en vacaciones. Sólo a mí se me ocurre enfermar. Llegar al nosocomio casi como he llegado otras veces. La diferencia, el enfermo era yo. Caminar la rampa de bajada para ingresar por urgencias. Pensar que igual podría estar hasta su madre de lleno. Verificar que no era así. Raro. A esa hora, el Seguro no descansa. Lo sé desde cuando llevamos a un amigo, en viernes, sábado ya, roto de la cabeza, a consecuencia de dos botellazos que le dieron unos borrachos. Nosotros estábamos a esa hora rezando en el santuario. Total, son cosas que pasan. El amigo sólo iba, ya cocido, por una incapacidad.
El supón de que el Seguro a esa hora estaba cuasi vacío fue simple. Todos, los felices vacacionistas estarían aún en las playas. Y yo, jodido. En viernes, y en un hospital. Ser el único, o el primer inquilino en ese lugar tiene sus ventajas, máxime si es tan de mañana. No tiene uno que esperar a que se le reviente el apéndice (cosa que al final pasó, y que aún, a esa hora, no sabía que se trataba del apéndice), y que los doctores vengan descansaditos a trabajar, lo atiendan mejor y sepan qué pedo con la vida de uno. Así pasa. Así es.
La dependienta, si se le puede llamar así. Una señora pasada en años y en kilos y en agua, me atendió acomodándose las gafas y dejando de chismear los chimes tan de mañana con doctores y enfermeras. Entre carraspeos agudísimos (como mi dolor), y entre tacs tacs tacs de un mamotreto de máquina de escribir, antigüisíma, ipso factum me pidió generales y credenciales. El dolor apenas me dejaba oír, pensar, actuar, mover, saber y cualquiera de esos verbos de movimiento.
Casi entre carraspeos (ahora míos), busqué en la bolsa del short mi cartera, y extraje lo que me pedía el mastodonte de mujer. Y ¡oh! sorpresa (para que me hacía pendejo si ya sabía), no llevaba la tarjeta del Seguro Social. Pero sí mi credencial de trabajador y de la escuela. Situación que me salvó porque en ellas venían los números de dicha dependencia, que me acreditaban como su derechohabiente.
Eché una mirada rápida al lugar. En diversos colores había, pegados en una hoja de papel, los padecimientos que eran de verdadera urgencia. El mío, a vista de mi amada Alejandra, era el cuarto de cinco. Es decir, no era tan urgente como pensé. Uno puede llegar muriéndose y morir ahí. En efecto, mi dolor no eran tan eufórico, pero dolor con dolor se paga y se pega.
Bajo la consigna de: SEAMOS AMABLES, pegada por ahí, en algún lugar del ventanal que me separaba de mi mastodonte del Seguro, pensé que todo estaba en calma. No me exaspero rápido, pero cuando me hacen enojar cuidado. Entonces, fui amable, mulamable. Digamos.
Luego de un tecleo que creí interminable, y tras un informe cuasi detallado de quién chingados era, a qué me dedicada y qué hacía a esa hora ahí, el mastodonte me preguntó que cuál era mi clínica. Mmmmta madre, uno con el dolor a cuestas, a esa hora, anda en la pendeja. Hasta ese momento ignoraba que fuera yo el poseedor de una clínica del Seguro Social, el sueño yo creo de muchos derechohabientes, yo me supongo.
Entonces, entre carraspeos otra vez míos, le dije al mastodonte que la clínica en la que me encontraba era sin duda la mía. El mastodonte se me quedó viendo como con cara de noquierasvermelacarademastodontemuchachitopendejo. Y me dio de pronto la espalda acomodándose antes gafas y la celulitis en esa silla móvil. Claro, antes hizo un gruñido mastodónticamente y chin chin chin, tecleó un teclado suave, para voltear de nueva cuenta subrayando que mi clínica era en efecto la 19, que a decir verdad, ignoraba que existiera una clínica de esa calaña, con ese número y, por cierto, en dónde quedaba ese lugar, incógnitas que, bueno, iría descubriendo en el transcurso de esa patética operación.


D


Una punzada punzó (vaya la repetición), en la zona que no había dejado de agarrarme desde mi entrevista con ese mastodonte. Mi mujer estaba a mi lado sujetando sus llaves, tal vez el móvil, y el monedero, pendiente de esa entrevista, claro, ella estaba bellísima.
Voltear a ver a mi mujer y luego al mastodonte era para que ahí mismo me diera un infarto. Una guapaza, otra mastodónticamente secretaria del Seguro Social, investida en un traje verde y blanco. Un sudor frío (aunque hacía algo de fresco), recorrió todo mi corpacho. Pensé que no me iban a atender, hasta que el mujerón que estaba del otro lado de ventanal (del portón dijera Ramón Ayala), dijo, eso sí, mulamablemente como yo lo había sido antes, y con su voz mastodóntica, en tanto me regresaba una papeleta y mis credenciales: ESPERE A QUE LO LLAAAAAME EL MÉDICOOOOO.


E


Una sala de espera a tamaña hora, para dos personas, es una sala enorme y fría. Yo, dobladazo de dolor, que a decir verdad, conforme clareaba el día se iba haciendo menos. Ella, mi reina, doblada de sueño. El doctor, doblado de lentitud, en el letargo madrugador de un paciente con dolor abdominal. Que él no sabía pero yo sí.
La espera con dolor se hace eterna. Un segundo puede ser un largo minuto. Un largo minuto se vuelve lento, lentísimo. El contacto físico de la mano de mi mujer calmaba un poco la insatisfacción de estar a esas horas ahí, y el estrangulamiento que sentía en la zona afectada. Mi diagnostico en ese momento era que: presentaba un cuadro agudo de gastritis, y que con una inyección triple podría salir rápido y a gusto de ahí, claro, inyección intravenosa, para que el efecto sea detonante, rápido y hasta provocador de sueño. Mi dosis en ese momento: la que el médico señale, la que el dolor permita y la que el paciente aguante.
En eso estaba pensado, apretando estómago y todo lo apretable que se pudiera apretar, incluyendo la mano de mi Alejandra, cuando una puerta se abrió de par en par, de uno de los consultorios. Posterior, una luz, una enorme luz (si enorme puede tener de calificativo la luz), iluminó el lugar. Nunca he creído en que seguir una luz cuando estás dormido te mande al otro mundo, al de los muertos, pero por las dudas, en esta ocasión tampoco la iba a seguir. El doctor hizo acto de presencia, pronunció mal (como siempre) mi nombre (mi apellido), y me dijo que pasara a sus fauces. No me detuve a ver si el médico tenía colmillos o no. Porque iba doblado caminando. Así que, pasé.



F


Lo primero que el médico hizo fue decirme que me sentara en una silla y que le dijera porqué estaba ahí. Lo primero me costaba un buen de trabajo, lo segundo fue saliendo como he dicho en esta crónica. Paso a paso. Detalles menos, detalles más. Ipso facto me hizo levantar de ahí y me pidió que me subiera a la camilla. Labor que estaba igual de peliaguda, porque la camilla estaba separada del piso a una altura considerable. En tanto me subía a la camilla, el médico entre tacs tacs tacs de otra máquina de escribir igual de antigua que el resto de las máquinas de escribir de ahí escribía quién sabe qué cosas.
Se acercó hasta a mí pidiéndome que me levantara la playera que llevaba, una azul y gris con vivos en rojo que decía Niké, decía, más no era. Ni siquiera me invitó un trago ni nada, sólo pidió. Obedecí porque el dolor volvía a punzar la zona en cuestión. Duele eso, Preguntó, No, Duele aquí, Insistió, Sí, Duele esto, volvió, Sí, Duele acá, Prosiguió, También, Se expande el dolor a la espalda, Cuestionó, Sí, Cuando toco, preguntó, o cuando suelto, En ambos casos dije. Esto va a estar frío, Dijo, Sí, contesté. Puse su estetoscopio en mi estómago, Qué pretendía oír, Pensé, Quien sabe, pero el aparato era frío, es verdad. Tomó mi presión, tomó mi temperatura, siguió palpando la zona, lado izquierdo no dolor, lado derecho, dolor con agudeza en la espalda, o repercusión. Bien, Dijo, Bájese, es alérgico a algún medicamento, Nariz doc, a nada soy alérgico, Bien. Fue a sentarse a escribir.


G


Antes de incorporarme por completo de esa camilla, el médico volvió a mí con un buen de hojitas y hojones en la mano que me entregó. Y luego de cuestionarme sobre quién era y qué parentesco tenía la chica que estaba esperando afuera. Me dijo que tendría que ir a hacerme unas radiografías, que me iban a poner suero y que me iba a quedar un rato en observación. Total, que si le quería avisar ese era el momento. Salí por donde había entrado. Alejandra seguía ahí, a la espera de. ¿Qué dijo el médico? -cuestionó-, Que me voy a quedar, me van a sacar radiografías, poner suero y estar en observación. Te espero o paso -preguntó-, Espérame, no creo tardar. Bien.
Y fue la última vez, hasta después de varios días, que vi la calle, o casi la calle.


H


El servicio interno del Seguro Social parece un laberinto. La sala de rayos equis está medio escondida. Seguí las instrucciones de los letreritos verdes, y al fin vi: SALA DE RAYOS EQUIS. Seguido de una instrucción que decía: CUANDO LA LUZ ESTÉ EN ROJO, NO PASE. No pasé, la luz estaba roja.
Un médico se topó conmigo en ese punto. Vengo a la sala de rayos equis, Dije, Bien, ya que termine el doctor se le va a hablar, siéntese mientras, por favor, Ok, Contesté. Minutos después. Oí, otra vez mal, pronunciado mi nombre por el señor que me iba a tomar los rayos equis, que no sé si le pueda llamar doctor o no, porque traía un suéter estilo jerga, pantalón de mezclilla, cabello cano, y si me pongo exigente, su parecido con Carlos Monsiváis era familiar. Póngase así y asá y allá y no respiré, dijo, y Crash, la primer diapositiva, Acuéstese aquí y póngase así y no respire, y Crash, la segunda diapositiva. Espera afuera y ahorita le doy su material. Gracias, dije. Y me fui. Así de rápido.


I


Con las radiografías en la mano, fui al mostrador de urgencias. Ahí me topé por primera con el que después sería el doctor que me iba a conocer cómo soy por dentro (en las vísceras), seguía con un montón de papeles y papelitos en la mano, que le extendí al médico que después supe que se llamaba de apellido Ballesteros. Leyó, hojeó, me miró. Otra entrevista sobrevino. Pronunció (como ya es costumbre), mal mi apellido. Se quedó con el papeleo, fue con una enfermera y me dijo que me iban a poner suero. Sí, ya sé lo que es eso. La enfermera regresó con algo verde en la mano. Me señaló el baño, me dijo que me pusiera esa bata y que me acostara en la cama número seis. Todo lo hice muy bien, menos ponerme la bata, porque habría que desnudarse y yo me la puse con todo y ropa. Fui entonces al baño, le marqué a mi mujer para que si quería entrar que entrara, y le marqué a mi mamá diciéndole que estaba en el Seguro, enfermo de enfermedad ya sabida. Salí del baño desnudo (con la bata puesta claro) y con paso lento, ubiqué la cama seis y como titánica labor me subí, me acosté, y me dejé manipular. Al ratito llegó Alejandra, y todo fue miel sobre hojuelas, excepto el piquete que tenía en la mano izquierda, con senda zonda de suero que no dejaba de bajar. Cuarenta y dos gotas por minuto. En tanto Ballesteros examinaba y examinaba las radiografías que le dejé junto con los demás papeles, a lo lejos.


J


Ni hablar. Ni los besos ni abrazos de mi amada, ni el mendigo suero lograban quitarme el dolor. Mi madre estaba en camino. La hora la desconocía en ese momento. El suero seguía bajando. El aire acondicionado frío. Yo estaba a toda madre, acostadito, tapado, con sueño, a excepto por lo que iba a venir. Pero mi Alejandra no, sentada, con frío y también con sueño. Pensé que terminada la botellita del suero, vía intravenosa el dolor iba a pasar y podría irme a casa. Las radiografías sí, las vi, pero… quién le entiende a eso, sólo se ven huesos y cosas de esas, que a la distancia todos parecen igual y se ven bien.
Enfermeras y médicos llegaron a verme. Todas y todos palpaban mi estómago. Con lo que gusta que me toquen esa zona, a excepción de mi amada que puede tocar lo que ella quiera. Duele esto, Y el putazo no se dejaba esperar, Sí, Duele estotro, Y otro madrazo en la panza, Sí, Cómo chingaos no, Casi iba a decir, pero no, me acordé del letrero del mastodonte: Hay que ser amables. Fui amable. Pues.


K


Doctores iba y pasaban y no podía salir de ahí. El dolor en efecto ahí seguía pero ya no era para tanto. Alejandra y mi mamá platicaban de no sé qué cosas (detalles que ahora no recuerdo, no logro hilvanar). La piel de mi mujer estaba fría, chinita, y yo postrado en la cama sin poder abrazarla, sin poder hacer nada, inutilizado e inutilizable. Me estiraba tantito y el suero me lo impedía. Me volteaba para un lado, y el suero me lo impedía. Caray. Toda una calamidad, y el dolor agazapado como mi rana, como yo mismo (dijera ella), lo sentía en el fondo, o luego de un movimiento brusco. El sueño y el suero hicieron mella de mi cuerpo. Mi madre le pidió a mi chica que se fuera a descansar, porque tenía mucho frío y sueño por la mala noche que le hice pasar. Luego de un beso y con la consigna de que me mejorara, mi amada dejó el nosocomio para hacer lo propio, dormir. Todo el esfuerzo me había aletargado, hasta que me quedé completamente dormido sin saber qué hora era.


L


Es increíble como no pasa el tiempo cuando uno está en el Seguro. Luego de dormitar por no sé cuántas horas. Mi madre a mi lado hacía lo mismo. Dormir. Cuasi como Mum-Ra, en los Thundercats, estaba yo con las manos en el pecho, como en sarcófago, sólo faltaba que lanzara la consigna ya sabida: Antiguos espíritus del mal… transformen este cuerpo decadente… en Mum-ra, el inmortal.
Y al notar esa calma aparente del Seguro Social en el área de urgencias. Manos cruzadas en el pecho, posición rectísima del cuerpo. No quería hacer otra cosa que volver a cerrar los ojos. La hora todavía no la sabía. De seguro las once, once y media. Caput. El tiempo, el tiempo en el Seguro se hace eterno.


M


Un movimiento (no lo puedo llamar brusco), pero sí suficiente como para despertarme, me despertó. Mi madre estaba despierta a mi diestra. En tanto, en mi siniestra, una enfermera me tomaba, por segunda ocasión, la presión y la temperatura y me sacaba sangre para su análisis. En tanto le dejaba a mi madre un frasquito de vidrio, para cuando tuviera ganas, lo hiciera ahí. También para su análisis.
No puedo precisar cuántos doctores fueron a verme, a palparme la zona afectada. A pegarme incluso, a hacer movimientos con los pies para ver si dolía, y nadie daba su diagnostico. Sólo hacían apuntes. Se acomodaban las gafas (los que usaban gafas), se movían, verificaban mi peso. Mi presión, mi temperatura. Mi madre y yo nos quedamos estupefactos ante tales acometidas. Yo, nada podía hacer, impedido por un frasco enorme de suero que aventaba cuarenta y dos gotas por minuto. Calor por cierto no tenía, ya he dicho que el clima estaba perfectamente, más, creo, de lo que debería estar, porque a esa hora, luego de creer que ya serían las seis de la tarde no, oh sorpresa, apenas eran las dos, los pies empezaban prácticamente a punto de congelarse. El último reporte de los doctores, era que el doctor Ballesteros iba a ser el mero mero. De qué, no lo sé, no lo sabía. Después supe que iba a ser el mero mero que iba a decidir, según mi diagnostico, y análisis, qué iba pasar con mi funesto destino ahí.




N


El teléfono marcaba las dos de la tarde. Por enésima vez, el tiempo no pasa. El tiempo es eterno. La hora de la comida llegó. El suero, junto con otro medicamento, iban poco a poco cayendo, entrando a mi cuerpo vía venoclisis.
Ya había pasado la mañana sin probar bocado. Creí entonces que lo podría hacer. Tenía dolor, sí, pero también tenía hambre. La última comida que había hecho había sido al día anterior, a las cuatro de la tarde. En dos horas más, casi se hacía un día que no comía nada. Y en efecto. No comí nada. Las bandejas de comida por el frente mío, la consigna entonces era que yo debía estar en ayuno. Pero la pregunta era, ¿por cuánto tiempo? No lo sé.


O


Todo siguió igual. Patéticamente igual. En el celular puse un poco de música para amainar ese silencio a veces espectral que se siente en las fauces del Seguro Social. Siempre me ha gustado conocer los edificios por sus fauces, hoteles, rectoría, palacio de gobierno, etc., pero el Seguro Social no lo conocía, ni quería conocerlo. Pancho Barraza sonaba en ese momento en el cel.: Haayyy amááááá, cómo, pero cómo duele oigaaaa.
Algunos mensajes sonaron en mi cel., Alejandra preguntando cómo estaba, Alejandra diciendo que si estaba dónde mismo, Alejandra diciendo que al rato que me daba una vuelta, Alejandra diciendo que… seis y cacho de la tarde. Ballesteros salía de una operación. Volvió a mi cada a preguntarme cómo seguía, Bien, Respondí, Pero a decir verdad, cómo se puede uno sentir bien estando ahí, prácticamente sintiéndose inútil, acostadote, con suero en una mano, con un dolor que nadie sabía decirme a ciencia cierta de qué se trataba, en el hospital, y con la incógnita de no saber nada.
El médico volvió a lo suyo, a palpar, a acomodarse las gafas, a hacer anotaciones, a exasperarme, a no decir aún nada, a preguntar si dolía, a escuchar la misma respuesta, a volver a tocar la zona, a voltear a ver a la enfermera, a voltear a ver a mi madre, a voltear a verme a mí. Hasta que por fin, y después de mucho, se decidió y lanzó su diagnostico. Pues traes los síntomas claros de una apendicitis aguda. Todo nos lleva a pensar en eso, son los síntomas básicos, y pues no se quita con otra cosa que no sea… y en sus labios apareció la palabra que ya me temía iba a escuchar… OPERACIÓN.


P


Cuando uno es primerizo (en lo que sea), uno se pone nerviosón. La palabra operación sí, me puso nervioso pero venga, lo que fuera con tal de estar bien. Con letra cuasi temblorina por el suero que tenía puesto en la mano derecha, firmé los papeles de aceptación de la operación, que dicho sea de paso no alcancé a leer del todo bien, porque faltaba un poco de luz. Sólo firmé. Sólo plasmé la rubrica y que pasara lo que tenía que pasar. A esa hora de la tarde ya Alejandra estaba de vuelta conmigo. Y la noticia de la operación, ya era sabida. Los médicos empezaron a hacer todo lo indispensable para la cirugía. Pero compartiendo en lugar con miles de enfermos. Quirófanos no había disponibles, quizá en la madrugada decían. Total. La metida de cuchillo era inevitable. Dolor tenía sí, pero hambre también. Llegó la hora de la cena y pensé que podría cenar… pero no, pase usted señora comida, que el paciente Llanes esta noche (y todo el día) no va a probar bocado porque ya está muy gordo y porque lo van a operar. El ayuno seguía viento en popa. El dolor no me quitaba el apetito pues. Las tripas de la panza comenzaban a chillar. En fin. Maldita operación, maldito dolor.
El viernes, en un hospital, no se siente el trajín de la calle, que a esa hora estaría alistándome para ir a bariar. Una cerveza bien fría tenía de imagen en la cabeza. Pasarla bien. No estar ahí postrado enfermo, con enfermedad sabida y por saber. Mi Alejandra me decía detalles de su operación. Que había sido incluso por esa misma fecha. Abril (funesto para mí), que se sentía así y asá, que le habían quitado algunos quistes en el ovario, que oyó al doctor que decía al momento de cerrar la herida, uno para arriba uno para abajo, que el médico, al verlo, no das un quinto por él, pero es al que le tiene mucha confianza, que su operación fue así y asá, que ella soportó mucho dolor, porque pasó varios días así, que la cicatriz de su cirugía no se notaba, que nada iba a pasar, que todo iba a estar, etc., yo, con su mano tomada, me resignaba a esa operación. Creí morir sin ninguna rajada, pero bueno, siempre hay una primera vez para todo, dicen por ahí. Y esta era la primera vez que me iban a meter cuchillo.
A esa hora mi familia entera (la de Colima), estaba ahí, mi tía Coca, mi papá, mi carnal, mi cuñada, mi madre, ahora, también, mi mujer, mi tría rosita, mi tío Miguel que dicho sea de paso, cómo agradecerle todo lo que había hecho esta al momento, y todo lo que aún iba a hacer.


Q


1.- Mi mujer se fue del seguro pasado un buen rato (la hora no la recuerdo), iba con la consigna de ir a Tecomán y mandarme mensajes desde allá. Besitos actuados y besitos reales y se fue.
2.- Mi familia se fue porque todos tenían, al otro día, sábado, cosas qué hacer, la mayoría trabajar, por ejemplo y mi carnal hacer sus cosas de sábado
3.- Ahora estoy recordando otro hecho. Cuando mi carnal entró a verme, estaba yo acompañado de mi amada que llegó con un suéter negro para el frío y estaba sentada a mi diestra. Un señor que había tragado carnitas estaba funestamente más mal que yo, vomito tras vomito. La risa que tuvimos en ese momento fue espectacular.
4.- Mi tía también llegó a verme, Qué te van a operar, Sí, y mi Alejandra contándole ahora a mi tía, los detalles de su operación. Todos coincidían en que iba a estar todo bien. Yo también, pero la pregunta era, ¿a qué horas?
5.- Mi cuñada también entró con la misma consigna, Qué te van a operar, Y el intercambio de palabras entre los tres (Alejandra, mi cuñada y yo), no se hizo esperar. Mi cuñada también contó que la habían operado, que esto, que estotro, y el señor de las carnitas a lo lejos nos ambientaba la charla con su guauuuuuuuuaaaaaxaca, guauuuuuuuuuuuaaaaaaaaaxaca, guauuuuuuuuuuuaaaaaaaaaaaaaaa, guauuuuuuuuuuaaaaaa, pensé que se estaba mutando en espectro del mal, metamorfoseando en plancton, en no sé, lo que sea, que estaba a punto de sacar algo maligno de las entrañas, quizá el hijo del diablo, el Mesías maligno, o que llevaba dentro al anticristo, con todo y cruz al revés, guauuuuuuuuuuuuaaaaaaaaa, y no dejaba de entonar los cánticos vomitales que daban al lugar una música de fondo como la que ponen en los elevadores de las grandes ciudades, para ambientar el momento, en tanto llegamos al piso que tenemos que llegar. La música ambiental en el Seguro es interesante. Chillidos de gente, generalmente niños… ¡ays ays ays!, de otras personas que los lanzan, lloriqueos etc.
6.- Poco a poco caía la noche. De pronto, cuando no se oye música ambiental. El silencio es absorbente, raro, inquieto, con la sensación como que de pronto algo va a pasar, un no sé qué inquieto, un silencio en que nada se oye, o un nocturno en que nada se oye, y mi voz que madura, y mi bosque madura, y mi voz quema dura… (sic) Xavier Villaurrutia.
7.- Mis visitantes se fueron yendo. Todos tenían algo qué hacer. En tanto yo ahí, metido entre sábanas, modelando la moda IMSS. Un incidente me pasó con el frasquito que tenía que llenar de orines para su análisis. Sangre ya me habían sacado. La temperatura y loa presión, me la tomaban cada cambio de turno (que son tres veces). Resulta que el frasco era muy pequeño. Mi madre dijo que orinara ahí, sin moverme, directo… pero me conozco… como que he vivido en este cuerpo 29 años (y dijera Alejandro Lora… y los que faltan), así que pensé, y pensé bien… lo iba a llenar… así que fui al baño (cuando tuve por fin ganas y después de dos botellas de suero). Hice lo que tenía que hacer y el frasco en efecto, se llenó. Pero aún tenía ganas. Apreté lo que tenía que apretar. Me agaché a levantar la tapa del inodoro. Y todo fluyó por donde tenía que fluir y sin más consecuencia. Diría el parte policiaco. Sin novedad.
8.- Cada enfermera que entraba y salía se presentaba con nombre y todo. Creo es una consigna que tienen que hacer. Ser amables. Nuestro contacto enfermos-enfermeras, es el vínculo más cercano y real que tenemos para calmar el dolor. Aunque los pacientes a veces sean medio mal educados. No era mi caso. A todas las enfermeras que me trataron en su momento. Al terminar una curación, una aplicación de algo, lo que fuera, les decía gracias. El letrero del mastodonte seguía y sigue firme en mi mente. SEAMOS AMABLES. A veces el dolor nos ciega, pero las enfermeras no tienen la culpa. Ellas sólo hacen su trabajo. Pero la edad de los pacientes, la enfermedad, la situación, y todo lo demás, puede causar defenestración en los pacientes que a veces descargan en las enfermeras.
9.- La noche no sé cómo pasó. Con tanto desvelo anterior, con tanto trajín, el sueño me invadió. Me quedé dormido pensando que iba a entrar a cualquier hora al quirófano, en cuanto uno estuviera disponible. Así que me dormí. Mi madre hacía idem, en la silla a mi lado.
Tres veces me desperté (Paquita la del barrio dijera Tres veces te engañé). La primera a la una de la mañana… y todo sereno… la segunda (y como relojito), a las dos… porque me tocaba medicamento… la tercera a las tres y fracción… para darme cuenta que seguía vivo, que nada pasaba, y que el guauuuuaaaaaaa del señor de al lado, seguía viento en popa. Dormir boca arriba es patético. No estoy acostumbrado. Igual en la noche me cambio, pero a mí me gusta dormir bocabajo. En fin. La cuarta vez que me desperté, no me desperté, me despertaron. Un señor que venía a mí con una silla de ruedas. Alberto Yañez, Dijo (mal por cierto mi apellido), Es Llanes, Dije, y sí, yo soy, Me lo voy a llevar al quirófano, Dijo, Hay que sentarse en esta silla, Dijo y se fue a entregar unos papeles. Llegó mi hora, pensé. Mi madre ayudó a levantarme, antes tenía ganas de ir al baño, aproveché que el señor de bigotito ralo estaba en la pendeja, y fui a hacer lo que tenía qué hacer. Al regreso, la silla de ruedas me esperaba para ir a la masacre. Me senté. El suero iba cerrado. Me despedí de mi madre y elevé oraciones para que todo fuera bien.
10.- Recorrer pasillos. Meterse por intricados surcos que desconocía del Seguro Social. Ver médicos vestidos de blancos. Sentir frío. Persignarme un par de veces mientras recorría el camino al quirófano. Presentarme con una tal Terisita que me dijo, lo voy a preparar. Uta, me dio nervio, se prepara a los muertos. Ahora sé que también a los que van a operar. Me puso unas botas coquetas. Moda IMSS, verdes verdes, elásticas elásticas, me levanté de la silla de ruedas y me acosté en una camilla, como se sabe, altísima. La teresito dijo que me iba a vendar los pies y se fue… Al poco rato llegó con la consigna de que no. Que vade retro, que siempre no. Que me iban a regresar a la camilla número seis del área de urgencias, porque otra emergencia se les avecinaba. Un muchachito de unos tres… cuatro años… que iba por el mismo problema que yo. Yo podía esperar. Él no.


R


Volver en la misma silla de ruedas a la cama número seis del área de urgencias. Casi pedirle al crear que me regresa las oraciones que momentos antes había elevado. Despersignarme. Descorrer otra vez esos pasillos. Regresar al mismo lugar. La misma orden pero al revés. El señor de bigotito ralo dijo que me trepara otra vez a mi cama (provisional). Una médico, cirujana se acercó con la pena en el rostro diciendo que le perdonara, que si terminaba pronto la operación el muchachillo, ella misma se aventaba mi trompo a la uña. Desandar el camino. Decirle a la médico que no se preocupara, que son cosas que pasan. Apenada, con apenamiento sincero, la médico se fue a operar. Acostarme otra vez en la cama. De cara a las lámparas otra vez. Con al dolor otra vez ahí. Un primer intento fallido. Soledad. Mi madre ni cómo avisarle. Estar desconectado de todo y de todos. Sin celular, sin música, sin poder mandar mensajes, sin platicar con nadie. Aburrisión. Cerrar otra vez los ojos para una nueva oportunidad. Lo que es lo mismo: Second Chance.


S


Despertar con zozobra. Lo primero que ver, al señor de bigotito ralo de nueva cuenta con la silla de rudas. Mis radiografías en la mano. Y la consigna, ahora sí firme, de que se había llegado mi hora. No hay plazo que no cumpla, ni capilla a la que no le llegue su fiesta. Levantarme otra vez. Desconocer la hora. Seguir los mismos pasos que momentos antes… o minutos antes… u horas antes… no lo sé. Sentarme de nueva cuenta en la silla. Con suero en mano, recorrer los mismos pasillos. Ver personas diferentes. Enfermos que se recuperan. Enfermos que duermen. Enfermos que… ¿están muertos?, ya no serían enfermos. Palpitación del corazón. Elevar plegarias de nueva cuenta. Persignarme en un par de ocasiones. Llegar otra vez con la teresito. Listo, Preguntó, ahora sí va en serio, Dijo, Sí, Listo. Quitarme las botas coquetas y ponerme otras, porque ésas ya había tocado zonas que no. Pasarme a la camilla altísima. Acostarme. Poner a mi lado, al niño que momentos antes estaba en el quirófano. Ver de reojo la herida. Escuchar el monótono ulular del aparato que persigue el ritmo cardíaco. Piii piii piii piii piii piii piii, interminable. Esperar, ahora sí en serio, la amenaza de la teresito de que me iba a preparar. Envendar lo que tenía que vendar, pies firmemente cubiertos. Preguntarme si traía calzones. Contestar que no. Iba a rais. Decirme que esperara mi turno. No hacer otra cosa más que ver y oír todo el movimiento antes de… Pasar gente, oír instrumental lavando. Sentirse con un poco de calor por el ropaje. El piii piii piii piii piii del niño a mi lado monotonazo. Escuchar de pronto los lloriqueos y las réplicas de un niño pidiendo a su madre. Llorando a carta cabal y a moco tendido. Ignorar qué podría tener, quién podría ser, porque mi alcance visual no daba para mucho. La médico saliendo con la pena y el rubor, a pedirme de nuevo disculpas, mil perdones, pero no tenía nada que perdonar. Escuchar el tac tac tac tac de una máquina de escribir. Ver a una médico levantarse de una camilla, momentos antes, estaba dormida. Gente pasaba con cosas raras en la mano. Tac tac tac tac la máquina antigüisíma de escribir seguía ambientando el lugar. El piii piii piii piii piii del niño a mi lado monótono. Escuchar que eran las ocho de la mañana. La teresito pasando diciendo que ya mero me tocaba. Ver doctores y camilleros ir y venir. El teléfono que sonaba y sonaba y sonaba y nadie a contestar. El calor que invadía mi cuerpo cubierto por vendas, sábanas y colchita, todo, moda IMSS. Moda del Seguro, al último grito, el Llanes. Cómo es la vida. Días antes estar en Manzanillo de vacaciones con mi amada de compañía, ahora, acostado en una cama a punto de ser abierto. Olvidarse en toda esta narración del dolor. Ver llegar más gente. Cambio de turno. La terisito dando el parte de novedades a su sucesora. Noche terrible. Muchas operaciones. El paciente joven que está allá, y me señaló, ya está listo para que le metan cuchillo, así dijo. En cuanto llegue el cirujano. Asentar la asistonta que le iba a preceder. Caerse unos sueros al suelo haciendo mucho estrépito. Oír más instrumental en proceso de lavado. Correr de agua. Llegar un doctor gordo y hacer mamadas. Llegar una enfermera tomando café. Luego supe que iba a ser la voz de mi conciencia en la operación. Mi anestesióloga. Pasar de tiempo y yo ahí, acostado, sin una pizca de sueño ni de dolor. Todo interminable. La esperar desespera. Pensar en mil cosas, en Alejandra primero, en el trabajo, en la recuperación, en cómo será la sala de operaciones, en todo y en nada, otra vez en Alejandra, en qué mala suerte, en Alejandra de nueva cuenta, en que no se merece esto, en Alejandra, en que me iban a abrir, en Alejandra. Seguir pasando las horas. Despedirse la teresito y quedar con una señora nueva, que llevaba playera ridícula, roja, de animaciones con ositos como para bebé. No inspirarme nada de confianza. Tomarme la presión y la temperatura. Seguir pasando las horas… los minutos… los segundos… Acercarse por fin la anestesióloga, con pañuelo de caritas felices en la cabeza. Decirme que ella iba a estar conmigo toda la operación. Explicarme todo el proceso de su chamba. Alejarse a contestar una llamada telefónica de su celular. Regresar a mí para decirme si tenía alguna duda. La experta es usted, contestar. Muy bien, decir ella. Que tengas mucha suerte, Dijo, Gracias, Contesté.


T


Llegó por fin el médico-cirujano. Quién sería, era mi duda. Ballesteros. Acercarse y decirme que él me iba a operar, que nos deseaba suerte a ambos, y que todo iba a estar bien. Perfecto. Nervio, ni madres, lo único que quería era que yaaaaaa, pasara a la sala y que pasara lo que tenía que pasar. Camillero acercarse de buen humor. Qué pasó mi amigo, así que visitando este hotel, Así es, Qué bien, lo han tratado bien, Perfecto, como no hay otro, Qué bien, en vacaciones siempre es sano venir a este hotel, que bueno que nos visita pues, y qué lo trajo para acá, Una apendicitis, Órale, qué bien, pues yo voy a ser el camillero, le deseo feliz estancia y ojalá nos visite pronto, Sí, todo depende de la atención, que al momento ha sido buena, Qué bien, bueno, me lo tengo que llevar, está listo, Desde las cuatro de la mañana en que me iban a meter por primera vez, Ah qué caray, es que a veces este hotel está a full, no vancy, Sí, así parece, pero qué cómodas camas ¡eh!, Sí, son nuestra especialidad, tanto como la comida, Jajaja… Mover entonces la camilla, quería que me tocara la sala de operación número cinco, pero en ese momento uno no puede elegir. El cinco es mi número de la suerte. Total, entré a la tres. Cambiarme de camilla y subirme a la plancha. La charla con el camillero me había puesto de buen humor, no es que estuviera de malas, pero sí fue mucho tiempo de espera en que se piensan muchas cosas, muchas cosas.
Una enfermera se acercó con un cuestionario interminable, que mi nombre, que mi edad, que mi oficio, que mi grado de estudios, en tanto contestaba los demás enfermeros hacían su trabajo y yo, de cara otra vez a las lámparas, esta vez, una lámpara enorme, qué si era soltero, que si el nombre de mis padres, que si padecían de algo, que si alguien de la familia tenía una enfermedad grave, crónica, supuse (pinches cuestionarios mal hechos), que si mi abuelo padecía o padeció azúcar, que si hipertensión, que si era alérgico a esto, a estotro, que si fu, que si fa, que bla bla bla bla, y al final, que póngase de ladito porque está a punto de perder (me iban a hacer la famosa raquea). Sentir entonces frío, lavado de zona, después, dos piquetes, la del cuestionario interminable tomarme las piernas de una forma muy confianzuda, reposar cuasi sus senos en ellas. Estar adolorido y a punto de ser operado pero sentir sus pechos ahí, en mis piernas. Pensar que uno queda ahí, indefenso, antes uno… dos… tres… cuatro… cinco… y la voz de mi conciencia de enfermeras… el cirujano era el único hombre. Ojalá que no pierda con estos, pensando, procesando. Sentir inutilizadas las piernas en tanto me ponía otra vez, de cara a las lámparas, me ponían una pantalla, el médico se calzaba unos guantes. Y la anestesióloga decía que me iba a semi-dormir.


U


Escuchar sólo el ajetreo de instrumental. Empezar a visionar con la lámpara enooorme que estaba al alcance de mi vista. Oír, en el fondo, a la voz de mi conciencia que decía que sólo iba a sentir frío o calor, y que cuando el médico empezara iba a sentir pellizcos y nada más. Como se sabe de una persona caliente como yo, sentí calor, caliente en todos los aspectos, caluroso, sexual, etc., en efecto, empecé a sentir pellizcos nada más. Sólo pellizcos… y no recuerdo más… hasta que soñando, me imaginé que Alejandra estaba a mi lado. Al momento he dejado pasar un detalle que voy a mencionar justo aquí, porque aquí es donde cabe… Al tenderme en la plancha, me pusieron en la posición de cristo crucificado. Me soltaron el cabello y quizá, muy probable, me hayan quitado la pulsera que tenía en el pie, porque desperté sin ella. Estando como estaba, con los brazos abiertos y muy indefenso ante el ataque de mis enfermeras y médico en turno. Sentí un dolor agudísimo, pero agudísimo en la zona en cuestión. Estaba pues en la ensoñación, imaginando que mi amada estaba a mi lado. Lo que recuerdo, muy vagamente, es que levantaba las manos para hacer contacto con las de ella, pero no, Alejandra no estaba ahí, sólo mis verdugos que me hurgaban con parsimonia las entrañas. El intento de levantar la mano para toparme con la de mi amada lo hice varias veces, según la voz de mi conciencia. Y que muy probablemente, me iba a doler con frenesí el hombro por el esfuerzo vano de tocar la mano suavísima, blanquísima, amorosísima de mi amada Alejandra.


V


Entrar consiente y salir consiente de la sala del quirófano. Esa fue mi consigna. Incluso despertarme a media cuchillada. Escuchar que mi anestesióloga decía que ya mero iba a terminar aquello. Escuchar una cancioncilla de Luis Miguel a lo lejos. Si estuviera Irene en este momento, diría que ese güey me persigue doquiera que voy. No sentir prácticamente nada en la zona en cuestión al según la voz de mi conciencia el médico estar en el proceso final, el de cierre, el de sutura. Despertar ahora sí del todo. Indicarme el médico que todo había salido bien, y que me tenía que pasar a una camilla que estaba a mi lado, con codos y piernas, dijo. Hacer el movimiento y postrarme en la camilla. Camillero singular volver a hacer bromas. Que si me hice la lipo en este spa de lujo. Soltar una leve carcajada y el camillero decir que no, que aún no estaba listo para reír. Dejarme entonces en el mismo lugar de antes. Niño a mi diestra ya no estaba. Hora del día. Lo ignoraba. Incluso, ignoraba el día. La de los ositos seguía ahí. Suponer entonces que eran antes de las tres de la tarde, hora en que hacen el cambio de turno. Preguntarme que cómo me sentía. Tomarme presión y temperatura. Hacer anotaciones en un cuaderno lunar. Porque estaba forrado de lunitas, cuartos menguantes, lunas llenas, cuartos crecientes y lunas nuevas. Prender ella un foco y ponermelo cuasi en la zona, tapada con gasa, sábanas y colchas moda IMSS, no sé para qué. Decirme que me iban a asignar una cama para recuperarme, y que mis familiares ya estaban enterados de mi situación y de cómo había salido todo. Perfecto.
De nueva cuenta, el camillero singular llegó diciendo que me iba a trasladar a mi cama. No sé cuánto tiempo pasé ahí, en observación a la reacción de la operación (vaya las terminaciones en on con acento en la o pero así es). Ir otra vez de cara a las lámparas por pasillos hasta la entrada a quirófanos. Desandar el camino andado para pasarme a otra camilla con la que me iban a sacar de ahí. El camillero con sus bromas, qué espero que haya tenido una feliz estancia, y que ojalá, vuelva pronto, que no dejara de pasar la propina, y que estamos para servirle. La pendeja de la anestesia todavía la entrada en alta. Sólo atiné a reír, pero el dolor de la barriga me lo impedía (hasta eso me impedía la operación). Volver por pasillos que ya reconocía. Salía a la luz natural, después de tanta luz artificial. Ver por fin a mi madre que me decía… ¿ya, cómo te sientes?, responderle que de la chingada nada más cuando reía, Camillero singular proponer, como en la película de Pedro Infante (que por cierto, habían transmitido la semana pasada) contarme chistes para hacerme reír, a punto de contestarle, Qué desgraciado eres, cuando la cama número 70 estaba a la vista.


W


Pasarme, de nueva cuenta a la cama ya por fin. Otra vez, con la ayuda de codos y piernas moverme cual víbora. Hasta caer a la cama donde pasaría del sábado al martes (tres funestos días). El suero en todo lo alto. Mi madre a todo lo lado. La hora en ese momento. Las once de la mañana con algunos minutos. Esperar la hora de la comida, porque dolor ya no sentía (por dentro), pero hambre sí, y un chingo. Y pensar que todo ese día me la pasé prácticamente en blanco…


X


No sé en qué punto quedarme bien, pero bien dormido. Despertar cuando me estaban poniendo antibiótico. Mi madre a mi lado a la espera de algo, no sé qué. Yo con el dolor menos palpable en la zona en cuestión, pero ahí, dale y dale. Seguir profundamente dormido, por los efectos tardíos, según alcancé a oír a otra enfermera, de la anestesia.


Y


Despertar nada más para saber que ni siquiera cena me iba a tocar. Las tripas de la panza se comían unas a otras. Enfermeras iba y venían. Pasaban reportes, decían, comentaban, se presentaban. El sábado llegó a su final. Y es que en el Seguro Social a las ocho de la noche el día termina para los pacientes. Los enfermeros y enfermeras tienen aún una jornada muy larga que continuar. Cerrar los ojos nada más para soñar con Alejandra, y esperar que al día siguiente todo vaya mejor.


Z


Música para ambientar el momento. Por enésima vez, las horas pasan muy lentas en el Seguro. Primer bocado en varios días. Trozos migñon de gelatina sabor naranja durante todo el día. Desayuno. Comida. Cena. Vecinos nuevos. Quejas al lado mío. Caras enfermas. Desolación. Luego de una primera operación no me queda más remedio que esperar la recuperación. Di en.